1. Antes del Concilio Vaticano II. 5

1.1 Benedicto XV.. 5

1.1.1 Carta Apostólica Maximum illud (30-XI-1919) 5

1.2 Pio XI. 7

1.2.1 Carta Encíclica Rerum Ecclesiae (28-II-1926) 7

1.3 Pio XII. 7

1.3.1 Carta Encíclica Evangelii Praecones (2-VI-1951) 7

1.4 Juan XXIII. 9

1.4.1 Exhortación apostólica Princeps Pastorum (28-XI-1959) 9

2. Concilio Vaticano II. 13

2.1 Constitución Sacrosanctum Concilium (4-XII-1963) 13

2.2 Constitución dogmática Lumen gentium (21-XI-1964) 13

2.3 Declaración Nostra aetate (28-X-1965) 15

2.4 Constitución pastoral Gaudium et spes (7-XII-1965) 16

2.5 Decreto Ad gentes (7-XII-1965) 17

3. Pablo VI. 21

3.1 Encíclica Ecclesiam suam (6-VIII-1964) 21

3.2 Mensaje Africæ terrarum (29-X-1967) 23

3.3 Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (8-XII-1975) 28

3.4 Sínodo de los Obispos (28-X-1977) 29

4. Juan Pablo II. 30

4.1 Magisterio de Juan Pablo II: 30

4.1.1 Encíclica Redemptor Hominis (4-III-1979) 30

4.1.2 Exhortación Apostólica Catechesi tradendae (16-X-1979) 30

4.1.3 A los Obispos del Zaire, Kinshasa (3-V-1980) 31

4.1.4 Discurso en la sede de la Unesco (2-VI-1980) 32

4.1.5 Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (12-I-1981) 36

4.1.6 Exhortación Apostólica Familiaris consortio (22-XI-1981) 37

4.1.7 A los participantes del Congreso Nacional «Empeño Cultural» (16-I-1982) 37

4.1.8 En la Universidad de Coimbra, Portugal (15-V-1982) 38

4.1.9 Discurso a los intelectuales y artistas, Seúl, Corea (5-V-1984) 40

4.1.10 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (15-I-1985) 41

4.1.11 Encíclica Slavorum apostoli (2-VI-1985) 43

4.1.12 Encuentro con los intelectuales y el mundo universitario, Medellín, Colombia (5-VII-1986) 43

4.1.13 Encuentro con los hombres de la cultura y empresarios, Lima, Perú (15-V-1988) 45

4.1.14 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (13-I-1989) 47

4.1.15 Carta Apostólica Los Caminos del Evangelio (29-VI-1990) 48

4.1.16 Encíclica Redemptoris missio (7-XII-1990) 49

4.1.17 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (10-I-1992) 50

4.1.18 Exhortación apostólica Pastores dabo vobis (25-III-1992) 51

4.1.19 Discurso en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (12-X-1992) 52

4.1.20 Mensaje a los indígenas de América (12-X-1992) 54

4.1.21 Discurso al Consejo Pontificio de la Cultura (18-III-1994) 56

4.1.22 Carta al prefecto de la Congregación del clero por la actualización del Directorio general de Catequesis (21-IX-1994) 58

4.1.23 Exhortación Apostólica Ecclesia in Africa (14-IX-1995) 59

4.1.24 Exhortación apostólica Vita consecrata (25-III-1996) 61

4.1.25 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (14-III-1997) 63

4.1.26 Encíclica Fides et Ratio (14-IX-1998) 64

4.1.27 Exhortación apostólica Ecclesia in America (22-I-1999) 66

4.1.28 Exhortación Apostólica Ecclesia in Asia (6-XI-1999) 68

4.1.29 Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz (8-XII-2000) 71

4.1.30 Carta Apostólica Novo Millenio Inneunte (6-I-2001) 76

4.1.31 Exhortación Apostólica Ecclesia in Oceania (22-XI-2001) 77

4.1.32 Discurso a los Obispos de Las Antillas en visita ad limina (7-V-2002) 79

4.1.33 Encíclica Ecclesia de Eucharistia (17-IV-2003) 80

4.1.34 Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa (28-VI-2003) 80

4.1.35 Exhortación Apostólica Pastores Gregis (16-X-2003) 81

4.2 Dicasterios de la Curia Romana: 82

4.2.1 Comisión Teológica Internacional 82

4.2.1.1 Documento Temas Selectos de Eclesiología (1984) 82

4.2.1.2 Documento La Fe y la Inculturación (1987) 85

4.2.2 La interpretación de la Biblia en la Iglesia (21-IX-1993) 99

4.2.3 Guía para los catequistas (3-XII-1993) 100

4.2.4 Instrucción Varietates Legitimae, sobre la Liturgia romana y la Inculturación (25-I-1994) 101

4.2.5 Directorio general para la Catequesis (25-VIII-97) 118

4.2.6 Para una Pastoral de la Cultura (23-V-1999) 120

4.2.7 Directorio sobre la Piedad popular y la Liturgia (17-XII- 2001) 124

4.2.8 Instrucción Caminar desde Cristo: un renovado compromiso de la Vida Consagrada (19-V-2002) 125

5. Benedicto XVI. 127

5.1 Magisterio de Benedicto XVI. 127

5.1.1 Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis (22-II-2007) 127

5.1.2 Discurso a los Obispos del Brasil, Sao Paulo (11-V-2007) 128

5.1.3 Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini (30-IX-2010) 128

5.1.4 Exhortación apostólica postsinodal Africæ munus (19-11-2011) 132

5.2 Dicasterios de la Curia Romana.. 134

5.2.1 Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunos aspectos de la evangelización (3-XII-2007) 134

6. Francisco.. 135

6.1 Magisterio de Francisco.. 135

6.1.1 Encuentro con el Comité de Coordinación del CELAM (Rio de Janeiro, 28-VII-2013) 135

6.1.2 Exhortación apostólica “La Alegría del Evangelio” (26-XI-2013) 140

7. Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.. 150

7.1 Medellín (II Conferencia, 26-VIII al 6-IX-1968) 150

7.2 Puebla (III Conferencia, 28-I al 13-II-1979) 153

2. Evangelización de la cultura. 153

2.1. Culturas y culturas. 153

2.2. Opción pastoral de la Iglesia latinoamericana: la evangelización de la propia cultura, en el presente y hacia el futuro  154

2.3. Iglesia, fe y cultura. 154

2.4. Evangelización de la cultura en América Latina. 155

3. Evangelización y religiosidad popular. 159

3.1. Noción y afirmaciones fundamentales. 159

3.2. Descripción de la religiosidad popular 161

3.3. Evangelización de la religiosidad popular: proceso, actitudes y criterios. 161

3.4. Tareas y desafíos. 162

7.3 Santo Domingo (IV Conferencia, del 12-X al 28-X-1992) 163

Capítulo III LA CULTURA CRISTIANA.. 163

3.1. Valores culturales: Cristo, medida de nuestra conducta moral 164

3.2. Unidad y pluralidad de las culturas indígenas, afroamericanas y mestizas. 166

3.3. Nueva cultura. 168

3.3.1. Cultura moderna. 168

3.3.2. La ciudad. 169

3.4. La acción educativa de la Iglesia. 171

3.5. Comunicación social y cultura. 173

7.4 Aparecida (V Conferencia, del 13-V al 31-V-2007) 175

Capítulo 10: NUESTROS PUEBLOS Y LA CULTURA.. 175

10.1 La Cultura y su evangelización. 175

10.2 La Educación como bien público. 176

10.3 Pastoral de la Comunicación Social 177

10.4 Nuevos areópagos y centros de decisión. 178

10.5 Discípulos y misioneros en la vida pública. 179

10.6 La pastoral urbana. 181

10.7 Al servicio de la unidad y de la fraternidad de nuestros pueblos. 183

10.8 La integración de los Indígenas y Afroamericanos. 185

10.9 Caminos de reconciliación y solidaridad. 185

 

 

 

 

 

 

 

 


1. Antes del Concilio Vaticano II

1.1 Benedicto XV

1.1.1 Carta Apostólica Maximum illud (30-XI-1919) [1]

 

7. Cuidado y formación del clero nativo

30. Por último, es de lo más principal e imprescindible, para quienes tienen a su cargo el gobierno de las Misiones, el educar y formar para los sagrados ministerios los naturales mismos de la región que cultivan; en ello se basa principalmente la esperanza de las Iglesias jóvenes.

31. Porque es indecible lo que vale, para infiltrar la fe en las almas de los naturales, el contacto de un sacerdote indígena del mismo origen, carácter, sentimientos y aficiones que ellos, ya que nadie puede saber como él insinuarse en sus almas. Y así, a veces sucede que se abra a un sacerdote indígena sin dificultad la puerta de una Misión cerrada a cualquier otro sacerdote extranjero.

32. Mas, para que el clero indígena rinda el fruto apetecido, es absolutamente indispensable que esté dotado de una sólida formación. Para ello no basta en manera alguna un tinte de formación incipiente y elemental, esencialmente indispensable para poder recibir el sacerdocio.

33. Su formación debe ser plena, completa y acabada bajo todos sus aspectos, tal y como suele darse hoy a los sacerdotes en los pueblos cultos.

34. No es el fin de la formación del clero indígena poder ayudar únicamente a los misioneros extranjeros, desempeñando los oficios de menor importancia, sino que su objeto es formarles de suerte que puedan el día de mañana tomar dignamente sobre sí el gobierno de su pueblo y ejercitar en él el divino ministerio.

35. Siendo la Iglesia de Dios católica y propia de todos los pueblos y naciones, es justo que haya en ella sacerdotes de todos los pueblos, a quienes puedan seguir sus respectivos naturales como maestros en la ley divina y guías en el camino de la salud.

36. En efecto, allí donde el clero indígena es suficiente y se halla tan bien formado que no desmerece en nada su vocación, puede decirse que la obra del misionero está felizmente acabada y la Iglesia perfectamente establecida. Y si, más tarde la tormenta de la persecución amenaza destruirla, no habrá que temer que, con tal base y tales raíces, zozobre a los embates del enemigo.

38. Por eso es más de sentir que, después de tanta insistencia por parte de los Pontífices haya todavía regiones donde, habiéndose introducido hace muchos siglos la fe católica, no se vea todavía clero indígena bien formado y que haya algunos pueblos, favorecidos tiempo ha con la luz y benéfica influencia del Evangelio, y que, habiendo dejado ya su retraso y subido a tal grado de cultura que cuentan con hombres eminentes en todo género de artes civiles, sin embargo, en cuestión de clero, no hayan sido capaces de producir no obispos que los rijan ni sacerdotes que se impongan por su saber a sus conciudadanos. Ello es señal evidente de ser manco y deficiente el sistema empleado hasta hoy en algunas partes en orden a la formación del clero indígena.

9. Evitar nacionalismos

 43. Convencidos en el alma de que a cada uno de vosotros se dirigía el Señor cuando dijo: «Olvida tu pueblo y la casa de su padre» (Sal 44, 11), recordad que no es vuestra vocación para dilatar fronteras de imperios humanos, sino las de Cristo; ni para agregar ciudadanos a ninguna patria de aquí abajo, sino a la patria de arriba.

46. Suponed, pues, que, en efecto, entren en la conducta del misionero elementos humanos, y que, en lugar de verse en él sólo al apóstol, se trasluzca también al agente de intereses patrios. Inmediatamente su trabajo se haría sospechoso a la gente que fácilmente podría ser arrastrada al convencimiento de ser la religión cristiana propia de una determinada nación y, por lo mismo, de que al abrazarla sería renunciar a sus derechos nacionales para someterse a tutelas extranjeras.

48. No obrará así quien se precie de ser lo que su nombre de misionero católico significa, pues éste tal, teniendo siempre ante los ojos que su misión es embajada de Jesucristo y no legación patriótica, se conducirá de modo que cualquiera que examine en él al ministro de una religión que, sin exclusivismos de fronteras, abraza a todos los hombres que adoran a Dios en verdad y es espíritu, «donde no hay distinción de gentil y judío, de circuncisión y incircuncisión, de bárbaro y escita, de siervo y libre, porque Cristo lo es todo en todos» (Col 3, 11).

59. Y ante todo, sea el primer estudio, como es natural, el de la lengua que hablan sus futuros misionados. No debe bastar un conocimiento elemental de ella, sino que se debe llegar a dominarla y manejarla con destreza; porque el misionero ha de consagrarse a los doctos lo mismo que a los ignorantes, y no desconoce cuán fácilmente, quien maneja bien el idioma, puede captar los ánimos de los naturales.

13. Santidad de vida

64. Pero quienes deseen hacerse aptos para el apostolado tienen que concentrar necesariamente sus energías en lo que antes hemos indicado, y que es de suma importancia y trascendencia, a saber: la santidad de vida. Porque ha de ser hombre de Dios quien a Dios tiene que predicar, como ha de huir del pecado quien a los demás exhorta que lo detesten.

65. De una manera especial tiene esto explicación tratándose de quien ha de vivir entre gentiles, que se guían más por lo que ven que por la razón, y para quienes el ejemplo de la vida, en punto a convertirles a la fe, es más elocuente que las palabras.

1.2 Pio XI

1.2.1 Carta Encíclica Rerum Ecclesiae (28-II-1926) [2]

10. Importancia y urgencia del clero nativo

66. Ante todo y sobre todo, queremos recordéis la capitalísima importancia que tiene el que os hagáis con un buen clero nativo.

67. Un descuido en este punto os argüiría no tanto de dejar incompleto vuestro ministerio cuanto de defraudar a la constitución y organización misma de la Iglesia, poniendo rémoras y retardando su acción.

68. Sabemos, y lo confesamos de grado, que en algunas partes se ha empezado ya a proveer esta necesidad con la fundación de seminarios, en los que jóvenes nativos de buen porvenir adquieren una culta formación, merced a la cual podrán no sólo llegar al sacerdocio, sino aun ser idóneos maestros de la fe para sus paisanos; pero ¡cuán distantes estamos de lo que en esto exigen las circunstancias!

71. Allí hicimos notar que, según se colige claramente de los primeros documentos de la antigüedad cristiana, los apóstoles proveían del clero a las comunidades de fieles, no trayéndolo de fuera, sino eligiéndolo y constituyéndolo de entre los nuevos convertidos.

74. Y ¿cómo se logrará esto entre los gentiles de hoy si no es aprovechando los mismos elementos que se utilizaron entre nosotros, los gentiles de ayer, esto es, haciendo que cada país cuente con su propio clero y grey cristiana y con sus propios religiosos, así hombres como mujeres?

75. ¿Con qué derecho se le ha de impedir al clero nativo que trabaje en su propio campo, es decir, que gobierne su propia y nativa Iglesia?

91. Los alumnos que salgan de vuestros seminarios, provistos de toda esta abundancia de virtudes y habilidad para los ministerios apostólicos, y pericia en divinas y humanas letras, serán sin duda honrados y estimados de los hombres letrados e influyentes de su nación; y podrán en su día, cuando pluguiere al Señor, quedar al frente de sus parroquias y diócesis, sin temor a inconvenientes de ningún género.

97. Por tanto, no ha de haber más distinción alguna entre misioneros europeos e indígenas ni motivo alguno de separación, sino que a todos ha de unir igualmente la mutua reverencia y el mismo vínculo de la caridad.

 

1.3 Pio XII

1.3.1 Carta Encíclica Evangelii Praecones (2-VI-1951) [3]

12. Adaptación y respeto por las culturas

58. Queda un punto por tratar, el cual deseamos ardientemente que todos entiendan claramente. La Iglesia, desde sus orígenes hasta nuestros días, ha conseguido siempre la prudentísima norma que, al abrazar los pueblos el Evangelio, no se destruya ni extinga nada de lo bueno, honesto y hermoso que, según su propia índole y genio, cada uno de ellos posee. Pues cuando la Iglesia llama a los pueblos a una condición humana más elevada y a una vida más culta, bajo los auspicios de la religión cristiana, no sigue el ejemplo de los que sin norma ni método cortan la selva frondosa, abaten y destruyen, sino más bien imita a los que injertan en los árboles silvestres la buena rama, a fin de que algún día broten y maduren en ellos frutos más dulces y exquisitos.

59. La naturaleza humana, aunque inficionada con el pecado original por la miserable caída de Adán, tiene con todo en sí «algo naturalmente cristiano» (Tertuliano, Apologético c. 17: PL 1, col. 377A); lo cual, si es iluminado con la luz divina y alimentado por la gracia de Dios, podrá algún día ser elevado a la verdadera virtud y a la vida sobrenatural.

60. Por lo cual, la Iglesia católica ni despreció las doctrinas de los paganos ni las rechazó, sino que más bien las libró de todo error e impureza, y las consumó y perfeccionó con la sabiduría cristiana. De la misma manera acogió benignamente sus artes y disciplinas liberales que habían alcanzado en algunas partes tan alto grado de perfección, las cultivó con diligencia y las elevó a una extrema belleza a la que antes tal vez nunca había llegado. Tampoco suprimió completamente las costumbres típicas de los pueblos y sus instituciones tradicionales, sino que en cierto sentido las santificó; y los mismos días de fiesta, cambiando el modo y la forma, los hizo que sirviesen para celebrar los aniversarios de los mártires y los misterios sagrados...

61. Y Nos mismo, en la presente encíclica que publicamos, Summi Pontificatus, escribimos lo siguiente: «Los predicadores de la palabra de Dios, después de muchas investigaciones realizadas en el decurso de los tiempos con sumo trabajo e intenso estudio, se han esforzado en conocer más profundamente y dignamente la civilización e instituciones de los diversos pueblos y cultivar las buenas cualidades y dotes de sus almas, para que así el Evangelio de Cristo obtuviese en ellos más fáciles y abundantes progresos. Todo aquello que en las costumbres de los pueblos no está vinculado indisolublemente con supersticiones o errores, se examina siempre con benevolencia y, si es posible, se conserva incólume» (AAS 31 (1939) 429).

62. En el discurso que tuvimos en 1944 a los directores de las Obras Pontificias, entre otras cosas decíamos: «El misionero es apóstol de Jesucristo. Su oficio no le exige que introduzca y propague en las lejanas tierras de misión precisamente la civilización de los pueblos europeos, y no otra cosa, como quien trasplanta un árbol; sino más bien que enseñe y eduque a aquellas naciones, que a veces se ufanan de sus culturas antiquísimas, para que sea apresten a recibir prácticamente los principios de la vida y costumbres cristianas. Tales principios pueden armonizarse con cualquier civilización que sea sana e íntegra, y pueden conferirle un mayor vigor en la defensa de la divinidad humana y conseguir la felicidad. Los católicos nativos deben ser en primer lugar miembros de la gran familia de Dios y ciudadanos de su Reino (cfr. Ef 2, 19); pero sin dejar por esto de ser ciudadanos de su patria terrena» ( Discurso Vivamente gradito, 24-VI-1944: AAS 36 (1934) 210).

66. Al Dios de las misericordias atribuimos el que todos hayan considerado con interés especial este hecho, el cual es evidente argumento de la crecida vitalidad y del vigor cada día mayor de que goza la obra misional. Ya que, gracias a la actividad de los misioneros entre los pueblos paganos tan distanciados en el espacio unos de otros y de costumbres tan diversas, el aliento evangélico ha penetrado tanto en las almas cuanto claramente demuestra el elocuente testimonio de estas artes renacientes. Esta exposición prueba también que la fe cristiana, grabada en las almas y exteriorizada en costumbres en armonía con ella, es la única que puede elevar el entendimiento humano a producir estas excelentes obras artísticas, que ciertamente constituyen una alabanza perenne de la Iglesia católica y un ornamento esplendidísimo del culto divino.

1.4 Juan XXIII

1.4.1 Exhortación apostólica Princeps Pastorum (28-XI-1959) [4]

Primacía de la formación espiritual

7. Nuestro recordado Predecesor, Benedicto XV, en la Maximum illud insistió en inculcar a los directores de Misión que su más asidua preocupación había de ser dirigida a la «completa y perfecta» (AAS 11 (1919) 445) formación del Clero local, ya que, «al tener comunes con sus connacionales el origen, la índole, la mentalidad y las aspiraciones, se halla maravillosamente preparado para introducir en sus corazones la Fe, porque conoce mejor que ningún otro las vías de la persuasión» (Ibid.).

Apenas si es necesario recordar que una perfecta educación sacerdotal, ante todo, ha de estar dirigida a la adquisición de las virtudes propias del santo estado, ya que éste es el primer deber del sacerdote, «el deber de atender a la propia santificación» (Pio XII, Exhortación apostólica Menti Nostrae: AAS 42 (1950) 677). El nuevo clero nativo entrará, pues, en santa competencia con el clero de las más antiguas diócesis, que desde hace ya tanto tiempo ha dado al mundo sacerdotes que, por el heroísmo de sus esplendentes virtudes y la viva elocuencia de sus ejemplos, han merecido ser propuestos como modelos para el clero de toda la Iglesia. Porque principalmente con la santidad es como el clero puede demostrar que es luz y sal de la tierra (cfr. Mt 5, 13-14), esto es, de su propia nación y de todo el mundo; puede convencer de la belleza y poder del Evangelio; puede eficazmente enseñar a los fieles que la perfección de la vida cristiana es una meta a la cual pueden y deben tender con todo esfuerzo y con perseverancia los hijos de Dios, cualquiera sea su origen, su ambiente, su cultura y su civilización. Con paternal corazón ansiamos llegue el día en que el clero local pueda doquier dar sujetos capaces de educar para la santidad a los alumnos mismos del santuario, siendo sus guías espirituales. A los Obispos y a los superiores de las Misiones, Nos dirigimos también la invitación de que ya desde ahora no duden escoger, de entre su Clero local, sacerdotes que por sus virtudes y prudencia den seguridad de ser, para sus seminaristas connacionales, sus seguros maestros y sus guías en la formación espiritual.

Formación cultural y ambiental

8. Bien sabéis, además, Venerables Hermanos, cómo la Iglesia siempre ha exigido que sus sacerdotes sean preparados para su ministerio mediante una educación sólida y completa del espíritu y del corazón. Y que de ello sean capaces los jóvenes de toda raza y procedentes de cualquier parte del mundo, ni siquiera vale la pena de recordarlo: los hechos y la experiencia lo han demostrado con toda claridad. Natural es que en la formación del clero local se tenga buena cuenta de los factores ambientales propios de las diversas regiones.

Para todos los candidatos al sacerdocio vale la sapientísima norma, según la cual ellos no han de formarse «en un ambiente demasiado retirado del mundo» (Ibid., 686), porque entonces «cuando vayan a en medio del mundo podrán encontrar serias dificultades en las relaciones con el pueblo y con el laicado culto, y puede así ocurrir o que tomen una actitud equivocada o falsa hacia los fieles, o que consideren desfavorablemente la formación recibida» (Ibid.). Habrán ellos de ser sacerdotes espiritualmente perfectos, pero también «gradualmente y con prudencia insertados en la parte del mundo » (Ibid., 687) que les hubiere tocado en suerte, a fin de que la iluminen con la verdad y la santifiquen con la gracia de Cristo.

A tal fin, aun en lo que atañe al régimen mismo del seminario, conviene insistir sobre la manera de vivir local, mas no sin aprovechar todas aquellas facilidades ya técnicas, ya materiales, que hace mucho tiempo son bien y patrimonio de todas las culturas, pues que representan un real progreso para un tenor de vida más elevado y para una más conveniente salvaguarda de las fuerzas físicas.

Los estudios de Misionología

10. Precisamente, en atención a una formación intelectual que tenga presentes las reales necesidades y la mentalidad de cada pueblo, esta Sede Apostólica siempre ha recomendado los estudios especiales de Misionología, y ello no sólo a los misioneros, sino también al clero nativo.

Así, Nuestro predecesor Benedicto XV decretaba la institución de las enseñanzas de las materias misionales en la Universidad Romana "de Propaganda Fide" (cfr. Carta apostólica Maximum illud: AAS 11 (1919) 448), y Pío XII aprobó con satisfacción la erección del Instituto Misionero Científico en el mismo Ateneo Urbaniano y la institución, tanto en Roma como en otras partes, de facultades y cátedras de Misionología (cfr. Carta encíclica Evangelii praecones: AAS 43 (1951) 500). Para ello, los programas de los seminarios locales en tierras de Misión no dejarán de asegurar cursos de estudio en las varias ramas de Misionología y la enseñanza de los diversos conocimientos y técnicas especialmente útiles para el ministerio futuro del clero de aquellas regiones. Por lo tanto, se organizará una enseñanza tal que, dentro del espíritu de la más genuina y sólida tradición eclesiástica, sepa formar cuidadosamente el juicio de los sacerdotes sobre los valores culturales locales, especialmente los filosóficos y los religiosos, en sus relaciones con la enseñanza y la religión cristiana. «La Iglesia Católica -ha escrito Nuestro inmortal predecesor Pío XII- ni desprecia ni rechaza completamente el pensamiento pagano, sino que más bien, luego de haberlo purificado de toda escoria de error, lo completa y lo perfecciona con cristiana prudencia. Ello, en igual forma que ha acogido el progreso en el campo de las ciencias y de las artes..., y en igual forma consagró las particulares costumbres y las antiguas tradiciones de los pueblos; aun las mismas fiestas paganas, transformadas, sirvieron para celebrar las memorias de los mártires y los divinos misterios» (Ibid., 522). Y Nos mismo ya hemos tenido ocasión de manifestar sobre esta materia Nuestro pensamiento: «Doquier haya auténticos valores del arte y del pensamiento, que pueden enriquecer a la familia humana, la Iglesia está pronta a favorecer ese trabajo del espíritu. Y ella misma [la Iglesia] no se identifica con ninguna cultura, ni siquiera con la cultura occidental, aun hallándose tan ligada a ésta su historia. Porque su misión propia es de otro orden: el de la salvación religiosa del hombre. Pero la Iglesia, llena de una juventud sin cesar renovada al soplo del Espíritu, permanece dispuesta a reconocer siempre, a acoger y aun a sumar todo lo que sea honor de la inteligencia y del corazón humano en cualesquiera tierras del mundo, distintas de las mediterráneas que fueron la cuna providencial del cristianismo» (Discurso a los participantes al II Congreso mundial de los escritores y artistas negros: AAS 51 (1959) 260).

Apóstoles en el campo cultural

11. Los sacerdotes nativos bien preparados y adiestrados en este campo tan importante y difícil, en el que pueden contribuir tan eficazmente, podrán dar vida, bajo la dirección de sus Obispos, a movimientos de penetración aun entre las clases cultas, singularmente en las naciones de antigua y profunda cultura, a ejemplo de los famosos misioneros entre los que basta citar, por todos, al P. Mateo Ricci. También el clero nativo es el que ha de «reducir toda inteligencia en homenaje a Cristo» (cfr. 2 Cor 10, 5), como decía aquel incomparable misionero que fue San Pablo, y así «atraerse en su patria la estimación aun de las personalidades y de los doctos». A juicio suyo, los Obispos procuren oportunamente constituir, para las necesidades de una o más regiones, centros de cultura donde los sacerdotes -los misioneros y los nativos- tengan ocasión de hacer que fructifique su preparación intelectual y su experiencia en beneficio de la sociedad en la que viven por elección o por nacimiento. Y a este propósito necesario es también recordar lo que sugería Nuestro inmediato predecesor Pío XII, que es deber de los fieles el «multiplicar y difundir la prensa católica en todas sus formas» (Encíclica Fidei donum: AAS 49 (1957) 233), así como preocuparse «por las técnicas modernas de difusión y de cultura, pues conocida es la importancia de una opinión pública formada e iluminada» (Ibid.). Y aunque no todo se podrá intentar doquier, necesario es aprovechar toda ocasión buena de proveer a estas reales y urgentes necesidades, aunque a veces quien siembra no sea el mismo que haya de recoger (Jn 4, 37).

13. Si es verdad que, para un apostolado lo más ampliamente fructuoso, es de primaria importancia que el sacerdote nativo conozca y sepa con sano criterio y justa prudencia estimar los valores locales, aún será mayor verdad que para él vale lo que Nuestro inmediato Predecesor decía a todos los fieles: «Las perspectivas universales de la Iglesia serán las perspectivas normales de su vida cristiana» (Encíclica Fidei donum: AAS 49 (1957) 238). Para ello el clero local, no sólo habrá de estar informado de los intereses y vicisitudes de la Iglesia universal, sino que habrá de estar educado en un íntimo y universal espíritu de caridad. San Juan Crisóstomo decía de las celebraciones litúrgicas cristianas: «Al acercarnos al altar, primero oramos por el mundo entero y por los intereses colectivos» (Hom. 2 in 2 Cor: PG 61, 398); y gráficamente afirmaba San Agustín: «Si quieres amar a Cristo, extiende tu caridad a toda la tierra, porque los miembros de Cristo están por todo el mundo» (In ep. Ioan. ad Parthos 10, 5 : PL 35, 2060).

Y precisamente para salvaguardar en toda su pureza este espíritu católico que debe animar la obra de los misioneros, Nuestro predecesor Benedicto XV no dudó en denunciar con las más severas expresiones un peligro que podía hacer perder de vista los altísimos fines del apostolado misionero y así comprometer su eficacia: «Cosa bien triste sería -así escribía él en la epístola Maximum illud- que algún misionero de tal modo descuidara su dignidad que pensara más en su patria terrena que en la celestial, y se preocupara con exceso por dilatar su poderío y extender su gloria. Tal modo de obrar constituiría un daño funestísimo para el apostolado, y en el misionero apagaría todo impulso de caridad hacia las almas y disminuiría su propio prestigio a los ojos aun de su propio pueblo» (AAS 11 (1919) 446).

Peligro, que podría hoy repetirse bajo otras formas, por el hecho de que en muchos territorios de Misión se va generalizando la aspiración de los pueblos al autogobierno y a la independencia, y cuando la conquista de las libertades civiles puede, por desgracia, ir acompañada de excesos no muy acordes con los auténticos y profundos intereses espirituales de la humanidad.

Nos mismo confiamos plenamente que el Clero nativo, movido por sentimientos y propósitos superiores que se conformen a las exigencias universalistas de la religión cristiana, contribuirá también al bienestar real de la propia nación.

«La Iglesia de Dios es católica y no es extranjera en ningún pueblo o nación» (Ibid., 445), decía Nuestro mismo Predecesor, y ninguna iglesia local podrá expresar su vital unión con la Iglesia universal, si su Clero y su pueblo se dejaran sugestionar por el espíritu particularista, por sentimientos de malevolencia hacia otros pueblos, por un malentendido nacionalismo que destruyese la realidad de aquella caridad universal que es el fundamento de la Iglesia de Dios, la única y verdadera "católica".

 


2. Concilio Vaticano II

2.1 Constitución Sacrosanctum Concilium (4-XII-1963) [5]

37. La Iglesia no pretende imponer una rígida uniformidad en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la comunidad, ni siquiera en la Liturgia: por el contrario, respeta y promueve el genio y las cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos. Estudia con simpatía y, si puede, conserva integro lo que en las costumbres de los pueblos encuentra que no esté indisolublemente vinculado a supersticiones y errores, y aun a veces lo acepta en la misma Liturgia, con tal que se pueda armonizar con su verdadero y auténtico espíritu.

38. Al revisar los libros litúrgicos, salvada la unidad sustancial del rito romano, se admitirán variaciones y adaptaciones legítimas a los diversos grupos, regiones, pueblos, especialmente en las misiones, y se tendrá esto en cuenta oportunamente al establecer la estructura de los ritos y las rúbricas.

 

2.2 Constitución dogmática Lumen gentium (21-XI-1964) [6]

Universalidad y catolicidad del único Pueblo de Dios

13. Todos los hombres son llamados a formar parte del Pueblo de Dios. Por lo cual este Pueblo, siendo uno y único, ha de abarcar el mundo entero y todos los tiempos para cumplir los designios de la voluntad de Dios, que creó en el principio una sola naturaleza humana y determinó congregar en un conjunto a todos sus hijos, que estaban dispersos (cfr. Jn 11,52). Para ello envió Dios a su Hijo a quien constituyó heredero universal (cfr. Hb 1, 2), para que fuera Maestro, Rey y Sacerdote nuestro, Cabeza del nuevo y universal pueblo de los hijos de Dios. Para ello, por fin, envió al Espíritu de su Hijo, Señor y Vivificador, que es para toda la Iglesia, y para todos y cada uno de los creyentes, principio de asociación y de unidad en la doctrina de los Apóstoles y en la unión, en la fracción del pan y en la oración (cfr. Hch 2, 42).

Así, pues, de todas las gentes de la tierra se compone el Pueblo de Dios, porque de todas recibe sus ciudadanos, que lo son de un reino, por cierto no terreno, sino celestial. Pues todos los fieles esparcidos por la faz de la tierra comunican en el Espíritu Santo con los demás, y así "el que habita en Roma sabe que los indios son también sus miembros". Pero como el Reino de Cristo no es de este mundo (cfr. Jn 18, 36), la Iglesia, o Pueblo de Dios, introduciendo este Reino no arrebata a ningún pueblo ningún bien temporal, sino al contrario, todas las facultades, riquezas y costumbres que revelan la idiosincrasia de cada pueblo, en lo que tienen de bueno, las favorece y asume; pero al recibirlas las purifica, las fortalece y las eleva. Pues sabe muy bien que debe asociarse a aquel Rey, a quien fueron dadas en heredad todas las naciones (cfr. Sal 2, 8) y a cuya ciudad llevan dones y obsequios (cfr. Sal 71 [72], 10; Is 60,4-7; Ap 21, 24).

Este carácter de universalidad, que distingue al Pueblo de Dios, es un don del mismo Señor por el que la Iglesia católica tiende eficaz y constantemente a recapitular la Humanidad entera con todos sus bienes, bajo Cristo como Cabeza en la unidad de su Espíritu. En virtud de esta catolicidad cada una de las partes presenta sus dones a las otras partes y a toda la Iglesia, de suerte que el todo y cada uno de sus elementos se aumentan con todos lo que mutuamente se comunican y tienden a la plenitud en la unidad. De donde resulta que el Pueblo de Dios no sólo congrega gentes de diversos pueblos, sino que en sí mismo está integrado de diversos elementos, Porque hay diversidad entre sus miembros, ya según los oficios, pues algunos desempeñan el ministerio sagrado en bien de sus hermanos; ya según la condición y ordenación de vida, pues muchos en el estado religioso tendiendo a la santidad por el camino más arduo estimulan con su ejemplo a los hermanos. Además, en la comunión eclesiástica existen Iglesias particulares, que gozan de tradiciones propias, permaneciendo íntegro el primado de la Cátedra de Pedro, que preside todo el conjunto de la caridad, defiende las legítimas variedades y al mismo tiempo procura que estas particularidades no sólo no perjudiquen a la unidad, sino incluso cooperen en ella. De aquí dimanan finalmente entre las diversas partes de la Iglesia los vínculos de íntima comunicación de riquezas espirituales, operarios apostólicos y ayudas materiales. Los miembros del Pueblo de Dios están llamados a la comunicación de bienes, y a cada una de las Iglesias pueden aplicarse estas palabras del Apóstol: "El don que cada uno haya recibido, póngalo al servicio de los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios" (1 Pe 4, 10).

Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que prefigura y promueve la paz y a ella pertenecen de varios modos y se ordenan, tanto los fieles católicos como los otros cristianos, e incluso todos los hombres en general llamados a la salvación por la gracia de Dios.

Los no cristianos

16. Por fin, los que todavía no recibieron el Evangelio, están ordenados al Pueblo de Dios por varias razones. En primer lugar, por cierto, aquel pueblo a quien se confiaron las alianzas y las promesas y del que nació Cristo según la carne (cfr. Rm 9, 45); pueblo, según la elección, amadísimo a causa de los padres; porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables (cfr. Rm 11, 28-29). Pero el designio de salvación abarca también a aquellos que reconocen al Creador, entre los cuales están en primer lugar los musulmanes, que confesando profesar la fe de Abraham adoran con nosotros a un solo Dios, misericordiosos, que ha de juzgar a los hombres en el último día. Este mismo Dios tampoco está lejos de otros que entre sombras e imágenes buscan al Dios desconocido, puesto que les da a todos la vida, la inspiración y todas las cosas (cfr. Hch 17, 25-28), y el Salvador quiere que todos los hombres se salven (cfr. 1 Tim 2, 4). Pues los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. La divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte no llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la gracia divina, en conseguir una vida recta. La Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero, que entre ellos se da, como preparación evangélica, y dado por quien ilumina a todos los hombres, para que al fin tenga la vida. Pero con demasiada frecuencia los hombres, engañados por el maligno, se hicieron necios en sus razonamientos y trocaron la verdad de Dios por la mentira sirviendo a la criatura en lugar del Criador (cfr. Rm 1, 24-25), o viviendo y muriendo sin Dios en este mundo están expuestos a una horrible desesperación. Por lo cual la Iglesia, recordando el mandato del Señor: "Predicad el Evangelio a toda criatura (cfr. Mc 16, 16), fomenta encarecidamente las misiones para promover la gloria de Dios y la salvación de todos.

 

Carácter misionero de la Iglesia

17. Como el Padre envió al Hijo, así el Hijo envió a los Apóstoles (cfr. Jn 20, 21), diciendo: "Id y enseñad a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo" (Mt 28, 19-20). Este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo recibió de los Apóstoles con la encomienda de llevarla hasta el fin de la tierra (cfr. Hch 1, 8). De aquí que haga suyas las palabras del Apóstol: "¡Ay de mí si no evangelizara!" (1 Cor 9, 16), por lo que se preocupa incansablemente de enviar evangelizadores hasta que queden plenamente establecidas nuevas Iglesias y éstas continúen la obra evangelizadora. Por eso se ve impulsada por el Espíritu Santo a poner todos los medios para que se cumpla efectivamente el plan de Dios, que puso a Cristo como principio de salvación para todo el mundo. Predicando el Evangelio, mueve a los oyentes a la fe y a la confesión de la fe, los dispone para el bautismo, los arranca de la servidumbre del error y de la idolatría y los incorpora a Cristo, para que crezcan hasta la plenitud por la caridad hacia Él. Con su obra consigue que todo lo bueno que haya depositado en la mente y en el corazón de estos hombres, en los ritos y en las culturas de estos pueblos, no solamente no desaparezca, sino que cobre vigor y se eleve y se perfeccione para la gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre. Sobre todos los discípulos de Cristo pesa la obligación de propagar la fe según su propia condición de vida. Pero aunque cualquiera puede bautizar a los creyentes, es, no obstante, propio del sacerdote el consumar la edificación del Cuerpo de Cristo por el sacrificio eucarístico, realizando las palabras de Dios dichas por el profeta: "Desde el orto del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes, y en todo lugar se ofrece a mi nombre una oblación pura" (Mal 1, 11). Así, pues ora y trabaja a un tiempo la Iglesia, para que la totalidad del mundo se incorpore al Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu Santo, y en Cristo, Cabeza de todos, se rinda todo honor y gloria al Creador y Padre universal.

2.3 Declaración Nostra aetate (28-X-1965) [7]

Las diversas religiones no cristianas

2. Ya desde la antigüedad y hasta nuestros días se encuentra en los diversos pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana y a veces también el reconocimiento de la Suma Divinidad e incluso del Padre. Esta percepción y conocimiento penetra toda su vida con íntimo sentido religioso. Las religiones a tomar contacto con el progreso de la cultura, se esfuerzan por responder a dichos problemas con nociones más precisas y con un lenguaje más elaborado. Así, en el Hinduismo los hombres investigan el misterio divino y lo expresan mediante la inagotable fecundidad de los mitos y con los penetrantes esfuerzos de la filosofía, y buscan la liberación de las angustias de nuestra condición mediante las modalidades de la vida ascética, a través de profunda meditación, o bien buscando refugio en Dios con amor y confianza. En el Budismo, según sus varias formas, se reconoce la insuficiencia radical de este mundo mudable y se enseña el camino por el que los hombres, con espíritu devoto y confiado pueden adquirir el estado de perfecta liberación o la suprema iluminación, por sus propios esfuerzos apoyados con el auxilio superior. Así también las demás religiones que se encuentran en el mundo, se esfuerzan por responder de varias maneras a la inquietud del corazón humano, proponiendo caminos, es decir, doctrinas, normas de vida y ritos sagrados.

La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es "el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas.

Por consiguiente, exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que en ellos existen.

 

2.4 Constitución pastoral Gaudium et spes (7-XII-1965) [8]

44. Interesa al mundo reconocer a la Iglesia como realidad social y fermento de la historia. De igual manera, la Iglesia reconoce los muchos beneficios que ha recibido de la evolución histórica del género humano.

La experiencia del pasado, el progreso científico, los tesoros escondidos en las diversas culturas, permiten conocer más a fondo la naturaleza humana, abren nuevos caminos para la verdad y aprovechan también a la Iglesia. Esta, desde el comienzo de su historia, aprendió a expresar el mensaje cristiano con los conceptos y en la lengua de cada pueblo y procuró ilustrarlo además con el saber filosófico. Procedió así a fin de adaptar el Evangelio a nivel del saber popular y a las exigencias de los sabios en cuanto era posible. Esta aceptación de la predicación de la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda la evangelización. Porque así en todos los pueblos se hace posible expresar el mensaje cristiano de modo apropiado a cada uno de ellos y al mismo tiempo se fomenta un vivo intercambio entre la Iglesia y las diversas culturas. Para aumentar este trato sobre todo en tiempos como los nuestros, en que las cosas cambian tan rápidamente y tanto varían los modos de pensar, la Iglesia necesita de modo muy peculiar la ayuda de quienes por vivir en el mundo, sean o no sean creyentes, conocen a fondo las diversas instituciones y disciplinas y comprenden con claridad la razón íntima de todas ellas. Es propio de todo el Pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada.

La Iglesia, por disponer de una estructura social visible, señal de su unidad en Cristo, puede enriquecerse, y de hecho se enriquece también, con la evolución de la vida social, no porque le falte en la constitución que Cristo le dio elemento alguno, sino para conocer con mayor profundidad esta misma constitución, para expresarla de forma más perfecta y para adaptarla con mayor acierto a nuestros tiempos. La Iglesia reconoce agradecida que tanto en el conjunto de su comunidad como en cada uno de sus hijos recibe ayuda variada de parte de los hombres de toda clase o condición. Porque todo el que promueve la comunidad humana en el orden de la familia, de la cultura, de la vida económico-social, de la vida política, así nacional como internacional, proporciona no pequeña ayuda, según el plan divino, también a la comunidad eclesial, ya que ésta depende asimismo de las realidades externas. Más aún, la Iglesia confiesa que le han sido de mucho provecho y le pueden ser todavía de provecho la oposición y aun la persecución de sus contrarios.

53. Es propio de la persona humana el no llegar a un nivel verdadera y plenamente humano si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y los valores naturales. Siempre, pues, que se trata de la vida humana, naturaleza y cultura se hallen unidas estrechísimamente.

Con la palabra cultura se indica, en sentido general, todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a través del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano.

De aquí se sigue que la cultura humana presenta necesariamente un aspecto histórico y social y que la palabra cultura asume con frecuencia un sentido sociológico y etnológico. En este sentido se habla de la pluralidad de culturas. Estilos de vida común diversos y escala de valor diferentes encuentran su origen en la distinta manera de servirse de las cosas, de trabajar, de expresarse, de practicar la religión, de comportarse, de establecer leyes e instituciones jurídicas, de desarrollar las ciencias, las artes y de cultivar la belleza. Así, las costumbres recibidas forman el patrimonio propio de cada comunidad humana. Así también es como se constituye un medio histórico determinado, en el cual se inserta el hombre de cada nación o tiempo y del que recibe los valores para promover la civilización humana. (...)

58. Múltiples son los vínculos que existen entre el mensaje de salvación y la cultura humana. Dios, en efecto, al revelarse a su pueblo hasta la plena manifestación de sí mismo en el Hijo encarnado, habló según los tipos de cultura propios de cada época.

De igual manera, la Iglesia, al vivir durante el transcurso de la historia en variedad de circunstancias, ha empleado los hallazgos de las diversas culturas para difundir y explicar el mensaje de Cristo en su predicación a todas las gentes, para investigarlo y comprenderlo con mayor profundidad, para expresarlo mejor en la celebración litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de los fieles.

Pero al mismo tiempo, la Iglesia, enviada a todos los pueblos sin distinción de épocas y regiones, no está ligada de manera exclusiva e indisoluble a raza o nación alguna, a algún sistema particular de vida, a costumbre alguna antigua o reciente. Fiel a su propia tradición y consciente a la vez de la universalidad de su misión, puede entrar en comunión con las diversas formas de cultura; comunión que enriquece al mismo tiempo a la propia Iglesia y las diferentes culturas.

La buena nueva de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura del hombre, caído, combate y elimina los errores y males que provienen de la seducción permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda como desde sus entrañas las cualidades espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad, las consolida, perfecciona y restaura en Cristo. Así, la Iglesia, cumpliendo su misión propia, contribuye, por lo mismo, a la cultura humana y la impulsa, y con su actividad, incluida la litúrgica, educa al hombre en la libertad interior.

2.5 Decreto Ad gentes (7-XII-1965) [9]

Misión del Hijo

3. Este designio universal de Dios en pro de la salvación del género humano no se realiza solamente de un modo secreto en la mente de los hombres, o por los esfuerzos, incluso de tipo religioso, con los que los hombres buscan de muchas maneras a Dios, para ver si a tientas le pueden encontrar; aunque no está lejos de cada uno de nosotros (cfr. Hch 17, 27), porque estos esfuerzos necesitan ser iluminados y sanados, aunque, por benigna determinación del Dios providente, pueden tenerse alguna vez como pedagogía hacia el Dios verdadero o como preparación evangélica. Dios, para establecer la paz o comunión con El y armonizar la sociedad fraterna entre los hombres, pecadores, decretó entrar en la historia de la humanidad de un modo nuevo y definitivo enviando a su Hijo en nuestra carne para arrancar por su medio a los hombres del poder de las tinieblas y de Satanás (cfr. Col 1, 13; Hch 10, 38), y en Él reconciliar consigo al mundo (cfr. 2 Cor 5, 19). A Él, por quien hizo el mundo, lo constituyó heredero de todo a fin de instaurarlo todo en Él (cfr. Ef 1, 10). (…)

El Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida para redención de muchos, es decir, de todos (cfr. Mc 10, 45). Los Santos Padres proclaman constantemente que no está sanado lo que no ha sido asumido por Cristo. Pero tomó la naturaleza humana íntegra, cual se encuentra en nosotros miserables y pobres, a excepción del pecado (cfr. Hb 4, 15; 9, 28).

Purificación y elevación de los elementos buenos de ritos y culturas

9. La actividad misional es nada más y nada menos que la manifestación o epifanía del designio de Dios y su cumplimiento en el mundo y en su historia, en la que Dios realiza abiertamente, por la misión, la historia de la salud. Por la palabra de la predicación y por la celebración de los sacramentos, cuyo centro y cumbre es la Sagrada Eucaristía, la actividad misionera hace presente a Cristo autor de la salvación. Libera de contactos malignos todo cuanto de verdad y de gracia se hallaba entre las gentes como presencia velada de Dios y lo restituye a su Autor, Cristo, que derroca el imperio del diablo y aparta la multiforme malicia de los pecadores. Así, pues, todo lo bueno que se halla sembrado en el corazón y en la mente de los hombres, en los propios ritos y en las culturas de los pueblos, no solamente no perece, sino que es purificado, elevado y consumado para gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre.

Testimonio y diálogo

11. Para que los mismos fieles puedan dar fructuosamente este testimonio de Cristo, reúnanse con aquellos hombres por el aprecio y la caridad, reconózcanse como miembros del grupo humano en que viven, y tomen parte en la vida cultural y social por las diversas relaciones y negocios de la vida humana; estén familiarizados con sus tradiciones nacionales y religiosas, descubran con gozo y respeto las semillas de la Palabra que en ellas laten; pero atiendan, al propio tiempo, a la profunda transformación que se realiza entre las gentes y trabajen para que los hombres de nuestro tiempo, demasiado entregados a la ciencia y a la tecnología del mundo moderno, no se alejen de las cosas divinas, más todavía, para que despierten a un deseo más vehemente de la verdad y de la caridad revelada por Dios.

Como el mismo Cristo escudriñó el corazón de los hombres y los ha conducido con un coloquio verdaderamente humano a la luz divina, así sus discípulos, inundados profundamente por el espíritu de Cristo, deben conocer a los hombres entre los que viven, y tratar con ellos, para advertir en diálogo sincero y paciente las riquezas que Dios generoso ha distribuido a las gentes; y, al mismo tiempo, esfuércense en examinar sus riquezas con la luz evangélica, liberarlas y reducirlas al dominio de Dios Salvador.

Constitución del clero local

16. La Iglesia da gracias, con mucha alegría, por la merced inestimable de la vocación sacerdotal que Dios ha concedido a tantos jóvenes de entre los pueblos convertidos recientemente a Cristo. Pues la Iglesia profundiza sus más firmes raíces en cada grupo humano, cuando las varias comunidades de fieles tienen de entre sus miembros los propios ministros de la salvación en el Orden de los Obispos, de los presbíteros y diáconos, que sirven a sus hermanos, de suerte que las nuevas Iglesias consigan, paso a paso con su clero la estructura diocesana. (…)

Armonícese, según las normas del Concilio, estas exigencias comunes de la formación sacerdotal, incluso pastoral y práctica, con el deseo de acomodarse al modo peculiar de pensar y de proceder del propio país. Ábranse, pues, y avívense las mentes de los alumnos para que conozcan bien y puedan juzgar la cultura de su pueblo; conozcan claramente en las disciplinas filosóficas y teológicas las diferencias y semejanzas que hay entre las tradiciones, la religión patria y la religión cristiana.

Atienda también la formación sacerdotal a las necesidades pastorales de la región; aprendan los alumnos la historia, el fin y el método, de la acción misional de la Iglesia, y las especiales condiciones sociales, económicas y culturales de su pueblo. Edúquense en el espíritu del ecumenismo y prepárense convenientemente para el diálogo fraterno con los no cristianos. Todo esto exige que los estudios para el sacerdocio se hagan, en cuanto sea posible, en comunicación y convivencia con su propio pueblo. Cuídense también la formación en la buena administración eclesiástica e incluso económica.

Diversidad en la unidad

22. La semilla, que es la palabra de Dios, al germinar absorbe el jugo de la tierra buena, regada con el rocío celestial, y lo transforma y lo asimila para dar al fin fruto abundante. Ciertamente, a semejanza del plan de la Encarnación, las Iglesias jóvenes, radicadas en Cristo y edificadas sobre el fundamento de los Apóstoles, toman, en intercambio admirable, todas las riquezas de las naciones que han sido dadas a Cristo en herencia (cfr. Sal 2, 8). Ellas reciben de las costumbres y tradiciones, de la sabiduría y doctrina, de las artes e instituciones de los pueblos todo lo que puede servir para expresar la gloria del Creador, para explicar la gracia del Salvador y para ordenar debidamente la vida cristiana.

Para conseguir este propósito es necesario que en cada gran territorio socio-cultural se promuevan los estudios teológicos por los que se sometan a nueva investigación, a la luz de la tradición de la Iglesia universal, los hechos y las palabras reveladas por Dios, consignadas en las Sagradas Escrituras y explicadas por los Padres y el Magisterio de la Iglesia. Así aparecerá más claramente por qué caminos puede llegar la fe a la inteligencia, teniendo en cuenta la filosofía y la sabiduría de los pueblos, y de qué forma pueden compaginarse las costumbres, el sentido de la vida y el orden social con las costumbres manifestadas por la divina revelación. Con ello se descubrirán los caminos para una acomodación más profunda en todo el ámbito de la vida cristiana. Con este modo de proceder se excluirá toda clase de sincretismo y de falso particularismo, se acomodarán la vida cristiana a la índole y al carácter de cualquier cultura, y serán asumidas en la unidad católica las tradiciones particulares, con las cualidades propias de cada raza, ilustradas con la luz del Evangelio. Por fin, las Iglesias particulares jóvenes, adornadas con sus tradiciones, tendrán su lugar en la comunión eclesiástica, permaneciendo íntegro el primado de la cátedra de Pedro, que preside a la asamblea universal de la caridad.

Es, por tanto, conveniente que las Conferencias Episcopales se unan entre sí dentro de los límites de cada uno de los grandes territorios socio-culturales, de suerte que puedan conseguir de común acuerdo este objetivo de la adaptación.


3. Pablo VI

3.1 Encíclica Ecclesiam suam (6-VIII-1964)[10]

Perfectibilidad de los cristianos

15. Este estudio de perfeccionamiento espiritual y moral se halla estimulado aun exteriormente por las condiciones en que la Iglesia desarrolla su vida. Ella no puede permanecer inmóvil e indiferente ante los cambios del mundo que la rodea. De mil maneras éste influye y condiciona la conducta práctica de la Iglesia. Ella, como todos saben, no está separada del mundo, sino que vive en él. Por eso los miembros de la Iglesia reciben su influjo, respiran su cultura, aceptan sus leyes, asimilan sus costumbres. Este inmanente contacto de la Iglesia con la sociedad temporal le crea una continua situación problemática, hoy laboriosísima. Por una parte, la vida cristiana, tal como la Iglesia la defiende y promueve, debe continuar y valerosamente evitar todo cuanto pueda engañarla, profanarla, sofocarla, como para inmunizarse contra el contagio del error y del mal; por otra, no sólo debe adaptarse a los modos de concebir y de vivir que el ambiente temporal le ofrece y le impone, en cuanto sean compatibles con las exigencias esenciales de su programa religioso y moral, sino que debe procurar acercarse a él, purificarlo, ennoblecerlo, vivificarlo y santificarlo; tarea ésta, que impone a la Iglesia un perenne examen de vigilancia moral y que nuestro tiempo reclama con particular apremio y con singular gravedad.

El "Diálogo"

27. La Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir. La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio. Este aspecto capital de la vida actual de la Iglesia será objeto de un estudio particular y amplio por parte del Concilio Ecuménico, como es sabido, y Nos no queremos entrar al examen concreto de los temas propuestos a tal estudio, para así dejar a los Padres del Concilio la misión de tratarlos libremente. Nos queremos tan sólo, Venerables Hermanos, invitaros a anteponer a este estudio algunas consideraciones para que sean más claros los motivos que mueven a la Iglesia al diálogo, más claros los métodos que se deben seguir y más claros los objetivos que se han de alcanzar. Queremos preparar los ánimos, no tratar las cuestiones.

Y no podemos hacerlo de otro modo, convencidos de que el diálogo debe caracterizar nuestro oficio apostólico, como herederos que somos de una estilo, de una norma pastoral que nos ha sido transmitida por nuestros Predecesores del siglo pasado, comenzando por el grande y sabio León XIII, que casi personifica la figura evangélica del escriba prudente, que como un padre de familia saca de su tesoro cosas antiguas y nuevas (Mt 13, 32), emprendía majestuosamente el ejercicio del magisterio católico haciendo objeto de su riquísima enseñanza los problemas de nuestro tiempo considerados a la luz de la palabra de Cristo. Y del mismo modo sus sucesores, como sabéis. ¿No nos han dejado nuestros Predecesores, especialmente los papas Pío XI y Pío XII, un magnífico y muy rico patrimonio de doctrina, concebida en el amoroso y sabio intento de aunar el pensamiento divino con el pensamiento humano, no abstractamente considerado, sino concretamente formulado con el lenguaje del hombre moderno? Y este intento apostólico, ¿qué es sino un diálogo? Y ¿no dio Juan XXIII, nuestro inmediato Predecesor, de venerable memoria, un acento aun más marcado a su enseñanza en el sentido de acercarla lo más posible a la experiencia y a la compresión del mundo contemporáneo? ¿No se ha querido dar al mismo Concilio, y con toda razón, un fin pastoral, dirigido totalmente a la inserción del mensaje cristiano en la corriente de pensamiento, de palabra, de cultura, de costumbres, de tendencias de la humanidad, tal como hoy vive y se agita sobre la faz de la tierra? Antes de convertirlo, más aún, para convertirlo, el mundo necesita que nos acerquemos a él y que le hablemos.

En lo que toca a nuestra humilde persona, aunque no nos gusta hablar de ella y deseosos de no llamar la atención, no podemos, sin embargo, en esta intención de presentarnos al Colegio episcopal y al pueblo cristiano, pasar por alto nuestro propósito de perseverar —cuanto lo permitan nuestras débiles fuerzas y sobre todo la divina gracia nos dé modo de llevarlo a cabo— en la misma línea, en el mismo esfuerzo por acercarnos al mundo, en el que la Providencia nos ha destinado a vivir, con todo respeto, con toda solicitud, con todo amor, para comprenderlo, para ofrecerle los dones de verdad y de gracia, cuyos depositarios nos ha hecho Cristo, a fin de comunicarle nuestra maravillosa herencia de redención y de esperanza. Profundamente grabadas tenemos en nuestro espíritu las palabras de Cristo que, humilde pero tenazmente, quisiéramos apropiarnos: No... envió Dios su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él (Jn 3, 17).

La Religión, diálogo entre Dios y el Hombre

28. He aquí, Venerables Hermanos, el origen trascendente del diálogo. Este origen está en la intención misma de Dios. La religión, por su naturaleza, es una relación entre Dios y el hombre. La oración expresa con diálogo esta relación. La revelación, es decir, la relación sobrenatural instaurada con la humanidad por iniciativa de Dios mismo, puede ser representada en un diálogo en el cual el Verbo de Dios se expresa en la Encarnación y, por lo tanto, en el Evangelio. El coloquio paterno y santo, interrumpido entre Dios y el hombre a causa del pecado original, ha sido maravillosamente reanudado en el curso de la historia. La historia de la salvación narra precisamente este largo y variado diálogo que nace de Dios y teje con el hombre una admirable y múltiple conversación. Es en esta conversación de Cristo entre los hombres (cfr. Bar 3, 38) donde Dios da a entender algo de Sí mismo, el misterio de su vida, unicísima en la esencia, trinitaria en las Personas, donde dice, en definitiva, cómo quiere ser conocido: Él es Amor; y cómo quiere ser honrado y servido por nosotros: amor es nuestro mandamiento supremo. El diálogo se hace pleno y confiado; el niño es invitado a él y de él se sacia el místico.

¿Cómo atraer a los hermanos, salva la integridad de la verdad?

33. ¿Hasta qué punto debe la Iglesia acomodarse a las circunstancias históricas y locales en que desarrolla su misión? ¿Cómo debe precaverse del peligro de un relativismo que llegue a afectar su fidelidad dogmática y moral? Pero ¿cómo hacerse al mismo tiempo capaz de acercarse a todos para salvarlos a todos, según el ejemplo del Apóstol: “Me hago todo para todos, a fin de salvar a todos?” (1 Cor 9, 22).

Desde fuera no se salva al mundo. Como el Verbo de Dios que se ha hecho hombre, hace falta hasta cierto punto hacerse una misma cosa con las formas de vida de aquellos a quienes se quiere llevar el mensaje de Cristo; hace falta compartir —sin que medie distancia de privilegios o diafragma de lenguaje incomprensible— las costumbres comunes, con tal que sean humanas y honestas, sobre todo las de los más pequeños, si queremos ser escuchados y comprendidos. Hace falta, aun antes de hablar, escuchar la voz, más aún, el corazón del hombre, comprenderlo y respetarlo en la medida de lo posible y, donde lo merezca, secundarlo. Hace falta hacerse hermanos de los hombres en el mismo hecho con el que queremos ser sus pastores, padres y maestros. El clima del diálogo es la amistad. Más todavía, el servicio. Hemos de recordar todo esto y esforzarnos por practicarlo según el ejemplo y el precepto que Cristo nos dejó (cfr. Jn 13, 14-17).

3.2 Mensaje Africæ terrarum (29-X-1967)[11]

[…]

3. Al enviar nuestro saludo a África no podemos menas de traer a la mente sus antiguas glorias cristianas. Pensamos en las Iglesias cristianas de África, cuyo origen se remonta a los tiempos apostólicos y está ligado, según la tradición, al nombre y predicación del evangelista Marcos. Pensamos en la pléyade innumerable de santos, mártires, con­fesores y vírgenes que pertenecen a ellas. En realidad, desde el siglo II al siglo IV la vida cristiana en las regiones septen­trionales de África fue intensísima e iba en vanguardia tanto en el estudio teológico cuanto en la expresión literaria.

Nos vienen a la memoria los nombres de los grandes doc­tores y escritores, como Orígenes, San Atanasio, San Cirilo, lumbreras de la escuela alejandrina, y sobre la otra orilla del lado mediterráneo africano, Tertuliano, San Cipriano, y sobre todo San Agustín, una de las luces más fulgentes de la cris­tiandad. Recordemos los grandes santos del desierto, Pablo, Antonio, Pacomio, primeros fundadores del monaquismo, di­fundido después, siguiendo su ejemplo, en Oriente y Occiden­te. Y, entre tantos otros, no queremos dejar de nombrar a San Frumencio, llamado Abba Salama, que, consagrado obis­po por San Atanasio, fue el apóstol de Etiopía.

Estos luminosos ejemplos, como también las figuras de los santos Papas africanos Víctor I, Melquiades y Gelasio I, per­tenecen al patrimonio común de la Iglesia; y los escritos de los autores cristianos de África son todavía hoy fundamen­tales para profundizar, a la luz de la Palabra de Dios, en la historia de la salvación.

[…]

Valores tradicionales africanos.

7. Nos ha alegrado siempre el florecimiento de los estudios sobre África, y vemos con satisfacción que se difunde el co­nocimiento de su historia y de sus tradiciones. Lo cual, si se hace de un modo honesto y objetivo, no puede menos de lle­var a una valoración más exacta del pasado y del presente de África.

De esta manera la más reciente historia étnica de los pue­blos de África, aun careciendo de documentos escritos, se presenta muy compleja, rica, como quiera que sea, de indi­vidualidad propia y de experiencias espirituales y sociales, en torno a las cuales prosiguen con provecho el análisis y el estudio profundo de los especialistas. Muchas costumbres y ritos, considerados antaño solamente como extraños, se re­velan hoy, a la luz de los conocimientos etnológicos, como elementos integrantes de particulares sistemas sociales, dig­nos de estudio y de respeto.

A este propósito nos parece oportuno detenernos en algu­nos conceptos generales, característicos de las antiguas cul­turas africanas, porque su valor moral y religioso se nos pre­senta como merecedor de atenta consideración.

8. Fundamento constante y general de la tradición africana es la visión espiritual de la vida. No se trata simple­mente de la concepción que se dice «animística», en el sen­tido que se viene dando a este término en la historia de las religiones hasta finales del siglo pasado. Se trata más bien de una concepción más profunda, más vasta y universal, se­gún la cual todos los seres y la misma naturaleza visible se consideran ligadas al mundo de lo invisible y del espíritu. El hombre, en particular, jamás es concebido sólo como mate­ria, limitado a la vida terrena, sino que se reconoce en él la presencia y la eficacia de otro elemento espiritual por él que la vida humana está siempre puesta en relación con la vida del más allá.

De esta concepción espiritual, elemento común importan­tísimo, es la idea de Dios, como causa primera y última de todas las cosas. Este concepto, percibido más que analizado, vivido más que pensado, se expresa de modos muy diversos en unas y otras culturas. En realidad, la presencia de Dios penetra la vida africana, como la presencia de un ser supe­rior, personal y misterioso.

A El se recurre en los momentos solemnes y más críticos de la vida, cuando la intercesión de cualquier otro interme­diario se considera inútil. Casi siempre, dejado a un lado el temor de su omnipotencia, se invoca a Dios como a Padre. Las oraciones que a El se dirigen, ya individuales, ya colec­tivas, son espontáneas y a veces conmovedoras, mientras que entre las formas de sacrificio surge por pureza de significado el sacrificio de las primicias.

 

9. Otra característica común de la tradición africana es el respeto a la dignidad humana.

Es verdad que hubo aberraciones y aun ritos que parecen estar en estridente contraste con el respeto debido a la per­sona humana; mas se trata de aberraciones soportadas por los mismos protagonistas, las que, gracias a Dios, como ha sucedido con la esclavitud, han desaparecido por completo o están para desaparecer.

El respeto del hombre se realza en las formas, aun cuando no sistemáticamente, de la educación familiar tradicional, en las iniciaciones sociales y en la participación de la vida social y política, según la ordenación tradicional propia de cada pueblo.

10. El elemento propio de la tradición africana es también el sentido de la familia. En este aspecto nos urge poner de relieve el valor moral y aun religioso del cariño a la fami­lia, demostrado también por el vínculo con los antepasados, que encuentra expresión en tantas y tan difusas manifestacio­nes de culto.

Para los africanos la familia viene a ser el ambiente natu­ral en el que el hombre nace y obra, encuentra la necesaria protección y seguridad y tiene, en fin, su continuidad más allá de la vida terrena por medio de la unión con los ante­pasados.

11. En el ámbito familiar, es de notar también el respeto de la función y de la autoridad del padre de familia, cuyo reconocimiento, aun cuando no se da en todas partes en la misma medida, está tan extraordinariamente difundido y arrai­gado que ha de considerarse justamente como un signo carac­terístico de la tradición africana en general.

La «patria potestas» es también profundamente respetada en las sociedades africanas gobernadas por el matriarcado, donde, aun estando reglamentadas en el ámbito de la casa materna la propiedad de los bienes y la condición social de los hijos, permanece todavía intacta la autoridad moral del padre en la organización doméstica.

Del mismo concepto viene también el hecho de que en al­gunas culturas africanas al padre de familia se le atribuye una función típicamente sacerdotal, por la que obra como me­diador no sólo entre los antepasados y su familia, más tam­bién entre Dios y su familia, cumpliendo los actos de culto establecidos por la costumbre.

12. Cuanto a la vida comunitaria -que en la tradición africana era casi la extensión de la familia misma-, nota­mos que la participación en la vida de la comunidad, sea en el ámbito de la parentela, sea en el ámbito de la vida pú­blica, se considera como un preciso deber y un derecho de todos, Mas al ejercicio de este derecho se llega sólo después de la preparación madura a través de una serie de iniciacio­nes que tienen por fin formar el carácter de los jóvenes can­didatos y de instruirlos en las tradiciones y en las normas consuetudinarias de la sociedad.

13. África hoy se encuentra empujada por el progreso, que la mueve hacia las nuevas formas de vida abiertas por la ciencia y por la técnica. Todo esto no está en contradicción con los valores esenciales de la tradición moral y religiosa del pasado, que hemos descrito sucintamente más arriba, ya que pertenecen de algún modo a la ley natural, escrita en el corazón de cada hombre, por la que se rige la ordenada con­vivencia de los hombres de todos los tiempos.

Por esta razón es justo respetar su herencia, como un patrimonio espiritual del pasado, y asimismo es justo renovar su significado y expresión. Sin embargo, frente a la civiliza­ción moderna es necesario, a veces, «saber hacer una selec­ción; discernir y eliminar los falsos bienes que traerían con­sigo un descenso de nivel de vida en el ideal humano, acep­tando los valores sanos y benéficos para desarrollarlos jun­tamente con los suyos y según su carácter propio» (Carta encíclica «Populorum progressio», núm. 41; A. A. S. 59, 1967, página 278). Las nuevas formas de vida brotarán así de cuanto hay de bueno en lo antiguo y en lo nuevo, y se presentarán a las genera­ciones como un patrimonio válido y actual.

14. La Iglesia considera con mucho respeto los valores morales y religiosos de la tradición africana no sólo por su significado, sino también porque ve en ellos la base providen­cial sobre qué transmitir el mensaje evangélico y emprender la construcción de la nueva sociedad en Cristo, como Nos mis­mo lo hicimos notar con ocasión de la canonización de los mártires de Uganda, primeras flores de santidad cristiana de la nueva África que brotaron del tronco más vivo de !a an­tigua tradición (Cf. Homilía tenida el 18 de octubre de 1964: A. A. S. 56, 1964, página 907 y ss).

La enseñanza de Jesucristo y su redención constituyen, en efecto, el cumplimiento, la renovación y el perfeccionamien­to de todo lo que existe de bueno en la tradición humana. He aquí por qué cuando el africano se hace cristiano no re­niega de sí mismo, sino que toma de nuevo los antiguos va­lores de la tradición «en espíritu y en verdad» (Jn., 4, 24).

[…]

A los obispos, a los sacerdotes y a los religiosos.

23. Y, ante todo, nos dirigimos a vosotros, venerables her­manos, y a vuestros colaboradores directos, sacerdotes, reli­giosos y religiosas, auxiliares laicos y laicas. A vosotros se os ha confiado «el servicio de la comunidad para presidir, en nombre de Dios, la grey, de la que sois pastores, como maes­tros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado, ministros del gobierno de la Iglesia» (19). A vosotros, por tanto, corres­ponde hacer vivo y eficaz el encuentro del cristianismo con la antigua tradición africana.

En realidad, el progreso de la Iglesia en África es verda­deramente consolador. Casi en todas partes está establecida la jerarquía local. La Iglesia, en efecto, no ha esperado los movimientos nacionalistas para poner a los africanos en pues­tos de responsabilidad en el sacerdocio o en el episcopado, gracias a las sabias normas dadas por los romanos Pontífi­ces, especialmente por nuestros inmediatos predecesores.

Debemos reconocer con profunda gratitud que los prime­ros misioneros han trabajado bien esparciendo la semilla del reino de Dios. Y se debe reconocer que el suelo africano ha sido propicio para que germinase y fructificase.

       

24. A veces se atribuye a los misioneros del pasado una cierta incomprensión del valor positivo de las costumbres y de las tradiciones antiguas. Sobre este particular se debe acep­tar honradamente que los misioneros, aunque guiados e ins­pirados de su heroica y generosa labor por principios supe­riores, no podían estar completamente inmunes a la menta­lidad de su tiempo. Pero si a ellos, en el pasado, no les fue siempre posible entender a fondo el significado de las cos­tumbres y de la historia no escrita de las poblaciones evan­gelizadas por ellos, precisamente a muchos de ellos se debe la primera enseñanza escolar, la primera asistencia sanitaria, la primera defensa de los derechos personales, y el principio y penetración de conocimientos que hoy se consideran como pertenecientes a la cultura común. Muchos también se han distinguido por sus contribuciones originales e importantes a las ciencias antropológicas. Mas es necesario reconocer, so­bre todo, que la acción de los misioneros fue siempre desin­teresada y vivificada por la caridad evangélica, habiéndose ellos prodigado generosamente ayudando a los africanos a re­solver los complejos problemas humanos y sociales de sus países.

El único verdadero motivo de la presencia de los misione­ros en África, como ya lo hemos dicho, fue el deseo de hacer partícipes a los africanos del mensaje de paz y redención con­fiado a la Iglesia por su Divino Fundador. Por amor de El dejaron ellos la patria y la familia, y muchísimos sacrificaron la vida por el bien de África.

De sus fatigas, de sus aspiraciones, vosotros, venerables her­manos, sois los continuadores valerosos, conscientes y agra­decidos.

[…]

A los intelectuales.

31. Hoy más que nunca la fuerza de propulsión de la nue­va África viene de sus propios hijos, sobre todo de los que -formando ya una pléyade en continuo aumento- ocupan las cátedras de las escuelas y en las Universidades o que parti­cipan activamente en los movimientos culturales que expresan el alma y la personalidad moderna de África.

Como ya hizo nuestro venerado predecesor Juan XXIII en una memorable audiencia el 1 de abril de 1959 (Cf. A. A. S. 51, 1959, págs. 259-260), desea­mos enviar nuestro saludo y augurio a los representantes del arte y del pensamiento, invitándoles a continuar en la bús­queda, sin descanso, de la verdad (Mensaje a los hombres del pensamiento y de la ciencia, 8 de diciembre de 1965; A. A. S. 58, 1966, pág. 12).

32. África tiene necesidad de vosotros, de vuestro estudio, de vuestra investigación, de vuestro arte, de vuestro magiste­rio; no sólo para que se aprecie su pasado, sino para que su nueva cultura madure en la cepa antigua y se actúe en la búsqueda fecunda de la verdad.

Ante la evolución industrial y técnica que ha penetrado en vuestro continente, vuestro es el deber particular de mante­ner vivos los valores del espíritu y de la inteligencia.

Vosotros representáis el prisma a través del cual las con­cepciones nuevas y las transformaciones culturales pueden ser interpretadas y aplicadas a todos. Sed, pues, honrados, sin­ceros y leales.

Mucho espera la Iglesia de vuestra cooperación para la re­novación y valorización de las culturas africanas, en relación ya con la reforma litúrgica, ya con la enseñanza de su doc­trina en términos correspondientes a la mentalidad de las po­blaciones africanas.

 

A las familias.

33. Las actuales transformaciones culturales y sociales de África interesan íntimamente las concepciones y costumbres que se refieren a la familia.

Antes prevalecía la estructura social de la parentela y de la descendencia, y el matrimonio era considerado de interés común de la parentela misma. Todo esto ahora está experi­mentando un cambio profundo. En algunas naciones de África se han dado leyes que renuevan la condición jurídica de la familia, con oportunas reformas de las antiguas instituciones de las tribus, en particular de la llamada «dote», que, en tiem­pos recientes, se había prestado a abusos gravemente nocivos al tranquilo y sereno desarrollo de la familia natural y cris­tiana. También el sistema de la poligamia, difundido en las sociedades anteriores o extrañas al cristianismo, ya no se da más, como en el pasado, en la estructura social actual, ni ya corresponde -afortunadamente- a la mentalidad dominante entre los africanos. En una palabra, en la familia africana se ha ensanchado mucho el campo de la libertad y de la auto­nomía de cada uno de los cónyuges.

34. Todo esto es de considerar como altamente positivo. Todavía, aun en la afirmación de la responsabilidad personal, es necesario respetar la ley de Dios porque no puede ser anu­lada por ninguna transformación cultural o social.

Por tanto, la familia debe ser celosa de defender y afirmar las propiedades fundamentales del matrimonio: monogámico e indisoluble. Es, además, un sagrado deber, sancionado por el cuarto mandamiento, honrar al padre y a la madre; por esto, mientras es justo que los jóvenes sean libres en las elec­ciones inherentes a su matrimonio, no por eso deben aflojar sus lazos con la propia parentela. Consideren, por tanto, como una herencia preciosa el participar en la suerte común de la familia, y estén dispuestos a asistir con filial generosidad a los padres, y si es necesario, y en la medida que sus medios lo consientan, también a los demás parientes.

 

35. Para los cónyuges cristianos, además, la unión fami­liar se amplía, y los fieles forman la familia de Dios. Su aso­ciación en la oración y en el servicio de Dios se hace sa­grada. Según la enseñanza del Concilio Vaticano II, «los cón­yuges y padres cristianos, siguiendo su propio camino, se ayu­den el uno al otro en la gracia, con la fidelidad en su amor a lo largo de toda la vida, y eduquen en la doctrina cristiana y en las virtudes evangélicas a la prole que el Señor amoro­samente les ha dado. De esta manera ofrecen al mundo el ejemplo de un incansable y generoso amor, construyen la fra­ternidad de la caridad y se presentan como testigos y coope­radores de la fecundidad de la Madre Iglesia, como símbolo y, al mismo tiempo, participación del amor con que Cristo amó a su Esposa y se entregó a sí mismo por ella» (30).

Nuestro Señor Jesucristo se ha presentado a los hombres como Maestro, reformador y renovador de la familia. No sólo El ha conducido de nuevo a la familia a su primitiva pu­reza (Mt, 19, 18), sino que ha hecho del matrimonio un sacramento; es decir, un medio de la gracia.

Nos hacemos votos y oramos para que todos los africanos sepan comprender la enseñanza del Divino Maestro y a su luz se muevan a aplicarla en la legislación y en la vida. Esta enseñanza tiene valor para todos, ya que tiene sus raíces en la naturaleza humana, eleva el amor conyugal, hace a la fa­milia sana e idónea a la buena educación de los hijos, con beneficios incalculables para la sociedad y el Estado.

[…]

A los jóvenes.

37. Nos dirigimos ahora a vosotros, jóvenes, esperanza del futuro. África tiene necesidad de vosotros, de vuestra prepa­ración, de vuestro estudio, de vuestra entrega, de vuestra ener­gía. Como sois los primeros que desean conocer con exacti­tud el significado y el valor de las antiguas tradiciones africanas, sois también los primeros en desear su renovación y transformación. En realidad, toca a vosotros vencer el con­traste entre el pasado y la novedad de la vida y de estructu­ras del presente. Pero guardaros del fácil atractivo de teorías materialistas que pueden, por desgracia, conducir a concep­ciones erradas o incompletas del humanismo y aun a la ne­gación misma de Dios.

Vosotros en particular, jóvenes cristianos, debéis ser cons­cientes de la dignidad y del compromiso que brotan de la fe cristiana. Vivid vuestra fe. Dedicaos con ardor al estudio y al trabajo. Sed modestos, aun en la aspiración de cosas gran­des para el bienestar y el progreso de vuestra gente.

38. Con especial afecto nos dirigimos después a vosotros, estudiantes, recordándoos que la enseñanza que recibís en la escuela os debe efectivamente preparar a la profesión que habéis escogido y a la obra que África espera de vosotros para su futuro desarrollo. En torno a vosotros, en vuestra África, hay todavía muchedumbres a las que no es posible la escuela o el estudio. Estad dispuestos y contentos de ha­ceros ministros del saber, transmitiendo a vuestros hermanos, como profesores en las escuelas, el don que se os ha dado.

Por tanto, sabed educaros a vosotros mismos en el espíritu de sacrificio y de consagración. Ya desde ahora el bien má­ximo que podéis dar a vuestras naciones es prepararos a ejer­citar vuestra profesión con desinterés y con espíritu de cris­tiana caridad.

 

3.3 Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (8-XII-1975) [12]

 

19. Sectores de la humanidad que se transforman: para la Iglesia no se trata solamente de predicar el evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación.

20. Posiblemente podríamos expresar todo esto diciendo: lo que importa es evangelizar -no de manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital en profundidad y hasta sus mismas raíces- la cultura y las culturas del hombre en sentido rico y amplio que tienen sus términos en la Gaudium et spes (cfr. n. 53), tomando en cuenta siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios.

El evangelio y, por consiguiente, la evangelización no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Sin embargo, el Reino que anuncia el evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura, y la construcción del Reino no puede menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas. Independientes con respecto a las culturas, evangelio y evangelización no son necesariamente incompatibles con ellas, sino capaces de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna.

La ruptura entre evangelio y cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas. De ahí que hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura o, más exactamente, de las culturas. Estas deben ser regeneradas por el encuentro con la buena nueva. Pero este encuentro no se llevará a cabo si la buena nueva no es proclamada.

 

63. Las Iglesias particulares profundamente amalgamadas no sólo con las personas, sino también con las aspiraciones, las riquezas y límites, las maneras de orar, de amar, de considerar la vida y el mundo que distinguen a tal o cual conjunto humano, tienen la función de asimilar lo esencial del mensaje evangélico, de trasvasarlo, sin la menor traición a su verdad esencial, al lenguaje que esos hombres comprenden, y, después, de anunciarlo en ese mismo lenguaje.

Dicho trasvase hay que hacerlo con el discernimiento, la seriedad, el respeto y la comprensión que exige la materia, en el campo de las expresiones litúrgicas (cfr. SC 37-38), pero también a través de la catequesis, la formulación teológica, las estructuras eclesiales secundarias, los ministerios. El lenguaje debe entenderse aquí no tanto a nivel semántico o literario cuanto al que podría llamarse antropológico y cultural.

El problema es sin duda delicado. La evangelización pierde mucho de su fuerza y de su eficacia, si no toma en consideración al pueblo concreto al que se dirige, si no utiliza su «lengua», sus signos y símbolos, si no responde a las cuestiones que plantea, no llega a su vida concreta. Pero, por otra parte, la evangelización corre el riesgo de perder su alma y desvanecerse, si se vacía o desvirtúa su contenido, bajo pretexto de traducirlo; si queriendo adaptar una realidad universal a un aspecto local, se sacrifica esta realidad y se destruye la unidad sin la cual no hay una universalidad. Ahora bien, solamente una Iglesia que mantenga la conciencia de su universalidad y demuestre que es de hecho universal puede tener un mensaje capaz de ser entendido, por encima de los límites regionales, en el mundo entero.

3.4 Sínodo de los Obispos (28-X-1977) [13]

 

Es la primera vez que se utiliza el término inculturación de modo oficial en un documento de la Iglesia; en el número 5 del mensaje al Pueblo de Dios de este Sínodo de los Obispos dice:

“Como indicó el Concilio Vaticano II y recordó Pablo VI en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, el mensaje cristiano debe enraizarse en las culturas humanas asumiéndolas y transformándolas. En este sentido puede decirse que la catequesis es un instrumento de ‘inculturación’ es decir, que desarrolla y al mismo tiempo ilumina desde dentro las formas de vida de aquellos a quienes se dirige”.

 


4. Juan Pablo II

4.1 Magisterio de Juan Pablo II:

4.1.1 Encíclica Redemptor Hominis (4-III-1979) [14]

 

En esta unión la misión, de la que decide sobre todo Cristo mismo, todos los cristianos deben descubrir lo que les une, incluso antes de que se realice su plena comunión. Esta es la unión apostólica y misionera, misionera y apostólica. Gracias a esta unión podemos acercarnos juntos al magnífico patrimonio del espíritu humano, que se ha manifestado en todas las religiones, como dice la Declaración del Concilio Vaticano II Nostra aetate. Gracias a ella, nos acercamos igualmente a todas las culturas, a todas las concepciones ideológicas, a todos los hombres de buena voluntad. Nos aproximamos con aquella estima, respeto y discernimiento que, desde los tiempos de los Apóstoles, distinguía la actitud misionera y del misionero. Basta recordar a San Pablo y, por ejemplo, su discurso en el Areópago de Atenas (cfr. Hch 17, 22-31). La actitud misionera comienza siempre con un sentimiento de profunda estima frente a lo que «en el hombre había» (Jn 2, 25), por lo que él mismo, en lo íntimo de su espíritu, ha elaborado respecto a los problemas más profundos e importantes; se trata de respeto por todo lo que en él ha obrado el Espíritu, que «sopla donde quiere» (Jn 3, 8). La misión no es nunca una destrucción, sino una purificación y una nueva construcción por más que en la práctica no siempre haya habido una plena correspondencia con un ideal tan elevado. La conversión que de ella ha de tomar comienzo, sabemos bien que es obra de la gracia, en la que el hombre debe hallarse plenamente a sí mismo.

 

4.1.2 Exhortación Apostólica Catechesi tradendae (16-X-1979) [15]

 

— por una parte, el Mensaje evangélico no se puede pura y simplemente aislarlo de la cultura en la que está inserto desde el principio (el mundo bíblico y, más concretamente, el medio cultural en el que vivió Jesús de Nazareth); ni tampoco, sin graves pérdidas, podrá ser aislado de las culturas en las que ya se ha expresado a lo largo de los siglos; dicho Mensaje no surge de manera espontánea en ningún «humus» cultural; se transmite siempre a través de un diálogo apostólico que está inevitablemente inserto en un cierto diálogo de culturas;

53. Abordo ahora una segunda cuestión. Como decía recientemente a los miembros de la Comisión bíblica, «el término "aculturación" o "inculturación", además de ser un hermoso neologismo, expresa muy bien uno de los componentes del gran misterio de la Encarnación» (Discurso a los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica, AAS 71 (1979) 607). De la catequesis como de la evangelización en general, podemos decir que está llamada a llevar la fuerza del evangelio al corazón de la cultura y de las culturas. Para ello, la catequesis procurará conocer estas culturas y sus componentes esenciales; aprenderá sus expresiones más significativas, respetará sus valores y riquezas propias. Sólo así se podrá proponer a tales culturas el conocimiento del misterio oculto (cfr. Rm 16, 25; Ef 3, 5) y ayudarles a hacer surgir de su propia tradición viva expresiones originales de vida, de celebración y de pensamiento cristianos. Se recordará a menudo dos cosas:

— por otra parte, la fuerza del Evangelio es en todas partes transformadora y regeneradora. Cuando penetra una cultura ¿quién puede sorprenderse de que cambien en ella no pocos elementos? No habría catequesis si fuese el Evangelio el que hubiera de cambiar en contacto con las culturas. (...)

Los catequistas auténticos saben que la catequesis «se encarna» en las diferentes culturas y ambientes: baste pensar en la diversidad tan grande de los pueblos, en los jóvenes de nuestro tiempo, en las circunstancias variadísimas en que hoy día se encuentran las gentes; pero no aceptan que la catequesis se empobrezca por abdicación o reducción de su mensaje, por adaptaciones, aun de lenguaje, que comprometan el «buen depósito» de la fe (cfr. 2 Tim 1, 14), o por concesiones en materia de fe o de moral; están convencidos de que la verdadera catequesis acaba por enriquecer a esas culturas, ayudándolas a superar los puntos deficientes o incluso inhumanos que hay en ellas y comunicando a sus valores legítimos la plenitud de Cristo (cfr. Jn 1, 16; Ef 1, 10).

 

4.1.3 A los Obispos del Zaire, Kinshasa (3-V-1980) [16]

La inculturación: criterios generales

4. Uno de los aspectos de esta evangelización es la inculturación del Evangelio, la africanización de la Iglesia. Muchos me habéis confiado que tenéis estos muy en el corazón, y es justo. Esto forma parte de unos de los esfuerzos indispensables para encarnar el mensaje de Cristo... El Espíritu Santo nos pide que creamos, en efecto, que la levadura del Evangelio, en su autenticidad, tiene la fuerza de suscitar cristianos en las diversas culturas, con todas las riquezas de su patrimonio, purificadas y transfiguradas...

La africanización recobra aspectos amplios y profundos que todavía no han sido suficientemente explorados; y hay que valerse del lenguaje para presentar el mensaje cristiano de modo que llegue al alma y al corazón de los zaireños; así como también de la catequesis, de la reflexión teológica, de la expresión más adecuada en la liturgia o en el arte sacro, de formas comunitarias de vida.

Papel de los Obispos en el tema de la inculturación

5. A vosotros, los obispos, os compete el promover y armonizar los avances en este terreno, tras madura reflexión, con gran entendimiento entre vosotros, en unión también con la Iglesia universal y con la Santa Sede. La inculturación, para el conjunto del pueblo, no podrá ser, por otra parte, sino el fruto de una progresiva madurez en la fe. Porque vosotros estáis convencidos, como yo de que esta obra, sobre la cual quiero expresaros toda mi confianza, requiere mucha lucidez teológica, discernimiento espiritual, sabiduría y prudencia; y también, no poco tiempo. (...)

La inculturación y la teología

En lo que respecta a la fe y a la teología, todo el mundo ve que están en juego importantes problemas: el contenido de la fe, y la búsqueda de su mejor expresión, la relación entre la teología y la fe, la unidad de la fe. Mi venerado predecesor Pablo VI hizo alusión a ello al finalizar el Sínodo de 1974 (cfr. AAS 66 (1974) 636-637). Y había recordado ciertas reglas a los delegados del SCEAM. En septiembre de 1975:

«a) Cuando se trata de la fe cristiana, hay que atenerse al patrimonio idéntico, esencial, constitucional de la misma doctrina de Cristo, profesados por la tradición auténtica y autorizada de la única verdadera Iglesia;

b) Es importante entregarse a una investigación profunda de las tradiciones culturales de las diversas poblaciones, así como también de los datos filosóficos que actúan como presupuestos, para encontrar en ellas los elementos que no estén en contradicción con la religión cristiana y las aportaciones capaces de enriquecer la reflexión teológica» (AAS 67 (1975) 572).

Yo mismo, el año pasado, en la Exhortación sobre la catequesis, llamaba la atención sobre el hecho de que el mensaje evangélico no es aislable de la cultura bíblica donde se incluyó en un principio, ni incluso, sin graves deterioros, de las culturas en que ha venido expresándose a lo largo de los siglos; y que, por otro lado, la fuerza del Evangelio es en todas partes transformadora y regeneradora (cfr. n. 53).

La inculturación y la catequesis

En el terreno de la catequesis pueden y deben hacerse presentaciones más adecuadas al alma africana, sin dejar de tener en cuenta los intercambios culturales cada vez más frecuentes con el resto del mundo; conviene procurar simplemente que los trabajos se realicen en equipo y sean controlados por el Episcopado, para que la expresión resulte correcta y que sea presentada toda la doctrina.

 

4.1.4 Discurso en la sede de la Unesco (2-VI-1980) [17]

El hombre y la cultura

6. Genus humanum arte et ratione vivit (cfr. Santo Tomás, comentando a Aristóteles, en Post. Analyt., n. 1). Estas palabras de uno de los más grandes genios del cristianismo, que fue al mismo tiempo un fecundo continuador del pensamiento antiguo, nos hacen ir más allá del círculo y de la significación contemporánea de la cultura occidental, sea mediterránea o atlántica. Tienen una significación aplicable al conjunto de la humanidad en la que se encuentran las diversas tradiciones que constituyen su herencia espiritual y las diversas épocas de su cultura. La significación esencial de la cultura consiste, según estas palabras de Santo Tomás de Aquino, en el hecho de ser una característica de la vida humana como tal. El hombre tiene una vida verdaderamente humana gracias a la cultura. La vida humana es cultura también en el sentido de que el hombre, a través de ella, se distingue y se diferencia de todo lo demás que existe en el mundo visible: el hombre no puede prescindir de la cultura.

La cultura es un modo específico del «existir» y del «ser» del hombre. El hombre vive siempre según una cultura que le es propia, y que a su vez, crea entre los hombres un lazo que le es también propio, determinando el carácter inter-humano y social de la existencia humana. En la unidad de la cultura como modo propio de la existencia humana, hunde sus raíces al mismo tiempo la pluralidad de las culturas en cuyo seno vive el hombre. El hombre se desarrolla en esta pluralidad, sin perder, sin embargo, el contacto esencial con la unidad de la cultura, en tanto que es dimensión fundamental y esencial de su existencia y de su ser.

 

El hombre, único sujeto, objeto y término de la cultura

7. El hombre, que en el mundo visible, es el único sujeto óntico de la cultura, es también su único objeto y su término. La cultura es aquello a través de lo cual el hombre, en cuanto hombre, se hace más hombre, «es» más, accede más al «ser». En esto se encuentra también su fundamento la distinción capital entre lo que el hombre es y lo que tiene, entre el ser y el tener. La cultura se sitúa siempre en relación esencial y necesaria a lo que el hombre es, mientras que la relación a lo que el hombre tiene, a su «tener», no sólo es secundaria, sino totalmente relativa. Todo el «tener» del hombre no es importante para la cultura, ni es factor creador de cultura, sino en la medida en que el hombre, por medio de su «tener», puede al mismo tiempo «ser» más plenamente como hombre, llegar a «ser» más plenamente como hombre, llegar a ser más plenamente hombre en todas las dimensiones de su existencia, en todo lo que caracteriza su humanidad. La experiencia de las diversas épocas, sin excluir la presente, demuestra que se piensa en la cultura y se habla de ella principalmente en relación con la naturaleza del hombre, y luego solamente de manera secundaria e indirecta en relación con el mundo de sus productos. Todo esto no impide, por otra parte, que juzguemos el fenómeno de la cultura a partir de lo que el hombre produce, o que de esto no saquemos conclusiones acerca del hombre. Un procedimiento semejante –modo típico del proceso de conocimiento «a posteriori»– contiene en sí mismo la posibilidad de remontar, en sentido inverso, hacia las dependencias óntico-causales. El hombre, y sólo el hombre, es «autor», o «artífice» de la cultura, el hombre y sólo el hombre, se expresa en ella y en ella encuentra su propio equilibrio.

El hombre, hecho primordial y fundamental de la cultura, en contra de todos los materialismos

8. Todos los aquí presentes nos encontramos en el terreno de la cultura, realidad fundamental que nos une y que está en la base del establecimiento y de las finalidades de la UNESCO. Por este mismo hecho nos encontramos en torno al hombre y, en un cierto sentido, en él, en el hombre. Este hombre, que se expresa en y por la cultura es objeto de ella, es único, completo e indivisible. Es a la vez sujeto y artífice de la cultura. Según esto no se le puede considerar únicamente como resultante –por no citar más que un ejemplo– de las relaciones de producción que prevalecen en una época determinada. ¿No sería entonces, de alguna manera, este criterio de las relaciones de producción una clave para la comprensión de la historicidad del hombre, para la comprensión de su cultura y de las múltiples formas de su desarrollo? Ciertamente, este criterio constituye una clave, e incluso una clave preciosa, pero no la clave fundamental constitutiva. Las culturas humanas reflejan, sin duda, los diversos sistemas de relaciones de producción; sin embargo, no es tal sistema lo que está en el origen de la cultura, sino el hombre, el hombre que vive en el sistema, que lo acepta o que intenta cambiarlo. No se puede pensar una cultura sin subjetividad humana y sin causalidad humana; si no que en el campo de la cultura, el hombre es siempre el hecho primero: el hombre es el hecho primordial y fundamental de la cultura.

Y esto lo es el hombre siempre en su totalidad: en el conjunto integral de su subjetividad espiritual y material. Si es función del carácter y del contenido de los productos en los que se manifiesta la cultura, es pertinente la distinción entre cultura espiritual y cultura material, es necesario constatar al mismo tiempo que, por una parte, las obras de la cultura material hacen aparecer siempre una «espiritualización» de la materia, una sumisión del elemento material a las fuerzas espirituales del hombre, es decir, a su inteligencia y voluntad, y que, por otra parte, las obras de la cultura espiritual manifiestan, de forma específica, una «materialización» del espíritu, una encarnación de lo que es espiritual. Parece que, en las obras culturales, esta doble característica es igualmente primordial y permanente.

Así, pues, a modo de conclusión teórica, ésta es una base suficiente para comprender la cultura a través del hombre integral, a través de toda la realidad de su subjetividad. Esta es también, en el campo del obrar, la base suficiente para buscar siempre en la cultura al hombre integral, al hombre todo entero, en toda la verdad de su subjetividad espiritual y corporal; la base suficiente para no superponer a la cultura –sistema auténticamente humano, síntesis espléndida del espíritu y del cuerpo– divisiones y oposiciones preconcebidas. En efecto, ni una absolutización de la materia en la estructura del sujeto humano o, inversamente, una absolutización del espíritu en esta misma estructura, expresas la verdad del hombre ni prestan servicio alguno a su cultura.

Relación entre Religión y cultura, Cristianismo y cultura

9. Querría detenerme aquí en otra consideración esencial, en una realidad de orden muy distinto. Podríamos abordarla haciendo notar que la Santa Sede esta representada por su Observador permanente, cuya presencia se sitúa en la perspectiva de la naturaleza misma de la Sede Apostólica. Esta presencia está en consonancia, en un sentido aún más amplio, con la naturaleza y misión de la Iglesia católica e, indirectamente, con todo lo el cristianismo. Aprovecho la oportunidad que se me ofrece hoy para expresar una convicción personal profunda. La presencia de la Santa Sede ante vuestra Organización –aunque motivada también por la soberanía específica de la Santa Sede– encuentra su razón de ser, por encima de todo, en la relación orgánica y constitutiva que existe entre la religión en general y el cristianismo en particular, por una parte, y la cultura, por otra. Esta relación se extiende a las múltiples realidades que es preciso definir como expresiones concretas de la cultura en las diversas épocas de la historia y en todos los puntos del globo. Ciertamente no será exagerado afirmar en particular que, a través de la multitud de hechos, Europa entera –del Atlántico a los Urales– atestigua, en la historia de cada nación y en la comunidad entera, la relación entre la cultura y el cristianismo.

Al recordar esto, no quiero disminuir de ninguna manera la herencia de los otros continentes, ni la especificidad y el valor de esta misma herencia que deriva de otras fuentes de inspiración religiosa, humanista y ética. Al contrario, deseo rendir el más profundo y sincero homenaje a todas las culturas del conjunto de la familia humana, desde las más antiguas a las que nos son contemporáneas. Teniendo presentes todas las culturas, quiero decir en voz alta aquí en París, en la sede de la UNESCO, con respeto y admiración: «¡He aquí al hombre!». Quiero proclamar mi admiración ante riqueza creadora del espíritu humano, ante sus esfuerzos incesantes por conocer y afirmar la identidad del hombre: de este hombre que está siempre presente en todas las formas particulares de la cultura.

Relación entre el Evangelio y el hombre en su misma humanidad

10. Sin embargo, al hablar del puesto de la Iglesia y de la Sede Apostólica ante vuestra Organización, no pienso solamente en todas las obras de la cultura en las que, a lo largo de los dos últimos milenios, se expresaba el hombre que había aceptado a Cristo y al Evangelio, ni en las instituciones de diversa índole que nacieron de la misma inspiración en el campo de la educación, de la instrucción, de la beneficencia, de la asistencia social, y en tantos otros. Pienso sobre todo, señoras y señores, en la vinculación fundamental del Evangelio, es decir, del mensaje de Cristo y de la Iglesia, con el hombre en su humanidad misma. Este vínculo es efectivamente creador de cultura en su fundamento mismo. Para crear cultura hay que considerar íntegramente, y hasta sus últimas consecuencias, al hombre como valor particular y autónomo, como sujeto portador de la trascendencia de la persona. Hay que afirmar al hombre por él mismo, y no por ningún otro motivo o razón: ¡únicamente por él mismo! Más aún, hay que amar al hombre en razón de su particular dignidad que posee. El conjunto de afirmaciones que se refieren al hombre pertenece a la sustancia misma del mensaje de Cristo y de la misión de la Iglesia, a pesar de todo lo que los espíritus críticos hayan podido declarar sobre este punto, y a pesar de todo lo que hayan podido hacer las diversas corrientes opuestas a la religión en general, y al cristianismo en particular.

A lo largo de la historia, hemos sido ya más de una vez, y lo somos aún, testigos de un proceso, de un fenómeno muy significativo. Allí donde han sido suprimidas las instituciones religiosas, allí donde se ha privado de su derecho de ciudadanía a las ideas y a las obras nacidas de la inspiración religiosa, y en particular de la inspiración cristiana, los hombres encuentran de nuevo esto mismo fuera de los caminos institucionales, a través de la confrontación que tiene lugar, en la verdad y en el esfuerzo interior, entre lo que constituye su humanidad y el contenido del mensaje cristiano.

Señoras y señores, perdónenme esta afirmación. Al proponerla, no he querido ofender a nadie en absoluto. Les ruego que comprendan que, en nombre de lo que soy, no podía abstenerme de dar este testimonio. En él se encierra también esa verdad –que no puede silenciarse– sobre la cultura, si se busca en ella todo lo que es humano, aquello en lo cual se expresa el hombre o a través de lo cual quiere ser el sujeto de su existencia. Al hablar de ello, quería manifestar también mi gratitud por los lazos que unen la UNESCO con la Sede Apostólica, estos lazos de los que mi presencia hoy aquí quiere ser una expresión particular.

La educación, primera y esencial tarea de la cultura

11. De todo esto se desprende un cierto número de conclusiones capitales. Las consideraciones que acabo de hacer, en efecto, ponen de manifiesto que la primera y esencial tarea de la cultura, en general, y también de toda cultura, es la educación. La educación consiste, en efecto, en que el hombre llegue a ser cada vez más hombre, que pueda «ser» más y no sólo que pueda «tener» más, y que, en consecuencia, a través de todo lo que «tiene», todo lo que «posee», sepa «ser» más plenamente hombre. Para ello es necesario que el hombre sepa «ser más» no sólo «con los otros». La educación tiene una importancia fundamental para la formación de las relaciones inter-humanas y sociales. También aquí abordo un conjunto de axiomas, en los que las tradiciones del cristianismo, nacidas del Evangelio, coinciden con la experiencia educativa de tantos hombres bien dispuestos y profundamente sabios, tan numerosos en todos los siglos de la historia. Tampoco faltan en nuestra época estos hombres que aparecen como grandes, sencillamente por su humanidad, que saben compartir con los otros, especialmente con los jóvenes. Al mismo tiempo, los síntomas de la crisis de todo género, ante las cuales sucumben los ambientes y las sociedades por otra parte mejor provistos –crisis que afectan principalmente a las jóvenes generaciones– testimonian, al cual mejor, que la obra de la educación del hombre no se realiza sólo con la ayuda de las instituciones, con la ayuda de medios organizados y materiales, por excelentes que sean. Ponen de manifiesto también que lo más importante es siempre el hombre, el hombre y su autoridad moral que proviene de la verdad de sus principios y de la conformidad de sus actos con sus principios.(…)

El derecho de toda Nación a la cultura

14. Si, en nombre del futuro de la cultura, se debe proclamar que el hombre tiene derecho a ser «más», y si por la misma razón se debe exigir una sana primacía de la familia en el conjunto de la acción educativa del hombre para una verdadera humanidad, debe situarse también en la misma línea el derecho de la nación; se le debe situar también en la base de la cultura y de la educación.

La nación es, en efecto, la gran comunidad de los hombres que están unidos por diversos vínculos, pero sobre todo, precisamente por la cultura. La nación existe «por» y «para» la cultura, y así es ella la gran educadora de los hombres para que puedan «ser más» en la comunidad. La nación es esta comunidad que posee una historia que supera la historia del individuo y de la familia. En esta comunidad, en función de la cual educa toda la familia, la familia comienza su obra de educación por lo más simple, la lengua, haciendo posible de este modo que el hombre aprenda a hablar y llegue a ser miembro de la comunidad, que es su familia y su nación. En todo esto que ahora estoy proclamando y que desarrollaré aún más, mis palabras traducen una experiencia particular, un testimonio particular en su género. Soy hijo de una nación que ha vivido las mayores experiencias de la historia, que ha sido condenada a muerte por sus vecinos en varias ocasiones, pero que ha sobrevivido y que ha seguido siendo ella misma. Ha conservado su identidad y, a pesar de haber sido dividida y ocupada por extranjeros, ha conservado su soberanía nacional, no porque se apoyara en los recursos de la fuerza física, sino apoyándose exclusivamente en su cultura. Esta cultura resultó tener un poder mayor que todas las otras fuerzas. Lo que digo aquí respecto al derecho de la nación a fundamentar su cultura y su porvenir, no es el eco de ningún «nacionalismo», sino que se trata de un elemento estable de la experiencia humana y de las perspectivas humanistas del desarrollo del hombre. Existe una soberanía fundamental de la sociedad que se manifiesta en la cultura de la nación. Se trata de la soberanía por la que, al mismo tiempo, el hombre es supremamente soberano. Al expresarme así, pienso también, con una profunda emoción interior, en las culturas de tantos pueblos antiguos que no han cedido cuando han tenido que enfrentarse a las civilizaciones de los invasores; y continúan siendo para el hombre la fuente de su «ser» de hombre en la verdad interior de su humanidad. Pienso con admiración también en las culturas de las nuevas sociedades, de las que se despiertan a la vida en la comunidad de la propia nación –igual que mi nación se despertó a la vida hace diez siglos– y que luchan por mantener su propia identidad y sus propios valores contra las influencias y las presiones de modelos propuestos desde el exterior.

 

4.1.5 Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (12-I-1981) [18]

Concepto de cultura

6. Esta realidad global que tiene siempre la Iglesia ante sus ojos y que constituye el denominador común de la vida de cada uno de los pueblos del mundo, es su cultura, su vida espiritual, en cualquier forma que ésta se manifieste. Al hablar de realidad global, de vida espiritual, mi pensamiento querría detenerse este año durante el coloquio con ustedes en el deber que incumbe a todos los responsables de defender y garantizar por encima de todo la cultura entendida en este sentido amplio.

La cultura es la vida del espíritu; es la clave que permite el acceso a los secretos más profundos y más celosamente guardados, de la vida de los pueblos; es la expresión fundamental y unificadora de su existencia, pues en la cultura se encuentran las riquezas, yo diría casi inefables, de las convicciones religiosas, de la historia, del patrimonio literario y artístico, del substrato etnológico, de las actitudes y de la «forma mentis» de los pueblos. En resumen, decir «cultura» es expresar en una sola palabra la identidad nacional que constituye el alma de esos pueblos y que sobrevive a pesar de las condiciones adversas, las dificultades de todo género, los cataclismos históricos o naturales, permaneciendo una y compacta a través de los siglos. En función de su cultura, de su vida espiritual, cada pueblo se distingue de otro, estando llamado por otra parte a completarlo ofreciéndole la aportación específica que les es necesaria.

La cultura fundamento de la vida de los pueblos

7. En mi discurso en la sede de la UNESCO, el 2 de junio en París, puse de relieve esta realidad: si la cultura es expresión por excelencia de la vida espiritual de los pueblos, jamás debe estar separada de todos los demás problemas de la existencia humana, la paz, la libertad, la defensa, el hambre, el empleo, etc. La solución de estos problemas depende de la manera correcta de comprender y situar los problemas de la vida espiritual, que condiciona así todos los demás y es condicionada por ellos.

La cultura, entendida en este sentido amplio, garantiza el crecimiento de los pueblos y preserva su integridad. Si se olvida esto, caen las barreras que salvaguardan la identidad y la verdadera riqueza de los pueblos...

En este sentido se puede decir que la cultura es el fundamento de la vida de los pueblos, la raíz de su identidad profunda, el soporte de su supervivencia y de su independencia.

 

4.1.6 Exhortación Apostólica Familiaris consortio (22-XI-1981) [19]

Está en conformidad con la tradición constante de la Iglesia el aceptar de las culturas de los pueblos, todo aquello que está en condiciones de expresar mejor las inagotables riquezas de Cristo (cfr. Ef 3, 8; GS 44, AG 15 y 22). Sólo con el concurso de todas las culturas, tales riquezas podrán manifestarse cada vez más claramente y la Iglesia podrá caminar hacia un conocimiento cada día más completo y profundo de la verdad, que le ha sido dada ya enteramente por su Señor.

Teniendo presente el doble principio de la compatibilidad con el Evangelio de las varias culturas a asumir y de la comunión con la Iglesia Universal, se deberá proseguir en el estudio, en especial por parte de las Conferencias Episcopales y de los Dicasterios competentes de la Curia Romana, y en el empeño pastoral para que esta inculturación de la fe cristiana se lleve a cabo cada vez más ampliamente, también en el ámbito del matrimonio y de la familia.

Es mediante la inculturación como se camina hacia la reconstitución plena de la alianza con la Sabiduría de Dios que es Cristo mismo. La Iglesia entera quedará enriquecida también por aquellas culturas que, aun privadas de tecnología, abundan en sabiduría humana y están vivificadas por profundos valores morales.

 

4.1.7 A los participantes del Congreso Nacional «Empeño Cultural» (16-I-1982) [20]

1. (...) Precisamente el hecho de que vuestro Movimiento sea eclesial os obliga a cada uno a pensar y a promover la cultura en estrecha conexión con la fe que profesáis, a hacer una verdadera síntesis entre la fe y la cultura. Esta es vuestra misión específica, a la que no podéis sustraeros nunca ni como hombres de cultura ni como creyentes, desde el momento que esta síntesis es una exigencia de la cultura y de la fe.

Síntesis fe-cultura: exigencia de la cultura

Es, ante todo, una exigencia de la cultura. «El hombre, es efecto vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura» (Discurso a la UNESCO, 6: IGP2 III/1 (1980) 1639). Si la cultura es el lugar en el que se humaniza la persona humana y accede cada vez más profundamente a su humanidad, se infiere de ello que la condición fundamental de cada cultura es que en ella y mediante ella, todo el hombre, el hombre en la entera medida de su verdad sea reconocido en el fundamento de toda cultura digna de este nombre. Para el creyente, «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... Cristo, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente al propio hombre» (GS 22). Por consiguiente, el empeño cultural de un creyente estaría sustancialmente lleno de lagunas si la humanización del hombre, que promueve mediante la cultura, no estuviese conscientemente orientada y dirigida hacia su cumplimiento en la fe. La cultura no es sólo tarea de individuos es también y esencialmente tarea común, fruto de la cooperación de muchos. El cristiano debe cooperar con todos los que trabajan por la cultura. Pero la condición imprescindible de esta cooperación es el reconocimiento y el respeto, por parte de todos, de la entera verdad del hombre y de su dignidad. Cuando se dan cooperaciones que no respetan esta condición no es al hombre al que se sirve sino a ideologías destructivas del hombre: se traiciona, por tanto, el empeño cultural. La fidelidad a la visión cristiana del hombre, enseñada por la Iglesia, no aísla sino que, por el contrario, hace efectivamente capaces de crear cultura verdadera: universalmente humana y humanizada. «Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina» (GS 22).

Síntesis fe-cultura: exigencia de la fe

2. La síntesis entre la cultura y la fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe. Como ha señalado mi predecesor Pablo VI, «es preciso evangelizar –no de forma decorativa, a semejanza de un barniz superficial, sino de modo vital, en profundidad y hasta las raíces– la cultura y las culturas del hombre... partiendo siempre de la persona y volviendo siempre a las relaciones de las personas entre ellas y con Dios» (EN 20). Si, en efecto, es cierto que la fe no se identifica con ninguna cultura y es independiente con respecto a todas las culturas, no es menos cierto que, precisamente por esto, la fe está llamada a inspirar a impregnar toda cultura. Es todo el hombre, en lo concreto de su existencia cotidiana, el que es salvado en Cristo y es, por ello, todo el hombre el que debe realizarse en Cristo. Una fe que no se haga cultura es una fe no acogida plenamente, no pensada enteramente, no vivida fielmente.

En mi reciente Exhortación apostólica he escrito: «Es mediante la inculturación –es decir, mediante una fe que se convierta en cultura– «como se camina hacia la reconstrucción plena de la Alianza con la Sabiduría de Dios, que es el propio Cristo (FC 10). Es esta «reconstrucción plena» la que necesita el hombre de hoy. Sólo la verdad plena sobre el hombre, que nos da la fe, fielmente pensada bajo la guía del Magisterio de la Iglesia, puede hacernos capaces de percibir en su unidad profunda y de armonizar la cada vez mayor diversidad de los elementos que constituyen la cultura de hoy: unificación y armonización en que consiste la sabiduría (cfr. GS 15).

 

4.1.8 En la Universidad de Coimbra, Portugal (15-V-1982) [21]

2. Sabéis bien lo grata que es a la Iglesia la cultura y todo lo que se relaciona con su promoción. Está sumamente interesada por la cultura, porque sabe muy bien lo que significa para el hombre. En efecto, la persona humana no podrá desarrollarse plenamente, tanto a nivel individual como social, si no es mediante la cultura.

Esto parece evidente, si consideramos que la cultura, en su realidad más profunda, no es sino el modo particular que tiene un pueblo de cultivar las propias relaciones con la naturaleza, entre sus miembros y con Dios, de forma que alcance un nivel de vida verdaderamente humano; es el «estilo de vida común» que caracteriza a un determinado pueblo (cfr. GS 53).

Esencia de la cultura: es del hombre, a partir del hombre y para el hombre

3. La cultura es del hombre, a partir del hombre y para el hombre. La cultura es del hombre. En el pasado, cuando se pretendía definir al hombre, casi siempre se hacía referencia a la razón, a la libertad o al lenguaje. Los recientes progresos de la antropología cultural y filosófica demuestran que se puede obtener una definición no menos precisa de la realidad humana refiriéndose a la cultura. Esta caracteriza al hombre y lo distingue de otros seres no menos claramente que la razón, la libertad y el lenguaje. En efecto, tales seres no tienen cultura, no son artífices de cultura; a lo sumo, son pasivos receptores de iniciativas culturales llevadas a cabo por el hombre. Para su crecimiento y supervivencia, están dotados por la naturaleza de ciertos instintos y determinados subsidios para su defensa y subsistencia; el hombre, por el contrario, en vez de estas cosas, posee la razón y las manos, que son los órganos de los órganos, en cuanto que con su ayuda el hombre puede proveerse de instrumentos para conseguir sus fines (cfr. Santo Tomás, S. Th. I, 76, 5 ad 4).

La cultura proviene del hombre. Él recibe gratuitamente de la naturaleza un conjunto de capacidades, de talentos, como los llama el Evangelio, y, con su inteligencia, su voluntad y su trabajo, le compete desarrollarlos y hacerlos fructificar. El cultivo de los propios talentos, tanto por parte del individuo como por parte del grupo social, con el fin de perfeccionarse a sí mismo y dominar la naturaleza, construye la cultura. Así, al cultivar la tierra, el hombre actualiza el plan creador de Dios; al cultivar las ciencias y las artes, trabaja para la elevación de la familia humana y para llegar a la contemplación de Dios.

La cultura es para el hombre. El hombre no sólo es el artífice de la cultura, sino también su principal destinatario. En las dos acepciones fundamentales de formación del individuo y de forma espiritual de la sociedad, la cultura se orienta a la realización de la persona, en todas sus dimensiones, con todas sus capacidades. El objetivo primario de la cultura es el desarrollo del hombre en cuanto hombre, del hombre en cuanto persona, o sea, de cada hombre en cuanto ejemplar único e irrepetible de la familia humana.

Entendida de este modo, la cultura abarca la totalidad de la vida de un pueblo: el conjunto de los valores que lo animan y que, siendo compartidos por todos los ciudadanos, los reúnen hacia una misma «conciencia personal y colectiva» (EN 18); la cultura abarca también las formas a través de las cuales los valores se expresan y se configuran, es decir, las costumbres, la lengua, el arte, la literatura, las instituciones y las estructuras de la convivencia social.

El «ser» y el «tener» del hombre

4. El hombre como ser cultural –vosotros lo sabéis, señoras y señores–, no es prefabricado. Debe construirse con sus propias manos. Pero, ¿según qué proyecto? ¿Qué modelo, si es que existe alguno, debe tener ante sus ojos? No faltaron, a lo largo de la historia, propuestas de tal modelo. Y aquí, como es sabido aparece la importancia de la antropología filosófica.

Para que sea válido, un proyecto cultura no podrá dejar de atribuir la primacía a la dimensión espiritual, aquella dimensión que se relaciona con el crecimiento en el tener. (...) El objetivo de la verdadera cultura, por lo tanto es hacer del hombre una persona, un espíritu plenamente desarrollado, capaz de llegar a la perfecta realización de todas sus capacidades.

Históricamente cada sociedad, cada nación, cada pueblo procuró elaborar un proyecto humano, un ideal de humanidad, según el cual se plasmasen los ciudadanos, atribuyendo, de una manera general, la primacía a los valores del espíritu.

La Iglesia, como es sabido, también es portadora de un proyecto de humanidad, reavivado y propuesto por el Concilio Vaticano II. En total acuerdo con los resultados de las investigaciones de la antropología filosófica y cultural, el Concilio afirmó que la cultura es un elemento constitutivo esencial de la persona, debiendo, por tanto ser promovida por todos los medios. Son palabras del mismo Concilio: La cultura debe tender a la perfección del hombre, el cual, «cuando se entrega a las diferentes disciplinas de la filosofía, la historia, las matemáticas y las ciencias naturales y se dedica a las artes, puede contribuir sobremanera a que la familia humana se eleve a los más altos pensamientos sobre la verdad, el bien y la belleza y a formar juicios de valor universal» (GS 57).

La tensión entre el bien y el mal

5. Al proponer su ideal de humanidad, la Iglesia no pretende negar la autonomía de la cultura. Al contrario, tiene por ella el máximo respecto, como tiene el máximo respeto por el hombre; para ambos defiende abiertamente la libre iniciativa y el desarrollo autónomo. En efecto, dado que la cultura deriva inmediatamente de la naturaleza racional y social del hombre, tiene una constante necesidad de justa libertad y de legítima autonomía, de obrar según sus principios para desarrollarse. Con razón, pues, salvaguardados siempre, como es evidente, los derechos de la persona y de la comunidad particular o universal, la cultura necesita de un espacio de inviolabilidad, exige ser respetada y poder mantener su exención respecto a las fuerzas políticas o económicas (cfr. GS 59).

Sin embargo, la historia nos enseña que el hombre, así como la cultura que él construye, pueden abusar de la autonomía a la que tiene derecho. La cultura, como su artífice, pueden caer en la tentación de reivindicar para sí mismos una independencia absoluta en relación con Dios. Pueden llegar incluso a rebelarse contra Él. Esta constatación, para los que tenemos la dicha de la fe en Dios, no se hace sin amargura.

La Iglesia es consciente de esta realidad. Esto forma parte –bien lo sabéis, señoras y señores– de una lucha perenne entre el bien y el mal. La Iglesia está llamada, por naturaleza, a apoyar el bien y a reparar y eliminar el mal. Ella recibió de Cristo la misión de salvar al hombre del mal, al hombre concreto, al hombre histórico, al hombre con todo su ser; exterior e interior, personal y social, espiritual, moral y cultural. De los caminos para desarrollar esta misión de la Iglesia forma parte la promoción de la cultura, entendida como formación de la persona y como tejido espiritual, informador de la sociedad.

Fe y cultura

Por eso, en la visión de la Iglesia, la cultura no es algo que se mantenga ajeno a la fe, sino que puede recibir de ésta profundos y benéficos influjos. Sin embargo, es necesario no considerar la relación de la cultura con la fe como puramente pasiva. La cultura no es solamente sujeto de redención y de elevación, sino que puede tener también un papel de mediación y de colaboración. En efecto, Dios, revelándose al Pueblo elegido, se sirvió de una cultura particular; lo mismo hizo Jesucristo, el Hijo de Dios: su encarnación humana fue también encarnación cultural. (...)

Actualmente, sin abdicar de la propia tradición, sino consciente de su misión universal, la Iglesia procura entrar en diálogo con las diversas formas de cultura. Y preocupada por descubrir aquello que une dentro del magnífico patrimonio del espíritu humano, aunque la armonía de la cultura con la fe no siempre se realice sin dificultades, la Iglesia no deja de procurar la aproximación de todas las culturas, de todas las concepciones ideológicas y de todos los hombres de buena voluntad.

 

4.1.9 Discurso a los intelectuales y artistas, Seúl, Corea (5-V-1984) [22]

Doble misión de la Iglesia: Evangelizar las culturas y la defensa del hombre y de su progreso cultural

2. Hay dos aspectos principales y complementarios de la cuestión, que corresponden a las dos dimensiones en las que actúa la Iglesia. Uno de ellos es la evangelización de las culturas y el otro la defensa del hombre y de su progreso cultural.

La Iglesia debe hacerse todo para todos los pueblos. Ante nosotros se abre un largo e importante proceso de inculturación para lograr que el Evangelio pueda penetrar el alma misma de las culturas vivas. Promoviendo ese proceso, la Iglesia responde a las profundas aspiraciones de los pueblos y los ayuda a adentrarse en la esfera de la misma fe. Esto lo vieron con toda claridad los primeros cristianos de Corea, vuestros antepasados. Habiendo llegado al conocimiento de Cristo a través de una búsqueda seria de la plenitud de la humanidad, esos cristianos realizaron esfuerzos ejemplares por encarnar el Evangelio en los cauces mentales y el ambiente afectivo del pueblo.

Siguiendo el ejemplo de esta voluntad por adoptar una actitud de intercambio y comprensión de la identidad cultural del pueblo, también nosotros debemos trabajar ahora por aproximar más las distintas culturas entre sí. Y debemos hacerlo para lograr que cada una de esas culturas pueda enriquecer más plenamente a las otras, y que los valores universales puedan convertirse en patrimonio de todos. En este sentido, vuestra función como puntos de enlace entre culturas es de vital importancia. Ahora bien, vuestra contribución será tanto más válida cuanto más profundamente enraizados estéis en vuestra propia identidad como coreanos, y cuanto más conscientes seáis de aportar a ese diálogo la palabra salvadora del Evangelio. Pues creemos que el Evangelio debe penetrar, elevar y purificar todas las culturas.

Pero es evidente que el enriquecimiento se produce también a la inversa. La milenaria experiencia de tantos pueblos, el progreso de la ciencia y la técnica, la evolución de las instituciones sociales, el despliegue de las artes: todos éstos son medios a través de los cuales se va revelando más plenamente la naturaleza del hombre, abren nuevas vías hacia la verdad y pueden ahondar en nosotros la comprensión de los misterios de Dios. (...)

4. Como cristianos, no podemos permanecer callados ante tal cantidad de amenazas contra la dignidad del hombre, la, paz, el progreso auténtico. Nuestra fe nos obliga a resistir a todo aquello que priva a individuos, grupos y pueblos enteros de ser ellos mismos de acuerdo con su vocación más profunda.

Nuestra fe cristiana nos obliga, sobre todo, a ir más allá de la simple condena; ¡nos lleva a construir, a amar! (...)

Ayudar a la Iglesia a ser creadora de cultura

5. Así pues, tenéis una misión doble: evangelizar la cultura y defender al hombre. El mismo Evangelio es un fermento de cultura por cuanto interpela al hombre en sus formas de pensar, comportarse, trabajar, descansar, es decir, en su dimensión cultural. Por otro lado, vuestra fe os dará confianza en el hombre, creado a imagen de Dios y redimido por Cristo: a ese hombre debéis defenderlo y amarlo por sí mismo. Y, puesto que vuestra fe incluye una comprensión profunda de las limitaciones del hombre y de su condición pecadora, os enfrentaréis al reto que suponme evangelizar la cultura con el realismo y la compasión necesaria.

En una palabra, vosotros estáis llamados a ayudar a la Iglesia a ser creadora de cultura en sus relaciones con el mundo moderno. (...)

 

4.1.10 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (15-I-1985) [23]

Evangelizar las culturas de nuestro tiempo

2. El Consejo Pontificio para la Cultura, asume, según mi manera de ver, un significado simbólico y lleno de esperanza. En efecto, veo en vosotros testigos calificados de la cultura católica en el mundo, con el cometido de reflexionar tanto sobre las evoluciones y las esperanzas de las distintas culturas en las regiones, como de los sectores de actividad que os son propios. Por la misión que os he confiado, estáis llamados a ayudar, con competencia, a la Sede apostólica para conocer mejor las aspiraciones profundas y distintas de las culturas contemporáneas y a discernir mejor cómo puede la Iglesia universal darles la respuesta. Pues, en el mundo, las orientaciones, las mentalidades, los modos de pensar y de concebir el sentido de la vida, se modifican, se influencian mutuamente, se enfrentan sin duda, con mayor vigor que nunca en el pasado. Eso deja huellas en todos los que se entregan con lealtad a la promoción del hombre. Es bueno que con vuestro trabajo de estudio, de consulta y de animación -emprendido en conexión con otros Dicasterios romanos, con las Universidades, los Institutos religiosos, las Organizaciones internacionales católicas y varios grandes organismos internacionales vinculados con la promoción de las culturas- favorezcáis una toma de conciencia clara de las posturas que presenta la actividad cultural en el sentido lato del término.

3. Más allá de esta acogida respetuosa y desinteresada de las realidades culturales para un mejor conocimiento, el cristiano no puede hacer abstracción del problema de la evangelización. El Consejo Pontificio para la Cultura participa en la misión de la Sede de Pedro para la evangelización de las culturas y vosotros estáis asociados a la responsabilidad de las Iglesias particulares en las tareas apostólicas que requiere el encuentro del Evangelio con las culturas de nuestra época. Con este fin, se pide un trabajo ingente a todos los cristianos y el desafío debe poner en movimiento sus energías en el corazón de cada pueblo y de cada comunidad humana.

A vosotros, que habéis aceptado ayudar a la Santa Sede en su misión universal al lado de las culturas de nuestros días, confío el cometido especial de estudiar y de profundizar lo que significa para la Iglesia la evangelización de las culturas hoy. Ciertamente, la preocupación por evangelizar las culturas no es nueva para la Iglesia, pero presenta problemas que tienen carácter de novedad en un mundo marcado por el pluralismo, por el choque de las ideologías y por profundos cambios de las mentalidades. Debéis ayudar a la Iglesia a responder a esas cuestiones fundamentales para las culturas actuales: ¿Cómo hacer accesible el mensaje de la Iglesia a las culturas nuevas, a las formas actuales de la inteligencia y de la sensibilidad? ¿Cómo la Iglesia de Cristo puede hacerse entender por el espíritu moderno, que se ufana de sus realizaciones y a la vez se preocupa por el futuro de la familia humana? ¿Quién es Jesucristo para los hombres y las mujeres de hoy?

Sí, la Iglesia en su totalidad debe plantearse esas cuestiones, con el espíritu de lo que decía mi predecesor Pablo VI al concluir el Sínodo sobre la evangelización: "... lo que importa es evangelizar.... la cultura y las culturas del hombre en el sentido rico y amplio que estos términos tienen en la Gaudium et Spes, tomando como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios" (Evangelii Nuntiandi, N. 20). Y todavía agregaba: "El Reino que anuncia el Evangelio, es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura y la construcción del Reino no puede menos que tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas" (Ibid.).

Hay por consiguiente, una tarea compleja pero esencial: ayudar a los cristianos a discernir en los rasgos de su cultura lo que pueda contribuir a la justa expresión del mensaje evangélico y a la edificación del Reino de Dios y a denunciar lo que le es contrario. Y, de este modo, el anuncio del Evangelio a los contemporáneos que no se adhieren a él, tendrá más posibilidades de llevarse a cabo en un diálogo auténtico.

No podemos dejar de evangelizar: son tantas las regiones, tantos los ambientes culturales que permanecen insensibles a la buena noticia de Jesucristo. Pienso en las culturas de extensas regiones del mundo todavía al margen de la fe cristiana. Pero pienso también en los amplios sectores culturales en países de tradición cristiana que, hoy, parecen indiferentes -cuando no refractarios- al Evangelio. Hablo, ciertamente de las apariencias, porque no hay que prejuzgar del misterio de las creencias personales y de la acción secreta de la gracia. La Iglesia respeta a todas las culturas y no impone a ninguna su fe en Jesucristo, pero invita a todas las personas de buena voluntad a promover una verdadera civilización del amor fundada en los valores evangélicos de la fraternidad, de la justicia y de la dignidad para todos.

4. Todo esto exige un nuevo acercamiento de las culturas, de las actitudes, de los comportamientos, para dialogar en profundidad con los ambientes culturales y para hacer fecundo su encuentro con el mensaje de Cristo. Este trabajo exige también, por parte de los cristianos responsables, una fe iluminada por la reflexión que, sin cesar, sea confrontada con las fuentes del mensaje de la Iglesia y un discernimiento espiritual que se prosigue sin pausa en la oración.

El Consejo Pontificio para la Cultura, por su parte, está llamado a profundizar los problemas importantes que los desafíos de nuestro tiempo suscitan para la misión evangelizadora de la Iglesia. Por el estudio, por los encuentros, los grupos de reflexión, las consultas, el intercambio de informaciones y de experiencias, por la colaboración de los numerosos corresponsales que, han aceptado trabajar con vosotros en distintas partes del mundo, os exhorto vivamente a iluminar estas nuevas dimensiones a la luz de la reflexión teológica, de la experiencia y del aporte de las ciencias humanas.

 

4.1.11 Encíclica Slavorum apostoli (2-VI-1985) [24]

 21. En la obra de evangelización que ellos llevaron a cabo como pioneros en los territorios habitados por los pueblos eslavos, está contenido, al mismo tiempo un modelo de lo que hoy lleva el nombre de «inculturación» -encarnación del evangelio en las culturas autóctonas-, y a la vez, la introducción de estas en la vida de la Iglesia. (...).

En efecto, dicha actividad es tarea esencial de la Iglesia y es en nuestros días urgente en la forma ya mencionada de la «inculturación». Los dos hermanos no sólo desarrollaron su misión respetando plenamente la cultura existente entre los pueblos eslavos, sino que, junto con la religión, la promovieron y acrecentaron de forma eminente e incesante. De modo análogo, en nuestros días, las Iglesias de antigua formación pueden y deben ayudar a las Iglesias y a los pueblos jóvenes a madurar en su propia identidad y a progresar en ella.

 

4.1.12 Encuentro con los intelectuales y el mundo universitario, Medellín, Colombia (5-VII-1986) [25]

2. Servicio a la profundización de la identidad cultural

En este noble cometido de defensa y promoción del hombre integral, vosotros prestáis un servicio a la toma de conciencia y a la profundización de la identidad cultural de vuestro pueblo. La identidad cultural es un concepto dinámico y crítico: es un proceso en el cual se recrea en el momento presente un patrimonio pasado y se proyecta hacia el futuro, para que sea asimilado por las nuevas generaciones. De este modo se asegura la identidad y el progreso de un grupo social.

La cultura, exigencia típicamente humana, es uno de los elementos fundamentales que constituyen la identidad de un pueblo. Aquí hunde sus raíces su voluntad de ser como tal. Ella es la expresión completa de su realidad vital y la abarca en su totalidad: valores, estructuras, personas. Por ello la evangelización de la cultura es la forma más radical, global y profunda de evangelizar un pueblo. Hay valores típicos que caracterizan a la cultura latinoamericana, cuales son, entre otros, el anhelo de cambio, la conciencia de la propia dignidad social y política, los esfuerzos de organización comunitaria, sobre todo en los sectores populares, el creciente interés y respecto de la originalidad de las culturas indígenas, la potencialidad económica para hacer frente a las situaciones de extrema pobreza, las grandes dotes de humanidad que se manifiestan, sobre todo, en la disponibilidad para acoger a las personas, para compartir aquello que se tiene y para ser solidarios en la desgracia (cfr. DP 1721). Apoyándose sobre estos valores indudables se pueden afrontar los desafíos de nuestro tiempo: el movimiento migratorio del campo a la ciudad, el influjo de los medios de comunicación social con sus nuevos modelos de cultura, la legítima aspiración de promoción de la mujer, el advenimiento de la sociedad industrial, las ideologías materialistas, el problema de la injusticia y de la violencia...

En este contexto del servicio a la identidad cultural de vuestro pueblo, no está fuera de lugar recordaros que “la educación es una actividad humana en el orden de la cultura” (DP 1024); no sólo por ser “la primera y esencial tarea” (Discurso en la UNESCO, n. 11) de ésta, sino también porque la educación juega un papel activo, crítico y enriquecedor de la cultura misma. La universidad, por ser lugar eminente de educación en todos sus componentes -personas, ideas, instituciones-, puede proporcionar una contribución que va más allá de la pura conciencia de la identidad cultural nacional y popular. La educación, como tal impartida por ella, puede ofrecer una profundización y un enriquecimiento de la cultura misma del país.

3. Fe y cultura

Al dirigirme hoy a vosotros, dignos representantes del mundo intelectual y cultural colombiano, en especial, a los laicos comprometidos, deseo lanzar una llamada a que participéis activamente en la creación y defensa de una auténtica cultura de la verdad, del bien y de la belleza, de la libertad y del progreso, que pueda contribuir al diálogo entre ciencia y fe, cultura cristiana, cultura local y civilización universal.

La cultura supone y exige una “visión integral del hombre” entendido en la totalidad de sus capacidades morales y espirituales, en la plenitud de su vocación. Aquí es donde radica el nexo profundo, “la relación orgánica y constitutiva” (Discurso en la UNESCO, n. 9), que une entre sí a la fe cristiana y a la cultura humana: la fe ofrece la visión profunda del hombre que la cultura necesita; más aún, solamente ella puede proporcionar a la cultura su último y radical fundamento. En la fe cristiana la cultura puede encontrar alimento e inspiración definitiva.

Pero la conexión entre fe y cultura actúa también en dirección inversa. La fe no es una realidad etérea y externa a la historia, que, en un acto de pura liberalidad, ofrezca su luz a la cultura, quedándose indiferente ante ella. Al contrario, la fe se vive en la realidad concreta y toma cuerpo en ella y a través de ella. “La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe... Una fe que no se hace cultura es una fe no acogida plenamente, no pensada por entero, no fielmente vivida” (Discurso en la UNESCO, n. 9). La fe compromete al hombre en la totalidad de su ser y de sus aspiraciones. Una fe que se situase al margen de lo humano y, por tanto, de la cultura, sería una fe infiel a la plenitud de cuanto la Palabra de Dios manifiesta y revela, una fe decapitada, más aún, una fe en proceso de autodisolución. La fe, aun cuando transcienda la cultura y por el hecho mismo de transcenderla y revelar el destino divino y eterno del hombre, crea y genera cultura.

4. Funciones de las Universidades Católicas

En este diálogo entre fe y cultura, corresponde de modo particular a las Universidades Católicas colombianas un servicio especial a la Iglesia y a la sociedad. Su primera obligación consiste en reflejar, sin disimulos, su propia identidad católica, encontrando su “significado último y profundo en Cristo, en su mensaje salvífico, que abraza al hombre en su totalidad” tratando de construir entre todos “una familia universitaria” (Discurso a los universitarios católicos, México, 31 de enero de 1979, n. 2a–3).

En este marco actúa -con las características que le son propias- la pastoral universitaria. Apostolado difícil, pero urgente y rico de posibilidades. Lo sabéis bien vosotros, los responsables de esta importante actividad de la Iglesia local que dedicáis a ella generosamente tiempo y energías. Os aliento vivamente a continuar en vuestro esfuerzo por llevar a cabo, en espíritu de colaboración y sentido eclesial una eficaz presencia pastoral en las universidades, sean estas públicas o privadas.

Las Universidades Católicas trabajen, en sano y leal espíritu de emulación con las demás universidades por potenciar el nivel científico y técnico de sus facultades y departamentos, la competencia y dedicación del profesorado, estudiantes y personal auxiliar. Colaboren activamente con los demás centros universitarios manteniendo un recíproco intercambio; estén presentes, además, en los organismos interuniversitarios nacionales e internacionales. Mantengan frecuentes contactos con la Congregación para la Educación Católica y con el Pontificio Consejo para la Cultura. De este modo, contribuirán, activa y eficazmente a la promoción y renovación de vuestra cultura, transformándola por la fuerza evangélica e integrando en armoniosa unidad los elementos nacionales, humanos y cristianos. (...)

 

4.1.13 Encuentro con los hombres de la cultura y empresarios, Lima, Perú (15-V-1988) [26]

3. El interés por la cultura es, en primer lugar, un interés por el hombre y por el sentido de su existencia. Así lo afirmé en mi discurso a la UNESCO hace algunos años: (...). La cultura debe ser el espacio y el vehículo para que la vida humana sea cada vez más humana (cfr. RH 14; GS 38) y pueda el hombre vivir una vida digna, conforme al designio divino. Una cultura que no está al servicio de la persona no es verdadera cultura.

La Iglesia hace, pues, una opción radical por el hombre al plantearse la evangelización de la cultura. Su opción, en consecuencia, es la de un verdadero humanismo integral que eleva la dignidad del hombre a su verdadera e irrenunciable dimensión de hijo de Dios. Cristo revela el hombre al hombre mismo (cfr. GS 22), le devuelve su propia grandeza y dignidad, permitiéndole redescubrir el valor de su humanidad que por efecto del pecado se había oscurecido. ¡Qué inmenso valor debe tener para Dios el hombre, que ha merecido tan grande Redentor!

Por consiguiente, la acción de la Iglesia no puede conjugarse con la de aquellos “humanismos” que se limitan a una visión exclusivamente económica, biológica o síquica. La concepción cristiana de la vida está siempre abierta al amor de Dios. Fiel a esta vocación quiere mantenerse por encima de las distintas ideologías para optar sólo por el hombre desde el mensaje liberador cristiano. “La Iglesia –como he indicado en mi reciente Encíclica “Sollicitudo Rei Socialis”– no propone sistemas o programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por unos u otros, con tal que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo” (SRS 41).

4. Esta opción humanista desde la óptica cristiana supone, como toda opción, la vivencia clara de una escala de valores, pues éstos son el sustento de toda sociedad. Sin valores no hay posibilidad real de construir una sociedad verdaderamente humana, pues ellos determinan no sólo el sentido de la vida personal, sino también las políticas y estrategias de la vida pública. Una cultura que ha perdido su fundamento en los valores supremos se vuelve necesariamente contra el hombre.

Los grandes problemas que afectan a la cultura contemporánea tienen su origen en ese querer marginar la vida personal y pública de una recta escala de valores. Ningún modelo económico o político servirá plenamente al bien común si no se apoya en valores fundamentales que respondan a la verdad sobre el ser humano, “verdad que nos es revelada por Cristo, en toda su plenitud y profundidad” (Dives in Misericordia, 1.2). Los sistemas que elevan lo económico a la condición de factor único y determinante de tejido social están condenados por su propio dinamismo interno a volverse contra el hombre.

Lo cierto es que solamente acudiendo a las capacidades morales y espirituales de la persona, se obtienen cambios culturales, económicos y sociales que estén verdaderamente al servicio del hombre, pues, el pecado, que se encuentra en la raíz de las situaciones injustas, es, en sentido propio y primordial, un acto voluntario que tiene su origen en la libertad de cada persona. Por eso, la rectitud de las costumbres es condición para la salud de toda la sociedad (cfr. Instrucción Libertatis Conscientia, 75).

5. Dentro de la inmensa tarea de evangelización a la que estamos llamados como Iglesia, la evangelización de la cultura ocupa un lugar preferencial (cfr. DP 365s). Ella debe alcanzar a todo el hombre y a todas las manifestaciones del hombre, llegando hasta la raíz misma de su ser, costumbres y tradiciones (cfr. EN 20).

La evangelización de la cultura supone un esfuerzo por salir al encuentro del hombre contemporáneo, buscando con él caminos de acercamiento y diálogo para promocionar su condición. Es un esfuerzo por comprender las mentalidades y las actitudes del mundo actual y iluminarlas desde el Evangelio. Es la voluntad de llegar a todos los niveles de la vida humana para hacerla más digna. De esta manera dignifica los modelos de comportamiento, los criterios de juicio, los valores dominantes, los intereses mayores, los hábitos y costumbres que sellan el trabajo, la vida familiar, social, económica y política.

Evangelizar la cultura es promover al hombre en su dimensión más profunda. Por ello, se hace a veces necesario poner en evidencia todo aquello que a la luz del Evangelio atenta contra la dignidad de la persona. Por otra parte, la fe es fermento para una auténtica cultura, porque su dinamismo promueve la realización de una síntesis cultural en una visión equilibrada, que sólo se puede conseguir a la luz superior de que ella es portadora. La fe ofrece la respuesta de aquella sabiduría “siempre antigua y siempre nueva” que puede ayudar al hombre a adecuar, con criterios de verdad, los medios a los fines, los proyectos a los ideales, las acciones a los patrones morales que permitan restablecer en nuestro hoy el alterado equilibrio de valores. En una palabra, la fe, lejos de ser un obstáculo, es fuerza fecunda para la creación de la cultura.

La acción evangelizadora de la cultura en el Perú de hoy y del futuro debe partir de un hecho consignado por la historia: la primera evangelización – cuyo inicio pronto cumplirá 500 años– modeló la identidad histórico-cultural de vuestro pueblo (cfr. DP 412, 445-446; Discurso en la apertura de la Novena de años promovido por el CELAM, Santo Domingo, 12-X-1984, 2: IGP2 VII/2 (1984) 885); y el substrato cultural católico, sellado particularmente por el corazón y su intuición, se expresa en la plasmación artística, de la que vuestros templos, vuestras pinturas tradicionales, vuestro arte popular, constituyen una muestra tan valiosa. Se expresa también, con caracteres no pocas veces conmovedores, la piedad hecha vida de las manifestaciones populares de devoción.

6. Si bien es cierto que la fe trasciende toda cultura, dado que pone de manifiesto un acontecimiento que tiene su origen en Dios y no en el hombre, ello no quiere decir que esté al margen de la cultura. Hay una íntima vinculación entre el Evangelio y las realizaciones del hombre. Este vínculo es creador de cultura.

De la misma manera que la cultura necesita una visión integral y superior del ser humano, la fe necesita hacerse cultura, necesita inculturarse. “Una fe que no se hace cultura es una fe que no ha sido plenamente recibida, no enteramente pensada, no fielmente vivida” (Creación del Pontificio Consejo para la Cultura. Carta al Secretario de Estado, Roma, 20-V-1982: AAS 74 (1982) 683-688)

Por ello, es misión de todo cristiano empeñarse por inculturar cada vez más profundamente el mensaje del Evangelio en la variedad de expresiones culturales profundamente arraigadas en vuestro país, en las que la fe ha desplegado una función felizmente integradora. De esta manera, contribuiréis también vosotros a esta elevada tarea, reforzando la cohesión y la necesaria unidad en vuestra patria.

No está fuera de lugar llamar aquí la atención ante un peligro que puede presentarse en el proceso de integrar la fe en la cultura, esto es, el peligro del temporalismo como criterio reduccionista del mensaje cristiano. En pueblos que están buscando con indecible tesón una mayor vivencia de la justicia, donde las desigualdades socio-económicas son muy grandes y las condiciones de vida para muchos son a veces infrahumanas, aparece con frecuencia la tentación de reducir la misión de la Iglesia a la búsqueda de un proyecto meramente temporal o incluso a la acción política. De esta manera, el punto de llegada a todos es evidente: se vacía el mensaje cristiano de sus contenidos esenciales, se adultera la fe, se traiciona el Evangelio.

7. De modo particular quiero dirigirme esta tarde a todos los que os ocupáis por la creación y fomento de la cultura. Sobre vosotros recae una no leve responsabilidad, ya que de las opciones que sepáis llevar a cabo dependerá a su vez el que vuestra cultura esté al servicio del hombre o se vuelva contra él.

Sois vosotros, pensadores, los que con sentido cristiano de la vida habéis de mostrar que la fe y la ciencia no se oponen. En efecto, la inteligencia humana, con el correr de los siglos, ha ido descubriendo no pocos de los misterios naturales que intrigan al hombre, y desvelando la lógica correlación entre la teología y los saberes temporales. La grandeza del trabajo intelectual, lo sabéis bien, lo constituye, en definitiva, la búsqueda de la verdad. Así lo señalaba en mi Encíclica “Redemptor Hominis”: “En esta inquietud creadora late y pulsa lo que es profundamente humano: la búsqueda de la verdad, la insaciable necesidad del bien, el hambre de libertad, la nostalgia de lo bello, la voz de la conciencia” (RH 18).

La labor que Dios os pide es un servicio a la verdad. Verdad que debe ser buscada sin cesar en las instituciones de investigación y enseñada a cada momento en los centros educativos; que debe presidir las tareas de los medios de comunicación social, de la política, la economía, el arte en sus diversas y ricas manifestaciones, y que debe resistir a la tentación de manipular y de dejarse manipular.

A este propósito deseo alentar a los profesionales de la información a ser auténticos promotores del bien común, como le corresponde a su noble y alta actividad, que casi me atrevería a definir como misión de servicio a la comunidad. Esa misma sociedad a la que han de servir pide y espera que no se dejen llevar por intereses o conveniencias de parte que, desfigurando los hechos, pueden perjudicar la pacífica convivencia ciudadana o debilitar los valores esenciales de la estabilidad democrática y del orden constitucional.

 

4.1.14 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (13-I-1989) [27]

La Evangelización de las culturas y la inculturación de la fe

2. Contemplando el mundo desde un punto de vista universal, captáis mejor el significado apostólico de vuestros trabajos y encontráis un motivo sólido para proseguir con vuestra misión. Mediante este trabajo de discernimiento evangélico, la Iglesia no tiene otro objetivo que a anunciar mejor a toda cultura la Buena Nueva de la salvación en Jesucristo. Porque la realidad humana, individual y social, ha sido liberada por Cristo: las personas, como las actividades humanas, de ahí que la cultura es la expresión más eminente y la más encarnada.

La acción salvífica de la Iglesia con las culturas se ejerce primeramente por intermedio de las personas, de las familias y de los educadores. También una adecuada formación es indispensable para que los cristianos aprendan a manifestar con claridad cómo el fermento evangélico tiene el poder de purificar y elevar los modos de pensar, de juzgar y de actuar que constituyen una determinada cultura. Jesucristo, nuestro Salvador, ofrece su luz y su esperanza a todos aquellos y aquellas que se dedican a las ciencias, las artes, las letras y a los innumerables campos desarrollados por la cultura moderna. Todos los hijos e hijas de la Iglesia deben entonces tomar conciencia de su misión y descubrir cómo la fuerza del Evangelio puede penetrar y regenerar las mentalidades y los valores dominantes que inspiran a cada una de las culturas, así como las opiniones y las actitudes que de ellas se derivan. Cada uno en la Iglesia, mediante la oración y la reflexión, podrá aportar la luz del Evangelio y la irradiación de su ideal ético y espiritual. De este modo, por medio de este paciente trabajo de gestación, humilde y escondido, los frutos de la Redención penetrarán poco a poco las culturas y les otorgarán abrirse en plenitud a las riquezas de la gracia de Cristo.

5. Finalmente, quiero destacar la activa participación que el Consejo Pontificio para la Cultura ha tomado en los trabajos de la Comisión Teológica Internacional sobre la fe y la inculturación. Habéis participado muy de cerca en la elaboración del documento que ha sido preparado con este título y que permitirá comprender mejor el significado bíblico, histórico, antropológico, eclesial y misionero que reviste la inculturación de la fe cristiana. Presenta una posición decisiva para la acción de la Iglesia, tanto en el corazón de las diversas culturas tradicionales, como en las complejas formas de la cultura moderna. Vuestra responsabilidad es ahora traducir estas orientaciones teológicas en programas concretos de pastoral cultural, y me alegra que varias Conferencias Episcopales piensen dedicarse a ello, especialmente en América Latina y en África. Animo estas experiencias pastorales y deseo que sus resultados sean compartidos con el conjunto de la Iglesia.

6. Con frecuencia he tenido ocasión de decirlo, pero quiero aún repetirlo: el hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura. Y el lazo fundamental del mensaje de Cristo y de la Iglesia con el hombre en su misma humanidad es creador de cultura en su íntimo fundamento. Esto quiere decir que las conmociones culturales de nuestro tiempo nos invitan a volver a lo esencial y a encontrar nuevamente la preocupación fundamental que es el hombre en todas sus dimensiones, políticas y sociales, ciertamente, pero también, culturales, morales y espirituales. De ello depende, en efecto, el mismo futuro de la humanidad. Inculturar el Evangelio, no es reconducirlo a lo efímero y reducirlo a lo superficial agitado por la cambiante actualidad. Por el contrario, con una audacia totalmente espiritual, insertar la fuerza del fermento evangélico y su novedad más joven que toda modernidad, en el corazón mismo de las sacudidas de nuestro tiempo, en gestación de nuevos modos de pensar, de actuar y de vivir. Es la fidelidad a la alianza con la eterna sabiduría la que es la fuente incesante de renacimiento de nuevas culturas. Quienes han recibido la novedad del Evangelio se lo apropian e interiorizan de tal modo que lo vuelven a expresar en su vivencia cotidiana, según su propia índole. Así, la inculturación del Evangelio en las culturas va a la par con su renovación y las conduce a su auténtica promoción, tanto en la Iglesia como en la ciudad.

 

4.1.15 Carta Apostólica Los Caminos del Evangelio (29-VI-1990) [28]

 

Evangelización de la cultura

28.  El reto de la nueva evangelización exige que el mensaje salvador cale en el corazón de los hombres y en las estructuras de la vida social. Así he querido ponerlo de relieve en mi alocución a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina.

Es un hecho que las Órdenes y Congregaciones religiosas han sido siempre promotores de la cultura, desde los comienzos mismos de la predicación del mensaje de Cristo en el Continente; lo son también por la variedad de sus carismas, por sus obras apostólicas, por su presencia en la sociedad latinoamericana. En efecto, los religiosos ejercen su actividad en todos los campos de la enseñanza, desde la elemental y media hasta la profesional y universitaria; también en la catequesis, desde la infantil hasta la de adultos, tratando de formar apostólicamente a los laicos; se hallan en el corazón de las grandes metrópolis, en los barrios marginales, entre los indígenas, cuya cultura estudian y cuyos derechos defienden.

Estoy seguro de que los religiosos y las religiosas en América Latina sabréis estar en la vanguardia de esta nueva responsabilidad evangelizadora que ha de asumir, con la fuerza del mensaje salvífico, toda la riqueza cultural de los pueblos y etnias del Continente en una solidaria y esperanzadora civilización del amor. Contribuid, pues, a forjar una cultura que esté siempre abierta a los valores de la vida, a la originalidad del mensaje evangélico, a la solidariedad entre las personas; una cultura de la paz y de la unidad que Cristo ha pedido al Padre para todos los que creen en Él.

Para ello, los religiosos, en la medida en que seáis fieles al propio carisma, encontraréis la fuerza de la creatividad apostólica que os guiará en la predicación e inculturación del Evangelio. Tengo plena confianza en que, con vuestra aportación generosa, se seguirá llevando a cabo la deseada transformación cultural y social de ese Continente.

En efecto, la historia de la primera Evangelización de América Latina es para todos un llamamiento ineludible a perseverar en la labor emprendida y, al mismo tiempo, constituye un motivo de viva esperanza cristiana.

 

4.1.16 Encíclica Redemptoris missio (7-XII-1990) [29]

52. Al desarrollar su actividad misionera entre las gentes, la Iglesia encuentra diversas culturas y se ve comprometida en el proceso de inculturación. En ésta una exigencia que ha marcado todo su camino histórico, pero hoy es particularmente aguda y urgente.

El proceso de inserción de la Iglesia en las culturas de los pueblos requiere largo tiempo: no se trata de una mera adaptación externa, ya que la inculturación «significa una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas» (Asamblea extraordinaria de 1985, Relación Final, II, D, 4). Es, pues, un proceso profundo y global que abarca tanto el mensaje cristiano, como la reflexión y la praxis de la Iglesia. Pero es también un proceso difícil, porque no debe comprometer en ningún modo las características y la integridad de la fe cristiana.

Por medio de la inculturación la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad (cfr. CT 53; SA 21); transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro (cfr. EN 20, lc; 18). Por su parte, con la inculturación la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e instrumento más apto para su misión.

Gracias a esta acción en las Iglesias locales, la misma Iglesia universal se enriquece con expresiones y valores en los diferentes sectores de la vida cristiana, como la evangelización, el culto, la teología, la caridad; conoce y expresa aún mejor el misterio de Cristo, a la vez que es alentada a una continua renovación. Estos temas, presentes en el Concilio y en el Magisterio posterior, los he afrontado repetidas veces en mis visitas pastorales a las Iglesias jóvenes.

La inculturación es un camino lento que acompaña toda la vida misionera y requiere la aportación de los diversos colaboradores de la misión ad gentes, la de las comunidades cristianas a medida que se desarrollan, la de los Pastores que tienen la responsabilidad de discernir y fomentar su actuación (cfr. AG 22).

 

Y más adelante dice al mencionar sus límites:

 

54. La inculturación, en su recto proceso debe estar dirigida por dos principios: «la compatibilidad con el Evangelio de las varias culturas a asumir y la comunión con la Iglesia universal» (cfr. FC 10). Los Obispos, guardianes del «depósito de la fe» se cuidarán de la fidelidad y, sobre todo del discernimiento, para lo cual es necesario un profundo equilibrio; en efecto, existe el riesgo de pasar acríticamente de una especie de alienación de la cultura a una supervaloración de la misma, que es un producto del hombre, en consecuencia, marcada por el pecado. También ella debe ser «purificada, elevada y perfeccionada» (LG, 17).

Este proceso necesita una gradualidad, para que sea verdaderamente expresión de la experiencia cristiana de la comunidad... Finalmente la inculturación debe implicar a todo el pueblo de Dios, no sólo a algunos expertos, ya que se sabe que el pueblo reflexiona sobre el genuino sentido de la fe que nunca conviene perder de vista. Esta inculturación debe ser dirigida y estimulada, pero no forzada, para no suscitar reacciones negativas en los cristianos: debe ser expresión de la vida comunitaria, es decir, debe madurar en el seno de la comunidad, y no ser fruto exclusivo de investigaciones eruditas. La salvaguardia de los valores tradicionales es efecto de una fe madura.

 

4.1.17 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (10-I-1992) [30]

Injertar el Evangelio en todas las culturas

4. En este año 1992 se celebra el quinto centenario de la evangelización de América. He querido de modo particular que la "cultura cristiana" sea uno de los ejes principales de este jubileo, en el cual la Iglesia propondrá verdaderamente el Evangelio de Cristo a los hombres en la medida en que se dirija a cada hombre en su cultura y en que la fe de los cristianos muestre su capacidad de fecundar las culturas emergentes, que llevan consigo la esperanza para el futuro. América Latina representa casi la mitad de los católicos del mundo. El reto de su nueva evangelización está estrechamente unido a un diálogo renovado entre las culturas y la fe. También el Pontificio Consejo de la cultura, seguirá aportando su experiencia a las Conferencias episcopales que lo soliciten, con el CELAM.

5. El próximo Sínodo de los obispos para África dará un puesto central al gran desafío de la implantación del Evangelio en las culturas africanas. Los documentos preparatorios ya han estudiado de cerca las relaciones entre evangelización e inculturación. Desde hace más de un siglo, los misioneros han gastado generosamente sus energías y han sacrificado con frecuencia su propia vida a fin de que el Evangelio salvador alegrara al africano en el corazón de su ser. La inculturación es un proceso lento, que abarca en toda la extensión de la vida misionera. Y una mirada de conjunto dirigida hacia la humanidad muestra que esta misión está aún en sus comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras fuerzas a su servicio (cf. Redemptoris missio, 52 y 1). En vísperas de este Sínodo, las Iglesias de África, amenazadas por el sincretismo y las sectas, encuentran un nuevo impulso para anunciar el Evangelio y acogerlo en función de sus culturas, en el marco de la catequesis, de la formación de los sacerdotes y de los catequistas, de la liturgia y de la vida de las comunidades cristianas. Esto requiere tiempo: todo proceso de inculturación auténtica de la fe es un acto de "tradición", que debe hallar su inspiración y sus normas en la única Tradición. Supone una profundización teológica y antropológica del mensaje de la Redención y, a la vez, el testimonio vivo e irreemplazable de las comunidades cristianas, felices de poder compartir su amor ferviente de Cristo.

6. Os espera una labor urgente: restablecer los lazos que se han debilitado, y a veces roto, entre los valores culturales de nuestro tiempo y su fundamento cristiano permanente. Los cambios políticos, los trastornos económicos, y las transformaciones culturales de estos últimos años han contribuido ampliamente a una toma de conciencia moral, dolorosa y lúcida. Tras decenios de opresión totalitaria, hombres y mujeres nos dan su testimonio desgarrador: es a la conciencia moral, guardiana de su identidad profunda, que ellos deben su supervivencia personal. Muchos son hoy los jóvenes y menos jóvenes de las naciones industrializadas que claman, por todos los medios, su insatisfacción frente al "tener" que asfixia al "ser". Por doquier, los pueblos exigen que se respeten su cultura y su derecho a una vida plenamente humana. Gracias a la cultura se hace realidad la expresión de Pascal: "El hombre supera infinitamente al hombre".

8. Las aspiraciones fundamentales del hombre encierran un sentido. Expresan, de múltiples modos, a veces confusos, la vocación a "ser", inscrita por Dios en el corazón de cada hombre. En medio de las incertidumbres y angustias de nuestro tiempo, la misión os llama a ofrecer lo mejor de vosotros mismos para desarrollar una verdadera cultura de la esperanza, fundada en la Revelación y la Salvación de Jesucristo.

La libertad es plenamente valorada cuando la acogida de la verdad y el amor que Dios llega a todo hombre. Para los cristianos es un inmenso desafío: testimoniar el amor, que es la fuente y la realización de toda cultura, en Jesucristo que nos ha liberado.

9. Humanizar con el Evangelio la sociedad y sus instituciones, y dar nuevamente a la familia, a las ciudades y a los pueblos un alma digna del hombre creado a imagen de Dios, tal es el desafío del siglo XXI. La Iglesia puede contar con los hombres y las mujeres de cultura para ayudar a los pueblos a recuperar su memoria, reavivar su conciencia y preparar su porvenir. El fermento cristiano fecundará y extenderá las culturas y sus valores.

De este modo Cristo, Camino, Verdad y Vida (Jn 14,6), Él que ha dado "novedad a todas las cosas, al darse Él mismo", como escribió Ireneo de Lión (Adv. haer., IV, 34, 1). De allí, la importancia de la educación y la necesidad de profesores que sean auténticos formadores de la persona. La necesidad de investigadores y de sabios cristianos, cuya capacidad científica sea reconocida y apreciada, para dar sentido a los descubrimientos de la ciencia y a las invenciones de la técnica. El mundo tiene necesidad de sacerdotes, de religiosos, de religiosas y de laicos seriamente formados en el conocimiento de la heredad doctrinal de la Iglesia, rica de su patrimonio cultural bimilenario, fuente siempre fecunda de artistas y poetas, capaces de ayudar al pueblo de Dios a vivir el misterio inagotable de Cristo, celebrado en la belleza, meditado en la oración y encarnado en la santidad.

10. Señores Cardenales, queridos amigos, que este encuentro con el Sucesor de Pedro os fortalezca en la conciencia de vuestra misión. La cultura es del hombre, por el hombre y para el hombre. La vocación del Pontificio Consejo para la Cultura, vuestra vocación, en este final del siglo y del milenio, consiste en suscitar una nueva cultura del amor y de la esperanza inspirada en la verdad que nos hace libres en Jesucristo. Éste es el objetivo de la inculturación, prioridad para la nueva evangelización. El arraigo del Evangelio en el seno de las culturas es una exigencia de la misión, tal como lo recordé recientemente en la encíclica Redemptoris missio. Sed sus artífices auténticos, en comunión profunda con la Santa Sede y con toda la Iglesia, en el seno de las Iglesias locales, bajo la guía de sus Pastores.

 

4.1.18 Exhortación apostólica Pastores dabo vobis (25-III-1992) [31]

55. Un problema ulterior nace de la exigencia -hoy intensamente sentida- de la evangelización de las culturas y de la inculturación del mensaje de la fe. Es éste un problema eminentemente pastoral, que debe ser incluido con mayor amplitud y particular sensibilidad en la formación de los candidatos al sacerdocio: «En las actuales circunstancias, en que en algunas regiones del mundo la religión cristiana se considera como algo extraño a las culturas, tanto antiguas como modernas, es de gran importancia que en toda la formación intelectual y humana se considere necesaria y esencial la dimensión de la inculturación (cfr. Propositio 32). Pero esto exige previamente una teología auténtica, inspirada en los principios católicos sobre esa inculturación. Estos principios se relacionan con el misterio de la encarnación del Verbo de Dios y con la antropología cristiana e iluminan el sentido auténtico de la inculturación; ésta, ante las culturas más dispares y a veces contrapuestas, presentes en las distintas partes del mundo, quiere ser una obediencia al mandato de Cristo de predicar el Evangelio a todas las gentes hasta los últimos confines de la tierra. Esta obediencia no significa sincretismo, ni simple adaptación del anuncio evangélico, sino que el Evangelio penetra vitalmente en las culturas, se encarna en ellas, superando sus elementos culturales incompatibles con la fe y con la vida cristiana y elevando sus valores al misterio de la salvación que proviene de Cristo (cfr. RM 67)».

 

4.1.19 Discurso en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (12-X-1992) [32]

IV. Cultura cristiana

20. Aunque el Evangelio no se identifica con ninguna cultura en particular, sí debe inspirarlas, para de esta manera transformarlas desde dentro, enriqueciéndolas con los valores cristianos que derivan de la fe. En verdad, la evangelización de las culturas representa la forma más profunda y global de evangelizar a una sociedad, pues mediante ella el mensaje de Cristo penetra en las conciencias de las personas y se proyecta en el «ethos» de un pueblo, en sus actitudes vitales, en sus instituciones y en todas las estructuras (cfr. Discurso a los intelectuales y al mundo universitario, Medellín, 5-VII-1986, 2).

El tema «cultura» ha sido objeto de particular estudio y reflexión por parte del CELAM en los últimos años. También la Iglesia toda dirige su atención a esta importante materia, «ya que la nueva evangelización ha de proyectarse sobre la cultura "adveniente", sobre todas las culturas, incluidas las culturas indígenas» (cfr. Angelus, 28-VI-1992). Anunciar a Jesucristo en todas las culturas es la preocupación central de la Iglesia y objeto de su misión. En nuestros días, esto exige, en primer lugar, el discernimiento de las culturas como realidad humana a evangelizar y, consiguientemente, la urgencia de un nuevo tipo de colaboración entre todos los responsables de la obra evangelizadora.

21.  En nuestros días se percibe una crisis cultural de proporciones insospechadas. Es cierto que el sustrato cultural actual presenta un buen número de valores positivos, muchos de ellos fruto de la evangelización; pero, al mismo tiempo, ha eliminado valores religiosos fundamentales y ha introducido concepciones engañosas que no son aceptables desde el punto de vista cristiano.

La ausencia de esos valores cristianos fundamentales en la cultura de la modernidad no solamente ha ofuscado la dimensión de lo transcendente, abocando a muchas personas hacia el indiferentismo religioso – también en América Latina –, sino que, a la vez, es causa determinante del desencanto social en que se ha gestado la crisis de esta cultura. Tras la autonomía introducida por el racionalismo, hoy se tiende a basar los valores sobre todo en consensos sociales subjetivos que, no raramente, llevan a posiciones contrarias incluso a la misma ética natural. Piénsese en el drama del aborto, los abusos en ingeniería genética, los atentados a la vida y a la dignidad de la persona.

Frente a la pluralidad de opciones que hoy se ofrecen, se requiere una profunda renovación pastoral mediante el discernimiento evangélico sobre los valores dominantes, las actitudes, los comportamientos colectivos, que frecuentemente representan un factor decisivo para optar tanto por el bien como por el mal. En nuestros días se hace necesario un esfuerzo y un tacto especial para inculturar el mensaje de Jesús, de tal manera que los valores cristianos puedan transformar los diversos núcleos culturales, purificándolos, si fuera necesario, y haciendo posible el afianzamiento de una cultura cristiana que renueve, amplíe y unifique los valores históricos pasados y presentes, para responder así en modo adecuado a los desafíos de nuestro tiempo (cfr. RM 52). Uno de estos retos a la evangelización es el de intensificar el diálogo entre las ciencias y la fe, en orden a crear un verdadero humanismo cristiano. Se trata de mostrar que la ciencia y la técnica contribuyen a la civilización y a la humanización del mundo en la medida en que están penetradas por la sabiduría de Dios. A este propósito, deseo alentar vivamente a las Universidades y Centros de estudios superiores, especialmente los que dependen de la Iglesia, a renovar su empeño en el diálogo entre fe y ciencia.

22.  La Iglesia mira con preocupación la fractura existente entre los valores evangélicos y las culturas modernas, pues éstas corren el riesgo de encerrarse dentro de sí en una especie de involución agnóstica y sin referencia a la dimensión moral (cfr. Discurso al Pontificio Consejo para la Cultura, 18-I-1983). A este respecto, conservan pleno vigor aquellas palabras del Papa Pablo VI: “La ruptura entre evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas. De ahí que haya que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas. Éstas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva” (EN 20).

La Iglesia, que considera al hombre como su “camino” (cfr. RM 14), ha de saber dar una respuesta adecuada a la actual crisis de la cultura. Frente al complejo fenómeno de la modernidad, es necesario dar vida a una alternativa cultural plenamente cristiana. Si la verdadera cultura es la que expresa los valores universales de la persona, ¿qué puede proyectar más luz sobre la realidad del hombre, sobre su dignidad y razón de ser, sobre su libertad y destino que el Evangelio de Cristo?

En este hito histórico del medio milenio de la evangelización de vuestros pueblos, os invito pues, queridos Hermanos, a que, con el ardor de la nueva evangelización, animados por el Espíritu del Señor Jesús, hagáis presente la Iglesia en la encrucijada cultural de nuestro tiempo, para impregnar con los valores cristianos las raíces mismas de la cultura “adveniente” y de todas las culturas ya existentes. A este respecto, particular atención habréis de prestar a las culturas indígenas y afroamericanas, asimilando y poniendo de relieve todo lo que en ellas hay de profundamente humano y humanizante. Su visión de la vida, que reconoce la sacralidad del ser humano, su profundo respeto a la naturaleza, la humildad, la sencillez, la solidaridad son valores que han de estimular el esfuerzo por llevar a cabo una auténtica evangelización inculturada, que sea también promotora de progreso y conduzca siempre a la adoración a Dios “en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23). Mas, el reconocimiento de dichos valores no os exime de proclamar en todo momento que “Cristo es el único Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios” (RM 5).

        La evangelización de la cultura es un esfuerzo por comprender las mentalidades y las actitudes del mundo actual e iluminarlas desde el evangelio. Es la voluntad de llegar a todos los niveles de la vida humana para hacerla más digna” (Discurso al mundo de la cultura, Lima, 15-V-1988, 5). Pero este esfuerzo de comprensión e iluminación debe estar siempre acompañado del anuncio de la Buena Nueva (cfr. RM 46), de tal manera que la penetración del evangelio en las culturas no sea una simple adaptación externa, sino un “proceso profundo y, global que abarque tanto el mensaje cristiano, como la reflexión y la praxis de la Iglesia” (RM 52), respetando siempre las características y la integridad de la fe.

23.  Al ser la comunicación entre las personas un importante elemento generador de cultura, los modernos medios de comunicación social revisten en este terreno una importancia de primer orden. Intensificar la presencia de la Iglesia en el mundo de la comunicación ha de ser ciertamente una de vuestras prioridades. Vienen a mi mente las graves palabras de mi venerado predecesor el Papa Pablo VI: “La Iglesia se sentiría culpable ante Dios si no empleara esos poderosos medios, que la inteligencia humana perfecciona cada vez más” (EN 45).

Por otra parte, se ha de vigilar también sobre el uso de los medios de comunicación social en la educación de la fe y en la difusión de la cultura religiosa. Una responsabilidad que incumbe sobre todo a las casas editoriales dependientes de instituciones católicas, que deben “ser objeto de particular solicitud por parte de los Ordinarios del lugar, a fin de que sus publicaciones sean siempre conformes a la doctrina de la Iglesia y contribuyan eficazmente al bien de las almas” (Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre algunos aspectos relativos al uso de los instrumentos de comunicación social en la promoción de la doctrina de la fe, 30-III-1992, 25, 2).

Ejemplos de inculturación del evangelio lo constituyen también ciertas manifestaciones socio–culturales que están surgiendo en defensa del hombre y de su entorno, y que han de ser iluminadas por la luz de la fe. Es el caso del movimiento ecologista en favor del respeto debido a la naturaleza y contra la explotación desordenada de sus recursos, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida. La convicción de que “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todo el género humano” (GS 69) ha de inspirar un sistema de gestión de los recursos más justo y mejor coordinado a nivel mundial. La Iglesia hace suya la preocupación por el medio ambiente e insta a los gobiernos para que protejan este patrimonio según los criterios del bien común (cfr. Mensaje para la XXV Jornada Mundial de la Paz, 1-I-1992).

24.  El desafío que representa la cultura “adveniente”, no debilita sin embargo nuestra esperanza, y damos gracias a Dios porque en América Latina el don de la fe católica ha penetrado en lo más hondo de sus gentes, conformando en estos quinientos años el alma cristiana del Continente e inspirando muchas de sus instituciones. En efecto, la Iglesia en Latinoamérica ha logrado impregnar la cultura del pueblo, ha sabido situar el mensaje evangélico en la base de su pensar, en sus principios fundamentales de vida, en sus criterios de juicio, en sus normas de acción.

Se nos presenta ahora el reto formidable de la continua inculturación del evangelio en vuestros pueblos, tema que habréis de abordar con clarividencia y profundidad durante los próximos días. América Latina, en Santa María de Guadalupe, ofrece un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada. En efecto, en la figura de María –desde el principio de la cristianización del Nuevo Mundo y a la luz del evangelio de Jesús– se encarnaron auténticos valores culturales indígenas. En el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac se resume el gran principio de la inculturación: la íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante la integración en el cristianismo y el enraizamiento del cristianismo en las varias culturas (cfr. RM 52).

 

4.1.20 Mensaje a los indígenas de América (12-X-1992) [33]

2. Hace ahora 500 años el Evangelio de Jesucristo llegó a vuestros pueblos. Pero ya antes, y sin que acaso lo sospecharan, el Dios vivo y verdadero estaba presente iluminando sus caminos. El apóstol san Juan nos dice que el Verbo, el Hijo de Dios, “es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que llega a este mundo” (Jn 1, 9). En efecto, las “semillas del Verbo” estaban ya presentes y alumbraban el corazón de vuestros antepasados para que fueran descubriendo las huellas del Dios Creador en todas sus criaturas: el sol, la luna, la madre tierra, los volcanes y las selvas, las lagunas y los ríos.

Pero, a la luz de la Buena Nueva, ellos descubrieron que todas aquellas maravillas de la creación no eran sino un pálido reflejo de su Autor y que la persona humana, por ser imagen y semejanza del Creador, es muy superior al mundo material y está llamada a un destino transcendente y eterno. Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre, con su muerte y resurrección, nos ha liberado del pecado, haciéndonos hijos adoptivos de Dios y abriéndonos el camino hacia la vida que no tiene fin. El mensaje de Jesucristo les hizo ver que todos los hombres son hermanos porque tienen un Padre común: Dios. Y todos están llamados a formar parte de la única Iglesia que el Señor ha fundado con su sangre (cfr. Hch 20, 28).

A la luz de la revelación cristiana las virtudes ancestrales de vuestros antepasados como la hospitalidad, la solidaridad, el espíritu generoso, hallaron su plenitud en el gran mandamiento del amor, que ha de ser la suprema ley del cristiano. La persuasión de que el mal se identifica con la muerte y el bien con la vida les abrió el corazón a Jesús que es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6).

Todo esto, que los Padres de la Iglesia llaman las “semillas del Verbo”, fue purificado, profundizado y completado por el mensaje cristiano, que proclama la fraternidad universal y defiende la justicia. Jesús llamó bienaventurados a los que tienen sed de justicia (cfr. Mt 5, 6). ¿Qué otro motivo sino la predicación de los ideales evangélicos movió a tantos misioneros a denunciar los atropellos cometidos contra los indios en la época de la conquista a la llegada de los conquistadores? Ahí están para demostrarlo la acción apostólica y los escritos de intrépidos evangelizadores españoles como Bartolomé de Las Casas, Fray Antonio de Montesinos, Vasco de Quiroga, Juan del Valle, Julián Garcés, José de Anchieta, Manuel de Nóbrega y de tantos otros hombres y mujeres que dedicaron generosamente su vida a los nativos. La Iglesia, que con sus religiosos, sacerdotes y obispos ha estado siempre al lado de los indígenas, ¿cómo podría olvidar en este V Centenario los enormes sufrimientos infligidos a los pobladores de este Continente durante la época de la conquista y la colonización? Hay que reconocer con toda verdad los abusos cometidos debido a la falta de amor de aquellas personas que no supieron ver en los indígenas hermanos e hijos del mismo Padre Dios.

3.     En esta conmemoración del V Centenario, deseo repetir cuanto os dije durante mi primer viaje pastoral a América Latina: “El Papa y la Iglesia están con vosotros y os aman: aman vuestras personas, vuestra cultura, vuestras tradiciones; admiran vuestro maravilloso pasado, os alientan en el presente y esperan tanto en el porvenir” (Discurso en Cuilapán, 29-I-1979, 5). Por eso, quiero también hacerme eco y portavoz de vuestros más profundos anhelos.

Sé que queréis ser respetados como personas y como ciudadanos. Por su parte, la Iglesia hace suya esta legítima aspiración, ya que vuestra dignidad no es menor que la de cualquier otra persona o raza. Todo hombre o mujer ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1, 26-27). Y Jesús, que mostró siempre su predilección por los pobres y abandonados, nos dice que todo lo que hagamos o dejemos de hacer “a uno de estos mis hermanos menores”, a él se lo hacemos (cfr. Mt 25, 40). Nadie que se precie del nombre de cristiano puede despreciar o discriminar por motivos de raza o cultura. El apóstol Pablo nos amonesta al respecto: “Porque en un mismo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres” (1 Cor 12, 13).

La fe, queridos hermanos y hermanas, supera las diferencias entre los hombres. La fe y el bautismo dan vida a un nuevo pueblo: el pueblo de los hijos de Dios. Sin embargo, aun superando las diferencias, la fe no las destruye sino que las respeta. La unidad de todos nosotros en Cristo no significa, desde el punto de vista humano, uniformidad. Por el contrario, las comunidades eclesiales se sienten enriquecidas al acoger la múltiple diversidad y variedad de todos sus miembros.

4.     Por eso, la Iglesia alienta a los indígenas a que conserven y promuevan con legítimo orgullo la cultura de sus pueblos: las sanas tradiciones y costumbres, el idioma y los valores propios. Al defender vuestra identidad, no sólo ejercéis un derecho, sino que cumplís también el deber de transmitir vuestra cultura a las generaciones venideras, enriqueciendo de este modo a toda la sociedad. Esta dimensión cultural, con miras a la evangelización, será una de las prioridades de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que se desarrolla en Santo Domingo y que he tenido el gozo de inaugurar como acto preeminente de mi viaje con ocasión del V Centenario.

La tutela y respeto de las culturas, valorando todo lo que de positivo hay en ellas, no significa, sin embargo, que la Iglesia renuncia a su misión de elevar las costumbres, rechazando todo aquello que se opone o contradice la moral evangélica. “La Iglesia –afirma el Documento de Puebla– tiene la misión de dar testimonio del "verdadero Dios y único Señor". Por lo cual, no puede verse como un atropello la evangelización que invita a abandonar las falsas concepciones de Dios, conductas antinaturales y aberrantes manipulaciones del hombre por el hombre” (nn. 405-406).

Elemento central en las culturas indígenas es el apego y cercanía a la madre tierra. Amáis la tierra y queréis permanecer en contacto con la naturaleza. Uno mi voz a la de cuantos demandan la puesta en acto de estrategias y medios eficaces para proteger y conservar la naturaleza creada por Dios. El respeto debido al medio ambiente ha de ser siempre tutelado por encima de intereses exclusivamente económicos o de la abusiva explotación de recursos en tierras y mares.

5. (...)

Os aliento, pues, a un renovado empeño a ser también protagonistas de vuestra propia elevación espiritual y humana mediante el trabajo digno y constante, la fidelidad a vuestras mejores tradiciones, la práctica de las virtudes. Para ello contáis con los genuinos valores de vuestra cultura, acrisolada a lo largo de las generaciones que os han precedido en esta bendita tierra. Pero, sobre todo, contáis con la mayor riqueza que, por la gracia de Dios, habéis recibido: vuestra fe católica. Siguiendo las enseñanzas del Evangelio, lograréis que vuestros pueblos, fieles a sus legítimas tradiciones, progresen tanto en lo material como en lo espiritual. Iluminados por la fe en Jesucristo, veréis en los demás hombres, por encima de cualquier diferencia de raza o cultura, a hermanos vuestros. La fe agrandará vuestro corazón para que quepan en él todos vuestros conciudadanos. Y esa misma fe llevará a los demás a amaros, a respetar vuestra idiosincrasia y a unirse con vosotros en la construcción de un futuro en el que todos sean parte activa y responsable, como corresponde a la dignidad cristiana.

6.     Acerca del puesto que os corresponde en la Iglesia exhorto a todos a fomentar aquellas iniciativas pastorales que favorezcan una mayor integración y participación de las comunidades indígenas en la vida eclesial. Para ello, habrá que hacer un renovado esfuerzo en lo que se refiere a la inculturación del Evangelio, pues “una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, ni totalmente pensada, ni fielmente vivida” (Discurso al mundo de la cultura, Lima 15-V-1988). Se trata, en definitiva, de conseguir que los católicos indígenas se conviertan en los protagonistas de su propia promoción y evangelización. Y ello, en todos los terrenos, incluidos los diversos ministerios. ¡Qué inmenso gozo el día en que vuestras comunidades puedan estar servidas por misioneros y misioneras, por sacerdotes y obispos que hayan salido de vuestras propias familias y os guíen en la adoración a Dios “en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23)! (...).

4.1.21 Discurso al Consejo Pontificio de la Cultura (18-III-1994) [34]

El diálogo con los no creyentes y la inculturación de la fe

1. Con alegría os acojo esta mañana, miembros, consultores y colaboradores del Consejo pontificio para la cultura, reunidos bajo la presidencia del cardenal Paul Poupard durante esta primera asamblea plenaria del dicasterio, tal como quedó constituido después de la unión de los anteriores Consejos pontificios para el diálogo con los no creyentes y para la cultura, según el motu proprio Inde a pontificatus, del 25 de marzo de 1993.

Sabéis bien que, desde comienzos de mi pontificado, he insistido en la gran importancia de las relaciones entre la Iglesia y la cultura. En la carta de fundación del Consejo pontificio para la cultura, recordé que "una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida" (Carta del 20 de mayo de 1982: cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de junio de 1982, p. 19).

Una doble constatación se impone: la mayoría de los países de tradición cristiana tienen la experiencia de una grave ruptura entre el Evangelio y amplios sectores de la cultura, mientras que en las Iglesias jóvenes se plantea con agudeza el problema del encuentro del Evangelio con las culturas autóctonas. Esta situación indica ya la orientación de vuestra tarea: evangelizar las culturas e inculturar la fe. Permitidme explicitar ciertos puntos que me parecen particularmente importantes.

2. El fenómeno de la no-creencia, con sus consecuencias prácticas que son la secularización de la vida social y privada, la indiferencia religiosa o, incluso, el rechazo explícito de toda religión, sigue siendo uno de los temas prioritarios de vuestra reflexión y de vuestras preocupaciones pastorales: conviene buscar sus causas históricas, culturales, sociales e intelectuales y, al mismo tiempo, promover un diálogo respetuoso y abierto con los que no creen en Dios o no profesan ninguna religión; la organización de encuentros y de intercambios con ellos, como habéis hecho en el pasado, puede dar seguramente fruto.

3. La inculturación de la fe es la otra grande tarea de vuestro dicasterio. Los centros especializados de investigación podrían ayudar a su realización. Pero no hay que olvidarse de que "es un quehacer de todo el pueblo de Dios, no sólo de algunos expertos, porque se sabe que el pueblo refleja el auténtico sentido de la fe" (Redemptoris missio, 54). La Iglesia, mediante a un largo proceso de profundización, toma poco a poco conciencia de toda la riqueza del depósito de la fe a través de la vida del pueblo de Dios: en el proceso de la inculturación, se pasa de lo implícito vivido a lo explícito conocido. De manera análoga, la experiencia de los bautizados, que viven en el Espíritu Santo el misterio de Cristo, bajo la guía de sus pastores, los inducen a discernir progresivamente los elementos de las diversas culturas, compatibles con la fe católica y a renunciar a los otros. Esta lenta maduración requiere de mucha paciencia y sabiduría, una gran apertura de corazón, un sentido ya advertido por la Tradición y una gran audacia apostólica, siguiendo el ejemplo de los Apóstoles, de los Padres y de los Doctores de la Iglesia.

4. Al crear el Consejo pontificio para la cultura, he querido "dar a toda la Iglesia un impulso común en el encuentro, incesantemente renovado, del mensaje de salvación del Evangelio con la pluralidad de las culturas". Le confié también el mandato de "participar en las preocupaciones culturales que los dicasterios de la Santa Sede encuentran en su trabajo, de modo que se facilite la coordinación de sus tareas para la evangelización de las culturas, y se asegure la cooperación de las instituciones culturales de la Santa Sede" (Carta del 20 de mayo de 1982). En esta perspectiva, os he encomendado la misión de seguir y coordinar la actividad de las Academias pontificias, de acuerdo con sus objetivos propios y sus estatutos, y mantener contactos regulares con la Comisión pontificia para los bienes culturales de la Iglesia, "a fin de asegurar una sintonía de finalidades y una fecunda colaboración recíproca" (Motu proprio Inde a pontificatus, 25 de marzo de 1993; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 7 de mayo de 1993, p. 5).

8. "El cristianismo es creador de cultura en su mismo fundamento", (Discurso a la UNESCO, 2 de junio de 1980). En el mundo cristiano, una cultura realmente prestigiosa se ha extendido a lo largo de los siglos, tanto en el campo de las letras y de la filosofía, como en el de las ciencias y de las artes. El sentido mismo de la belleza en la antigua Europa es ampliamente tributario de la cultura cristiana de sus pueblos, y su paisaje ha sido modelado a su imagen. El centro en torno al cual se ha construido esta cultura es el corazón de nuestra fe: el misterio eucarístico. Las catedrales al igual que las humildes iglesias de los campos, la música religiosa como la arquitectura, la escultura y la pintura, irradian el misterio del verum Corpus, natum de Maria Virgine, hacia el cual todo converge en un movimiento de admiración. Por lo que concierne a la música, recordaré con mucho gusto, éste año a Giovanni Pierluigi da Palestrina, con ocasión del cuarto centenario de su muerte. Parecería que en su arte, después de un período de confusión, la Iglesia vuelve a encontrar una voz pacifica por la contemplación del misterio eucarístico, como una serena respiración del alma que se sabe amada de Dios.

La cultura cristiana refleja admirablemente la relación del hombre con Dios, renovada en la Redención. Ella abre a la contemplación del Señor, verdadero Dios y verdadero hombre. Esta cultura se halla vivificada por el amor que Cristo derrama en los corazones (cf. Rm 5, 5), y por la experiencia de los discípulos llamados a imitar a su Maestro. De tales fuentes han nacido una conciencia intensa del sentido de la existencia, una gran fuerza de carácter alegre en el corazón de las familias cristianas y una fina sensibilidad, antes desconocida. La gracia despierta, libera, purifica, ordena y dilata las potencias creativas del hombre. Y, si invita a la ascesis y a la renuncia, es para liberar el corazón, libertad eminentemente favorable tanto para la creación artística como para el pensamiento y la acción fundados en la verdad.

9. Así, en esta cultura, el influjo ejercido por los santos y las santas es determinante: por la luz que irradian, por su libertad interior y por la fuerza de su personalidad, marcan el pensamiento y la expresión artística de períodos enteros de nuestra historia. Basta recordar aquí a san Francisco de Asís: tenía un temperamento de poeta, algo que testimonian ampliamente sus palabras, sus actitudes y su sentido innato del gesto simbólico. Aunque se situó bien lejos de toda preocupación literaria, no es menos creador de una nueva cultura, en el campo del pensamiento y la expresión artística. San Buenaventura y Giotto no se habrían realizado sin él.

Es decir, queridos amigos, allí reside la verdadera exigencia de la cultura cristiana. Esta maravillosa creación del hombre sólo puede surgir de la contemplación del misterio de Cristo y de la escucha de su palabra, puesta en práctica con una total sinceridad y con un compromiso sin reservas, a ejemplo de la Virgen María. La fe libera el pensamiento y abre nuevos horizontes al lenguaje del arte poético y literario, a la filosofía y a la teología, así como a otras formas de creación propias del genio humano.

Es en la expansión y en la promoción de esta cultura que: unos son llamados mediante el diálogo con los no-creyentes: otros mediante la búsqueda de nuevas expresiones del ser cristiano, todos mediante una irradiación cultural más vigorosa de la Iglesia en este mundo en búsqueda de la belleza y de la verdad, de unidad y de amor.

Para cumplir vuestra tarea, así bella, así noble y así necesaria, os acompañe mi bendición apostólica, con mi afectuosa gratitud.

 

4.1.22 Carta al prefecto de la Congregación del clero por la actualización del Directorio general de Catequesis (21-IX-1994) [35]

Con ocasión de los trabajos de esta IX sesión plenaria del Consejo internacional para la catequesis el Santo Padre hizo llegar a los participantes la siguiente carta, fechada el 21 de septiembre y dirigida al cardenal José T. Sánchez, prefecto de la Congregación para el clero:

(...) con respecto a los problemas más serios que la catequesis de los próximos años deberá afrontar necesariamente. Entre éstos, la inculturación tiene seguramente gran importancia en la situación del mundo actual. En efecto, la pluralidad de las culturas se acentúa cada vez más, incluso en las regiones de antigua tradición cristiana. Con mayor razón, constituye un desafío en los continentes en los que es más reciente el anuncio del cristianismo, como puso de relieve la Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos que acaba de celebrarse.

3. La misión de la Iglesia de anunciar la palabra de Dios "a todas las gentes" (Mt 28, 19) exige por su misma naturaleza un esfuerzo continuo de traducción de dicha palabra, para hacerla accesible a todos sus destinatarios, de modo que, acogida en el pensamiento y en la vida, pueda transformarse en levadura de todas las culturas, creando praxis, costumbres e instituciones inspiradas por la fe cristiana.

Así, la inculturación se presenta como una de las tareas más necesarias y vitales de la evangelización y de la catequesis, pero también como una de las más difíciles y delicadas. Compromete a la Iglesia a realizar un esfuerzo continuo de discernimiento, que se ha de realizar obedeciendo a la palabra de Dios y prestando cordial atención al hombre, bajo la guía del Espíritu Santo.

El modelo de esa tarea es la misma encarnación del Verbo da Dios, acontecimiento histórico-salvífico en el que se funda la fe cristiana. En Cristo, el Verbo se hizo carne (cfr. Jn 1, 14), asumiendo todo lo que es propio del hombre, excepto el pecado (cfr. Hb 4, 15). El anuncio de Cristo a los hombres no puede menos de seguir la misma dinámica, proponiendo el mensaje revelado de modo que toda cultura pueda sentirlo verdaderamente como es, valioso, enriquecedor y actual en todos los tiempos y todas las generaciones.

4. Así pues, corresponde a una teología auténtica de la encarnación indicar las coordenadas de la inculturación, señalando sus límites, más allá de los cuales el espejismo de traducir significaría traicionar.

El anuncio de la Encarnación como hecho histórico único e irrepetible es la piedra angular de todo proceso de inculturación de la fe. El Hijo de Dios se encarnó, una vez y para siempre, en un lugar determinado y en un tiempo determinado. Toda cultura que se abre a Cristo no puede menos de establecer un vínculo permanente con la historia concreta da la Encarnación, con la palabra bíblica que nos la revela, con la tradición eclesial que nos la transmite y con los signos sacramentales en los que sigue actuando.

Además, la Encarnación está en conexión íntima con el misterio pascual de la muerte y resurrección. La aceptación de ese acontecimiento supone la toma de conciencia del pecado, que marca la historia humana y que le hace sentir radicalmente la necesidad de redención. Cuando se anuncia a Cristo no se puede olvidar nunca, por un irenismo equívoco, que existe el mysterium iniquitatis, que ha turbado profundamente la bondad originaria de la creación. La "buena semilla" y la "cizaña" crecen juntas (cfr. Mt 13, 39), tanto en el corazón del hombre como en las culturas y en la sociedad. Por consiguiente, no todo puede conciliarse con el mensaje cristiano. Muchas cosas pueden valorizarse, otras hay que rechazarlas, y todas tienen que purificarse y mejorarse.

 

4.1.23 Exhortación Apostólica Ecclesia in Africa (14-IX-1995)[36]

Urgencia y necesidad de la inculturación

59. Los Padres sinodales han señalado en varias ocasiones la importancia particular que para la evangelización tiene la inculturación, es decir, el proceso mediante el cual «la catequesis "se encarna" en las diferentes culturas» (cfr. Propositio 6). La inculturación comprende una doble dimensión: por una parte, «una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo» y, por otra, «la radicación del cristianismo en las diversas culturas humanas» (CT 53). El Sínodo considera la inculturación como una prioridad y una urgencia en la vida de las Iglesias particulares para que el Evangelio arraigue realmente en África (cfr. Propositio 29); «una exigencia de la evangelización» (Propositio 30); «un camino hacia una plena evangelización» (Propositio 30); uno de los desafíos mayores para la Iglesia en el continente a las puertas del tercer milenio (cfr. Propositio 33).

Fundamentos teológicos

60. «Pero, al llegar la plenitud de los tiempos» (Gal 4, 4), el Verbo, segunda Persona de la Santísima Trinidad, Hijo único de Dios, «se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María y se hizo hombre» (Símbolo Nicenoconstantinopolitano, DS 150). Es el misterio sublime de la Encarnación del Verbo, misterio que tuvo lugar en la historia: en circunstancias de tiempo y espacio bien definidas, en medio de un pueblo con una cultura propia, que Dios había elegido y acompañado a lo largo de toda la historia de salvación con el fin de mostrar, mediante cuanto obraba en él, lo que quería hacer por todo el género humano.

Demostración evidente del amor de Dios hacia los hombres (cfr. Rm 5, 8), Jesucristo, con su vida, con la Buena Nueva anunciada a los pobres, con su pasión, muerte y gloriosa resurrección, llevó a cabo la remisión de nuestros pecados y nuestra reconciliación con Dios, su Padre y, gracias a Él, nuestro Padre. La Palabra que la Iglesia anuncia es precisamente el Verbo de Dios hecho hombre, Él mismo sujeto y objeto de esta Palabra. La Buena Nueva es Jesucristo.

Como «la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1, 14), así la Buena Nueva, la palabra de Jesucristo anunciada a las naciones, debe penetrar en el ambiente de vida de sus oyentes. La inculturación es precisamente esta penetración del mensaje evangélico en las culturas (cfr. CT 53). En efecto, la Encarnación del Hijo de Dios, por ser total y concreta, fue también encarnación en una cultura específica (cfr. Discurso en la Universidad de Coimbra, 15-V-82, IGP2 V/2 (1982) 1695).

61. Teniendo presente la relación estrecha y orgánica entre Jesucristo y la palabra que anuncia la Iglesia, la inculturación del mensaje revelado tendrá que seguir la “lógica” propia del misterio de la Redención. En efecto, la Encarnación del Verbo no constituye un momento aislado sino que tiende hacia «la Hora» de Jesús y el misterio pascual: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24). «Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). Este anonadamiento de sí mismo, esta kénosis necesaria para la exaltación, itinerario de Jesús y de cada uno de sus discípulos (cfr. Flp 2, 6-9), es iluminador para el encuentro de las culturas con Cristo y su Evangelio. «Cada cultura tiene necesidad de ser transformada por los valores del Evangelio a la luz del misterio pascual» (Propositio 28).

Es mirando al misterio de la Encarnación y de la Redención como se debe hacer el discernimiento de los valores y de los antivalores de las culturas. Como el Verbo de Dios se hizo en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, así la inculturación de la Buena Nueva asume todos los valores humanos auténticos purificándolos del pecado y restituyéndolos a su pleno significado.

La inculturación tiene también profundos vínculos con el misterio de Pentecostés; gracias a la efusión y acción del Espíritu, que unifica dones y talentos, todos los pueblos de la tierra, al entrar en la Iglesia, viven un nuevo Pentecostés, profesan en su propia lengua la única fe en Jesucristo y proclaman las maravillas que el Señor ha realizado en ellos. El Espíritu, que en el plano natural es la fuente originaria de la sabiduría de los pueblos, guía con una luz sobrenatural a la Iglesia hacia el conocimiento de toda la Verdad. A su vez la Iglesia, asumiendo los valores de las diversas culturas, se hace «sponsa ornata monilibus suis», «la novia que se adorna con sus aderezos» (cfr. Is 61, 10).

Criterios y ámbitos de la inculturación

62. Es una tarea difícil y delicada, ya que pone a prueba la fidelidad de la Iglesia al Evangelio y a la Tradición apostólica en la evolución constante de las culturas. Por ello los Padres sinodales observaron: «Ante los rápidos cambios culturales, sociales, económicos y políticos, nuestras Iglesias locales deben trabajar en un proceso de inculturación siempre renovado, respetando los dos criterios siguientes: la compatibilidad con el mensaje cristiano y la comunión con la Iglesia universal (...). En todo caso se tratará de evitar cualquier sincretismo» (Propositio 31).

«Como camino hacia una plena evangelización, la inculturación trata de preparar al hombre para acoger a Jesucristo en la integridad de su propio ser personal, cultural, económico y político, para la plena adhesión a Dios Padre y para llevar una vida santa mediante la acción del Espíritu Santo» (Propositio 32).

Al dar gracias a Dios por los frutos que los esfuerzos de la inculturación han dado ya en la vida de las Iglesias del continente, particularmente en las antiguas Iglesias orientales de África, el Sínodo ha recomendado «a los Obispos y a las Conferencias Episcopales que tengan en cuenta que la inculturación engloba todos los ámbitos de la vida de la Iglesia y de la evangelización: teología, liturgia, vida y estructura de la Iglesia. Todo esto muestra la necesidad de una búsqueda en el ámbito de las culturas africanas en toda su complejidad». Precisamente por eso el Sínodo ha invitado a los Pastores «a aprovechar al máximo las múltiples posibilidades que la disciplina actual de la Iglesia establece ya al respecto» (Ibid.).

Inculturar la fe

78. Con la profunda convicción de que «la síntesis entre cultura y fe no es solamente una exigencia de la cultura, sino también de la fe», porque «una fe que no se hace cultura es una fe no acogida plenamente, no enteramente pensada, no fielmente vivida» (Discurso a los participantes en el Congreso nacional del Movimiento Eclesial de Compromiso Cultural, 16-I-1982, 2: IGP2 V/1 (1982) 131), la Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos ha considerado la inculturación una prioridad y una urgencia en la vida de las Iglesias particulares en África: sólo así el Evangelio podrá tener sólidas raíces en las comunidades cristianas del continente. Siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II (cfr. AG 22), los Padres sinodales han interpretado la inculturación como un proceso que comprende toda la vida cristiana —teología, liturgia, costumbres, estructuras—, sin cercenar obviamente el derecho divino y la gran disciplina de la Iglesia, enriquecida durante los siglos por extraordinarios frutos de virtud y de heroísmo (cfr. Propositio 32, SC 37-40).

El desafío de la inculturación en África es hacer que los discípulos de Cristo puedan asimilar cada vez mejor el mensaje evangélico, permaneciendo fieles a todos los valores africanos auténticos. Inculturar la fe en todos los sectores de la vida cristiana y humana se presenta, pues, como una tarea ardua, que para su realización exige la asistencia del Espíritu del Señor, que conduce a la Iglesia a la verdad plena (cfr. Jn 16, 13).

 

4.1.24 Exhortación apostólica Vita consecrata (25-III-1996) [37]

Anuncio de Cristo e inculturación

79. El anuncio de Cristo tiene la prioridad permanente en la misión de la Iglesia y tiende a la conversión, esto es, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su Evangelio. Forman parte también de la actividad misionera el proceso de inculturación y el diálogo interreligioso. El reto de la inculturación ha de ser asumido por las personas consagradas como una llamada a colaborar con la gracia para lograr un acercamiento a las diversas culturas. Esto supone una seria preparación personal, dotes de maduro discernimiento, adhesión fiel a los indispensables criterios de ortodoxia doctrinal, de autenticidad y de comunión eclesial. Apoyados en el carisma de los fundadores y fundadoras, muchas personas consagradas han sabido acercarse a las diversas culturas con la actitud de Jesús que «se despojó de sí mismo tomando condición de siervo» (Flp 2, 7) y, con un esfuerzo audaz y paciente de diálogo, han establecido provechosos contactos con las gentes más diversas, anunciando a todos el camino de la salvación. Cuántas de ellas saben buscar y son capaces de encontrar en la historia de las personas y de los pueblos huellas de la presencia de Dios, que guía a la humanidad entera hacia el discernimiento de los signos de su voluntad redentora. Tal búsqueda es ventajosa para las mismas personas consagradas: en efecto, los valores descubiertos en las diversas civilizaciones pueden animarlas a incrementar su compromiso de contemplación y de oración, a practicar más intensamente el compartir comunitario y la hospitalidad, a cultivar con mayor diligencia el interés por la persona y el respeto por la naturaleza. Para una auténtica inculturación es necesaria una actitud parecida a la del Señor, cuando se encarnó y vino con amor y humildad entre nosotros. En este sentido la vida consagrada prepara a las personas para hacer frente a la compleja y ardua tarea de la inculturación, porque las habitúa al desprendimiento de las cosas, incluidos muchos aspectos de la propia cultura. Aplicándose con estas actitudes al estudio y a la comprensión de las culturas, los consagrados pueden discernir mejor en ellas los valores auténticos y el modo en que pueden ser acogidos y perfeccionados, con ayuda del propio carisma. De todos modos, no se ha de olvidar que en muchas culturas antiguas la expresión religiosa está de tal modo integrada en ellas, que la religión representa frecuentemente la dimensión trascendente de la cultura misma. En este caso, una verdadera inculturación comporta necesariamente un serio y abierto diálogo interreligioso, que «no está en contraposición con la misión ad gentes: y que no dispensa de la evangelización».

Inculturación de la vida consagrada

80. La vida consagrada, por su parte, es de por sí portadora de valores evangélicos y, consiguientemente, allí donde es vivida con autenticidad, puede ofrecer una aportación original a los retos de la inculturación. En efecto, siendo un signo de la primacía de Dios y del Reino, la vida consagrada es una provocación que, en el diálogo, puede interpelar la conciencia de los hombres. Si la vida consagrada mantiene su propia fuerza profética se convierte, en el entramado de una cultura, en fermento evangélico capaz de purificarla y hacerla evolucionar. Lo demuestra la historia de tantos santos y santas que, en épocas diversas, han sabido vivir en el propio tiempo sin dejarse dominar por él, señalando nuevos caminos a su generación. El estilo de vida evangélico es una fuente importante para proponer un nuevo modelo cultural. Cuántos fundadores y fundadoras, al percatarse de ciertas exigencias de su tiempo, han sabido dar una respuesta que, aun con las limitaciones que ellos mismos han reconocido, se ha convertido en una propuesta cultural innovadora. Las comunidades de los Institutos religiosos y de las Sociedades de vida apostólica pueden plantear perspectivas culturales concretas y significativas cuando testimonian el modo evangélico de vivir la acogida recíproca en la diversidad y del ejercicio de la autoridad, la común participación en los bienes materiales y espirituales, la internacionalidad, la colaboración intercongregacional y la escucha de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. El modo de pensar y de actuar por parte de quien sigue a Cristo más de cerca da origen, en efecto, a una auténtica cultura de referencia, pone al descubierto lo que hay de inhumano, y testimonia que sólo Dios da fuerza y plenitud a los valores. A su vez, una auténtica inculturación ayudará a las personas consagradas a vivir el radicalismo evangélico según el carisma del propio Instituto y la idiosincrasia del pueblo con el cual entran en contacto. De esta fecunda relación surgirán estilos de vida y métodos pastorales que pueden ser una riqueza para todo el Instituto, si se demuestran coherentes con el carisma fundacional y con la acción unificadora del Espíritu Santo. En este proceso, hecho de discernimiento y de audacia, de diálogo y de provocación evangélica, la Santa Sede es una garantía para seguir el recto camino, y a ella compete la función de animar la evangelización de las culturas, de autentificar su desarrollo, y de sancionar los logros en orden a la inculturación, tarea ésta «difícil y delicada, ya que pone a prueba la fidelidad de la Iglesia al Evangelio y a la tradición apostólica en la evolución constante de las culturas».

 

4.1.25 Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (14-III-1997) [38]

El Evangelio, Buena Nueva para las culturas.

1. Os recibo con alegría esta mañana, al término de vuestra Asamblea Plenaria. Agradezco a vuestro Presidente, el Señor Cardenal Paul Poupard, que haya recordado el espíritu en el que se han desarrollado vuestros trabajos. Habéis reflexionado sobre la cuestión de cómo ayudar a la Iglesia a garantizar una presencia más vigorosa del Evangelio en el corazón de las culturas, en la proximidad del nuevo milenio.

Este encuentro me brinda la oportunidad de volver a deciros: "La síntesis entre la cultura y la fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe" (Carta de fundación del Consejo Pontificio para la Cultura, 20 de mayo de 1982). Es esto lo que los cristianos fieles al Evangelio han realizado a lo largo de dos milenios en las más diversas situaciones culturales. La mayor parte de las veces la Iglesia se ha insertado en la cultura de los pueblos en cuyo seno se había implantado, para modelarla según los principios del Evangelio.

La fe en Cristo, encarnado en la historia, transforma interiormente no sólo a las personas, sino que regenera también a los pueblos y a sus culturas. Así, al final de la antigüedad, los cristianos, que vivían en una cultura a la que debían mucho, la transformaron desde dentro y le infundieron un espíritu nuevo. Cuando esa cultura se vio amenazada, la Iglesia, con Atanasio, Juan Crisóstomo, Ambrosio, Agustín, Gregorio Magno y muchos otros, transmitió la herencia de Jerusalén, de Atenas y de Roma, para dar vida a una auténtica civilización cristiana. Ésta fue ocasión, a pesar de las imperfecciones inherentes a toda obra humana, de una síntesis lograda entre la fe y la cultura.

2. En nuestros días, esta síntesis se echa a menudo de menos; la ruptura entre el Evangelio y la cultura es, "sin duda el drama de nuestro tiempo" (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, n. 20 20). Ello supone un drama para la fe, puesto que en una sociedad en que el cristianismo parece ausente de la vida social y la fe queda relegada a la esfera privada, el acceso a los valores religiosos resulta cada vez más difícil, sobre todo para los pobres y los sencillos, es decir, para la gran mayoría del pueblo, que se seculariza imperceptiblemente bajo la presión de los modelos de pensamiento y de comportamiento propagados por la cultura dominante. La ausencia de una cultura que los sostenga impide a los sencillos tener acceso a la fe y vivirla plenamente.

Esta situación es también dramática para la cultura, que a causa de su ruptura con la fe atraviesa una crisis profunda. El síntoma de dicha crisis es, ante todo, el sentimiento de angustia que proviene de la conciencia de la finitud en un mundo sin Dios, donde se hace del yo un absoluto, y de las realidades terrenas los únicos valores de la vida. En una cultura sin trascendencia, el hombre sucumbe ante la atracción del dinero y del poder, del placer y del éxito. Se encuentra así con la insatisfacción causada por el materialismo, por la pérdida del sentido de los valores morales y por la inquietud ante el futuro.

3. Sin embargo, en medio de este desencanto no deja de subsistir una sed de absoluto, un deseo del bien, un hambre de la verdad, una necesidad de realización de la persona. Ello denota la amplitud de la misión del Consejo Pontificio de la Cultura: ayudar a la Iglesia a realizar una nueva síntesis entre la fe y la cultura para mayor bien de todos. En este fin de siglo es esencial reafirmar la fecundidad de la fe en la evolución de una cultura. Sólo una fe que sea fuente de decisiones espirituales radicales es capaz de influir en la cultura de una época. Así, la actitud de San Benito, el patricio romano que abandonó una sociedad envejecida y se retiró a la soledad, a la ascesis y a la oración, fue determinante para el crecimiento de la civilización cristiana.

4. En su acercamiento a las culturas, el cristianismo se presenta con el mensaje de la salvación, recibido de los Apóstoles y de los primeros discípulos, pensado y profundizado por los Padres de la Iglesia y por los teólogos, vivido por el pueblo cristiano, especialmente por los santos, y expresado por grandes genios de la teología, de la filosofía, de la literatura y del arte. Este mensaje tenemos que anunciarlo a los hombres de hoy en toda su riqueza y en toda su belleza.

Para hacerlo, cada Iglesia particular debería tener un proyecto cultural, como sucede ya en algunos países. Durante esta Asamblea Plenaria habéis dedicado una parte notable de vuestros trabajos a considerar no sólo los desafíos, sino también las exigencias de una auténtica pastoral de la cultura, que es decisiva para la nueva evangelización. Viniendo de horizontes culturales diversos, dais a conocer a la Santa Sede las expectativas de las Iglesias locales y el eco de vuestras comunidades cristianas.

Entre las tareas que os competen, subrayo algunos puntos que requieren la mayor atención por parte de vuestro Consejo, como la creación de centros culturales católicos o la presencia en el mundo de los medios de comunicación social y en el mundo científico, para transmitir en ellos la herencia cultural del cristianismo. En todos estos esfuerzos, estad particularmente cercanos a los jóvenes y a los artistas.

5. La fe en Cristo da a las culturas una dimensión nueva, la de la esperanza en el Reino de Dios. Los cristianos tienen la vocación de inscribir en el corazón de las culturas esta esperanza en una tierra nueva y en unos cielos nuevos. Porque cuando la esperanza se desvanece, las culturas mueren. El Evangelio, lejos de ponerlas en peligro o de empobrecerlas, les aporta un suplemento de alegría y de belleza, de libertad y de sentido, de verdad y de bondad.

Todos estamos llamados a transmitir este mensaje, con palabras que lo anuncien, con una existencia que dé testimonio de él, y con una cultura que lo irradie. Porque el Evangelio conduce a la cultura a su perfección, y la cultura auténtica está abierta al Evangelio. Es preciso retomar una y otra vez esta tarea de donación del Evangelio a la cultura y viceversa. He instituido el Consejo Pontificio de la Cultura para ayudar a la Iglesia a vivir el intercambio salvífico en el que la inculturación del Evangelio va a la par con la evangelización de las culturas. ¡Que Dios os ayude a cumplir vuestra apasionante misión!

4.1.26 Encíclica Fides et Ratio (14-IX-1998) [39]

70. El tema de la relación con las culturas merece una reflexión específica, aunque no pueda ser exhaustiva, debido a sus implicaciones en el campo filosófico y teológico. El proceso de encuentro y confrontación con las culturas es una experiencia que la Iglesia ha vivido desde los comienzos de la predicación del Evangelio. El mandato de Cristo a los discípulos de ir a todas partes «hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8) para transmitir la verdad por Él revelada, permitió a la comunidad cristiana verificar bien pronto la universalidad del anuncio y los obstáculos derivados de la diversidad de las culturas. Un pasaje de la Carta de san Pablo a los cristianos de Éfeso ofrece una valiosa ayuda para comprender cómo la comunidad primitiva afrontó este problema. Escribe el Apóstol: «Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba» (Ef 2, 13-14).

A la luz de este texto nuestra reflexión considera también la transformación que se dio en los Gentiles cuando llegaron a la fe. Ante la riqueza de la salvación realizada por Cristo, caen las barreras que separan las diversas culturas. La promesa de Dios en Cristo llega a ser, ahora, una oferta universal, no ya limitada a un pueblo concreto, con su lengua y costumbres, sino extendida a todos como un patrimonio del que cada uno puede libremente participar. Desde lugares y tradiciones diferentes todos están llamados en Cristo a participar en la unidad de la familia de los hijos de Dios. Cristo permite a los dos pueblos llegar a ser «uno». Aquellos que eran «los alejados» se hicieron «los cercanos» gracias a la novedad realizada por el misterio pascual. Jesús derriba los muros de la división y realiza la unificación de forma original y suprema mediante la participación en su misterio. Esta unidad es tan profunda que la Iglesia puede decir con san Pablo: «Ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Ef 2, 19).

En una expresión tan simple está descrita una gran verdad: el encuentro de la fe con las diversas culturas de hecho ha dado vida a una realidad nueva. Las culturas, cuando están profundamente enraizadas en lo humano, llevan consigo el testimonio de la apertura típica del hombre a lo universal y a la trascendencia. Por ello, ofrecen modos diversos de acercamiento a la verdad, que son de indudable utilidad para el hombre al que sugieren valores capaces de hacer cada vez más humana su existencia (cfr. GS 53-59). Como además las culturas evocan los valores de las tradiciones antiguas, llevan consigo —aunque de manera implícita, pero no por ello menos real— la referencia a la manifestación de Dios en la naturaleza, como se ha visto precedentemente hablando de los textos sapienciales y de las enseñanzas de san Pablo.

71. Las culturas, estando en estrecha relación con los hombres y con su historia, comparten el dinamismo propio del tiempo humano. Se aprecian en consecuencia transformaciones y progresos debidos a los encuentros entre los hombres y a los intercambios recíprocos de sus modelos de vida. Las culturas se alimentan de la comunicación de valores, y su vitalidad y subsistencia proceden de su capacidad de permanecer abiertas a la acogida de lo nuevo. ¿Cuál es la explicación de este dinamismo? Cada hombre está inmerso en una cultura, de ella depende y sobre ella influye. Él es al mismo tiempo hijo y padre de la cultura a la que pertenece. En cada expresión de su vida, lleva consigo algo que lo diferencia del resto de la creación: su constante apertura al misterio y su inagotable deseo de conocer. En consecuencia, toda cultura lleva impresa y deja entrever la tensión hacia una plenitud. Se puede decir, pues, que la cultura tiene en sí misma la posibilidad de acoger la revelación divina.

La forma en la que los cristianos viven la fe está también impregnada por la cultura del ambiente circundante y contribuye, a su vez, a modelar progresivamente sus características. Los cristianos aportan a cada cultura la verdad inmutable de Dios, revelada por Él en la historia y en la cultura de un pueblo. A lo largo de los siglos se sigue produciendo el acontecimiento del que fueron testigos los peregrinos presentes en Jerusalén el día de Pentecostés. Escuchando a los Apóstoles se preguntaban: «¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios» (Hch 2, 7-11). El anuncio del Evangelio en las diversas culturas, aunque exige de cada destinatario la adhesión de la fe, no les impide conservar una identidad cultural propia. Ello no crea división alguna, porque el pueblo de los bautizados se distingue por una universalidad que sabe acoger cada cultura, favoreciendo el progreso de lo que en ella hay de implícito hacia su plena explicitación en la verdad.

De esto deriva que una cultura nunca puede ser criterio de juicio y menos aún criterio último de verdad en relación con la revelación de Dios. El Evangelio no es contrario a una u otra cultura como si, entrando en contacto con ella, quisiera privarla de lo que le pertenece obligándola a asumir formas extrínsecas no conformes a la misma. Al contrario, el anuncio que el creyente lleva al mundo y a las culturas es una forma real de liberación de los desórdenes introducidos por el pecado y, al mismo tiempo, una llamada a la verdad plena. En este encuentro, las culturas no sólo no se ven privadas de nada, sino que por el contrario son animadas a abrirse a la novedad de la verdad evangélica recibiendo incentivos para ulteriores desarrollos.

72. El hecho de que la misión evangelizadora haya encontrado en su camino primero a la filosofía griega, no significa en modo alguno que excluya otras aportaciones. Hoy, a medida que el Evangelio entra en contacto con áreas culturales que han permanecido hasta ahora fuera del ámbito de irradiación del cristianismo, se abren nuevos cometidos a la inculturación. Se presentan a nuestra generación problemas análogos a los que la Iglesia tuvo que afrontar en los primeros siglos.

Mi pensamiento se dirige espontáneamente a las tierras del Oriente, ricas de tradiciones religiosas y filosóficas muy antiguas. Entre ellas, la India ocupa un lugar particular. Un gran movimiento espiritual lleva el pensamiento indio a la búsqueda de una experiencia que, liberando el espíritu de los condicionamientos del tiempo y del espacio, tenga valor absoluto. En el dinamismo de esta búsqueda de liberación se sitúan grandes sistemas metafísicos.

Corresponde a los cristianos de hoy, sobre todo a los de la India, sacar de este rico patrimonio los elementos compatibles con su fe de modo que enriquezcan el pensamiento cristiano. Para esta obra de discernimiento, que encuentra su inspiración en la Declaración conciliar Nostra aetate, tendrán en cuenta varios criterios. El primero es el de la universalidad del espíritu humano, cuyas exigencias fundamentales son idénticas en las culturas más diversas. El segundo, derivado del primero, consiste en que cuando la Iglesia entra en contacto con grandes culturas a las que anteriormente no había llegado, no puede olvidar lo que ha adquirido en la inculturación en el pensamiento grecolatino. Rechazar esta herencia sería ir en contra del designio providencial de Dios, que conduce su Iglesia por los caminos del tiempo y de la historia. Este criterio, además, vale para la Iglesia de cada época, también para la del mañana, que se sentirá enriquecida por los logros alcanzados en el actual contacto con las culturas orientales y encontrará en este patrimonio nuevas indicaciones para entrar en diálogo fructuoso con las culturas que la humanidad hará florecer en su camino hacia el futuro. En tercer lugar, hay que evitar confundir la legítima reivindicación de lo específico y original del pensamiento indio con la idea de que una tradición cultural deba encerrarse en su diferencia y afirmarse en su oposición a otras tradiciones, lo cual es contrario a la naturaleza misma del espíritu humano.

Lo que se ha dicho aquí de la India vale también para el patrimonio de las grandes culturas de la China, el Japón y de los demás países de Asia, así como para las riquezas de las culturas tradicionales de África, transmitidas sobre todo por vía oral.

 

4.1.27 Exhortación apostólica Ecclesia in America (22-I-1999) [40]

Evangelización de la cultura

70. Mi predecesor Pablo VI, con sabia inspiración, consideraba que «la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo» (EN 20). Por ello, los Padres sinodales han considerado justamente que «la nueva evangelización pide un esfuerzo lúcido, serio y ordenado para evangelizar la cultura» (Propositio 17). El Hijo de Dios, al asumir la naturaleza humana, se encarnó en un determinado pueblo, aunque su muerte redentora trajo la salvación a todos los hombres, de cualquier cultura, raza y condición. El don de su Espíritu y su amor van dirigidos a todos y cada uno de los pueblos y culturas para unirlos entre sí a semejanza de la perfecta unidad que hay en Dios uno y trino. Para que esto sea posible es necesario inculturar la predicación, de modo que el Evangelio sea anunciado en el lenguaje y la cultura de aquellos que lo oyen (cfr. Ibid.). Sin embargo, al mismo tiempo no debe olvidarse que sólo el misterio pascual de Cristo, suprema manifestación del Dios infinito en la finitud de la historia, puede ser el punto de referencia válido para toda la humanidad peregrina en busca de unidad y paz verdaderas.

El rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe fue ya desde el inicio en el Continente un símbolo de la inculturación de la evangelización, de la cual ha sido la estrella y guía. Con su intercesión poderosa la evangelización podrá penetrar el corazón de los hombres y mujeres de América, e impregnar sus culturas transformándolas desde dentro (cfr. Ibid.).

Evangelizar los centros educativos

71. El mundo de la educación es un campo privilegiado para promover la inculturación del Evangelio. Sin embargo, los centros educativos católicos y aquéllos que, aun no siendo confesionales, tienen una clara inspiración católica, sólo podrán desarrollar una acción de verdadera evangelización si en todos sus niveles, incluido el universitario, se mantiene con nitidez su orientación católica. Los contenidos del proyecto educativo deben hacer referencia constante a Jesucristo y a su mensaje, tal como lo presenta la Iglesia en su enseñanza dogmática y moral. Sólo así se podrán formar dirigentes auténticamente cristianos en los diversos campos de la actividad humana y de la sociedad, especialmente en la política, la economía, la ciencia, el arte y la reflexión filosófica (cfr. Propositio 22). En este sentido, «es esencial que la Universidad Católica sea, a la vez, verdadera y realmente ambas cosas: Universidad y Católica. [...] La índole católica es un elemento constitutivo de la Universidad en cuanto institución y no una mera decisión de los individuos que dirigen la Universidad en un tiempo concreto» (Propositio 23). Por eso, la labor pastoral en las Universidades Católicas ha de ser objeto de particular atención en orden a fomentar el compromiso apostólico de los estudiantes para que ellos mismos lleguen a ser los evangelizadores del mundo universitario (cfr. Ibid.). Además, «debe estimularse la cooperación entre las Universidades Católicas de toda América para que se enriquezcan mutuamente» (Ibid.), contribuyendo de este modo a que el principio de solidaridad e intercambio entre los pueblos de todo el Continente se realice también a nivel universitario.

Algo semejante se ha de decir también a propósito de las escuelas católicas, en particular de la enseñanza secundaria: «Debe hacerse un esfuerzo especial para fortificar la identidad católica de las escuelas, las cuales fundan su naturaleza específica en un proyecto educativo que tiene su origen en la persona de Cristo y su raíz en la doctrina del Evangelio. Las escuelas católicas deben buscar no sólo impartir una educación que sea competente desde el punto de vista técnico y profesional, sino especialmente proveer una formación integral de la persona humana» (Propositio 24). Dada la importancia de la tarea que los educadores católicos desarrollan, me uno a los Padres sinodales en su deseo de alentar, con ánimo agradecido, a todos los que se dedican a la enseñanza en las escuelas católicas: sacerdotes, hombres y mujeres consagrados, y laicos comprometidos, «para que perseveren en su misión de tanta importancia» (Ibid.). Ha de procurarse que el influjo de estos centros de enseñanza llegue a todos los sectores de la sociedad sin distinciones ni exclusivismos. Es indispensable que se realicen todos los esfuerzos posibles para que las escuelas católicas, a pesar de las dificultades económicas, continúen «impartiendo la educación católica a los pobres y a los marginados en la sociedad» (Ibíd.). Nunca será posible liberar a los indigentes de su pobreza si antes no se los libera de la miseria debida a la carencia de una educación digna.

En el proyecto global de la nueva evangelización, el campo de la educación ocupa un lugar privilegiado. Por ello, ha de alentarse la actividad de todos los docentes católicos, incluso de los que enseñan en escuelas no confesionales. Así mismo, dirijo un llamado urgente a los consagrados y consagradas para que no abandonen un campo tan importante para la nueva evangelización (cfr. Propositio 22).

Como fruto y expresión de la comunión entre todas las Iglesias particulares de América, reforzada ciertamente por la experiencia espiritual de la Asamblea sinodal, se procurará promover congresos para los educadores católicos en ámbito nacional y continental, tratando de ordenar e incrementar la acción pastoral educativa en todos los ambientes (cfr. Ibid.).

La Iglesia en América, para cumplir todos estos objetivos, necesita un espacio de libertad en el campo de la enseñanza, lo cual no debe entenderse como un privilegio, sino como un derecho, en virtud de la misión evangelizadora confiada por el Señor. Además, los padres tienen el derecho fundamental y primario de decidir sobre la educación de sus hijos y, por este motivo, los padres católicos han de tener la posibilidad de elegir una educación de acuerdo con sus convicciones religiosas. La función del Estado en este campo es subsidiaria. El Estado tiene la obligación de «garantizar a todos la educación y la obligación de respetar y defender la libertad de enseñanza. Debe denunciarse el monopolio del Estado como una forma de totalitarismo que vulnera los derechos fundamentales que debe defender, especialmente el derecho de los padres de familia a la educación religiosa de sus hijos. La familia es el primer espacio educativo de la persona» (Ibid.).

 

4.1.28 Exhortación Apostólica Ecclesia in Asia (6-XI-1999) [41]

 

El Desafío de la Inculturación

21. La cultura es el espacio vital dentro del cual se realiza el encuentro de la persona humana con el Evangelio. De la misma manera que una cultura es el resultado de la vida y la actividad de un grupo humano, las personas que pertenecen a ese grupo están formadas, en gran medida, por la cultura en la que viven. Al cambiar las personas y las sociedades, también cambia con ellas la cultura. Cuando ésta se transforma, transforma asimismo a las personas y las sociedades. Desde este punto de vista, resulta más claro que entre la evangelización y la inculturación existe una relación natural e íntima. Ciertamente, el Evangelio y la evangelización no se identifican con la cultura; más aún, son independientes de ella. Y, sin embargo, el reino de Dios llega a personas profundamente vinculadas a una cultura, y la construcción de ese reino no puede por menos de tomar prestados elementos de culturas humanas. Por eso, Pablo VI afirmó que la ruptura entre Evangelio y cultura es el drama de nuestro tiempo, con graves consecuencias tanto para la evangelización como para las culturas (cfr. EN 20).

En el proceso de encuentro con las diversas culturas del mundo, la Iglesia no sólo transmite sus verdades y valores, renovando las culturas desde dentro, sino que también saca de ellas los elementos positivos ya presentes. Este es el camino que deben seguir los evangelizadores al presentar la fe cristiana y al hacer que llegue a formar parte del bagaje cultural de un pueblo y, por otra parte, las diversas culturas, cuando son purificadas y renovadas a la luz del Evangelio, pueden llegar a ser expresiones verdaderas de la única fe cristiana. «Con la inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e instrumento más apto para la misión» (RM 52). Esta interrelación con las culturas siempre ha formado parte de la peregrinación de la Iglesia en la historia, pero tiene una urgencia especial hoy, en la situación multiétnica, multirreligiosa y multicultural de Asia, donde el cristianismo muy a menudo es visto como extranjero.

Aquí conviene recordar lo que se dijo con mucha frecuencia en el Sínodo, o sea, que el Espíritu Santo es el agente principal de la inculturación de la fe cristiana en Asia (cfr. Asamblea Especial para Asia del Sínodo de los Obispos, Relatio post disceptationem, 9). El mismo Espíritu que guía a la verdad completa hace posible un diálogo fecundo con los valores culturales y religiosos de diferentes pueblos, entre los cuales, en cierta medida, está presente, ofreciendo a los hombres y mujeres de corazón sincero la fuerza para superar el mal y el engaño del Maligno, y brindando a cada uno la posibilidad de formar parte del misterio pascual de un modo que sólo Dios conoce (cfr. GS 22 y RM 28). La presencia del Espíritu Santo hace que ese diálogo se realice en la verdad, con honradez, humildad y respeto (cfr. RM 56). «Al ofrecer a otros la buena nueva de la redención, la Iglesia intenta comprender sus culturas. Intenta conocer la mente y el corazón de quienes la escuchan, sus valores y costumbres, sus problemas y dificultades, sus ilusiones y esperanzas. Cuando conoce y comprende estos diversos aspectos de la cultura puede empezar el diálogo de la salvación; puede ofrecer, respetuosamente pero con claridad y convicción, la buena nueva de la redención a todos aquellos que libremente quieran escucharla y responder» (Homilía durante la misa con los católicos de Bengala occidental, India, 4 de febrero de 1986, n. 3: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 16 de febrero de 1986, p. 3). Por tanto, los pueblos de Asia que desean asimilar la fe cristiana pueden estar seguros de que sus esperanzas, expectativas, ansiedades y sufrimientos no sólo son abrazados por Jesús, sino que, además, se convierten en el verdadero punto en el que el don de la fe y la fuerza del Espíritu entran en lo más profundo de su vida.

Los pastores, en virtud de su carisma propio, tienen la misión de dirigir ese diálogo con discernimiento. Del mismo modo, los expertos en disciplinas sagradas o seculares desempeñan un papel importante en el proceso de inculturación. Pero el proceso debe implicar a todo el pueblo de Dios, dado que la vida de la Iglesia como tal debe hacer visible la fe anunciada y hecha propia. Para tener la seguridad de que eso se realice de la forma adecuada, los padres sinodales señalaron algunas áreas que requieren particular atención: la reflexión teológica, la liturgia, la formación de los sacerdotes y de los religiosos, la catequesis y la espiritualidad (cfr. Propositio 43).

Áreas clave de inculturación

22. El Sínodo expresó su apoyo a los teólogos en la delicada tarea de desarrollar una teología inculturada, especialmente en el campo de la cristología (cfr. Propositio 7). Los padres sinodales subrayaron que «esta manera de hacer teología debe promoverse con valentía, permaneciendo fieles a la Escritura y a la Tradición de la Iglesia, con sincera adhesión al Magisterio y con conocimiento de las situaciones pastorales» (cfr. Ibid.). También yo deseo invitar a los teólogos a actuar en comunión con los pastores y con los miembros del pueblo de Dios, que, en unidad y nunca separados los unos de los otros, «reflexionan sobre el genuino sentido de la fe que nunca conviene perder de vista» (RM 54). El trabajo teológico siempre debe estar guiado por el respeto a la sensibilidad de los cristianos, de modo que, mediante un proceso gradual hacia formas inculturadas de la expresión de la fe, las personas no sean inducidas a confusión ni escandalizadas. En cualquier caso, la inculturación debe guiarse por la compatibilidad con el Evangelio y por la comunión con la fe de la Iglesia universal (cfr. Ibid.), y debe promoverse en plena armonía con la Tradición de la Iglesia, teniendo como fin el fortalecimiento de la fe del pueblo. La prueba de que ha habido una verdadera inculturación es cuando los creyentes se comprometen más en la fe cristiana porque la perciben más claramente con los ojos de su propia cultura.

La liturgia es la fuente y la cumbre de toda la vida y la misión cristiana (cfr. SC 2; Asamblea Especial para Asia del Sínodo de los Obispos, Relatio post disceptationem, 14), y un medio fundamental de evangelización, especialmente en Asia, donde los seguidores de diversas religiones se sienten tan atraídos por el culto, las festividades religiosas y las devociones populares (cfr. Asamblea Especial para Asia del Sínodo de los Obispos, Relatio post disceptationem, 14; Propositio 43). La liturgia de las Iglesias orientales, en su mayor parte, ha sido inculturada con éxito a lo largo de siglos de interacción con la cultura de su entorno, mientras las Iglesias fundadas más recientemente necesitan lograr que se convierta en fuente aún mayor de alimento para sus fieles mediante un uso acertado y eficaz de elementos tomados de las culturas locales. A pesar de ello, la inculturación litúrgica exige mucho más que concentrarse en valores culturales tradiciones, símbolos y ritos. Es preciso tener presentes los cambios en la conciencia y en las actitudes causados por la aparición de culturas secularistas y consumistas que influyen en el sentido asiático del culto y de la oración; y, para una genuina inculturación litúrgica en Asia, tampoco se pueden olvidar las necesidades específicas de los pobres, los emigrantes, los refugiados, los jóvenes y las mujeres.

Las Conferencias episcopales nacionales o regionales deben trabajar en más estrecho contacto con la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, a fin de buscar modos eficaces de promover formas adecuadas de culto en el contexto de Asia (cfr. Propositio 43). Esa colaboración es esencial, porque la sagrada liturgia expresa y celebra la única fe profesada por todos y, dado que constituye la herencia de toda la Iglesia, no puede ser determinada por las Iglesias locales aisladas de la Iglesia universal.

Los padres sinodales insistieron particularmente en la importancia de la palabra bíblica al comunicar el mensaje de la salvación a los pueblos del continente, donde la transmisión oral es tan importante para preservar y comunicar la experiencia religiosa (cfr. Asamblea Especial para Asia del Sínodo de los Obispos, Relatio post disceptationem, 13). Por tanto, es necesario desarrollar un apostolado bíblico eficaz a fin de asegurar que el texto sagrado se difunda más ampliamente y se use más intensamente con espíritu de oración entre los miembros de la Iglesia en Asia. Los padres sinodales destacaron la urgencia de tomarlo como base de cualquier anuncio misionero, catequesis, predicación y estilo de espiritualidad (cfr. ib.). Asimismo, deben apoyarse y sostenerse los esfuerzos realizados para traducir a las lenguas locales la Biblia, mientras la formación bíblica debería considerarse un medio importante para educar en la fe a las personas y disponerlas a la tarea de la proclamación. Deberán incluirse cursos sobre la sagrada Escritura orientados a la pastoral, poniendo el acento en la aplicación de sus enseñanzas a las complejas realidades de Asia en los programas de formación para el clero, para los consagrados y para los laicos (cfr. Propositio 18). Es necesario dar a conocer la sagrada Escritura también a los seguidores de otras religiones, dado que la palabra de Dios tiene una fuerza intrínseca para tocar el corazón del hombre, pues a través de ella el Espíritu de Dios revela el plan divino de la salvación para el mundo. Además, los estilos narrativos que se pueden apreciar en muchos libros de la Biblia son muy afines a los textos religiosos típicos de Asia (cfr. Propositio 17).

Otro aspecto clave de la inculturación es la formación de los evangelizadores, de los que depende en gran medida su futuro. En el pasado, la formación ha seguido a menudo el estilo, los métodos y los programas mediados por Occidente. Aun apreciando el servicio que ha prestado ese tipo de formación, los padres sinodales consideraron como desarrollo positivo los esfuerzos realizados recientemente para adaptar la formación de los evangelizadores a los contextos culturales de Asia. Además de una sólida instrucción bíblica y patrística, los seminaristas deben adquirir un conocimiento articulado y seguro del patrimonio teológico y filosófico de la Iglesia, como subrayé en la encíclica Fides et ratio (cfr. nn. 60, 62 y 105). Con esa preparación, podrán afrontar con acierto las tradiciones filosóficas y religiosas de Asia (cfr. Propositio 24). Asimismo, los padres sinodales impulsaron a los profesores de seminarios y a sus colaboradores a tratar de comprender los elementos de espiritualidad y oración afines al alma asiática y a dejarse implicar más profundamente en la búsqueda de una vida más plena que realizan los pueblos de Asia (cfr. Propositio 25). Para este fin, se puso énfasis particular en la necesidad de garantizar que el claustro de profesores de los seminarios tenga una formación adecuada (cfr. Ibid.). El Sínodo expresó también su solicitud por la formación de los hombres y mujeres consagrados, especificando claramente que su espiritualidad y su estilo de vida deben demostrar sensibilidad ante el patrimonio religioso y cultural de las personas entre las cuales viven y a las que sirven, siempre suponiendo el necesario discernimiento sobre lo que es acorde con el Evangelio y lo que no lo es (cfr. Propositio 27). Además, dado que en la inculturación del Evangelio se ha de implicar todo el pueblo de Dios, es de suma importancia el papel de los laicos, pues a ellos corresponde en primer lugar la transformación de la sociedad, en colaboración con los obispos, los sacerdotes y los religiosos, infundiendo el «pensamiento de Cristo» en la mentalidad, en las costumbres, en las leyes y en las estructuras del mundo secular en el que viven (cfr. Propositio 29). Una inculturación más amplia del Evangelio, en todos los niveles de la sociedad en Asia, dependerá en gran medida de la formación adecuada que las Iglesias locales sepan impartir a los laicos”.

4.1.29 Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz (8-XII-2000) [42]

Diálogo entre las culturas para una civilización del amor y la paz

1. Al inicio de un nuevo milenio, se hace más viva la esperanza de que las relaciones entre los hombres se inspiren cada vez más en el ideal de una fraternidad verdaderamente universal. Sin compartir este ideal no podrá asegurarse de modo estable la paz. Muchos indicios llevan a pensar que esta convicción está emergiendo con mayor fuerza en la conciencia de la humanidad. El valor de la fraternidad está proclamado por las grandes «cartas» de los derechos humanos; ha sido puesto de manifiesto concretamente por grandes instituciones internacionales y, en particular, por la Organización de las Naciones Unidas; y es requerido, ahora más que nunca, por el proceso de globalización que une de modo creciente los destinos de la economía, de la cultura y de la sociedad. La misma reflexión de los creyentes, en las diversas religiones, tiende a subrayar cómo la relación con el único Dios, Padre común de todos los hombres, favorece el sentirse y vivir como hermanos. En la revelación de Dios en Cristo, este principio está expresado con extrema radicalidad: «Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor» (1 Jn 4, 8).

2. Al mismo tiempo, sin embargo, no se puede ocultar que las señales apenas evocadas han sido oscurecidas por vastas y densas sombras. La humanidad empieza esta nueva etapa de su historia con heridas todavía abiertas; está marcada en muchas regiones por duros y sangrientos conflictos; conoce la dificultad de una solidaridad más difícil en las relaciones entre los hombres de diferentes culturas y civilizaciones, cada vez más cercanas e interactivas sobre los mismos territorios. Todos conocen cuán difícil es conciliar las razones de los contendientes cuando los ánimos están encendidos y exasperados a causa de antiguos odios y de graves problemas que dificultan el encontrar solución. Pero no menos peligrosa para el futuro de la paz sería la incapacidad de afrontar con sabiduría los problemas suscitados por la nueva organización que la humanidad, en muchos Países, va asumiendo debido a la aceleración de los procesos migratorios y de la convivencia nueva que surge entre personas de diversas culturas y civilizaciones.

3. Por eso, me ha parecido urgente invitar a los creyentes en Cristo, y con ellos a todos los hombres de buena voluntad, a reflexionar sobre el diálogo entre las diferentes culturas y tradiciones de los pueblos, indicando así el camino necesario para la construcción de un mundo reconciliado, capaz de mirar con serenidad al propio futuro. Se trata de un tema decisivo para las perspectivas de la paz. Me complace que también la Organización de las Naciones Unidas haya acogido y propuesto esta urgencia, declarando el año 2001 «Año internacional del diálogo entre las civilizaciones».

Naturalmente no pienso que, sobre un problema como éste, se puedan ofrecer soluciones fáciles, de inmediata aplicación. Es complicado el mero análisis de la situación, que evoluciona continuamente, ya que escapa a esquemas prefijados. A esto hay que añadir la dificultad de conjugar principios y valores que, siendo incluso idealmente compatibles, pueden manifestar concretamente elementos de tensión que no facilitan la síntesis. Está además, en la base, la dificultad que deriva del compromiso ético de cada ser humano llevado a enfrentarse con el propio egoísmo y los propios límites.

Pero precisamente por esto considero útil una reflexión común sobre esta problemática. Para este objetivo me limito aquí a ofrecer algunos principios orientadores en la escucha de lo que el Espíritu de Dios dice a las Iglesias (cfr. Ap 2,7) y a toda la humanidad en este decisivo período de su historia.

El hombre y sus diferentes culturas

4. Considerando todas las vicisitudes de la humanidad, uno se queda asombrado frente a las manifestaciones complejas y varias de las culturas humanas. Cada una de ellas se diferencia de las otras por su específico itinerario histórico y por los consiguientes rasgos característicos que la hacen única, original y orgánica en su propia estructura. La cultura es expresión cualificada del hombre y de sus vicisitudes históricas, tanto a nivel individual como colectivo. En efecto, la inteligencia y la voluntad le mueven incesantemente a «cultivar los bienes y los valores de la naturaleza» (cfr. GS 53, 1), plasmando en unas síntesis culturales cada vez más altas y sistemáticas los conocimientos fundamentales que se refieren a todos los aspectos de la vida y, en particular, los que atañen a su convivencia social y política, a la seguridad y al desarrollo económico, a la elaboración de los valores y significados existenciales, sobre todo de naturaleza religiosa, que permiten a su situación individual y comunitaria desarrollarse según modalidades auténticamente humanas (cfr. Discurso a las Naciones Unidas, 15 de octubre de 1995).

5. Las culturas se caracterizan siempre por algunos elementos estables y duraderos y por otros dinámicos y contingentes. En un primer momento, la consideración de una cultura ofrece sobre todo los aspectos característicos que la diferencian de la cultura del observador, asegurándole un carácter típico en el cual convergen elementos de la más diversa naturaleza. En la mayor parte de los casos las culturas se desarrollan sobre territorios concretos, cuyos elementos geográficos, históricos y étnicos se entrelazan de modo original e irrepetible. Este «carácter típico» de cada cultura se refleja, de modo más o menos relevante, en las personas que la tienen, en un dinamismo continuo de influjos en cada uno de los sujetos humanos y de las aportaciones que éstos, según su capacidad y su genio, dan a la propia cultura. En cualquier caso, ser hombre significa necesariamente existir en una determinada cultura. Cada persona está marcada por la cultura que respira a través de la familia y los grupos humanos con los que entra en contacto, por medio de los procesos educativos y las influencias ambientales más diversas y de la misma relación fundamental que tiene con el territorio en el que vive. En todo esto no hay ningún determinismo, sino una constante dialéctica entre la fuerza de los condicionamientos y el dinamismo de la libertad.

Formación humana y pertenencia cultural

6. La acogida de la propia cultura como elemento configurador de la personalidad, especialmente en la primera fase del crecimiento, es un dato de experiencia universal, cuya importancia no se debe infravalorar. Sin este enraizamiento en un humus definido, la persona misma correría el riego de verse expuesta, en edad aún temprana, a un exceso de estímulos contrastantes que no ayudarían el desarrollo sereno y equilibrado. Sobre la base de esta relación fundamental con los propios «orígenes» —a nivel familiar, pero también territorial, social y cultural— es donde se desarrolla en las personas el sentido de la «patria», y la cultura tiende a asumir, unas veces más y otras menos, una configuración «nacional». El mismo Hijo de Dios, haciéndose hombre, recibió, con una familia humana, también una «patria». Él es para siempre Jesús de Nazaret, el Nazareno (cfr. Mc 10, 47; Lc 18, 37; Jn 1, 45; 19, 19). Se trata de un proceso natural en el cual las instancias sociológicas y psicológicas actúan entre sí, con efectos normalmente positivos y constructivos. El amor patriótico es, por eso, un valor a cultivar, pero sin restricciones de espíritu, amando juntos a toda la familia humana (cfr. GS 75) y evitando las manifestaciones patológicas que se dan cuando el sentido de pertenencia asume tonos de autoexaltación y de exclusión de la diversidad, desarrollándose en formas nacionalistas, racistas y xenófobas.

7. Si por esto es importante, por un lado, saber apreciar los valores de la propia cultura, por otro es preciso tomar conciencia de que cada cultura, siendo un producto típicamente humano e históricamente condicionado, también implica necesariamente unos límites. Para que el sentido de pertenencia cultural no se transforme en cerrazón, un antídoto eficaz es el conocimiento sereno, no condicionado por prejuicios negativos, de las otras culturas. Por lo demás, en un análisis atento y riguroso, frecuentemente las culturas muestran, por encima de sus manifestaciones más externas, elementos comunes significativos. Esto se puede ver también en la sucesión histórica de culturas y civilizaciones. La Iglesia, mirando a Cristo, que revela el hombre al hombre (cfr. Ibid., 22), y apoyada en la experiencia alcanzada en dos mil años de historia, está convencida de que «por encima de todos los cambios, hay muchas cosas que no cambian» (Ibid., 10). Esta continuidad está basada en características esenciales y universales del proyecto de Dios sobre el hombre.

Las diferencias culturales han de ser comprendidas desde la perspectiva fundamental de la unidad del género humano, dato histórico y ontológico primario, a la luz del cual es posible entender el significado profundo de las mismas diferencias. En realidad, sólo la visión de conjunto tanto de los elementos de unidad como de las diferencias hace posible la comprensión y la interpretación de la verdad plena de toda cultura humana (cfr. Discurso a la UNESCO, 2 de junio de 1980, 6).

Diversidad de culturas y respeto recíproco

8. En el pasado las diferencias entre las culturas han sido a menudo fuente de incomprensiones entre los pueblos y motivo de conflictos y guerras. Pero todavía hoy, por desgracia, en diversas partes del mundo constatamos, con creciente aprensión, la polémica consolidación de algunas identidades culturales contra otras culturas. Este fenómeno puede, a largo plazo, desembocar en tensiones y choques funestos, y por lo menos hace difícil la condición de algunas minorías étnicas y culturales, que viven en un contexto de mayorías culturalmente diversas, propensas a actitudes y comportamientos hostiles y racistas.

Ante esta situación, todo hombre de buena voluntad debe interrogarse sobre las orientaciones éticas fundamentales que caracterizan la experiencia cultural de una determinada comunidad. En efecto, las culturas, igual que el hombre que es su autor, están marcadas por el «misterio de iniquidad» que actúa en la historia humana (cfr. 2 Tes 2,7) y tienen también necesidad de purificación y salvación. La autenticidad de cada cultura humana, el valor del ethos que lleva consigo, o sea, la solidez de su orientación moral, se pueden medir de alguna manera por su razón de ser en favor del hombre y en la promoción de su dignidad a cualquier nivel y en cualquier contexto.

9. Si tan preocupante es la radicalización de las identidades culturales que se vuelven impermeables a cualquier influjo externo beneficioso, no es menos arriesgada la servil aceptación de las culturas, o de algunos de sus importantes aspectos, como modelos culturales del mundo occidental que, ya desconectados de su ambiente cristiano, se inspiran en una concepción secularizada y prácticamente atea de la vida y en formas de individualismo radical. Se trata de un fenómeno de vastas proporciones, sostenido por poderosas campañas de los medios de comunicación social, que tienden a proponer estilos de vida, proyectos sociales y económicos y, en definitiva, una visión general de la realidad, que erosiona internamente organizaciones culturales distintas y civilizaciones nobilísimas. Por su destacado carácter científico y técnico, los modelos culturales de Occidente son fascinantes y atrayentes, pero muestran, por desgracia y siempre con mayor evidencia, un progresivo empobrecimiento humanístico, espiritual y moral. La cultura que los produce está marcada por la dramática pretensión de querer realizar el bien del hombre prescindiendo de Dios, supremo Bien. Pero «sin el Creador —ha advertido el Concilio Vaticano II— la criatura se diluye» (GS 36).Una cultura que rechaza referirse a Dios pierde la propia alma y se desorienta transformándose en una cultura de muerte, como atestiguan los trágicos acontecimientos del siglo XX y como demuestran los efectos nihilistas actualmente presentes en importantes ámbitos del mundo occidental.

Diálogo entre las culturas

10. De manera análoga a lo que sucede en la persona, que se realiza a través de la apertura acogedora al otro y la generosa donación de sí misma, las culturas, elaboradas por los hombres y al servicio de los hombres, se modelan también con los dinamismos típicos del diálogo y de la comunión, sobre la base de la originaria y fundamental unidad de la familia humana, salida de las manos de Dios, que “creó, de un solo principio todo el linaje humano” (Hch 17, 26).

Desde este punto de vista, el diálogo entre las culturas, tema del presente Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, surge como una exigencia intrínseca de la naturaleza misma del hombre y de la cultura. Como expresiones históricas diversas y geniales de la unidad originaria de la familia humana, las culturas encuentran en el diálogo la salvaguardia de su carácter peculiar y de la recíproca comprensión y comunión. El concepto de comunión, que en la revelación cristiana tiene su origen y modelo sublime en Dios uno y trino (cfr. Jn 17,11. 21), no supone un anularse en la uniformidad o una forzada homologación o asimilación; es más bien expresión de la convergencia de una multiforme variedad, y por ello se convierte en signo de riqueza y promesa de desarrollo.

El diálogo lleva a reconocer la riqueza de la diversidad y dispone los ánimos a la recíproca aceptación, en la perspectiva de una auténtica colaboración, que responde a la originaria vocación a la unidad de toda la familia humana. Como tal, el diálogo es un instrumento eminente para realizar la civilización del amor y de la paz, que mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, indicó como el ideal en el que había que inspirar la vida cultural, social, política y económica de nuestro tiempo. Al inicio del tercer milenio es urgente proponer de nuevo la vía del diálogo a un mundo marcado por tantos conflictos y violencias, desalentado a veces e incapaz de escrutar los horizontes de la esperanza y de la paz.

Potencialidades y riesgos de la comunicación global

11. El diálogo entre las culturas se ve hoy particularmente necesario si se considera el impacto de las nuevas tecnologías de la comunicación en la vida de las personas y de los pueblos. Vivimos en la era de la comunicación global, que está plasmando la sociedad según nuevos modelos culturales, más o menos extraños a los modelos del pasado. La información precisa y actualizada es, al menos en línea de principio, prácticamente accesible a todos, en cualquier parte del mundo.

El libre aluvión de imágenes y palabras a escala mundial está transformando no sólo las relaciones entre los pueblos a nivel político y económico, sino también la misma comprensión del mundo. Este fenómeno ofrece múltiples potencialidades en otro tiempo impensables, pero presenta también algunos aspectos negativos y peligrosos. El hecho de que un número reducido de Países detente el monopolio de las «industrias» culturales, distribuyendo sus productos en cualquier lugar de la tierra a un público cada vez mayor, puede ser un potente factor de erosión de las características culturales. Son productos que contienen y transmiten sistemas implícitos de valor y por tanto pueden provocar en los receptores unos efectos de expropiación y pérdida de identidad.

Desafío de las migraciones

12. El estilo y la cultura del diálogo son particularmente significativos respecto a la compleja problemática de las migraciones, importante fenómeno social de nuestro tiempo. El éxodo de grandes masas de una región a otra del planeta, que es a menudo una dramática odisea humana para quienes se ven implicados, tiene como consecuencia la mezcla de tradiciones y costumbres diferentes, con notables repercusiones en los Países de origen y en los de llegada. La acogida reservada a los migrantes por parte de los Países que los reciben y su capacidad de integrarse en el nuevo ambiente humano representan otras tantas medidas para valorar la calidad del diálogo entre las diferentes culturas.

En realidad, sobre el tema de la integración cultural, tan debatido actualmente, no es fácil encontrar organizaciones y ordenamientos que garanticen, de manera equilibrada y ecuánime, los derechos y deberes, tanto de quien acoge como de quien es acogido. Históricamente, los procesos migratorios han tenido lugar de maneras muy distintas y con resultados diversos. Son muchas las civilizaciones que se han desarrollado y enriquecido precisamente por las aportaciones de la inmigración. En otros casos, las diferencias culturales de autóctonos e inmigrados no se han integrado, sino que han mostrado la capacidad de convivir, a través del respeto recíproco de las personas y de la aceptación o tolerancia de las diferentes costumbres. Lamentablemente perduran también situaciones en las que las dificultades de encuentro entre las diversas culturas no se han solucionado nunca y las tensiones han sido causa de conflictos periódicos.

13. En una materia tan compleja, no hay fórmulas «mágicas»; no obstante, es preciso indicar algunos principios éticos de fondo a los que hacer referencia. Como primero entre todos se ha recordar el principio según el cual los emigrantes han de ser tratados siempre con el respeto debido a la dignidad de toda persona humana. A este principio ha de supeditarse incluso la debida consideración al bien común cuando se trata de regular los flujos inmigratorios. Se trata, pues, de conjugar la acogida que se debe a todos los seres humanos, en especial si son indigentes, con la consideración sobre las condiciones indispensables para una vida decorosa y pacífica, tanto para los habitantes originarios como para los nuevos llegados. Por lo que se refiere a las características culturales que los emigrantes llevan consigo, han de ser respetadas y acogidas, en la medida en que no se contraponen a los valores éticos universales, inscritos en la ley natural, y a los derechos humanos fundamentales.

Respeto de las culturas y «fisonomía cultural» del territorio

14. Más difícil es determinar hasta dónde llega el derecho de los emigrantes al reconocimiento jurídico público de sus manifestaciones culturales específicas, cuando éstas no se acomodan fácilmente a las costumbres de la mayoría de los ciudadanos. La solución de este problema, en el marco de una sustancial apertura, está vinculada a la valoración concreta del bien común en un determinado momento histórico y en una situación territorial y social concreta. Mucho depende de que arraigue en todos una cultura de la acogida que, sin caer en la indiferencia sobre los valores, sepa conjugar las razones en favor de la identidad y del diálogo.

Por otro lado, como he indicado antes, se ha de valorar la importancia que tiene la cultura característica de un territorio para el crecimiento equilibrado de los que pertenecen a él por nacimiento, especialmente en sus fases evolutivas más delicadas. Desde este punto de vista, puede considerarse plausible una orientación que tienda a garantizar en un determinado territorio un cierto «equilibrio cultural», en correspondencia con la cultura predominante que lo ha caracterizado; un equilibrio que, aunque siempre abierto a las minorías y al respeto de sus derechos fundamentales, permita la permanencia y el desarrollo de una determinada «fisonomía cultural», o sea, del patrimonio fundamental de lengua, tradiciones y valores que generalmente se asocian a la experiencia de la nación y al sentido de la «patria».

15. Es evidente que esta exigencia de «equilibrio», respecto a la «fisonomía cultural» de un territorio, no se puede lograr satisfactoriamente sólo con instrumentos legislativos, puesto que éstos carecerían de eficacia si no estuvieran fundados en el ethos de la población y, sobre todo, estarían destinados a cambiar naturalmente, cuando una cultura perdiera de hecho su capacidad de animar un pueblo y un territorio, convirtiéndose en una simple herencia guardada en museos o monumentos artísticos y literarios.

En realidad, una cultura, en la medida en que es realmente vital, no tiene motivos para temer ser dominada, de igual manera que ninguna ley podrá mantenerla viva si ha muerto en el alma de un pueblo. Por lo demás, en el plano del diálogo entre las culturas, no se puede impedir a uno que proponga a otro los valores en que cree, con tal de que se haga de manera respetuosa de la libertad y de la conciencia de las personas. «La verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas» (DH 1).

Conciencia de los valores comunes

16. El diálogo entre las culturas, instrumento privilegiado para construir la civilización del amor, se apoya en la certeza de que hay valores comunes a todas las culturas, porque están arraigados en la naturaleza de la persona. En tales valores la humanidad expresa sus rasgos más auténticos e importantes. Hace falta cultivar en las almas la conciencia de estos valores, dejando de lado prejuicios ideológicos y egoísmos partidarios, para alimentar ese humus cultural, universal por naturaleza, que hace posible el desarrollo fecundo de un diálogo constructivo. También las diferentes religiones pueden y deben dar una contribución decisiva en este sentido. La experiencia que he tenido tantas veces en el encuentro con representantes de otras religiones —recuerdo en particular el encuentro de Asís de 1986 y el de la plaza San Pedro de 1999— me confirma en la confianza de que la recíproca apertura de los seguidores de las diversas religiones puede aportar muchos beneficios para la causa de la paz y del bien común de la humanidad.

 

4.1.30 Carta Apostólica Novo Millenio Inneunte (6-I-2001)[43]

 

Anuncio de la Palabra

40. Alimentarnos de la Palabra para ser « servidores de la Palabra » en el compromiso de la evangelización, es indudablemente una prioridad para la Iglesia al comienzo del nuevo milenio. Ha pasado ya, incluso en los Países de antigua evangelización, la situación de una «sociedad cristiana», la cual, aún con las múltiples debilidades humanas, se basaba explícitamente en los valores evangélicos. Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la caracteriza. He repetido muchas veces en estos años la « llamada » a la nueva evangelización. La reitero ahora, sobre todo para indicar que hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: «¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9, 16).

Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos «especialistas», sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido, como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos. Sin embargo, esto debe hacerse respetando debidamente el camino siempre distinto de cada persona y atendiendo a las diversas culturas en las que ha de llegar el mensaje cristiano, de tal manera que no se nieguen los valores peculiares de cada pueblo, sino que sean purificados y llevados a su plenitud.

El cristianismo del tercer milenio debe responder cada vez mejor a esta exigencia de inculturación. Permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado. De la belleza de este rostro pluriforme de la Iglesia hemos gozado particularmente en este Año jubilar. Quizás es sólo el comienzo, un icono apenas esbozado del futuro que el Espíritu de Dios nos prepara.

La propuesta de Cristo se ha de hacer a todos con confianza. Se ha de dirigir a los adultos, a las familias, a los jóvenes, a los niños, sin esconder nunca las exigencias más radicales del mensaje evangélico, atendiendo a las exigencias de cada uno, por lo que se refiere a la sensibilidad y al lenguaje, según el ejemplo de Pablo cuando decía: «Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos» (1 Cor 9, 22). Al recomendar todo esto, pienso en particular en la pastoral juvenil. Precisamente por lo que se refiere a los jóvenes, como antes he recordado, el Jubileo nos ha ofrecido un testimonio consolador de generosa disponibilidad. Hemos de saber valorizar aquella respuesta alentadora, empleando aquel entusiasmo como un nuevo talento (cfr. Mt 25, 15) que Dios ha puesto en nuestras manos para que los hagamos fructificar.

 

4.1.31 Exhortación Apostólica Ecclesia in Oceania (22-XI-2001) [44]

 

Inculturación

16. Los Padres sinodales ha subrayado, con frecuencia, la importancia de la inculturación para una vida auténticamente cristiana en Oceanía. El proceso de inculturación es la manera gradual, mediante la cual, el Evangelio es encarnado en las distintas culturas. Es preciso tener presente que algunos valores culturales deben ser transformados y purificados, si se quiere que tengan un lugar en una cultura genuinamente cristiana. Por otra parte, en las distintas culturas los valores cristianos se acogen fácilmente. La inculturación nace del respeto tanto del Evangelio como de la cultura en la cual es anunciado y acogido. Este proceso en Oceanía inició cuando los inmigrantes trajeron la fe cristiana de sus propias tierras. Para los pueblos indígenas de la Oceanía, la inculturación significó un nuevo diálogo entre el mundo que conocían y la fe que estaban por conocer. El resultado es que la Oceanía ofrece muchos ejemplos de expresiones culturales específicas en el campo de la teología, de la liturgia y en el uso de los símbolos religiosos (cfr. Propositio 1). Los Padres sinodales han visto una posterior inculturación de la fe cristiana como la vía principal para conseguir la plena comunión eclesial.

La auténtica inculturación de la fe cristiana está fundamentada en el misterio de la Encarnación: «Dios ha amado tanto al mundo que ha enviado a su único Hijo» (Jn 3, 16). El Hijo de Dios asume la carne, «nacido de mujer» (Gal 4, 4) en un específico tiempo y lugar. Para preparar un evento tan relevante, Dios escoge un pueblo con una cultura distinta, y lo guió en la historia hacia el camino de la Encarnación. Esto que Dios ha hecho con el pueblo escogido, reveló lo que Dios quería hacer en favor de toda la humanidad, de todo pueblo y de toda cultura. La Escritura nos muestra la historia de Dios que actúa en su pueblo; sobre todo, nos narra la historia de Jesucristo, mediante el cual Dios mismo entró en el mundo y en sus múltiples culturas. En todo lo que dice y hace, pero especialmente en su Muerte y Resurrección, Jesús reveló el amor divino por la humanidad. Desde la profundidad de la historia humana, la vida de Jesús habla no sólo a las personas de su tiempo y de su cultura, sino también a todos aquellos de toda época y cultura. Él es por siempre el Verbo hecho carne para el mundo; es el Evangelio que fue llevado a Oceanía; es el Evangelio que ahora necesita de nuevo ser anunciado.

El Verbo hecho carne no es extraño a ninguna cultura y debe ser predicado a todas las culturas. «El proceso de encuentro y confrontación con la cultura es una experiencia que la Iglesia ha vivido desde el inicio de la predicación del Evangelio» (Fides et ratio, n. 70). Como el Verbo hecho carne ha entrado en la historia y ha vivido entre nosotros, así el Evangelio entra con profundidad en la vida y en la cultura de cuantos los escuchan y lo creen. La inculturación, la «encarnación» del Evangelio en las distintas culturas, condiciona el mismo modo en el cual el Evangelio es predicado, comprendido y vivido (cfr. Propositio 2). La Iglesia enseña la inmutable verdad de Dios, frente a la historia y a la cultura de un pueblo específico. Por tanto, en toda cultura la fe cristiana debe ser vivida en una manera especial. Los Padres sinodales se han mostrado convencidos que la Iglesia, en el esfuerzo de presentar a Jesucristo en una manera eficaz al pueblo de Oceanía, debe respetar toda cultura y nunca pedir a ninguno que renuncie a la misma. La Iglesia invita a todos los pueblos a expresar la palabra viva de Jesús en el modo que ella le habla en su mente y en su corazón (Discurso a los aborígenes, Alice Springs, 29-XI-1996, n. 12: AAS 79 (1987) 978; Pablo VI, Discurso a los Aborígenes, Sydney, 2-XII-1970: AAS 63 (1971) 69). «El Evangelio no es contrario a una u otra cultura como si, entrando en contacto con ella, quisiera privarla de lo que le pertenece obligándola a asumir formas extrínsecas no conformes a la misma» (Fides et ratio, n. 71). Es vital que la Iglesia se inserte plenamente en lo más íntimo de la cultura y desde lo más íntimo de la misma cultura lleve a cabo el proceso de purificación y de transformación (cfr. Propositio 2).

Una auténtica inculturación del Evangelio tiene un doble aspecto: de una parte, toda cultura ofrece valores y formas positivas que pueden enriquecer el modo en el cual el Evangelio es anunciado, comprendido y vivido; de otra parte, el Evangelio desafía a las culturas y exige que algunos valores y formas cambien (cfr. ib). Así como el Hijo de Dios ha asumido la carne menos en el pecado (cfr. Hb 4, 15), así la fe cristiana acoge y promueve todo aquello que es genuinamente humano y rechaza cuanto es pecaminoso. El proceso de inculturación involucra el Evangelio y la cultura en «un diálogo que incluye la identificación de todo aquellos que es y de todo lo que no es de Cristo» (Ecclesia in Africa, n. 61). Toda cultura necesita ser purificada y transformada por los valores revelados en el Misterio pascual (cfr. Ecclesia in Africa, n. 61). De esta manera, los valores y las formas positivas que se encuentran en las culturas de Oceanía enriquecerán la manera en que el Evangelio es anunciado, comprendido y vivido (cfr. Propositio 2). El Evangelio «es una forma real de liberación de los desórdenes introducidos por el pecado y, al mismo tiempo, una llamada a la verdad plena. En este encuentro, las culturas no sólo no se ven privadas de nada, sino que por el contrario son animadas a abrirse a la novedad de la verdad evangélica recibiendo incentivos para ulteriores desarrollos» (Fides et ratio, n. 71). Transformada por el Espíritu de Cristo, esas culturas alcanzan la plenitud de la vida a la cual los valores más profundos le llaman y a los cuales los pueblos siempre han aspirado. En realidad, sin Cristo ninguna cultura humana puede llegar a ser aquello que verdaderamente es.

La situación actual.

17. En tiempos recientes, la Iglesia ha impulsado ardorosamente la inculturación de la fe cristiana. A ese propósito, Pablo VI, cuando visitó Oceanía, insistió en el hecho de que el cristianismo «no sólo no sofoca cuanto es bueno y de original en cualquier forma de cultura humana, sino más bien lo acoge, respecta y valoriza el genio de todo pueblo, y reviste de variedad y de belleza la única vestimenta inconsútil, de la Iglesia de Cristo» (Discurso a los Obispos de Oceanía, Sydney, 1-XII-1970: AAS 63 (1971) 56). Con palabras similares me he dirigido a los Aborígenes de Australia, en mi encuentro con ellos: «El Evangelio de nuestro Señor Jesucristo habla todas las lenguas. Aprecia y abraza todas las culturas. Sostiene todo aquello que de humana hay en ellas y, si es necesario, lo purifica. El evangelio exalta y enriquece siempre y en todo momento a la cultura con el mensaje revelado de un Dios amoroso y misericordioso» (Discurso a los aborígenes, Alice Springs, 29-XI-1996, n. 12: AAS 79 (1987) 977). Los Padres sinodales han pedido que la Iglesia en Oceanía desarrolle una comprensión y una presentación de la verdad de Cristo partiendo de las tradiciones y de la cultura de la Región. En las áreas de misión, todos los misionarios son fuertemente invitados a actuar en armonía con los cristianos indígenas para asegurarse que la fe y de la vida de la Iglesia sean expresadas en formas legítimamente apropiadas a cualquier cultura (cfr. Propositio 2).

Si desde el momento en que llegaron los primeros inmigrantes y los misioneros, la Iglesia en Oceanía ha estado involucrada en un proceso de inculturación desde los profundo de las muchas culturas de la Región, que conviven juntas. Atentos a los signos de los tiempos, los Padres del Sínodo han reconocido «que muchas culturas, cada una a su modo, ofrecen los modos que ayudan a la Iglesia a comprender y a expresar mejor el Evangelio de Jesucristo» (cfr. Ib.).

Para guiar este proceso, es necesaria la fidelidad a Cristo y a la Tradición auténtica de la Iglesia. Una inculturación genuina de la fe cristiana debe ser siempre conducida con la guía de la Iglesia Universal. Sólo permaneciendo completamente fiel al espíritu de la comunión, las Iglesias particulares deberán de buscar expresar la fe y la vida e la Iglesia en forma legítima, apropiada a las culturas indígenas. Nuevas expresiones y formas deben ser verificadas y aprobadas por la autoridad competente. Una vez aprobadas, estas formas auténticas de inculturación harán más fácil a los pueblos de Oceanía experimentar en su modo peculiar la abundante vida ofrecida por Jesucristo (cfr. Sínodo de los Obispos, Asamblea especial para la Oceanía, Relatio post disceptationem, 12).

Los Padres sinodales han expresado el deseo que los futuros sacerdotes, diáconos y catequistas tengan plena familiaridad con la cultura de las personas a las cuales prestarán sus servicios. Para llegar a ser buenos líderes cristianos deberán ser educados en forma que no se separen del contexto en el cual vive la gente común, porque están llamados al servicio de una evangelización inculturada, mediante un trabajo pastoral delicado que permita a la comunidad cristiana acoger, vivir y transmitir la fe en la propia cultura, en armonía con el Evangelio y en comunión con la Iglesia Universal (cfr. RM 54).

Como visión prospectiva, los Padres del Sínodo han evocado el ideal de muchas culturas de Oceanía puedan formar una civilización rica y característica, inspirada en la fe en Jesucristo. Junto con ellos, ruego fervorosamente que todos los pueblos de Oceanía descubran el amor de Cristo, Camino, Verdad y Vida, y así experimenten y edifiquen juntos la civilización del amor y de la paz que el mundo del Pacífico siempre ha deseado.

 

4.1.32 Discurso a los Obispos de Las Antillas en visita ad limina (7-V-2002)[45]

 

3. Pero también debemos superar los confines de la Iglesia, porque el Concilio se preocupó esencialmente por fomentar nuevas energías para su misión en el mundo. Sois conscientes de que una parte esencial de su misión evangelizadora es la inculturación del Evangelio, y sé que en vuestra región se ha prestado mucha atención a la necesidad de desarrollar formas caribeñas de culto y vida católicos. En la encíclica Fides et ratio subrayé que "el Evangelio no es contrario a una u otra cultura como si, entrando en contacto con ella, quisiera privarla de lo que le pertenece, obligándola a asumir formas extrínsecas no conformes a la misma" (n. 71). Asimismo, afirmé que en el encuentro con el Evangelio las culturas no sólo no se ven privadas de nada, sino que por el contrario "son animadas a abrirse a la novedad de la verdad evangélica recibiendo incentivos para ulteriores desarrollos" (ib.; cf. Ecclesia in America, 70).

Con este fin, es importante recordar los tres criterios para discernir si nuestros intentos por inculturar el Evangelio tienen bases sólidas o no. El primero es la universalidad del espíritu humano, cuyas necesidades básicas no son diferentes ni siquiera en culturas completamente diversas. Por tanto, ninguna cultura puede ser considerada absoluta hasta el punto de negar que el espíritu humano, en el nivel más profundo, es el mismo en todo tiempo, lugar y cultura. El segundo criterio es que, al comprometerse con nuevas culturas, la Iglesia no puede abandonar la valiosa herencia que proviene de su compromiso inicial con la cultura grecolatina, porque eso significaría "ir en contra del designio providencial de Dios, que conduce su Iglesia por los caminos del tiempo y de la historia" (Fides et ratio, 72). Así pues, no se trata de rechazar la herencia grecolatina para permitir al Evangelio encarnarse en la cultura caribeña, sino, más bien, de hacer que la herencia cultural de la Iglesia entable un diálogo profundo y mutuamente enriquecedor con la cultura caribeña. El tercer criterio es que una cultura no debe encerrarse en su propia diversidad, no debe refugiarse en el aislamiento, oponiéndose a otras culturas y tradiciones. Esto implicaría negar no sólo la universalidad del espíritu humano, sino también la universalidad del Evangelio, que no es ajeno a ninguna cultura y procura arraigar en todas.

 

4.1.33 Encíclica Ecclesia de Eucharistia (17-IV-2003)[46]

 

51. A propósito del arte sagrado y la disciplina litúrgica, lo que se ha producido en tierras de antigua cristianización está ocurriendo también en los continentes donde el cristianismo es más joven. Este fenómeno ha sido objeto de atención por parte del Concilio Vaticano II al tratar sobre la exigencia de una sana y, al mismo tiempo, obligada «inculturación». En mis numerosos viajes pastorales he tenido oportunidad de observar en todas las partes del mundo cuánta vitalidad puede despertar la celebración eucarística en contacto con las formas, los estilos y las sensibilidades de las diversas culturas. Adaptándose a las mudables condiciones de tiempo y espacio, la Eucaristía ofrece alimento, no solamente a las personas, sino a los pueblos mismos, plasmando culturas cristianamente inspiradas.

No obstante, es necesario que este importante trabajo de adaptación se lleve a cabo siendo conscientes siempre del inefable Misterio, con el cual cada generación está llamada confrontarse. El «tesoro» es demasiado grande y precioso como para arriesgarse a que se empobrezca o hipoteque por experimentos o prácticas llevadas a cabo sin una atenta comprobación por parte de las autoridades eclesiásticas competentes. Además, la centralidad del Misterio eucarístico es de una magnitud tal que requiere una verificación realizada en estrecha relación con la Santa Sede. Como escribí en la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Asia, «esa colaboración es esencial, porque la sagrada liturgia expresa y celebra la única fe profesada por todos y, dado que constituye la herencia de toda la Iglesia, no puede ser determinada por las Iglesias locales aisladas de la Iglesia universal» (cfr. n. 22).

 

4.1.34 Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa (28-VI-2003)[47]

Evangelización de la cultura e inculturación del Evangelio

58. El anuncio de Jesucristo tiene que llegar también a la cultura europea contemporánea. La evangelización de la cultura debe mostrar también que hoy, en esta Europa, es posible vivir en plenitud el Evangelio como itinerario que da sentido a la existencia. Para ello, la pastoral ha de asumir la tarea de imprimir una mentalidad cristiana a la vida ordinaria: en la familia, la escuela, la comunicación social; en el mundo de la cultura, del trabajo y de la economía, de la política, del tiempo libre, de la salud y la enfermedad. Hace falta una serena confrontación crítica con la actual situación cultural de Europa, evaluando las tendencias emergentes, los hechos y las situaciones de mayor relieve de nuestro tiempo, a la luz del papel central de Cristo y de la antropología cristiana.

Hoy, recordando también la fecundidad cultural del cristianismo a lo largo de la historia de Europa, es preciso mostrar el planteamiento evangélico, teórico y práctico, de la realidad y del hombre. Además, considerando el gran impacto de las ciencias y los progresos tecnológicos en la cultura y en la sociedad de Europa, la Iglesia, con sus instrumentos de profundización teórica y de iniciativa práctica, está llamada a relacionarse de manera activa con los conocimientos científicos y sus aplicaciones, indicando la insuficiencia y el carácter inadecuado de una concepción inspirada en el cientificismo, que pretende reconocer validez objetiva solamente al saber experimental, y señalando asimismo los criterios éticos que el hombre lleva inscritos en su propia naturaleza (cfr. Propositio 23).

59. En la tarea de evangelización de la cultura interviene el importante servicio desarrollado por las escuelas católicas. Es necesario esforzarse para que se reconozca una libertad efectiva de educación e igualdad jurídica entre las escuelas estatales y no estatales. Éstas últimas son a veces el único medio para proponer la tradición cristiana a los que se encuentran alejados de ella. Exhorto a los fieles implicados en el mundo de la escuela a perseverar en su misión, llevando la luz de Cristo Salvador en sus actividades educativas específicas, científicas y académicas (cfr. Propositio 25; Propositio 26, 2). Se debe valorar en particular la contribución de los cristianos dedicados a la investigación o que enseñan en las Universidades: con su « servicio intelectual », transmiten a las jóvenes generaciones los valores de un patrimonio cultural enriquecido por dos milenios de experiencia humanista y cristiana. Convencido de la importancia de las instituciones académicas, pido también que en las diversas Iglesias particulares se promueva una pastoral universitaria apropiada, favoreciendo así una respuesta a las actuales necesidades culturales (cfr. Propositio 26, 3).

60. Tampoco puede olvidarse la aportación positiva que supone la valoración de los bienes culturales de la Iglesia. En efecto, éstos pueden ser un factor peculiar que ayude a suscitar nuevamente un humanismo de inspiración cristiana. Con una adecuada conservación y un uso inteligente, pueden ser, en cuanto testimonio vivo de la fe profesada a lo largo de los siglos, un instrumento válido para la nueva evangelización y la catequesis, e invitar a descubrir el sentido del misterio.

Al mismo tiempo, se han de promover nuevas expresiones artísticas de la fe mediante un diálogo asiduo con quienes se dedican al arte (cfr. Propositio 27). En efecto, la Iglesia necesita el arte, la literatura, la música, la pintura, la escultura y la arquitectura, porque « debe hacer perceptible, más aún, fascinante en lo posible, el mundo del espíritu, de lo invisible, de Dios » (Carta a los artistas, n. 12), y porque la belleza artística, como un reflejo del Espíritu de Dios, es un criptograma del misterio, una invitación a buscar el rostro de Dios hecho visible en Jesús de Nazaret.

 

4.1.35 Exhortación Apostólica Pastores Gregis (16-X-2003) [48]

Ministerio Episcopal e inculturación del Evangelio

30. La evangelización de la cultura y la inculturación del Evangelio forman parte de la nueva evangelización y, por tanto, son un cometido propio de la función episcopal. A este respecto, tomando algunas de mis expresiones anteriores, el Sínodo repitió: «Una fe que no se convierte en cultura, es una fe no acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida» (Discurso a los participantes en el I Congreso nacional italiano del Movimiento eclesial de Compromiso Cultural (16-I-82), 2: IGP2 V/1 (1982) 131; cfr. Propositio 64)

En realidad, éste es un cometido antiguo y siempre nuevo, que tiene su origen en el misterio mismo de la Encarnación su razón de ser en la capacidad intrínseca del Evangelio para arraigar, impregnar y promover toda cultura, purificándola y abriéndola a la plenitud de la verdad y la vida que se ha realizado en Cristo Jesús. A este tema se ha prestado mucha atención durante los Sínodos continentales, que han dado valiosas indicaciones. Yo mismo me he referido a él en varias ocasiones.

Por tanto, considerando los valores culturales del territorio en que vive su Iglesia particular, el Obispo ha de esforzarse para que se anuncie el Evangelio en su integridad, de modo que llegue a modelar el corazón de los hombres y las costumbres de los pueblos. En esta empresa evangelizadora puede ser preciosa la contribución de los teólogos, así como de los expertos en el patrimonio cultural, artístico e histórico de la diócesis, que tanto en la antigua como en la nueva evangelización, es un instrumento pastoral eficaz (cfr. Propositio 65).

Los medios de comunicación social tienen también gran importancia para transmitir la fe y anunciar el Evangelio en los «nuevos areópagos»; los Padres sinodales pusieron su atención en ellos y alentaron a los Obispos para que haya una mayor colaboración entre las Conferencias episcopales, tanto en el ámbito nacional como internacional, con el fin de que se llegue a una actividad de mayor cualidad en este delicado y precioso ámbito de la vida social (cfr. Propositio 66).

En realidad, cuando se trata del anuncio del Evangelio, es importante preocuparse de que la propuesta, además de ortodoxa, sea incisiva y promueva su escucha y acogida. Evidentemente, esto comporta el compromiso de dedicar, especialmente en los Seminarios, un espacio adecuado para la formación de los candidatos al sacerdocio sobre el empleo de los medios de comunicación social, de manera que los evangelizadores sean buenos predicadores y buenos comunicadores.

 

 

4.2 Dicasterios de la Curia Romana:

4.2.1 Comisión Teológica Internacional

4.2.1.1 Documento Temas Selectos de Eclesiología (1984)

 

4. Pueblo de Dios e inculturación[49]

1. Necesidad de la inculturación

A la vez como «misterio» y como «sujeto histórico», el nuevo pueblo de Dios «se compone de hombres que, reunidos en Cristo, son conducidos por el Espíritu Santo en su peregrinación al Reino del Padre y han recibido un mensaje de salvación que han de proponer a todos. Por esta razón, ella [la comunidad de los cristianos] se siente real e íntimamente unida al género humano y a su historia» (GS 1). Siendo la misión de la Iglesia entre los hombres hacer «que se introduzca este Reino [de Dios], el [nuevo] pueblo de Dios no sustrae nada al bien temporal de cada pueblo, sino que, por el contrario, fomenta y asume los valores y las riquezas y las costumbres de los pueblos en lo que tienen de bueno, pero, asumiéndolos, los purifica, fortalece y eleva» (LG 13). El término general de «cultura» parece poder resumir como lo propone la constitución pastoral Gaudium et spes, este conjunto de datos personales y sociales que marcan al hombre, permitiéndole asumir y dominar su condición y su destino (GS 53-62).

Se trata, por tanto, para la Iglesia en su misión de evangelizar, de «introducir la fuerza del evangelio en lo más íntimo de la cultura humana y de las formas de la misma cultura» (CT 53). Si esto faltara el hombre no sería alcanzado verdaderamente por el mensaje de salvación que la Iglesia le comunica. La reflexión sobre la evangelización hace tomar una conciencia cada vez más viva de ello en la medida misma del progreso que realiza la humanidad en el conocimiento que puede tener de sí misma. La evangelización no alcanza su objetivo más que cuando el hombre, a la vez como persona única y como miembro de una comunidad que lo marca en profundidad, acepta recibir la Palabra de Dios y hacerla fructificar en su vida. De manera que Pablo VI ha podido escribir en Evangelii nuntiandi: «Decimos grupos del género humano que han de ser transformados: para la Iglesia no se trata sólo de predicar el evangelio en zonas geográficas cada vez más amplias o a multitudes cada vez mayores, sino de tocar y, por así decirlo, de revolucionar, por la fuerza del evangelio, los criterios de juicio, los valores que tienen más importancia, los anhelos y modos de pensar, los movimientos impulsores y los modelos de vida del género humano, que están en contraste con la palabra de Dios y el designio de salvación» (EN 19). En efecto, como lo señala el Papa en este mismo documento: «La escisión entre evangelio y cultura es, sin duda, el drama de nuestra época» (EN 20).

Para designar esta perspectiva y esta acción, por las que el evangelio pretende alcanzar el corazón de las culturas, se recurre hoy al término «inculturación». EI término «aculturación» o «inculturación» «es ciertamente un neologismo que, sin embargo, expresa de modo egregio uno de los elementos del gran misterio de la encarnación» (cfr. CT 53; cfr. Discurso a los participantes de la Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión Bíblica, 26-IV-1979: AAS 71 (1979) 607; Discurso a los Obispos del Zaire, Kinshasa, 3-V-1980, 4: AAS 72 (1980) 432-433; A los intelectuales y artistas coreanos, Seúl, Corea, 5-V-1984, 2: AAS 76 (1984) 985-986). Juan Pablo II subraya en Corea la dinámica de la inculturación: «Es necesario que la Iglesia asuma todo en los pueblos. Tenemos delante de nosotros un largo e importante proceso de inculturación para que el evangelio pueda penetrar en el fondo del alma de las culturas vivas. Alentar este proceso es responder a las aspiraciones profundas de los pueblos y ayudarlos a venir a la esfera de la misma fe» (A los intelectuales y artistas coreanos, Seúl, Corea, 5-V-1984, 2: AAS 76 (1984) 986).

Sin pretender dar aquí una doctrina completa de la incultu­ración, querríamos simplemente recordar su fundamento en el misterio de Dios y de Cristo, en orden a investigar su significa­ción para la misi6n de la Iglesia. Sin duda, la exigencia de inculturación se impone a todas las comunidades cristianas, pero tenemos que estar hoy más particularmente atentos a las situa­ciones vividas por las Iglesias de Asia, de África, de Oceanía, de América del Sur o de América del Norte, tanto si se trata de nuevas Iglesias o de cristiandades ya antiguas (cfr. AG 22).

 

2.     El fundamento de la inculturación

El fundamento doctrinal de la inculturación se encuentra, en primer lugar, en la diversidad y multitud de los seres creados que proviene de la intención de Dios creador, deseoso de que esta multitud diversificada ilustre más los innumerables aspectos de su bondad (cfr. Santo Tomás, Summa Theologiae I, q. 47, a .1). Todavía más se encuentra en el misterio del mismo Cristo: su encarnaci6n, su vida, su muerte y su resurrec­ción.

En efecto, de la misma manera que el Verbo de Dios ha asumido en su propia persona una humanidad concreta y ha vivido todas las particularidades de la condición humana en un lugar, en un tiempo y en el seno de un pueblo, la Iglesia, a ejemplo de Cristo y por el don de su Espíritu, debe encarnarse en cada lugar, en cada tiempo y en cada pueblo (cfr. Hch 2, 5-11).

De la misma manera que Jesús ha anunciado el evangelio sirviéndose de todas las realidades familiares que constituían la cultura de su pueblo, la Iglesia no puede dejar de tomar, para la construcción del Reino, elementos venidos de las culturas humanas.

Jesús decía: «Convertíos y creed al evangelio» (Mc 1, 15). Él se ha enfrentado con el mundo pecador hasta la muerte en la cruz, para hacer a los hombres capaces de esta conversión y de esta fe. Ahora bien, con las culturas sucede como con las personas: no hay inculturación conseguida sin que se denuncien los límites, los errores y el pecado que habitan en ellas. Toda cultura debe aceptar el juicio de la cruz sobre su vida y sobre su lenguaje.

Cristo ha resucitado revelando plenamente el hombre a sí mismo y comunicándole los frutos de una redención perfecta. Igualmente, una cultura que se convierte al evangelio encuentra en él su propia liberación y saca a la luz riquezas nuevas que son, a la vez, dones y promesas de resurrección.

En la evangelización de las culturas y la inculturación del evangelio se produce un misterioso intercambio: por una parte, el evangelio revela a cada cultura y libera en ella la verdad última de los valores de que es portadora; por otra, cada cultura expresa el evangelio de manera original y manifiesta nuevos aspectos de él. La inculturación es así un elemento de la recapitulación de todas las cosas en Cristo (Ef 1, 10) y de la catolicidad de la Iglesia.

 

3. Aspectos diversos de la inculturación

La inculturación repercute profundamente en todos los as­pectos de la existencia de la Iglesia. Retengamos aquí lo que afecta a su vida y su lenguaje.

En el campo de la vida, la inculturaci6n consiste en que las formas y figuras concretas de expresión y de organización de la institución eclesial correspondan, del modo mejor, a los valores positivos que constituyen la personalidad de una cultura. Consiste también en una presencia positiva y un compromiso activo con respecto a los problemas humanos más fundamentales que exis­ten en ella. La inculturación no es solamente tomar en cuenta tradiciones culturales, es también una acción al servicio de todo el hombre y de todos los hombres; penetra y transforma todas las relaciones; estando atenta a los valores del pasado, mira también al futuro.

En el campo del lenguaje (entendido aquí en el sentido antropológico y cultural), la inculturación consiste, en primer lugar, en el acto de apropiación del contenido de la fe en las palabras y las categorías de pensamiento, los símbolos y los ritos de una cultura dada. Exige después la elaboración de una respuesta doctrinal, a la vez, fiel y nueva, constructiva, pero postuladora de la conversión, frente a los problemas nuevos de pensamiento y de ética, ligados a las aspiraciones y a los rechazos, a los valores y a las desviaciones de esta cultura.

Si las culturas son diversas, la condición humana es una; por ello, la comunicación entre las culturas no sólo es posible, sino necesaria. Así, el evangelio, que se dirige a lo más profundo del hombre, tiene un valor transcultural y su identidad debe poder ser reconocida de cultura en cultura. Esto requiere la apertura de cada cultura a las otras culturas. Baste recordar aquí estas palabras de la exhortación apostólica Catechesi tradendae: «Podemos aseverar que tanto a la catequesis como a la evangelización en general se le propone introducir la fuerza del evangelio en lo más íntimo de la cultura y de las formas de la misma cultura» (CT 53).

Por su presencia y su compromiso en la historia de los hombres, el nuevo pueblo de Dios es conducido siempre hacia situaciones nuevas. Tiene, por tanto, que retomar sin cesar el esfuerzo de anunciar el evangelio en el corazón de la cultura y de las culturas. Hay, sin embargo, situaciones y épocas que exigen un esfuerzo particular. Así sucede hoy, especialmente, para la evangelización de los pueblos de Asia, de África, de Oceanía, de América del Sur y del Norte. Sean Iglesias nuevas o Iglesias ya más antiguas, estas Iglesias, que podemos llamar «no europeas», se encuentran en una situación particular con respecto a la inculturación. Los misioneros que han llevado el evangelio trans­mitieron inevitablemente con él elementos de su propia cultura. Por definición no podían hacer lo que debía ser tarea propia de los cristianos que viven en las culturas recientemente evangelizadas. Como lo ha señalado Juan Pablo II ante los Obispos del Zaire, «la evangelización comporta etapas y profundizaciones» (Discurso a los Obispos del Zaire, Kinshasa, 3-V-1980, 2: AAS 72 (1980) 431). Por esto, parece que ha llegado el momento en que bastantes Iglesias no europeas, tomando conciencia por vez primera de su propia originalidad y de las tareas que les incumben, deben crearse, en los campos de la vida y de la palabra, nuevas formas de expresión del único evangelio. Sean las que fueren las difi­cultades que encuentren estas comunidades y las dilaciones necesarias para tal empresa, el esfuerzo que ellas llevan adelante en comunión con la Santa Sede y con la ayuda del conjunto de la Iglesia se muestra decisivo para el futuro de la evangelización.

En esta tarea global, la promoción de la justicia, sin duda, no es más que un elemento, pero un elemento importante y urgente. El anuncio del evangelio debe asumir el reto tanto de las injusticias locales como de la injusticia planetaria. Es verdad que en este campo se han manifestado ciertas desviaciones de naturaleza político-religiosa. Pero tales desviaciones no deben llevar al recelo o al olvido de la tarea necesaria de la promoción de la justicia. Muestran más bien la urgencia de un discernimiento teológico fundado en instrumentos de análisis tan científicos como sea posible, sometidos siempre a la luz de la fe. Por otra parte, como las injusticias locales son muy frecuentemente solidarias de la injusticia planetaria sobre la que llamó vigorosa­mente la atenci6n el papa Pablo VI en Populorum progressio, la promoción de la justicia concierne a la Iglesia católica extendida en el universo entero, es decir, requiere la ayuda mutua de todas las Iglesias particulares y la ayuda de la Sede de Roma.

 

4.2.1.2 Documento La Fe y la Inculturación (1987)

               

 

La Fe y la Inculturación (1987)[50]

 

Texto aprobado «in forma specifica» por la
Comisión Teológica Internacional
[51]

 

1. La Comisión Teológica Internacional ha tenido ocasión, muchas veces, de reflexionar sobre las relaciones entre la fe y la cultura (Véanse los textos La unidad de la fe y el pluralismo teológico (1972), Promoción humana y salvación cristiana (1976), Doctrina católica sobre el matrimonio (1977), Cuestiones selectas de Cristología (1979)). En 1984 ha hablado directamente de la inculturación de la fe en el misterio de la Iglesia, que hizo con ocasión del Sínodo extraordinario de 1985 (Temas selectos de Eclesiología (1984), 4). Por su parte, la Pontificia Comisión Bíblica tuvo su sesión plenaria de 1979 sobre el tema de la inculturación de la fe a la luz de la Escritura (Fede e cultura alla luce de la Biblia–Foi et culture à la lumière de la Bible, Torino, Editrice Elle Di Ci, 1981.).

2. Hoy la Comisión Teológica Internacional pretende llevar a cabo esta reflexión, de manera más profunda y más sistemática, por la importancia que este tema de la inculturación de la fe ha adquirido por todas partes en el mundo cristiano y por la insistencia con que el Magisterio de la Iglesia ha abordado este tema desde el Concilio Vaticano II.

3. Proporcionan la base para ello los documentos conciliares y los textos de los sínodos que los han prolongado. Así, en la constitución Gaudium et spes, el Concilio ha mostrado qué lecciones y qué consignas ha sacado la Iglesia de sus primeras experiencias de inculturación en el mundo greco-romano (cfr. GS 44). Después ha consagrado un capítulo entero de ese documento a la promoción de la cultura (el sano fomento del progreso cultural) (GS 53-62). Tras haber descrito la cultura como un esfuerzo por una más plena humanidad y por una mejor acomodación del universo, el Concilio ha considerado largamente las relaciones entre la cultura y el mensaje de la salvación. A continuación ha enunciado algunos de los deberes más urgentes de los cristianos con respecto a la cultura: defensa del derecho de todos a la cultura, promoción de una cultura integral, armonización de las relaciones entre cultura y cristianismo. El Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia y la Declaración sobre las religiones no cristianas retoman algunas de estas orientaciones. Dos sínodos ordinarios han tratado expresamente de la evangelización de las culturas, el de 1974 consagrado a la evangelización (cfr. EN 18-20) y el de 1977 sobre la formación catequética (cfr. CT 53). El Sínodo de 1985, que celebraba el vigésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, ha hablado de la inculturación como «una íntima transformación de los auténticos valores culturales por su integración en el cristia­nismo y la radicación del cristianismo en todas las culturas humanas» (Segunda Asamblea general extraordinaria (1985), Relación final Ecclesia sub verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi, II, D, 4: EV 9/1779-1818).

4. Por su parte, el papa Juan Pablo II ha asumido, de manera especial y con todo el corazón, la evangelización de las culturas: el diálogo de la Iglesia y de las culturas reviste, a sus ojos, una importancia vital para el futuro de la Iglesia y del mundo. El Santo Padre ha creado un organismo curial especia­lizado para que le ayude en esta gran obra: el Consejo Pontificio para la Cultura (Creación del Pontificio Consejo para la Cultura. Carta al Secretario de Estado, Roma, 20-V-1982: AAS 74 (1982) 683-688). Por lo demás, la Comisión Teológica Interna­cional se alegra de poder reflexionar hoy con este Dicasterio sobre la inculturación de la fe.

5. Apoyándose en la convicción de que «la Encarnación del Verbo ha sido también una encarnación cultural», el Papa afirma que las culturas comparables analógicamente con la humanidad de Cristo, en lo que tienen de bueno, pueden jugar un papel positivo de mediación para la expresión y la irradiación de la fe cristiana (Discurso a los profesores, universitarios y hombres de cultura en la Universidad de Coimbra, Portugal, 15-V-1982, 5: IGP2 V/2 (1982) 1695; Discurso a la Conferencia Episcopal de Kenia, Nairobi, 7-V-1980, 6: AAS 72 (1980) 497).

6. Dos temas esenciales están vinculados a estas perspecti­vas. En primer lugar, el de la trascendencia de la Revelación con respecto a las culturas en que se expresa. En efecto, la Palabra de Dios no podría identificarse o vincularse de modo exclusivo a los elementos de cultura que la transmiten. El evangelio, donde se implanta, impone frecuentemente incluso una conversión de las mentalidades y una enmienda de las costumbres: también las culturas deben ser purificadas y restauradas en Cristo.

7. El segundo gran tema del magisterio de Juan Pablo II se refiere a la urgencia de la evangelización de las culturas. Esta tarea supone que se comprendan y se penetren las identidades culturales particulares con una simpatía crítica y que, con un cuidado de universalidad congruente con la realidad propiamente humana de todas las culturas, se favorezcan los intercambios entre ellas. El Santo Padre fundamenta así la evangelización de las culturas sobre una concepción antropológica fuertemente enraizada en el pensamiento cristiano ya desde los Padres de la Iglesia. Porque la cultura cuando es correcta revela y fortifica la naturaleza del hombre, la impregnación cristiana de la cultura supone la superación de todo historicismo y de todo relativismo en la concepción de lo humano. La evangelización de las culturas debe, por ello, inspirarse en el amor del hombre en sí mismo y por sí mismo, especialmente en los aspectos de su ser y de su cultura que están atacados o amenazados (Discurso a la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura, 18-I-1983, 7: AAS 75 (1983) 386).

8. A la luz de este magisterio, como también de la reflexión que el tema de la inculturación de la fe ha suscitado en la Iglesia, propondremos, en primer lugar, una antropología cristiana que sitúa la naturaleza, la cultura y la gracia en su relación mutua. Veremos a continuación el proceso de inculturación que se realiza en la historia de la salvación: antiguo Israel, vida y obra de Jesús, Iglesia primitiva. Una última sección tratará de los problemas que actualmente se plantean a la fe por el encuentro con la piedad popular, las religiones no cristianas, la tradición cultural de las Iglesias jóvenes y, finalmente, los diversos aspectos de la modernidad.

 

I. Naturaleza, cultura y gracia

1. Los antropólogos recurren de buena gana, para describir o definir la cultura, a la distinción, que se hace a veces oposición, entre «naturaleza» y cultura. Por lo demás, el significado de la palabra naturaleza cambia según las diversas concepciones de las ciencias de la observación, de la filosofía y de la teología. El Magisterio entiende esta palabra en un sentido muy preciso: la naturaleza de un ser es lo que lo constituye como tal, con el dinamismo de sus tendencias hacia sus finalidades propias. Las naturalezas tienen de Dios lo que son, como también sus fines propios. Por eso están llenas de un significado en el que el hombre, en cuanto imagen de Dios, es capaz de leer «el designio querido por el Creador» (HV 13).

2. Las inclinaciones fundamentales de la naturaleza humana, expresadas por la ley natural, aparecen entonces como una expresión de la voluntad del Creador. Esta ley natural declara las exigencias específicas de la naturaleza humana, exigencias que son significativas del designio de Dios sobre su creatura razonable y libre. De este modo queda descartado todo malentendido que, percibiendo la naturaleza en un sentido univoco, reduciría el hombre a la naturaleza material.

3. A la vez, conviene considerar a la naturaleza humana según su despliegue concreto en el tiempo de la historia: lo que el hombre dotado de una libertad falible, sometida frecuente­mente a las pasiones, ha hecho de su humanidad. Esta herencia, transmitida a las generaciones nuevas, implica a la vez tesoros inmensos de sabiduría, de arte y de generosidad, y un lote considerable de desviaciones y de perversiones. La atención se dirige entonces juntamente a la naturaleza humana y a la condi­ción humana, expresión que integra datos existenciales, de los que algunos —el pecado y la gracia— tocan la historia de la salvación. Si, por tanto, utilizamos la palabra «cultura» en primer lugar en un sentido positivo —por ejemplo, como sinónima de desarrollo—, como han hecho el Concilio Vaticano II y los Papas recientes, no olvidamos que las culturas pueden perpetuar y favorecer opciones de orgullo y de egoísmo.

4. La cultura se comprende en la prolongación de las exigencias de la naturaleza humana, como cumplimiento de sus finalidades; así lo enseña especialmente la constitución Gaudium et spes: «Es propio de la persona humana no llegar a la verdadera y propia humanidad si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y los valores de la naturaleza... En sentido general, con la palabra cultura se indica todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus múltiples cualidades de alma y cuerpo» (GS 53). Los campos de la cultura son, por tanto, muchos: el hombre «procura someter el mismo orbe de la tierra por el conocimiento y el trabajo; hace más humana la vida social..., por el progreso de las costumbres y de las instituciones; finalmente expresa, conserva y comunica a través del tiempo, en sus obras, las grandes experiencias espirituales y las aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos e incluso a todo el género humano» (Ibid.).

5. El sujeto primero de la cultura es la persona humana considerada según todas las dimensiones de su ser. El hombre se cultiva —en esto consiste la finalidad primera de la cultura—, pero lo hace gracias a obras de cultura y a una memoria cultural. Así, la cultura designa también el medio en el cual y gracias al cual las personas pueden crecer.

6. La persona humana es un ser de comunión: se expande dando y recibiendo. Por ello, la persona progresa en solidaridad con los otros y a través de los lazos sociales vivos. Así, realidades como la nación, el pueblo, la sociedad, con su patrimonio cultural, constituyen para el desarrollo de la persona «un medio histórico y determinado..., del que [el hombre] obtiene los valores para promover la civilización» (Ibid.).

7. La cultura que es siempre una cultura concreta y parti­cular está abierta a los valores superiores comunes a todos los hombres. La originalidad de una cultura no significa, por tanto, repliegue sobre sí misma, sino contribución a una riqueza que es bien de todos los hombres. Por ello, el pluralismo cultural no podría interpretarse como la yuxtaposición de universos cerrados, sino como la participación en el concierto de realidades, orien­tadas todas ellas hacia los valores universales de la humanidad. Los fenómenos de penetración recíproca de las culturas, frecuentes en la historia, ilustran esta apertura fundamental de las culturas particulares a los valores comunes a todos los hombres, y por ello la apertura de las culturas entre sí.

8. El hombre es un ser naturalmente religioso. La orienta­ción hacia el Absoluto está inscrita en su ser profundo. La religión, en sentido amplio, es parte integrante de la cultura en que se enraíza y que desarrolla. Por ello, todas las grandes culturas implican la dimensión religiosa como clave de bóveda del edificio que constituyen, dimensión que inspira las grandes realizaciones que han marcado la historia milenaria de las civilizaciones.

9. En la raíz de las grandes religiones está el movimiento ascendente del hombre a la búsqueda de Dios. Purificado de sus desviaciones y defectos, este movimiento debe ser objeto de un respeto sincero. Sobre él se injerta el don de la fe cristiana. Porque lo que distingue a la fe cristiana es ser libre adhesión a la propuesta del amor gratuito de Dios que se nos revela, que nos ha dado a su Hijo único para liberamos del pecado y que ha derramado su Espíritu en nuestros corazones. En este don que Dios hace de sí mismo a la humanidad reside la radical originalidad cristiana frente a todas las aspiraciones, demandas, conquistas y adquisiciones de la naturaleza.

10. La fe cristiana, porque trasciende todo el orden de la naturaleza y de la cultura, por una parte, es compatible con todas las culturas en lo que tienen de conforme con la recta razón y la buena voluntad, y por otra parte, es ella misma, en grado eminente, un factor dinamizante de cultura. Un principio ilumina el conjunto de las relaciones entre la fe y la cultura: la gracia respeta la naturaleza, la cura de las heridas del pecado, la conforta y la eleva. La elevación a la vida divina es la finalidad específica de la gracia, pero no puede realizarse sin que la naturaleza sea sanada y sin que la elevación al orden sobrenatural lleve la naturaleza, en su línea propia, a una plenitud de perfección.

11. El proceso de inculturación puede definirse como el esfuerzo de la Iglesia por hacer penetrar el mensaje de Cristo en un determinado medio socio-cultural, llamándolo a crecer según todos sus valores propios, en cuanto son conciliables con el evangelio. El término inculturación incluye la idea de crecimiento, de enriquecimiento mutuo de las personas y de los grupos, del hecho del encuentro del evangelio con un medio social. Según Juan Pablo II, en los grandes apóstoles de los eslavos «se encuentra un ejemplo de lo que hoy se llama inculturación, a saber: la inserción del evangelio en una cultura autóctona y la intro­ducción de esa misma cultura en la vida de la Iglesia» (Encíclica Slavorum apostoli, (2-VI-1985), 21: AAS 77 (1985) 802).

 

II. Inculturación e historia de la salvación

Israel, pueblo de la Alianza.

Jesucristo, Señor y Salvador del mundo.

El Espíritu Santo y la Iglesia de los Apóstoles.

 

1. Consideramos las relaciones de la naturaleza, de la cultura y de la gracia en la historia concreta de la Alianza de Dios con la humanidad. En esta historia que comienza con un pueblo particular, culmina en un hijo de ese pueblo que es también Hijo de Dios, y a partir de él se extiende a todas las naciones de la tierra, se muestra «la admirable condescendencia de la Sabiduría eterna» (Concilio Vaticano II, Const. Dogmática Dei Verbum, 13: AAS 58 (1966) 824.).

 

Israel, pueblo de la Alianza

2. Israel se ha comprendido a sí mismo como formado de modo inmediato por Dios. También el Antiguo Testamento, la Biblia del antiguo Israel, es el testigo permanente de la revelación del Dios vivo a los miembros de un pueblo escogido. En su forma escrita, esta revelación lleva también los rasgos de las experiencias culturales y sociales del milenio en el que este pueblo y las civilizaciones circundantes se han encontrado mutuamente en la historia. El antiguo Israel ha nacido en un mundo que habrá dado ya a luz grandes culturas, y ha crecido en conexión con ellas.

3. Las más antiguas instituciones de Israel (por ejemplo, la circuncisión, el sacrificio de primavera, el reposo sabático) no le son específicas. Las ha tomado de los pueblos vecinos. Una gran parte de la cultura de Israel tiene un origen parecido. Sin embargo, el pueblo de la Biblia ha hecho que estos préstamos, cuando los ha incorporado a su fe y a su práctica religiosa, sufrieran cambios profundos. Los ha discernido a través de la fe en el Dios personal de Abrahán (creador libre y ordenador sabio del universo, en el que el pecado y la muerte no pueden tener su origen). El encuentro con este Dios, vivido en la Alianza, permitió comprender al hombre y a la mujer como seres perso­nales y, consecuentemente, rechazar los comportamientos inhu­manos inherentes a otras culturas.

4. Los autores bíblicos han utilizado y, a la vez, transfor­mado las culturas de su tiempo para narrar, a través de la historia de un pueblo, la acción salvífica que Dios hará culminar en Jesucristo, y para unir a los pueblos de todas las culturas, llamados a formar un solo cuerpo, del que Cristo es la cabeza.

5. En el Antiguo Testamento, culturas fundidas y transfor­madas son puestas al servicio de la revelación del Dios de Abrahán, vivida en la Alianza y consignada en la Escritura. Fue una preparación única, en el plano cultural y religioso, para la venida de Jesucristo. En el Nuevo Testamento, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, revelado y manifestado más profundamente en la plenitud del Espíritu, invita a todas las culturas a dejarse transformar por la vida, la enseñanza, la muerte y la resurrección de Jesucristo.

6. Aunque los paganos son «injertados en Israel» (cfr. Rm 11, 11-24), hay que subrayar que el plan original de Dios se refiere a toda la creación (cfr. Gn 1, 1-2.4a). En efecto, se concluyó una Alianza, por medio de Noé, con todos los pueblos de la tierra que están dispuestos a vivir en la justicia (cfr. Gn 9, 1-17; Eclo 44, 17-19). Esta Alianza es anterior a las que se hicieron con Abrahán y con Moisés. A partir de Abrahán, Israel está llamado a comunicar a todas las familias de la tierra las bendiciones que ha recibido (Gn 12, 1-5; Jer 4, 2; Eclo 44, 21).

7. Señalemos, por otra parte, que los diversos aspectos de la cultura de Israel no mantienen las mismas relaciones con la revelación divina. Algunos atestiguan la resistencia a la Palabra de Dios, mientras que otros expresan su aceptación. Entre estos últimos hay que distinguir todavía entre lo provisorio (prescrip­ciones rituales y judiciales) y lo permanente, de alcance universal. Ciertos elementos «en la Ley de Moisés, los profetas y los salmos» (Lc 24, 44; cfr. v. 27) tienen precisamente el sentido de ser la prehistoria de Jesús.

 

Jesucristo, Señor y Salvador del mundo

 

I. La trascendencia de Jesucristo con respecto a toda cultura

8. Una convicción domina la predicación de Jesús: en él, en su palabra y en su persona, Dios hace culminar, superándolos, los dones que ya había otorgado a Israel y al conjunto de las naciones (Mc 13, 10; Mt 12, 21; Lc 2, 32). Jesús es la luz soberana y la verdadera sabiduría para todas las naciones y todas las culturas (Mt 11, 19; Lc 7, 35). En su misma actividad muestra que el Dios de Abrahán, ya reconocido por Israel como creador y Señor (Sal 93, 1-4; Is 6, 1), se dispone a reinar sobre todos los que creerán al evangelio; más aún, Dios reina ya por Jesús (Mc 1, 15; Mt 12, 28; Lc 11, 20; 17, 21).

9. La enseñanza de Jesús, especialmente en las parábolas, no teme corregir y, si el caso lo pide, rechazar no pocas ideas sobre la naturaleza de Dios y su obrar que la historia, la religión practicada de hecho y la cultura han sugerido a sus contempo­ráneos (Mt 20, 1-16; Lc 15, 11-32; 18, 9-14).

10. La intimidad completamente filial de Jesús con Dios y la obediencia amorosa que le hace ofrecer su vida y su muerte a su Padre (Mc 14, 36) testifican que en él el designio original de Dios sobre la creación, viciado por el pecado, ha sido restaurado (Mc 1, 14-15; 10, 2-9; Mt 5, 21-48). Estamos ante una nueva creación y el nuevo Adán (Rm 5, 12-19; 1 Cor 15, 20-22). También las relaciones con Dios en muchos aspectos están profundamente cambiadas (Mc 8, 27-33; 1 Cor 1, 18-25). La novedad es tal que la maldición que golpea al Mesías crucificado se convierte en bendición para todos los pueblos (Gal 3, 13; Dt 21, 22-23), y que la fe en Jesús salvador sustituye al régimen de la Ley (Gal 3, 12-14).

11. La muerte y la resurrección de Jesús, gracias a las cuales el Espíritu ha sido derramado en los corazones, han mostrado las insuficiencias de las sabidurías y de las morales meramente humanas, e incluso de la Ley aunque dada a Moisés por Dios, todas ellas instituciones capaces de dar el conocimiento del bien, pero no la fuerza para cumplirlo; el conocimiento del pecado, pero no el poder de sustraerse a él (Rm 7, 16ss; 3,20; 7, 7; 1 Tim 1, 8).

 

II. La presencia de Cristo con respecto a la cultura y a las culturas

 

A) La particularidad de Cristo, Señor, y Salvador universal

12. La encarnación del Hijo de Dios, por haber sido integral y concreta, fue una encarnación cultural. «El mismo Cristo por su encarnación se unió a determinadas condiciones sociales y culturales de los hombres con los que convivió» (AG 10).

13. El Hijo de Dios ha querido ser un judío de Nazaret en Galilea, que hablaba arameo, estaba sometido a padres piadosos de Israel, los acompañaba al Templo de Jerusalén, donde lo encuentran «sentado en medio de los doctores, oyéndolos y preguntándoles» (Lc 2, 46). Jesús crece en medio de las costum­bres y de las instituciones de la Palestina del siglo I, aprendiendo los oficios de su época, observando el comportamiento de los pescadores, de los campesinos y de los comerciantes de su ambiente. Las escenas y los paisajes de los que se nutre la imaginación del futuro rabino son de un país y de una época bien determinados.

14. Nutrido con la piedad de Israel, formado por la ense­ñanza de la Ley y de los profetas, a la que una experiencia completamente singular de Dios como Padre permite dar una profundidad inaudita, Jesús se sitúa en una tradición espiritual bien determinada, la del profetismo judío. Como los profetas de otro tiempo, él es la boca de Dios y llama a la conversión. La manera es igualmente muy típica: el vocabulario, los géneros literarios, los procedimientos de estilo, todo recuerda la línea de Elías y Eliseo: el paralelismo bíblico, los proverbios, las paradojas, las amonestaciones, las bienaventuranzas y hasta las acciones simbólicas.

15. Jesús está de tal manera ligado a la vida de Israel que el pueblo y la tradición religiosa en que se sitúa tienen, por este mismo hecho, algo de singular en la historia de la salvación de los hombres: este pueblo elegido y la tradición religiosa que ha dejado tienen una significación permanente para la humanidad.

16. No. La encarnación no tiene nada de improvisación. El Verbo de Dios entra en una historia que lo prepara, lo anuncia y lo prefigura. Cristo, en primer lugar, se puede decir que forma cuerpo con el pueblo que Dios se ha preparado en orden del don que hará de su Hijo. Todas las palabras que han proferido los profetas preludian la Palabra subsistente que es el Hijo de Dios.

17. Así la historia de la alianza concluida con Abrahán y, por Moisés, con el pueblo de Israel, como también los libros que narran y explanan esta historia, conservan para los fieles de Jesús el papel de una pedagogía indispensable e insustituible. Por lo demás, la elección de este pueblo del que ha salido Jesús jamás ha sido revocada. Mis parientes según la carne —escribe Pablo— «son los Israelitas, de los que es la adopción filial y la gloria y la alianza y la legislación y el culto y las promesas, de los que son los padres, y de los que procede Cristo según la carne: que es sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos. Amén» (Rm 9, 3-5). El buen olivo no ha perdido sus privilegios en favor del olivo salvaje que ha sido injertado en él (Rm 11, 24).

 

B) La catolicidad del Único

18. Por muy particular que sea la condición del Verbo hecho carne —y, por tanto, de la cultura que lo acoge, lo forma y lo prolonga—, el Hijo de Dios no se ha unido primariamente a esta particularidad. Porque Dios se ha hecho hombre, ha asumido también, en cierta manera, una raza, un país y una época. «Porque en él la naturaleza humana ha sido asumida, no suprimida, también en nosotros ha sido elevada a una dignidad sublime. Pues el mismo Hijo de Dios, por su encarnación, de alguna manera, se unió con todo hombre» (GS 22).

19. La trascendencia de Cristo no lo aísla por encima de la familia humana, sino que lo hace presente a todo hombre, más allá de todo particularismo. «No se le puede considerar extranjero con respecto a nadie ni en ninguna parte» (AG 8, donde la afirmación se hace en plural hablando, a la vez, de Cristo y de la Iglesia). «Ya no hay judío ni griego, ya no hay esclavo ni libre, ya no hay varón ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 28). Cristo nos alcanza tanto en la unidad que formamos como en la multipli­cidad y en la diversidad de los individuos en que se realiza nuestra naturaleza común.

20. Sin embargo, Cristo no nos alcanzaría en la verdad de nuestra humanidad concreta si no entrara en contacto con nosotros en la diversidad y la complementariedad de nuestras culturas. En efecto, las culturas —lengua, historia, actitud general ante la vida, instituciones diversas— nos acogen, para bien o para mal, en la vida, nos acompañan y nos prolongan. Si el cosmos entero es misteriosamente el lugar de la gracia y del pecado, ¿cómo no lo serían también nuestras culturas, que son los frutos y los gérmenes de la actividad propiamente humana?

21. En el Cuerpo de Cristo, las culturas, en la medida en que son animadas y renovadas por la gracia y la fe, son, por lo demás, complementarias. Ellas permiten ver la fecundidad mul­tiforme de que son capaces las enseñanzas y las energías del mismo evangelio, así como los mismos principios de verdad, de justicia, de amor y de libertad, cuando están atravesados por el Espíritu de Cristo.

22. Finalmente hay que recordar que la Iglesia, esposa del Verbo encarnado, no se preocupa de la suerte de las diversas culturas de la humanidad por estrategia interesada. Quiere animar desde el interior estos recursos de verdad y de amor, que Dios ha dispuesto en su creación como semina Verbi; protegerlos y liberarlos del error y del pecado con que los hemos corrompido. El Verbo de Dios no viene a una creación que le sea extraña. «Todas las cosas han sido creadas por él y para él, y él es antes que todas las cosas y todas las cosas se mantienen en él» (Col 1, 16-17).

 

El Espíritu Santo y la Iglesia de los Apóstoles

 

I. De Jerusalén a las naciones: los comienzos característicos de la inculturación de la fe

23. El día de Pentecostés, la irrupción del Espíritu Santo inaugura la relación de la fe cristiana y de las culturas como un acontecimiento de cumplimiento y de plenitud: la promesa de la salvación, cumplida por Cristo resucitado, coima el corazón de los creyentes con la efusión del mismo Espíritu Santo. Las «maravillas de Dios» serán «publicadas» en adelante a todos los hombres de toda lengua y de toda cultura (Hch 2, 11). Mientras que la humanidad vive bajo el signo de la división de Babel, el don del Espíritu Santo se le ofrece como la gracia, trascendente y, sin embargo, muy humana, de la sinfonía de los corazones. La comunión divina (koinwnia) (Hch 2, 42) re-crea una nueva comunidad entre los hombres, penetrando, sin destruirlo, el signo de su división: las lenguas.

24. El Espíritu Santo no instaura una super-cultura, sino que es el principio personal y vital que va a vivificar la nueva comunidad en sinergia con sus miembros. El don del Espíritu Santo no es del orden de las estructuras, sino que la Iglesia de Jerusalén, que él forma, es koinwnia de fe y de agaph que se comunica en la pluralidad sin dividirse; es el Cuerpo de Cristo, cuyos miembros están unidos sin uniformidad. La primera prueba para la catolicidad apareció cuando diferencias ligadas a la cultura (tensiones entre Helenistas y Hebreos) amenazaban la comunión (Hch 6, 1ss). Los Apóstoles no suprimieron las diferencias, sino que desarrollaron una función esencial del Cuerpo eclesial: la diakonia al servicio de la koinwnia.

25. Para que la Buena Nueva sea anunciada a las naciones, el Espíritu Santo suscita un nuevo discernimiento en Pedro y en la comunidad de Jerusalén (Hch 10 y 11): la fe en Cristo no exige de los nuevos creyentes que abandonen su cultura para adoptar la Ley del pueblo judío: todos los pueblos están llamados a ser beneficiarios de la Promesa y a participar de la herencia confiada para ellos al Pueblo de la Alianza (Ef 2, 14-15). Por tanto, «nada más allá de lo necesario», según la decisión de la asamblea apostólica (Hch 15, 28).

26. Pero el misterio de la Cruz, escándalo para los judíos, es locura para los paganos. Aquí, la inculturación de la fe choca con el pecado radical que retiene «cautiva» (cfr. Rm 1, 18) la verdad de una cultura que no ha sido asumida por Cristo: la idolatría. Mientras el hombre «está privado de la gloria de Dios» (cfr. Rm 3, 23), todo lo que «cultiva» es imagen opaca de sí mismo. El kerigma paulino parte entonces de la Creación y de la vocación a la alianza, denuncia las perversiones morales de la humanidad ciega y anuncia la salvación en Cristo crucificado y resucitado.

27. Después de la prueba para la catolicidad entre comuni­dades cristianas culturalmente diferentes, después de las resisten­cias del legalismo judío y de la idolatría, en el gnosticismo la fe se entrega a la cultura. El fenómeno nace en la época de las últimas cartas de Pablo y de Juan; y alimentará la mayor parte de las crisis doctrinales de los siglos siguientes. Aquí la razón humana, en su estado vulnerado, rechaza la locura de la Encar­nación del Hijo de Dios e intenta recuperar el Misterio acomo­dándolo a la cultura reinante. Ahora bien, «la fe reposa no en la sabiduría de los hombres sino en el poder de Dios» (cfr. 1 Cor 2, 4ss).

 

II. La tradición apostólica: inculturación de la fe y salvación de la cultura

28. En los «últimos tiempos» inaugurados en Pentecostés, Cristo resucitado, Alfa y Omega, entra en la historia de los pueblos: desde entonces el sentido de la historia y, por tanto, de la cultura se desvela (Ap 5, 1-5), y el Espíritu Santo lo revela actualizándolo y comunicándolo a todos. La Iglesia es el sacra­mento de esta Revelación y de esta comunión. Centra toda cultura en que Cristo es acogido, colocándola en el eje «del mundo futuro», y restaura la comunión rota por el «príncipe de este mundo». La cultura está así en situación escatológica: tiende hacia su cumplimiento en Cristo, pero sólo puede ser salvada asociándose al repudio del mal.

29. Cada Iglesia local o particular tiene vocación de ser, en el Espíritu Santo, el sacramento que manifiesta a Cristo, crucifi­cado y resucitado, en la carne de una cultura particular:

a) La cultura de una Iglesia local —joven o antigua— participa del dinamismo de las culturas y de sus vicisitudes. Aunque está en situación escatológica, permanece sometida a las pruebas y a las tentaciones (cfr. Ap 2-3).

b) La «novedad cristiana» engendra en las Iglesias locales expresiones particulares culturalmente tipificadas (modalidades de las formulaciones doctrinales, simbolismos litúrgicos, tipos de santidad, directrices canónicas, etc.). Pero la comunión entre las Iglesias exige constantemente que la «carne» cultural de cada una no sirva de pantalla al mutuo reconocimiento en la fe apostólica y a la solidaridad en el amor.

c) Toda Iglesia enviada a las naciones sólo da testimonio de su Señor si con respecto a sus lazos culturales se conforma a él en la kénosis primera de su Encamación y en el abajamiento último de su Pasión vivificante. La inculturación de la fe es una de las expresiones de la Tradición apostólica, de la que Pablo subraya muchas veces cl carácter dramático (1 y 2 Cor passim).

30.  Los escritos apostólicos y los testimonios patrísticos no limitan su visión de la cultura al servicio de la evangelización, sino que la integran en la totalidad del Misterio de Cristo. Para ellos, la creación es el reflejo de la Gloria de Dios, el hombre es su icono viviente, y en Cristo se ha dado la semejanza con Dios. La cultura es el lugar en que el hombre y el mundo son llamados a encontrarse en la Gloria de Dios. El encuentro falta o se oscurece en la medida en que el hombre es pecador. En el interior de la creación cautiva se vive la gestación «del universo nuevo» (Ap 21, 5): la Iglesia «gime» (cfr. Rm 8, 18-25). En ella y por ella, las creaturas de este mundo pueden vivir su redención y su transfiguración.

 

III. Problemas actuales de inculturación

La piedad popular.

Inculturación de la fe y religiones no cristianas.

Las jóvenes Iglesias y su pasado cristiano.

La fe cristiana y la modernidad.

 

1. La inculturación de la fe que hemos considerado en primer lugar, sobre todo, desde un punto de vista filosófico (naturaleza, cultura y gracia), y después desde el punto de vista de la historia y del dogma (la inculturación en la historia de la salvación), plantea todavía problemas considerables a la reflexión teológica y a la acción pastoral Así las cuestiones que el descu­brimiento de nuevos mundos hizo surgir en el siglo XVI conti­núan preocupándonos. ¿Cómo concordar con la fe las expresio­nes espontáneas de la religiosidad de los pueblos? ¿Qué actitud adoptar frente a las religiones no cristianas, especialmente frente a aquellas que están «conexas con el progreso de la cultura»? (NA 2). En nuestro tiempo han surgido cuestiones nuevas. ¿Cómo deben considerar las «jóvenes Iglesias», nacidas en nuestro siglo de la indigenización de comunidades cristianas ya existentes, su pasado cristiano y la historia cultural de sus pueblos respectivos? Final­mente, ¿cómo debe el evangelio animar, purificar y fortificar el mundo nuevo en el que nos han hecho entrar especialmente la industrialización y la urbanización? Nos parece que estas cuatro cuestiones se imponen a quien reflexiona sobre las condiciones actuales de la inculturación de la fe.

 

La piedad popular

2. Por religiosidad popular en los países que han sido tocados por el evangelio se entiende generalmente la unión de la fe y de la piedad cristiana, por una parte, con la cultura profunda y formas de la religión anterior de las poblaciones, por otra. Se trata de esas devociones muy numerosas en que los cristianos expresan su sentimiento religioso en el lenguaje simple, entre otros, de la fiesta y de la peregrinación, de la danza y del canto. Se ha podido hablar de síntesis vital a propósito de esta piedad, ya que une «espíritu y cuerpo, comunión e institución, persona y comunidad, fe y patria, inteligencia y afecto» (DP 448). La calidad de la síntesis —como puede preverse— depende de la antigüedad y profundidad de la evangelización, así como de la compatibilidad de los antecedentes religiosos y culturales con la fe cristiana.

3. En la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, Pablo VI ha confirmado y alentado una valoración nueva de la piedad popular. «Estas expresiones [con las que se significan la búsqueda de Dios y la fe], aunque largo tiempo consideradas menos puras y, a veces, despreciadas, vuelven casi por todas partes a ser mejor estudiadas y conocidas por los hombres de nuestro tiempo» (EN 48).

4. «Si se orienta bien, sobre todo por una acción de evan­gelización —continuaba Pablo VI— la misma [piedad popular] es rica también en muchos bienes. Pues muestra una sed de Dios que sólo pueden experimentar los sencillos y pobres de espíritu; da a los hombres la capacidad de darse y entregarse hasta el heroísmo cuando se trata de confesar la fe. Trae consigo un fino sentido para poder percibir los atributos inefables de Dios: a saber, su paternidad, providencia, la presencia de su amor per­petuo y benevolente. Engendra en el interior del hombre tales actitudes que difícilmente pueden encontrarse semejantes o igua­les: a saber, la paciencia, la conciencia de que la cruz ha de ser llevada en la vida diaria, el desapego, la abierta aceptación de los demás, la observancia de las obligaciones» (Ibid.).

5. Por lo demás, la fuerza y la profundidad de las raíces de la piedad popular se han manifestado claramente en este largo período de desestima, de que hablaba Pablo VI. Las expresiones de la piedad popular han sobrevivido a las numerosas prediccio­nes de su desaparición, que la modernidad y los progresos del secularismo parecían garantizar. En muchas regiones del orbe han conservado e incluso aumentado el atractivo que ejercían sobre las multitudes.

6. Muchas veces se han denunciado las limitaciones de la piedad popular. Consisten en un cierto simplismo, fuente de diversas deformaciones de la religión, en concreto de supersti­ciones. Se permanece en el nivel de manifestaciones culturales sin que una verdadera adhesión de fe y la expresión de esta fe se comprometan en el servicio del prójimo. La piedad popular, mal orientada, puede conducir incluso a la formación de sectas y poner así en peligro la verdadera comunidad eclesial. Ulterior­mente tiene el peligro de ser manipulada, sea por poderes políticos, sea por fuerzas religiosas extrañas a la fe cristiana.

7. La conciencia de estos peligros invita a practicar una catequesis inteligente, que estime los méritos de una piedad popular auténtica y que sea, al mismo tiempo, capaz de discer­nimiento. Una liturgia viva y adaptada está igualmente llamada a jugar un gran papel en la integración de una fe muy pura y de las formas tradicionales de vida religiosa de los pueblos. Sin duda alguna, la piedad popular puede aportar una contribución insustituible a una antropología cultural cristiana que permitiría reducir la distancia, a veces trágica, entre la fe de los cristianos y ciertas instituciones socio-económicas de orientación muy di­ferente que rigen su vida diaria.

 

Inculturación de la fe y religiones no cristianas

I. Las religiones no cristianas

8. Desde sus orígenes, la Iglesia ha encontrado, en muchos niveles, la cuestión de la pluralidad de las religiones. Todavía hoy, los cristianos constituyen sólo alrededor de un tercio de la población mundial. Por lo demás, tendrán que vivir en un mundo que experimenta una simpatía creciente por el pluralismo en materia religiosa.

9. Teniendo en cuenta el puesto importante de la religión en la cultura, una Iglesia local o particular implantada en un medio socio-cultural no cristiano debe tener en cuenta muy seriamente los elementos religiosos de este medio. Esta preocu­pación, por lo demás, será a la medida de la profundidad y de la vitalidad de estos datos religiosos.

10. Si se puede tomar un continente como ejemplo, habla­remos de Asia, que ha visto nacer muchas de las grandes corrientes religiosas del mundo. El hinduismo, el budismo, el Islam, el confucionismo, el taoísmo y el sintoísmo, aunque ciertamente cada uno de estos sistemas religiosos en partes distintas del continente, están profundamente enraizados en los pueblos y muestran mucho vigor. La vida personal, como tam­bién la actividad social y comunitaria, han sido marcadas, de manera decisiva, por estas tradiciones religiosas y espirituales. También las mismas Iglesias de Asia consideran la cuestión de las religiones no cristianas como una de las más importantes y urgentes. Son incluso el objeto de esa forma privilegiada de relación que es el diálogo.

II. El diálogo de las religiones

11. El diálogo con las otras religiones es parte integrante de la vida de los cristianos: por el intercambio, el estudio y el trabajo en común, este diálogo contribuye a una mejor inteligen­cia de la religión del otro y al crecimiento en la piedad.

12. Para la fe cristiana, la unidad de todos en su origen y en su destino, es decir, en la creación y en la comunión con Dios en Jesucristo, va acompañada de la presencia y de la acción universal del Espíritu Santo. La Iglesia en diálogo escucha y aprende. «La Iglesia católica no rechaza nada de lo que es verdadero y santo en estas religiones. Con sincero respeto considera aquellas maneras de obrar y vivir, aquellos preceptos y doctrinas que, aunque discrepen en muchos puntos de los que ella tiene y propone, sin embargo frecuentemente traen consigo un rayo de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres» (NA 2).

13. Este diálogo tiene algo de original, ya que, como lo atestigua la historia de las religiones, la pluralidad de las religiones ha engendrado frecuentemente discriminación y celos, fanatismo y despotismo, cosas todas que han valido a la religión la acusación de ser fuente de división en la familia humana. La Iglesia, «sacramento universal de salvación» (LG 48), es decir, «signo e instru­mento de la unión intima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 1), es llamada por Dios a ser ministra e instru­mento de la unidad en Jesucristo para todos los hombres y todos los pueblos.

 

III. La trascendencia del evangelio con respecto a la cultura

14. Sin embargo, no podemos olvidar la trascendencia del evangelio con respecto a todas las culturas humanas en las que la fe cristiana tiene vocación de enraizarse y de desarrollarse según todas sus virtualidades. En efecto, por grande que deba ser el respeto por lo que es verdadero y santo en la herencia cultural de un pueblo, sin embargo esta actitud no pide que se preste un carácter absoluto a esta herencia cultural. Nadie puede olvidar que, desde los orígenes, el evangelio ha sido «escándalo para los judíos y locura para los gentiles» (1 Cor 1,23). La inculturación que toma el camino del diálogo entre las religiones no podría, en modo alguno, dar ocasión al sincretismo.

 

Las jóvenes Iglesias y su pasado cristiano

15. La Iglesia prolonga y actualiza el misterio del Siervo de Yahveh, al que ha sido prometido: «te pondré como luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta los confines de la tierra» (Is 49, 6); él será «la Alianza del pueblo» (Is 49, 8). Esta profecía se realiza en la última Cena, cuando, la víspera de su Pasión, Cristo, rodeado de los Doce, da a los suyos su cuerpo y su sangre como comida y bebida de la Nueva Alianza, asimilándolos así en su propio cuerpo. Nacía la Iglesia, pueblo de la Nueva Alianza. En Pentecostés recibirá el Espíritu de Cristo, el Espíritu del Cordero inmolado desde los orígenes y que ya trabajaba para satisfacer el anhelo tan profundamente enraizado en los seres humanos: la unión más radical en el respeto más radical de la diversidad.

16. En virtud de la comunión católica que une todas las Iglesias particulares en una misma historia, las jóvenes Iglesias consideran el pasado de las Iglesias que les han dado nacimiento como una parte de su propia historia. Sin embargo, el acto decisivo de interpretación que señala su madurez espiritual con­siste en reconocer esta anterioridad como originaria y no sólo como histórica. Esto significa que, acogiendo con fe el evangelio que les han anunciado las Iglesias más antiguas, las jóvenes Iglesias han acogido al mismo «guía del camino de la fe» (Hb 12, 2) y la entera Tradición en la que la fe está atestiguada, así como la capacidad de engendrar formas originales en que se expresará la fe única y común. Iguales en dignidad, viviendo del mismo misterio, auténticas Iglesias-hermanas, las jóvenes Iglesias manifi estan, juntamente con las que les son mayores, la plenitud del misterio de Cristo.

17. La Iglesia, pueblo de la Nueva Alianza, en cuanto que hace memoria del misterio pascual y anuncia sin cesar la vuelta del Señor, puede decirse escatología comenzada de las tradiciones culturales de los pueblos, a condición, sin duda, de que estas tradiciones hayan sido sometidas a la ley purificadora de la muerte y de la resurrección en Jesucristo.

18. Como san Pablo en el Areópago de Atenas, la joven Iglesia hace una lectura nueva y creativa de la cultura ancestral. Cuando esta cultura pasa a Cristo, «se quita el velo» (2 Cor 3, 16). En el tiempo de incubación de la fe, esta Iglesia había descubierto a Cristo como «exegeta y exégesis» del Padre en el Espíritu (cfr. H. De Lubac, Exégèse médiévale, t. 1 (París 1959) 322-324. Pio XII, Encíclica Summi Pontificatus (20-X-1939): AAS 31 (1939) 429); por lo demás, no cesa de contemplarlo como tal. Ahora lo descubre «exegeta y exégesis» del hombre, fuente y destinatario de la cultura. Al Dios desconocido, revelado en la cruz, corresponde el hombre desconocido que la joven Iglesia anuncia en su cualidad de misterio pascual vivo, inaugurado por gracia en la antigua cultura.

19. En la salvación que hace presente, la joven Iglesia se esfuerza por encontrar todos los vestigios de la solicitud de Dios por un grupo humano particular, los semina Verbi. Lo que el pró­logo de la Carta a los Hebreos dice de los Padres y de los pro­fetas, puede tomarse y vale, de alguna manera, analógicamente de toda cultura humana con respecto a Jesucristo, en lo que es recto y verdadero en las culturas y en lo que contienen de sa­biduría.

 

La fe cristiana y la modernidad

20. Las mutaciones técnicas que han provocado la revolu­ción industrial y después la revolución urbana han afectado al alma profunda de las poblaciones, beneficiarias y también muy frecuentemente víctimas de estos cambios. Por ello, se impone a los creyentes, como una tarea urgente y difícil, comprender la cultura moderna en sus rasgos característicos, como también en sus expectaciones y sus necesidades con respecto a la salvación aportada por Jesucristo.

21. La revolución industrial fue igualmente una revolución cultural. Valores asegurados hasta entonces se pusieron en cues­tión, como el sentido del trabajo personal y comunitario, la relación directa del hombre a la naturaleza, la pertenencia a una familia de apoyo tanto en la cohabitación como en el trabajo, el enraizamiento en comunidades locales y religiosas de dimensiones humanas, la participación en tradiciones, ritos, ceremonias y celebraciones que dan sentido a los grandes momentos de la existencia. La industrialización, provocando un amontonamiento desordenado de las poblaciones, aporta graves perjuicios a estos valores seculares, sin suscitar comunidades capaces de integrar nuevas culturas. En un momento en que los pueblos más indefensos están buscando un modelo apropiado de desarrollo, se perciben mejor tanto las ventajas como los riesgos y los costes humanos de la industrialización.

22. Se han realizado grandes progresos en muchos campos de la vida: alimentación, salud, educación, transportes, acceso a los bienes de consumo de toda especie. Sin embargo, inquietudes profundas surgen en el inconsciente colectivo. En muchos países, la idea de progreso ha cedido el puesto, sobre todo después de la segunda guerra mundial, al desencanto. La racionalidad en materia de producción y de administración, cuando olvida el bien de las personas, trabaja contra la razón. La emancipación con respecto a las comunidades de pertenencia ha enterrado al hombre en la multitud solitaria. Los nuevos medios de comuni­cación destruyen de la misma manera que pueden unir. La ciencia por las creaciones técnicas que son su fruto, aparece, a la vez, creadora y homicida. Por ello, algunos desesperan de la moder­nidad y hablan de una nueva barbarie. A pesar de tantos fracasos y faltas, es necesario esperar una reacción moral de todas las naciones, ricas y pobres. Si el evangelio es predicado y escuchado, es posible una conversión cultural y espiritual: ésta llama a la solidaridad, al cuidado por el bien integral de la persona, a la promoción de la justicia y de la paz, a la adoración del Padre, del que procede todo bien.

23. La inculturación del evangelio en las sociedades moder­nas exigirá un esfuerzo metódico de búsqueda y de acción concertadas. Este esfuerzo supondrá en los responsables de la evangelización: 1) una acritud de acogida y de discernimiento crítico; 2) la capacidad de percibir las expectaciones espirituales y las aspiraciones humanas de las nuevas culturas; 3) la aptitud para el análisis cultural en orden a un encuentro efectivo con el mundo moderno.

24. En efecto, se requiere una actitud de acogida en quien quiere comprender y evangelizar el mundo de este tiempo. La modernidad está acompañada de progresos innegables en muchos campos, materiales y culturales: bienestar, movilidad humana, ciencia, investigación, educación, nuevo sentido de la solidaridad. Además, la Iglesia del Vaticano II ha tomado una viva conciencia de las nuevas condiciones en las que debe ejercer su misión, y en las culturas de la modernidad se construye la Iglesia de mañana. A propósito del discernimiento se aplica la consigna tradicional repetida por Pío XII: hay que «conocer más y mejor la cultura y las instituciones de los diversos pueblos y cultivar y promover sus valores y dotes espirituales... Todo lo que en las costumbres de los pueblos no está indisolublemente ligado a supersticiones y errores debe considerarse siempre con benevo­lencia y, si es posible, conservarse intacto y protegido» (Encíclica Summi Pontificatus (20-X-1939): AAS 31 (1939) 429).

        25. El evangelio suscita cuestiones fundamentales en quien reflexiona sobre el comportamiento del hombre moderno: ¿Có­mo hacer comprender a este hombre la radicalidad del mensaje de Cristo: la caridad incondicional, la pobreza evangélica, la adoración del Padre y el asentimiento constante a su voluntad? ¿Cómo educar en el sentido cristiano del sufrimiento y de la muerte? ¿Cómo suscitar la fe y la esperanza en la obra de resurrección realizada por Cristo?

26. Tenemos que desarrollar una capacidad de analizar las culturas, de percibir sus incidencias morales y espirituales. Se impone una movilización de toda la Iglesia, para afrontar con éxito la tarea sumamente compleja de la inculturación del evan­gelio en el mundo moderno. En esta materia debemos abrazar la preocupación de Juan Pablo II. «Desde el comienzo de mi pontificado he considerado que el diálogo de la Iglesia con las culturas de nuestro tiempo era un campo vital, en el que está en juego el destino del mundo en este final de siglo XX» (Creación del Pontificio Consejo para la Cultura. Carta al Secretario de Estado, Roma, 20-V-1982: AAS 74 (1982) 683).

 

Conclusión

1. Pablo VI, después de haber dicho que es necesario «tocar y como revolucionar, con la fuerza del evangelio, las normas de juicio, los valores principales, los centros de interés y los modos de pensar, las fuentes de inspiración y los modelos de vida de la humanidad que contrastan con la palabra de Dios y el designio de la salvación» (EN 19), añadía que «hay que evangelizar —no por fuera, como si se tratara de añadir un adorno o un color externo, sino por dentro, a partir del centro de la vida y hasta las raíces de la vida—, o sea, penetrar con el evangelio las culturas y también la cultura del hombre, en el sentido amplísimo y riquísimo que estas palabras reciben en la constitución Gaudium et spes... El Reino que se anuncia en el evangelio, se vive por hombres que están imbuidos por una determinada cultura como propia, y para edificar el Reino hay que emplear necesariamente ciertos elementos de la cultura y de las culturas humanas» (EN 20).

2. Por su parte, Juan Pablo II afirmaba: «En este final del siglo XX, la Iglesia debe hacerse toda a todos, encontrándose con simpatía con las culturas de hoy. Hay todavía ambientes y mentalidades, así como países y regiones enteras, que deben ser evangelizados, lo que supone un largo y valiente proceso de inculturación para que el evangelio penetre el alma de las culturas, respondiendo así a sus expectaciones más altas y haciéndolas crecer a la misma medida de la fe, de la esperanza y de la caridad cristiana. A veces, las culturas no han sido todavía tocadas más que superficialmente y, en todo caso, porque se transforman sin cesar, exigen un acercamiento renovado... Además, aparecen nuevos sectores de cultura con objetivos, métodos y lenguajes diversos» (Discurso a la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura, 18-I-1983, 4: AAS 75 (1983) 384).

 

NOTA ANEXA

Para guiar a los lectores en la eventual publicación de las diferentes relaciones preparatorias, damos aquí su lista. En efecto, el R. P. Gilles Langevin, S. I., presidente de la subcomisión y redactor principal, a partir de esos trabajos (que continúan siendo de sus autores, ya que fueron escritos por ellos bajo su propia responsabilidad), ha redactado la síntesis que la Comisión Teológica Internacional ha aprobado con tres votaciones sucesivas, de las que las dos primeras aportaron correc­ciones importantes.

He aquí el conjunto de los temas tratados:

I. Diversos aspectos de la reflexión y de la acción de la Iglesia sobre el problema de la inculturación:

1. Estado de la cuestión por lo que se refiere al Magisterio:

1) El Concilio Vaticano II y los Sínodos (Prof. Philippe Delhaye).

2) Las alocuciones pontificias (Prof. André Jean Léonard).

2. La teología y la acción pastoral:

1) En Asia (Prof. Peter Miyakawa).

2) En África (Prof. James Okoye).

3) En América Latina (Prof. José Miguel Ibáñez Langlois).

4) En el Mundo Atlántico (Prof. Giuseppe Colombo).

II. Sagrada Escritura y Teología

1. Dios Padre: Antiguo Testamento y Judaísmo (Dr. Hans Urs von Balthasar).

1) La asunción de la naturaleza humana (Prof. Gilles Langevin)

2) La salvación y la divinización (Prof. Francis Moloney).

3. El Espíritu Santo y la Iglesia (Prof. Jean Corbon).

III. Antropología

La naturaleza creada, caída y redimida (Prof. Georges Cottier).

IV. Eclesiología: la comunidad cristiana y las comunidades humanas

1. Las religiones no cristianas (Prof. Felix Wilfred).

2. Las relaciones de las jóvenes Iglesias con las tradiciones eclesiásticas antiguas (Prof. Barthélemy Adoukonou).

Documento en forma de conclusión pastoral: La modernidad (Prof. Hervé Carrier).

 

4.2.2 La interpretación de la Biblia en la Iglesia (21-IX-1993) [52]

IV. B Inculturación

Al esfuerzo de actualización, que permite a la Biblia continuar siendo fecunda a través de la diversidad de los tiempos, corresponde el esfuerzo de inculturación, para la diversidad de lugares, que asegura el enraizamiento del mensaje bíblico en los más diversos terrenos. Esta diversidad no es, por lo demás, jamás completa. Toda cultura auténtica, en efecto, es portadora, a su modo de valores universales establecidos por Dios.

El fundamento teológico de la inculturación es la convicción de fe, que la Palabra de Dios trasciende las culturas en las cuales se expresa, y tiene la capacidad de propagarse en otras culturas, de modo que pueda llegar a todas las personas humanas en el contexto culturas donde viven. Esta convicción emana de la Biblia misma, que desde el libro del Génesis toma una orientación universal (Gn 1, 27-28), la mantiene luego en la bendición prometida a todos los pueblos gracias a Abrahán y a su descendencia (Gn 12, 3; 18, 18) y la confirma definitivamente extendiendo a «todas las naciones» la evangelización cristiana (Mt 28, 18-20; Rm 4, 16-17; Ef 3, 6).

La primera etapa de la inculturación consiste en traducir en otra lengua la Escritura inspirada. Esta etapa ha sido franqueada ya en otros tiempos del Antiguo Testamento, cuando se tradujo oralmente el texto hebreo de la Biblia en arameo (Ne 8, 8.12) y más tarde, por escrito, en griego. Una traducción, en efecto, es siempre más que una simple transcripción del texto original. El paso de una lengua a otra comporta necesariamente un cambio de contexto cultural: los conceptos no son idénticos y el alcance de los símbolos es diferente, ya que ellos ponen en relación con otras tradiciones de pensamiento y otras maneras de vivir.

Escrito en griego, el Nuevo Testamento está marcado todo él por un dinamismo de inculturación, ya que traspone en la cultura judío-helenística el mensaje palestino de Jesús, manifestando por ello mismo una clara voluntad de superar los límites de un medio cultural único.

Aunque es una etapa fundamental, la traducción de los textos bíblicos no basta, sin embargo, para asegurar una verdadera inculturación. Esta se debe continuar, gracias a una interpretación que ponga el mensaje bíblico en relación más explícita con los modos de sentir, de pensar, de vivir y de expresarse, propios de la cultura local. De la interpretación se pasa enseguida a otras etapas de inculturación, que llegan a la formación de una cultura local cristiana, extendiéndose a todas las dimensiones de la existencia (oración, trabajo, vida social, costumbres, legislación, ciencias, artes, reflexión filosófica y teológica). La Palabra de Dios es, en efecto, una semilla, que saca de la tierra donde se encuentra los elementos útiles para su crecimiento y fecundidad (cfr. AG 22). En consecuencia, los cristianos deben procurar discernir «qué riquezas, Dios, en su generosidad, ha dispensado a las naciones; deben al mismo tiempo esforzarse por iluminar estas riquezas con la luz evangélica, por liberarlas, y conducirlas bajo la autoridad de Dios Salvador» (AG 11).

No se trata, ya se ve, de un proceso en un sentido único, sino de una «mutua fecundación». Por una parte, las riquezas contenidas en las diversas culturas permiten a la Palabra de Dios producir nuevos frutos; y por otra, la luz de la Palabra de Dios permite operar una selección en lo que aportan las culturas, para rechazar los elementos dañosos y favorecer el desarrollo de los elementos válidos. La completa fidelidad a la persona de Cristo, al dinamismo de su misterio pascual, y a su amor por la Iglesia, permite evitar dos soluciones falsas: la de la «adaptación» superficial del mensaje, y la confusión sincretista (cfr. AG 22).

En el Oriente y en el Occidente cristianos, la inculturación de la Biblia se ha efectuado desde los primeros siglos y ha manifestado una gran fecundidad. Pero no se la puede considerar, sin embargo, concluida. Hay que reanudarla constantemente, en relación con la continua evolución de las culturas. En los países de evangelización más reciente, el problema se presenta en términos diferentes. Los misioneros, en efecto, aportan inevitablemente la Palabra de Dios bajo la forma en la cual se ha inculturado en sus países de origen. Las nuevas Iglesias locales deben realizar grandes esfuerzos para pasar de esta forma extranjera de inculturación de la Biblia a otra forma, que corresponda a la cultura del propio país.

 

4.2.3 Guía para los catequistas (3-XII-1993) [53]

12. Necesidad de la inculturación. Como toda la actividad evangelizadora, también la catequesis está llamada a llevar la fuerza del Evangelio al corazón de la cultura y de las culturas. El proceso de inculturación requiere largo tiempo porque es un proceso profundo, global y gradual. A través de él, como explica Juan Pablo II, "la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; trasmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro".

Los catequistas, en cuanto apóstoles, están implicados necesariamente en el dinamismo de este proceso. Además, con una preparación específica, que no puede prescindir del estudio de la antropología cultural y de los idiomas más idóneos a la inculturación, se les debe ayudar a operar por su parte y en la pastoral de conjunto, siguiendo las directivas de la Iglesia acerca de este tema particular, que podemos sintetizar así:

- El mensaje evangélico, aunque no se identifica nunca con una cultura, necesariamente se encarna en las culturas. De hecho, desde el comienzo del cristianismo, se ha encarnado en algunas culturas. Hay que tener en cuenta esto para no privar a las Iglesias jóvenes de valores que ya son patrimonio de la Iglesia universal.

- El Evangelio tiene una fuerza regeneradora, capaz de rectificar no pocos elementos de las culturas en las que penetra, cuando no son compatibles con él.

- El sujeto principal de la inculturación son las comunidades eclesiales locales, que viven una experiencia cotidiana de fe y caridad, insertadas en una determinada cultura, corresponde a los Pastores indicar las pistas principales que se deben recorrer para destacar los valores de una determinada cultura; los expertos sirven de estímulo y ayuda.

- La inculturación es genuina si se guía por estos dos principios: se basa en la Palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura y avanza de acuerdo con la Tradición de la Iglesia y las directivas del Magisterio, y no contradice la unidad deseada por el Señor.

- La piedad popular, entendida como conjunto de valores, creencias, actitudes y expresiones propias de la religión católica y purificada de los defectos debidos a la ignorancia o a la superstición, expresa la sabiduría del Pueblo de Dios y es una forma privilegiada de inculturación del Evangelio en una determinada cultura.

Para participar positivamente en ese proceso, el catequista deberá atenerse a estas directivas que favorecen en él una actitud clarividente y abierta; insertarse con toda seriedad en el plan de pastoral aprobado por la autoridad competente de la Iglesia, sin aventurarse en experiencias particulares que podrían desorientar a los demás fieles; y reavivar la esperanza apostólica, convencido de que la fuerza del Evangelio es capaz de penetrar en cualquier cultura, enriqueciéndola y fortaleciéndola desde dentro.

 

4.2.4 Instrucción Varietates Legitimae, sobre la Liturgia romana y la Inculturación (25-I-1994) [54]

 

INTRODUCCIÓN

1. Desde antiguo se ha admitido en el rito romano una diversidad legítima y también recientemente ha sido prevista por el concilio Vaticano II en la constitución Sacrosanctum concilium, especialmente para las misiones (1). «La Iglesia no pretende imponer una rígida uniformidad en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la comunidad, ni siquiera en la liturgia» (2). Por el contrario, habiendo reconocido en el pasado y en la actualidad diversidad de formas y de familias litúrgicas, considera que tal diversidad no perjudica su unidad sino que la enriquece (3).

2. En su carta apostólica Vicesimus quintus annus, el Papa Juan Pablo II ha señalado, como un cometido importante para la renovación litúrgica, la tarea de enraizar la liturgia en las diversas culturas (4). Esta tarea, prevista en las precedentes Instrucciones y en los libros litúrgicos, debe proseguir, a la luz de la experiencia, asumiendo, donde sea necesario, los valores culturales «que puedan armonizarse con el verdadero y auténtico espíritu litúrgico, respetando la unidad substancial del rito romano expresada en los libros litúrgicos» (5).

Naturaleza de esta Instrucción

3. Por mandato del Sumo Pontífice, la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos ha preparado esta Instrucción en la que se concretizan las Normas para adaptar la liturgia a la mentalidad y tradiciones de los pueblos, contenidas en los artículos 37-40 de la constitución Sacrosanctum concilium; se explican de un modo más preciso ciertos principios, expresados en términos generales en estos artículos, las prescripciones se aclaran de forma más apropiada y, por fin, se determina el orden a seguir para observarlas, de manera que se pongan en práctica únicamente según estas prescripciones. Mientras los principios teológicos concernientes a las cuestiones de fe e inculturación tienen todavía necesidad de ser profundizados, ha parecido bien a este dicasterio ayudar a los obispos y las Conferencias episcopales a considerar las adaptaciones ya previstas en los libros litúrgicos o llevarlas a la práctica según el derecho; a efectuar un examen crítico de lo que se ha podido acordar y, por fin, si la necesidad pastoral en ciertas culturas hace urgente una forma de adaptación litúrgica, que la constitución llama «más profunda» y que al mismo tiempo implica «mayores dificultades», a organizar según derecho su uso y práctica de una manera más apropiada.

Observaciones preliminares

4. La constitución Sacrosanctum concilium ha hablado de la adaptación de la liturgia indicando algunas formas (6). Luego, el magisterio de la Iglesia ha utilizado el término «inculturación» para designar de una forma más precisa «la encarnación del Evangelio en las culturas autóctonas y al mismo tiempo la introducción de estas culturas en la vida de la Iglesia» (7). «La "inculturación" significa una íntima transformación de los auténticos valores culturales por su integración en el cristianismo y el enraizamiento del cristianismo en las diversas culturas humanas» (8).

El cambio de vocabulario se comprende también en el mismo campo de la liturgia. El término «adaptación», tomado del lenguaje misionero, hace pensar en modificaciones sobre todo pun­tuales y externas (9). La palabra «inculturación» sirve mejor para indicar un doble movimiento. «Por la inculturación, la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, ella introduce los pueblos con sus culturas en su propia comunidad» (10). Por una parte, la penetración del Evangelio en un determinado medio sociocultural «fecunda como desde sus entrañas las cualidades espirituales y los propios valores de cada pueblo (...), los consolida, los perfecciona y los restaura en Cristo» (11). Por otra, la Iglesia asimila estos valores, en cuanto son compatibles con el Evangelio, «para profundizar mejor el mensaje de Cristo y expresarlo más perfectamente en la celebración litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de fieles» (12). Este doble movimiento que se da en la tarea de la «inculturación» expresa así uno de los componentes del misterio de la Encarnación (13).

5. La inculturación así entendida tiene su lugar en el culto co­mo en otros campos de la vida de la Iglesia (14). Constituye uno de los aspectos de la inculturación del Evangelio, que exige una verdadera integración (15), en la vida de fe de cada pueblo, de los valores permanentes de una cultura más que de sus expresiones pasajeras. Debe, pues, ir unida inseparablemente a una acción más vasta y a una pastoral concertada que mire al conjunto de la condición humana (16).

Como todas las formas de la acción evangelizadora, esta tarea compleja y paciente exige un esfuerzo metódico y progresivo de investigación y de discernimiento (17). La inculturación de la vida cristiana y de sus celebraciones litúrgicas para el conjunto de un pueblo sólo podrá ser el fruto de una maduración progresiva en la fe (18).

6. La presente Instrucción tiene en cuenta situaciones muy diversas. En primer lugar los países de tradición no cristiana, donde el Evangelio ha sido anunciado en la época moderna por misioneros que han llevado al mismo tiempo el rito romano. Resulta actualmente más claro que «al entrar en contacto con las culturas, la Iglesia debe acoger todo lo que, en las tradiciones de los pueblos, es compatible con el Evangelio a fin de comunicarles las riquezas de Cristo y enriquecerse ella misma con la sabiduría multiforme de las naciones de la tierra» (19).

7. Distinta es la situación de los países de antigua tradición cristiana occidental, donde la cultura ha sido impregnada a lo largo de los siglos por la fe y la liturgia expresada por el rito ro­mano. Esto ha facilitado, en estos países, la aceptación de la reforma litúrgica, de manera que las medidas de adaptación previstas en los libros litúrgicos deberían ser suficientes, en su con­junto para dar paso a las legítimas diversidades locales (cf. nn. 53-61). En algunos países, sin embargo, donde coexisten varias culturas sobre todo a causa de los movimientos de inmigración, hay que tener en cuenta los problemas particulares que esto plantea (cf. n. 49).

8. Así mismo, hay que prestar atención a la situación de países de tradición cristiana o no, en que se ha establecido una cultura que muestra indiferencia o desinterés por la religión (20). En estos casos de lo que hay que hablar no es de inculturación de la liturgia, pues no se trata aquí de asumir valores religiosos preexistentes, sino de insistir en la formación litúrgica (21) y de hallar los medios más aptos para llegar a la mente y al corazón.

 

EL PROCESO DE INCULTURACIÓN A LO LARGO DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

9. Las cuestiones que suscita actualmente la inculturación del rito romano pueden encontrar alguna aclaración en la historia de la salvación. El proceso de inculturación ya fue planteado de formas diversas.

Israel conservó a lo largo de su historia la certeza de ser el pueblo elegido por Dios, testigo de su acción y de su amor en medio de las naciones. Tomó de los pueblos vecinos ciertas for­mas de culto, pero su fe en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob las modificó profundamente, primeramente en su sentido y muchas veces en su forma, para celebrar el memorial de las maravillas de Dios en su historia incorporando estos elementos a su práctica religiosa.

El encuentro del mundo judío con la sabiduría griega dio lugar a una nueva forma de inculturación: la traducción de la Biblia al griego introdujo la palabra de Dios en un mundo que le estaba cerrado y originó, bajo la inspiración divina, un enriquecimiento de las Escrituras.

10. La ley de Moisés, los profetas y los salmos (cf. Lc 24, 27 y 44) estaban destinados a preparar la venida del Hijo de Dios entre los hombres. El Antiguo Testamento, por el hecho de comprender la vida y la cultura del pueblo de Israel, es historia de salvación.

Al venir a la tierra, el Hijo de Dios, «nacido de mujer, nacido bajo la ley», (Ga 4, 4) se sometió a las condiciones sociales y culturales de los hombres con los que vivió y oró (22), Al hacerse hombre asumió un pueblo, un país y una época, pero en virtud de la común naturaleza humana, «en cierto modo, se unió a todo hombre» (23). Pues «todos estamos en Cristo y la naturaleza común de la humanidad recibe en él nueva vida. Por eso se le llama el nuevo Adán» (24).

11. Cristo, que quiso compartir nuestra condición humana (cf. Hb 2, 14), murió por todos, para reunir a los hijos de Dios dispersos (cf. Jn 11, 52). Con su muerte hizo caer el muro de separación entre los hombres, haciendo de Israel y de las naciones un solo pueblo. Por la fuerza de su resurrección, atrae a sí a todos los hombres y crea en sí un solo Hombre nuevo (cf. Ef 2, 14-16; Jn 12, 32). En él cada uno puede llegar a ser una criatura nueva, pues un mundo nuevo ha nacido ya (cf. 2 Co 5, 16-17). En él la tiniebla deja paso a la luz, las promesas se hacen realidad y todas las aspiraciones religiosas de la humanidad encuentran su cumplimiento. Por el ofrecimiento de su cuerpo, hecho una vez por todas (cf. Hb 10, 10), Cristo Jesús establece la plenitud del culto en espíritu y en verdad en una novedad que deseaba para sus discípulos (cf. Jn 4, 23-24).

12. «En Cristo (...) se nos dio la plenitud del culto divino» (25). En él tenemos el sumo sacerdote por excelencia, tomado de entre los hombres (cf. Hb 5, 1-5 10, 19-21), muerto en la carne, vivificado en el espíritu (cf. 1 P 3, 18). Cristo Señor, de su nuevo pueblo hizo «un reino y sacerdotes para Dios, su Padre» (cf. Ap 1, 6; 5, 9-10) (26). Pero antes de inaugurar con su sangre el misterio pascual (27), que constituye lo esencial del culto cristiano (28), Cristo ha querido instituir la Eucaristía, memorial de su muerte y resurrección, hasta que vuelva. Aquí se encuentra el principio de la liturgia cristiana y el núcleo de su forma ritual.

13. En el momento de subir al Padre, Cristo resucitado prometió a sus discípulos su presencia y les envió a proclamar el Evangelio a toda la creación y a hacer discípulos de todos los pue­blos, bautizándolos (cf. Mt 28, 19; Mc 16, 15; Hch 1, 8). El día de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo creó la nueva comunidad entre los hombres, reuniéndolos a todos por encima de su mayor signo de división: las lenguas (cf. Hch 2, 1-11). Y las maravillas de Dios serán proclamadas a todos los hombres, de toda lengua y cultura (cf. Hch 10, 44-48). Los hombres rescatados por la sangre del Cordero y unidos en una comunión fraterna (cf. Hch 2, 42) son llamados de toda tribu, lengua pueblo y nación (cf. Ap 5, 9).

14. La fe en Cristo ofrece a todos los pueblos la posibilidad de beneficiarse de la promesa y de participar en la herencia del pueblo de la Alianza (cf. Ef 3, 6) sin renunciar a su propia cultura. Bajo el impulso del Espíritu Santo, san Pablo, después de san Pedro (cf. Hch 10), abrió el camino de la Iglesia (cf. Ga 2, 2-10) sin circunscribir el Evangelio a los límites de la ley mosaica, sino conservando lo que él había recibido de la tradición que procede del Señor (cf. 1 Co 11, 23). Así, desde los primeros tiempos, la Iglesia no ha exigido a los convertidos no circuncisos «nada más allá de lo necesario», según la decisión de la asamblea apostólica de Jerusalén (Hch 15, 28).

15. Al reunirse para la fracción del pan el primer día de la semana, que pasó a ser el día del Señor (cf. Hch 20 7, Ap 1, 10), las primeras comunidades cristianas siguieron el mandato de Jesús que, en el contexto del memorial de la Pascua judía, instituyó el memorial de su pasión. En la continuidad de la única historia de la salvación tomaron espontáneamente formas y textos del culto judío adaptándolos previamente para expresar la novedad radical del culto cristiano (29). Así, bajo la inspiración del Espíritu Santo, se hizo el discernimiento entre lo que podía o debía ser conservado de la tradición cultural judía y lo que debía cambiar.

16. La expansión del Evangelio en el mundo hizo que surgieran otras formas rituales en las Iglesias que procedían de la gentilidad, formas influenciadas por otras tradiciones culturales. Y, siempre bajo la luz del Espíritu Santo, se realizó el adecuado discernimiento entre los elementos procedentes de culturas «paganas» para distinguir lo que era incompatible con el cristianismo y lo que podía ser asumido por él, en armonía con la tradición apostólica y en fidelidad al Evangelio de la salvación.

17. La creación y el desarrollo de las formas de la celebración cristiana se han realizado gradualmente según las condiciones locales de las grandes áreas culturales en que se ha difundido el Evangelio. Así se han formado las diversas familias litúrgicas del Occidente y del Oriente cristiano. Su rico patrimonio conserva fielmente la plenitud de la tradición cristiana (30). La Iglesia de Occidente ha tomado del patrimonio de las familias litúrgicas de Oriente algunos elementos para su liturgia (31). La Iglesia de Roma adoptó en su liturgia la lengua viva del pueblo, el griego primero, después el latín y, como las demás Iglesias latinas, aceptó en su culto elementos importantes de la vida social de Occidente dándoles una significación cristiana. A lo largo de los siglos el rito romano ha demostrado repetidamente su capacidad de integrar textos, cantos, gestos y ritos de diversa procedencia (32) y ha sabido adaptarse a las culturas locales en países de misión (33), aunque en algunas épocas ha prevalecido la preocupación de la uniformidad litúrgica.

18. El concilio Vaticano II, ya en tiempos recientes, ha recordado que la Iglesia «fomenta y asume, y al asumirlas, las purifica, fortalece y eleva todas las capacidades y riquezas y costumbres de los pueblos en lo que tienen de bueno (...). Con su trabajo consigue que todo lo bueno que se encuentra sembrado en el corazón y en la mente de los hombres, y los ritos y culturas de estos pueblos, no sólo no desaparezca sino que se purifique, se eleve y perfeccione para la gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre» (34). De este modo la liturgia de la Iglesia no debe ser extraña a ningún país, a ningún pueblo, a ninguna persona, y al mismo tiempo trasciende todo particularismo de raza o nación. Debe ser capaz de expresarse en toda cultura humana, conservando al mismo tiempo su identidad por la fidelidad a la tradición recibida del Señor (35).

19. La liturgia, como el Evangelio, debe respetar las culturas, pero al mismo tiempo invita a purificarlas y a santificarlas.

Los judíos, al hacerse cristianos, no dejan de ser plenamente fieles al Antiguo Testamento, que condujo a Jesús, el Mesías de Israel; ellos saben que en él se ha cumplido la alianza mosaica, siendo él el Mediador de la Alianza nueva y eterna, sellada con su sangre derramada en la cruz. Saben también que por su sacrificio único y perfecto es el Sumo Sacerdote auténtico y el Templo definitivo (cf. Hb 6-10). Inmediatamente quedan relativizadas prescripciones como la circuncisión (cf. Ga 5, 1-6), el sábado (cf. Mt 12, 8 y par.) (36) y los sacrificios del templo (cf. Hb 10). De manera más radical, los cristianos convertidos del paganismo, al adherirse a Cristo tuvieron que renunciar a los ídolos, a las mitologías, a las supersticiones (cf. Hch 19, 18-19; 1 Co 10, 14-22; Col 2, 20-22; 1 Jn 5 21).

Cualquiera que sea su origen étnico y cultural, los cristianos deben reconocer en la historia de Israel la promesa, la profecía y la historia de su salvación. Reciben los libros del Antiguo Testamento lo mismo que los del Nuevo como palabra de Dios (37). Y aceptan los signos sacramentales, que no pueden ser plenamente comprendidos sino mediante la sagrada Escritura y dentro de la vida de la Iglesia (38).

20. Conciliar las renuncias exigidas por la fe en Cristo con la fidelidad a la cultura y a las tradiciones del pueblo al que pertenecían, fue el reto de los primeros cristianos, en un espíritu y por razones diferentes según provinieran del pueblo elegido o del paganismo. Y lo mismo será para los cristianos de todos los tiempos como lo atestiguan las palabras de san Pablo: «Noso­tros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Co 1, 23).

El discernimiento que se ha efectuado a lo largo de la historia de la Iglesia sigue siendo necesario para que, a través de la liturgia, la obra de la salvación realizada por Cristo se perpetúe fielmente en la Iglesia por la fuerza del Espíritu, a través del espacio y del tiempo, y en las diversas culturas humanas.

 

EXIGENCIAS Y CONDICIONES PREVIAS PARA LA INCULTURACIÓN LITÚRGICA

Exigencias procedentes de la naturaleza de la Liturgia

21. Antes de iniciar cualquier proceso de inculturación es preciso tener en cuenta el espíritu y la naturaleza misma de la liturgia. Ésta «es... el lugar privilegiado del encuentro de los cristianos con Dios y con su enviado Jesucristo» (cf. Jn 17 3) (39). Es a un mismo tiempo la acción de Cristo sacerdote y la acción de la Iglesia que es su cuerpo, pues para llevar a cabo la obra de glorificación de Dios y de santificación de los hombres, realizada a través de signos sensibles, Cristo asocia siempre consigo a la Iglesia que, por él y en el Espíritu Santo, ofrece al Padre el culto que le es debido (40).

22. La naturaleza de la liturgia está íntimamente ligada a la naturaleza de la Iglesia, hasta el punto de que es sobre todo en la liturgia donde la naturaleza de la Iglesia se manifiesta (41). Ahora bien, la Iglesia tiene también características específicas que la distinguen de cualquier otra asamblea o comunidad.

En efecto, la Iglesia no se constituye por una decisión humana sino que es convocada por Dios en el Espíritu Santo y responde en la fe a su llamada gratuita (ekklesía deriva de klesis «llamada»). Este carácter singular de la Iglesia se manifiesta en su reunión como pueblo sacerdotal, en primer lugar el día del Señor, en la palabra que Dios dirige a los suyos y en el ministerio del sacerdote, que por el sacramento del orden actúa en persona de Cristo, cabeza (42).

Por ser católica, la Iglesia sobrepasa las barreras que separan a los hombres: por el bautismo todos se hacen hijos de Dios y forman en Jesucristo un solo pueblo «en el que no hay distin­ción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres» (Ga 3, 28). De esta manera la Iglesia está llamada a reunir a todos los hombres, hablar todas las lenguas y penetrar todas las culturas.

Finalmente, la Iglesia camina en la tierra lejos del Señor (cf. 2 Co 5, 6): lleva la figura del tiempo presente en sus sacramentos y en sus instituciones, pero tiende a la bienaventurada esperanza y manifestación de Cristo Jesús (cf. Tt 2, 13) (43). Y esto se traduce en el mismo objeto de su oración de petición: aun estando atenta a las necesidades de los hombres y de la sociedad (cf. 1 Tm 2, 1-4), manifiesta que somos ciudadanos del cielo (cf. Flp 3, 20).

23. La Iglesia se alimenta de la palabra de Dios, consignada por escrito en los libros del Antiguo y el Nuevo Testamento, y, al proclamarla en la liturgia, la acoge como una presencia de Cristo: «Cuando se lee en la Iglesia la sagrada Escritura, es él quien habla» (44). En la celebración de la liturgia, la palabra de Dios tiene suma importancia (45), de modo que la sagrada Escritura no puede ser sustituida por ningún otro texto, por venerable que sea (46). La Biblia ofrece así mismo a la liturgia lo esencial de su lenguaje, de sus signos y de su oración, especialmente en los salmos (47).

24. Siendo la Iglesia fruto del sacrificio de Cristo, la liturgia es siempre la celebración del misterio pascual de Cristo, glorificación de Dios Padre y santificación del hombre por la fuerza del Espíritu Santo (45). El culto cristiano encuentra así su expresión más fundamental cuando cada domingo por todo el mundo, los cristianos se reúnen en torno al altar bajo la presidencia del sacerdote, para celebrar la eucaristía: para escuchar juntos la palabra de Dios y hacer el memorial de la muerte y resurrección de Cristo, mientras esperan su gloriosa venida (49). En torno a este núcleo central el misterio pascual se actualiza con modalidades específicas en la celebración de cada uno de los sacramentos de la fe.

25. Toda la vida litúrgica gira en primer lugar alrededor del sacrificio eucarístico y de los demás sacramentos confiados por Cristo a su Iglesia (50). Ella tiene el deber de transmitirlos fielmente y con solicitud a todas las generaciones. En virtud de su autoridad pastoral, puede disponer lo que pueda resultar útil para el bien de los fieles según las circunstancias, los tiempos y los lugares (51). Pero no tiene ningún poder para cambiar lo que es voluntad de Cristo, que es lo que constituye la parte inmutable de la liturgia (52). Romper el vínculo que los sacramentos tienen con Cristo que los ha instituido, o con los hechos fundacionales de la Iglesia (53), no sería inculturarlos sino vaciarlos de su contenido.

26. La Iglesia de Cristo se hace presente significada en un lugar y momento determinados, por las Iglesias locales o particulares, que en la liturgia la manifiestan en su verdadera na­turaleza (54). Por ello cada Iglesia particular debe estar en comunión con la Iglesia universal, no sólo en la doctrina de fe y en los signos sacramentales, sino también en los usos recibidos universalmente de la tradición apostólica ininterrumpida (55). Así sucede con la oración cotidiana (56), la santificación del domingo y el ritmo semanal, la Pascua y el desarrollo del misterio de Cristo a lo largo del año litúrgico (57), la práctica de la penitencia y del ayuno (58), los sacramentos de la iniciación cristiana, la celebración del memorial del Señor y la relación entre la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística, el perdón de los pecados, el ministerio ordenado, el matrimonio y la unción de los enfermos.

27. En la liturgia, la Iglesia expresa su fe de una forma simbólica y comunitaria; esto explica la exigencia de una legislación que acompañe la organización del culto, la redacción de los tex­tos y la ejecución de los ritos (59). Y eso justifica el carácter obligatorio de esta legislación a lo largo de los siglos hasta el presente, para asegurar la ortodoxia del culto, es decir, no solamente para evitar los errores, sino para transmitir la fe en su integridad, pues la «ley de la oración» (lex orandi, de la Iglesia corresponde a su «ley de la fe» (lex credendi) (60).

Cualquiera que sea el grado de inculturación la liturgia no pue­de prescindir de alguna forma de legislación y de vigilancia permanente por parte de quienes han recibido esta responsabilidad en la Iglesia: la Sede apostólica y, según las normas del derecho, las Conferencias episcopales para un determinado territorio y el obispo para su diócesis (61). .

Condiciones previas a la inculturación de la liturgia

28. La tradición misionera de la Iglesia siempre ha intentado evangelizar a los hombres en su propia lengua. En ocasiones han sido precisamente los primeros misioneros de un país los que han fijado por escrito lenguas que hasta entonces habían sido solamente orales. Y justamente es a través de la lengua materna, vehículo de la mentalidad y de la cultura, como se llega a comprender el alma de un pueblo, formar en él el espíritu cristiano y permitirle una participación más profunda en la oración de la Iglesia (62).

Después de la primera evangelización, en las celebraciones litúrgicas es de gran utilidad para el pueblo la proclamación de la palabra de Dios en la lengua del país. La traducción de la Bi­blia, o al menos de los textos bíblicos utilizados en la liturgia, es necesariamente el comienzo del proceso de inculturación litúrgica (63).

Para que la recepción de la palabra de Dios sea precisa y fructuosa, «hay que fomentar aquel amor suave y vivo hacia la sagrada Escritura que atestigua la venerable tradición de los ritos tanto orientales como occidentales» (64). Así la inculturación de la liturgia supone ante todo una apropiación de la sagrada Escritura por parte de la misma cultura (65).

29. La diversidad de situaciones eclesiales tiene también su importancia para determinar el grado necesario de inculturación litúrgica. Es muy distinta la situación de países evangelizados desde hace siglos y en los que la fe cristiana continúa estando presente en la cultura, y la de aquellos en los que la evangelización es más reciente o no ha penetrado profundamente en las realidades culturales (66). También es diferente la situación de una Iglesia en donde los cristianos son una minoría respecto del resto de la población. Más compleja es la situación de los países en los que se da un pluralismo cultural y linguístico. Será preciso hacer una cuidadosa evaluación de la situación para encontrar el camino adecuado y lograr soluciones satisfactorias.

30. Para preparar una inculturación de los ritos, las Conferencias episcopales deberán contar con personas expertas tanto en la tradición litúrgica del rito romano como en el conocimiento de los valores culturales locales. Hay que hacer estudios previos de carácter histórico, antropológico, exegético y teológico. Además, hay que confrontarlos con la experiencia pastoral del clero local, especialmente el autóctono (67). El criterio de los «sabios» del país cuya sabiduría se ha iluminado con la luz del Evangelio, se­rá también muy valioso. Asimismo la inculturación tendrá que satisfacer las exigencias de la cultura tradicional aun teniendo en cuenta las poblaciones de cultura urbana e industrial (68).

Responsabilidad de la Conferencia episcopal

31. Tratándose de culturas locales, se explica por qué la constitución Sacrosanctum concilium pide sobre este punto la intervención «de las competentes asambleas territoriales de obispos legítimamente constituidas» (69). A este respecto, las Conferencias episcopales deben considerar «con atención y prudencia los elementos que pueden tomarse de las tradiciones y genio de cada pueblo para incorporarlos oportunamente al culto divino» (70). Se podrá algunas veces admitir «todo aquello que en las costumbres de los pueblos no esté indisolublemente vinculado a supersticiones y errores (...), con tal que se pueda armonizar con el verdadero y auténtico espíritu litúrgico» (71).

32. A las Conferencias episcopales corresponde juzgar si la introducción en la liturgia, según el procedimiento que se indicará más adelante (cf. nn. 62 y 65-69), de elementos tomados de las costumbres sociales o religiosas vivas aún en la cultura de los pueblos, puede enriquecer la comprensión de las acciones litúrgicas sin provocar repercusiones desfavorables para la fe y la piedad de los fieles. Y en todo caso, velarán para que los fieles no vean en la introducción de estos elementos la vuelta a una situación anterior a la evangelización (cf. n. 47).

Y siempre que se consideren necesarios ciertos cambios en los ritos o en los textos, es importante adaptarlos al conjunto de la vida litúrgica y, antes de llevarlos a la práctica, presentarlos primero al clero y después a los fieles, de manera que se evite el peligro de perturbarlos sin una razón proporcionada (cf. nn. 46 y 69).

 

PRINCIPIOS Y NORMAS PRÁCTICAS PARA LA INCULTURACIÓN DEL RITO ROMANO

33. Las Iglesias particulares, sobre todo las más jóvenes, ahondando en el patrimonio litúrgico recibido de la Iglesia romana que les dio origen, serán capaces de encontrar formas apropia­das de su patrimonio cultural, según la utilidad o la necesidad, para integrarlas en el rito romano.

Una formación litúrgica, tanto de los fieles como del clero, tal como lo exige la constitución Sacrosanctum concilium (72), debería permitir que se comprenda el sentido de los textos y de los ritos que se contienen en los libros litúrgicos actuales, y de este modo evitar los cambios o las supresiones en lo que procede de la tradición del rito romano.

Principios generales

34. En el estudio y en la realización de la inculturación del rito romano se ha de tener en cuenta: la finalidad propia de la inculturación; la unidad substancial del rito romano; la autoridad competente.

35. La finalidad que debe guiar una inculturación del rito romano es la misma que el concilio Vaticano II ha puesto como fundamento de la restauración general de la liturgia: «ordenar los textos y los ritos de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria» (73).

Es importante así mismo que los ritos «sean adaptados a la capacidad de los fieles, y, en general, no necesiten de muchas explicaciones» (74), teniendo en cuenta siempre la naturaleza de la misma liturgia, el carácter bíblico y tradicional de su estructura y de su forma de expresión, tal como se ha indicado más arriba (nn. 21-27).

36. El proceso de inculturación se hará conservando la unidad substancial del rito romano (75). Esta unidad se encuentra expresada actualmente en los libros litúrgicos típicos publicados bajo la autoridad del Sumo Pontífice y en los correspondientes libros litúrgicos aprobados por las Conferencias episcopales para sus respectivos países y confirmados por la Sede apostólica (76). El estudio de la inculturación no debe pretender la formación de nuevas familias de ritos; al adecuarse a las necesidades de una determinada cultura, lo que se intenta es que las nuevas adaptaciones formen parte también del rito romano (77).

37. Las adaptaciones del rito romano, también en el campo de la inculturación, dependen únicamente de la autoridad de la Iglesia. Autoridad que reside en la Sede apostólica, la ejerce por medio de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos (78); y, en los límites fijados por el derecho, en las Conferencias episcopales (79) y el obispo diocesano (80). «Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia» (81). La inculturación, por tanto, no queda a la iniciativa personal de los celebrantes, o a la iniciativa colectiva de la asamblea (82).

Así mismo, las concesiones hechas a una región determinada no pueden extenderse a otras regiones sin la autorización requerida, aunque una Conferencia episcopal considere que tiene ra­zones suficientes para adoptarlas en su propio país.

Lo que puede ser adaptado

38. En el análisis de una acción litúrgica con vistas a su inculturación, es preciso considerar también el valor tradicional de los elementos de esa acción, en particular su origen bíblico o patrístico (cf. nn. 21-26) porque no basta distinguir entre lo que puede cambiar y lo que es inmutable.

39. El lenguaje, principal medio de comunicación entre los hombres, en las celebraciones litúrgicas tiene por objeto anunciar a los fieles la buena nueva de la salvación (83) y expresar la oración de la Iglesia al Señor. También debe manifestar, con la verdad de la fe, la grandeza y la santidad de los misterios celebrados.

Habrá que examinar, por tanto atentamente qué elementos del lenguaje del pueblo será conveniente introducir en las celebraciones litúrgicas, y, en particular, si será oportuno o no emplear expresiones provenientes de religiones no cristianas. Así mismo será importante tener en cuenta los diversos géneros literarios empleados en la liturgia: textos bíblicos proclamados, oraciones presidenciales, salmodia, aclamaciones, respuestas, responsorios, himnos y letanías.

40. La música y el canto, que expresan el alma de un pueblo, tienen un lugar privilegiado en la liturgia. Se debe, pues, fomentar el canto, en primer lugar, de los textos litúrgicos, para que se escuchen las voces de los fieles en las mismas acciones litúrgicas (84). «Como en ciertas regiones, principalmente en las misiones, hay pueblos con tradición musical propia que tiene mucha importancia en su vida religiosa y social, dése a esta música la debida estima y el lugar correspondiente no sólo al fomentar su sentido religioso, sino también al acomodar el culto a su idiosincrasia» (85).

Se ha de tener en cuenta que un texto cantado se memoriza mejor que un texto leído, lo que exige mayor esmero en cuidar la inspiración bíblica y litúrgica, y también la calidad literaria de los textos de los cantos.

En el culto divino se podrán admitir las formas musicales, las melodías y los instrumentos de música «siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles» (86).

41. Dado que la liturgia es una acción, los gestos y actitudes tienen especial importancia. Entre éstos, los que pertenecen a los ritos esenciales de los sacramentos, necesarios para su vali­dez, deben conservarse como han sido aprobados y determinados por la autoridad suprema de la Iglesia (87).

Los gestos y actitudes del sacerdote celebrante deben expresar su función propia: preside la asamblea en la persona de Cristo (88).

Los gestos y actitudes de la asamblea, en cuanto signos de comunidad y de unidad, favorecen la participación activa expresando y desarrollando al mismo tiempo la unanimidad de todos los participantes (89). Se deberán elegir, en la cultura del país, los gestos y actitudes corporales que expresen la situación del hombre ante Dios, dándoles una significación cristiana, en co­rrespondencia, si es posible, con los gestos y actitudes de origen bíblico.

42. En algunos pueblos el canto se acompaña espontáneamente batiendo palmas, con balanceos rítmicos o movimientos de danza de los participantes. Tales formas de expresión corporal pueden tener lugar en las acciones litúrgicas de esos pueblos, a condición de que sean siempre la expresión de una verdadera y común oración de adoración, de alabanza, de ofrenda o de súplica y no un simple espectáculo.

43. La celebración litúrgica se enriquece por la aportación del arte, que ayuda a los fieles a celebrar, a encontrarse con Dios y a orar. Por tanto, también el arte debe tener libertad para expre­sarse en las iglesias de todos los pueblos y naciones, siempre que contribuya a la belleza de los edificios y de los ritos litúrgicos con el respeto y el honor que les son debidos (90) y que sea verdaderamente significativo en la vida y la tradición del pueblo. Lo mismo se ha de decir por lo que respecta a la forma, disposición y decoración del altar (91), al lugar de la proclamación de la palabra de Dios (92) y del bautismo (93), al mobiliario, a los vasos, a las vestiduras y a los colores litúrgicos (94). Se dará preferencia a las materias, formas y colores familiares en el país.

44. La constitución Sacrosanctum concilium ha mantenido firmemente la práctica constante de la Iglesia de proponer a la veneración de los fieles imágenes de Cristo, de la Virgen María y de los santos (95), pues «el honor dado a la imagen pasa a la persona» (96). En cada cultura las obras artísticas que intentan expresar el misterio según el genio del pueblo, deben ayudar a los creyentes en su oración y su vida espiritual.

45. Junto a las celebraciones litúrgicas y en relación con ellas, las diversas Iglesias particulares tienen sus propias expresiones de piedad popular. Introducidas a veces por los misioneros en el momento de la primera evangelización, se desarrollan con frecuencia según las costumbres locales.

La introducción de prácticas de devoción en las celebraciones litúrgicas no puede admitirse como una forma de inculturación «porque, por su naturaleza, (la liturgia) está por encimas de ellas» (97).

Corresponde al ordinario del lugar (98) organizar tales manifestaciones de piedad, fomentarlas en su papel de ayuda para la vida y la fe de los cristianos, y purificarlas cuando sea necesario, pues siempre tienen necesidad de ser evangelizadas (99). El ordinario debe cuidar también de que no suplanten a las celebraciones litúrgicas ni se mezclen con ellas (100).

La prudencia necesaria

46. «No se introduzcan innovaciones si no lo exige una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia, y sólo después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes» (101). Esta norma, dada por la constitución Sacrosanctum concilium con vistas a la reforma de la liturgia se aplica también, guardada la debida proporción, a la inculturación del rito romano. En este terreno, la pedagogía y el tiempo son necesarios para evitar los fenómenos de rechazo o de crispación de las formas anteriores.

47. Dado que la liturgia es una expresión de la fe y de la vida cristiana, hay que vigilar que su inculturación no esté marcada, ni siquiera en apariencia, por el sincretismo religioso. Ello podría suceder si los lugares, los objetos del culto, los vestidos litúrgicos, los gestos y las actitudes dan a entender que, en las celebraciones cristianas, ciertos ritos conservan el mismo significado que antes de la evangelización. Aún sería peor el sincretismo religioso si se pretendiera reemplazar las lecturas y cantos bíblicos (cf. n. 23) o las oraciones por textos tomados de otras religiones aun teniendo éstos un valor religioso y moral innegables (102).

48. La admisión de ritos o gestos habituales en los rituales de la iniciación cristiana, del matrimonio y de las exequias es una etapa de la inculturación ya indicada en la constitución Sacrosanctum concilium (103). En ellos la verdad del rito cristiano y la expresión de la fe pueden quedar fácilmente oscurecidos a los ojos de los fieles. La recepción de los usos tradicionales debe ir acompañada de una purificación y, donde sea preciso incluso de una ruptura. Lo mismo se ha de decir, por ejemplo, de una eventual cristianización de fiestas paganas o de lugares sagrados, de la atribución al sacerdote de signos de autoridad reservados al jefe en la sociedad, o de la veneración de los antepasados. En todo caso es preciso evitar cualquier ambigüedad. Con mayor ra­zón la liturgia cristiana no puede en absoluto aceptar ritos de magia, de superstición, de espiritismo, de venganza o que tengan connotaciones sexuales.

49. En algunos países coexisten distintas culturas que a veces se compenetran hasta formar una cultura nueva y otras veces tienden a diferenciarse más, o incluso a oponerse mutuamente para mejor afirmar su propia identidad. Puede suceder también que algunas costumbres no tengan más que un interés folclórico. Las Conferencias episcopales examinen con atención la si­tuación concreta en cada caso, respeten las riquezas de cada cultura, y a quienes las defienden, sin ignorar ni descuidar una cultura minoritaria o que les resulte menos familiar; eviten también que las comunidades cristianas se mantengan aisladas o que la inculturación litúrgica se utilice con fines políticos. En los países de cultura muy marcada por usos tradicionales, se tendrán en cuenta los diversos grados de modernización de los pueblos.

50. A veces en un mismo país se hablan varias lenguas, de modo que cada una sólo es utilizada por un grupo restringido de personas o por una tribu. En tales casos habrá que encontrar el equilibrio que respete los derechos de cada grupo o tribu sin llevar por esto al extremo la particularidad de las celebraciones litúrgicas. A veces habrá que atender a una posible evolución del país hacia una lengua principal.

51. Para promover la inculturación litúrgica en un ámbito cultural más vasto que un país, se necesita que las Conferencias episcopales interesadas se pongan de acuerdo y decidan en co­mún las disposiciones que se han de tomar para que «en cuanto sea posible, se eviten también las diferencias notables de ritos entre territorios contiguos» (104).

 

EL ÁMBITO DE LAS ADAPTACIONES EN EL RITO ROMANO

52. La constitución Sacrosanctum concilium tenía presente una inculturación del rito romano al decretar las Normas para adaptar la liturgia a la mentalidad y tradiciones de los pueblos, al pre­ver medidas de adaptación en los mismos libros litúrgicos (cf. nn. 53-61), y al permitir en ciertos casos, especialmente en los países de misión, adaptaciones más profundas (cf. nn. 63-64).

Adaptaciones previstas en los libros litúrgicos

53. La primera medida de inculturación y la más notable es la traducción de los textos litúrgicos a la lengua del pueblo (105). Las traducciones y, en su caso, la revisión de las mismas se ha­rán según las indicaciones dadas a este respecto por la Sede apostólica (106). Atendiendo cuidadosamente a los diversos géneros literarios y al contenido de los textos de la edición típica latina, la traducción deberá ser comprensible para los participantes (cf. n. 39), ser apropiada para la proclamación y para el canto así como para las respuestas y las aclamaciones de la asamblea.

Aunque todos los pueblos, aun los más sencillos, tienen un lenguaje religioso capaz de expresar la oración, el lenguaje litúrgico tiene sus características propias: está impregnado profun­damente de la Biblia; algunas palabras del latín corriente (memoria, sacramentum) han tomado otro sentido en la fe cristiana; hay palabras del lenguaje cristiano que pueden transmitirse de una lengua a otra, como ya ha sucedido en el pasado: ecclesia, evangelium, baptisma, eucharistia.

Además, los traductores deben tener en cuenta la relación del texto con la acción litúrgica, las exigencias de la comunicación oral y las características literarias de la lengua viva del pueblo. Estas características que se exigen a las traducciones litúrgicas deben darse también en las composiciones nuevas, en los casos previstos.

54. Para la celebración eucarística, el Misal romano, «aún dejando lugar a las variaciones y adaptaciones legítimas según la prescripción del concilio Vaticano II», debe quedar «como un ins­trumento para testimoniar y conformar la mutua unidad» (107) del rito romano en la diversidad de lenguas. La Ordenación general del Misal romano prevé que «las Conferencias episcopales, según la constitución Sacrosanctum concilium, podrán establecer para su territorio las normas que mejor tengan en cuenta las tradiciones y el modo de ser de los pueblos, regiones y comunidades diversas» (108). Esto vale especialmente para los gestos y las actitudes de los fieles (109), los gestos de veneración al altar y al libro de los Evangelios (110), los textos de los cantos de entrada (111), del ofertorio (112) y de comunión (113), el rito de la paz (114), las condiciones para la comunión del cáliz (115), la materia del altar y del mobiliario litúrgico (116), la materia y la forma de los vasos sagrados (117) y las vestiduras litúrgicas (118). Las Conferencias episcopales pueden determinar también la manera de distribuir la comunión (119).

55. Para los demás sacramentos y sacramentales, la edición típica latina de cada ritual indica las adaptaciones que pueden hacer las Conferencias episcopales (120) o el obispo en determina­dos casos (121). Estas adaptaciones pueden afectar a los textos, a los gestos, y a veces incluso la organización del rito. Cuando la edición típica ofrece varias fórmulas a elegir, las Conferencias episcopales pueden proponer otras fórmulas semejantes.

56. Por lo que atañe al rito de iniciación cristiana, corresponde a las Conferencias episcopales «examinar con esmero y prudencia lo que puede aceptarse de las tradiciones y de la índole de cada pueblo» (122) y, «en las misiones, además de los elementos de iniciación contenidos en la tradición cristiana, pueden admitirse también aquellos que se encuentran en uso en cada pueblo, en cuanto pueden acomodarse al rito cristiano» (123). Hay que advertir, sin embargo, que el término «iniciación» no tiene el mismo sentido ni designa la misma realidad cuando se trata de ritos de iniciación social en algunos pueblos, que cuando se trata del itinerario de la iniciación cristiana, que conduce por los ritos del catecumenado a la incorporación a Cristo en la Iglesia por medio de los sacramentos del bautismo, de la confirmación y de la Eucaristía.

57. El ritual del matrimonio es, en muchos lugares, el que requiere una mayor adaptación para no resultar extraño a las costumbres sociales. Para realizar la adaptación a las costumbres del lugar y de los pueblos, cada Conferencia episcopal tiene la facultad de establecer un rito propio del matrimonio, adaptado a las costumbres locales, quedando a salvo siempre la norma que exige, por parte del ministro ordenado o del laico asistente (124), pedir y recibir el consentimiento de los contrayentes, y dar la bendición nupcial (125). Este rito propio deberá significar claramente el sentido cristiano del matrimonio así como la gracia del sacramento, y subrayar los deberes de los esposos (126).

58. Las exequias en todos los pueblos han sido siempre rodeadas de ritos especiales, a veces, de gran valor expresivo. Para responder a las situaciones de los diversos países, el ritual ro­mano propone varias formas para las exequias (127). Correspon­de a las Conferencias episcopales escoger la que se adapte mejor a las costumbres locales (128). Conservando lo que hay de bueno en las tradiciones familiares y en las costumbres locales, las Conferencias deben cuidar de que las exequias manifiesten la fe pascual y den testimonio del verdadero espíritu evangélico (129). Con este espíritu los rituales de exequias pueden adoptar costumbres de diversas culturas para responder mejor a las situaciones y a las tradiciones de cada región (130).

59. Las bendiciones de personas, de lugares o de cosas, que están más relacionadas con la vida, las actividades y las preocupaciones de los fieles, ofrecen también posibilidades de adaptación, de conservación de costumbres locales y de admisión de usos populares (131). Las Conferencias episcopales utilicen las disposiciones dadas, teniendo en cuenta las necesidades del país.

60. Por lo que respecta a la organización del tiempo litúrgico, cada Iglesia particular y cada familia religiosa añaden a las celebraciones de la Iglesia universal, con la aprobación de la Sede apostólica, las que les son propias (132). Las Conferencias episcopales pueden también, con la previa aprobación de la Sede apostólica, suprimir o trasladar al domingo algunas de las fiestas de precepto (133). A ellas corresponde también determinar las fechas y la manera de celebrar las rogativas y las cuatro témporas (134).

61. La Liturgia de las Horas, que tiene por objeto celebrar las alabanzas de Dios y santificar por medio de la oración la jornada y toda la actividad humana, ofrece a las Conferencias episcopales posibilidades de adaptación en la segunda lectura del Oficio de lectura, los himnos y las preces, así como en las antífonas marianas finales (135).

Procedimiento a seguir en las adaptaciones previstas en los libros litúrgicos

62. La Conferencia episcopal, al preparar la edición propia de los libros litúrgicos, se pronunciará sobre la traducción y las adaptaciones previstas, según el Derecho (136). Las actas de la Conferencia, con el resultado de la votación, se enviarán, firmadas por el presidente y el secretario de la Conferencia, a la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, junto con dos ejemplares completos del proyecto aprobado.

Además: se expondrán de forma resumida pero precisa las razones por las cuales se ha introducido cada modificación, se indicará igualmente qué partes se han tomado de otros libros litúrgicos ya aprobados y cuáles son nuevas.

Una vez obtenido el reconocimiento de la Sede apostólica, según la norma establecida (137), la Conferencia episcopal dará el decreto de promulgación e indicará la fecha de su entrada en vigor.

La adaptación prevista por el artículo 40 de la constitución «Sacrosanctum concilium»

63. A pesar de las medidas de adaptación previstas ya en los libros litúrgicos, puede suceder «que en ciertos lugares y circunstancias urja una adaptación más profunda de la liturgia, lo que implica mayores dificultades» (138). No se trata en tales casos de adaptación dentro del marco previsto en las Institutiones ge­nerales y Praenotanda de los libros litúrgicos.

Esto supone que una Conferencia episcopal ha empleado ante todo los recursos ofrecidos por los libros litúrgicos, ha evaluado el funcionamiento de las adaptaciones ya realizadas y ha procedido, donde ha sido preciso a su revisión, antes de tomar la iniciativa de una adaptación más profunda.

La utilidad o la necesidad de esa adaptación puede manifestarse respecto a alguno de los puntos enumerados anteriormente (cf. nn. 53-61) sin que afecte a los demás. Adaptaciones de esta especie no pretenden una transformación del rito romano, sino que se sitúan dentro del mismo.

64. En este caso, uno o varios obispos pueden exponer a sus hermanos en el episcopado de su Conferencia las dificultades que subsisten para la participación de sus fieles, y examinar con ellos la oportunidad de introducir adaptaciones más profundas si es que el bien de las almas lo exige verdaderamente (139).

Después, corresponde a la Conferencia episcopal proponer a la Sede apostólica, según el procedimiento establecido más abajo, las modificaciones que desea adoptar (140).

La Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos se declara dispuesta a aceptar las proposiciones de las Conferencias episcopales, a examinarlas teniendo en cuenta el bien de las Iglesias locales interesadas y el bien común de toda la Iglesia, y a acompañar el proceso de inculturación en donde sea útil o necesario, según los principios expuestos en esta Instrucción (cf. nn. 33-51), con un espíritu de colaboración confiada y de responsabilidad compartida.

Procedimiento a seguir para la aplicación del artículo 40 de la constitución «Sacrosanctum concilium»

65. La Conferencia episcopal examine lo que se debe modificar en las celebraciones litúrgicas en razón de las tradiciones y de la mentalidad del pueblo. Confíe el estudio a la comisión nacional o regional de liturgia, la cual ha de solicitar la colaboración de personas expertas para examinar los diversos aspectos de los elementos de la cultura local y de su posible inserción en las celebraciones litúrgicas. A veces resultará oportuno pedir también consejo a exponentes de las religiones no cristianas sobre el valor cultural o civil de tal o cual elemento (cf. nn. 30-32).

Este examen previo, si el caso lo requiere, se hará en colaboración con las Conferencias episcopales de los países limítrofes o de los que tienen la misma cultura (cf. n. 51).

66. La Conferencia episcopal expondrá el proyecto a la Congregación, antes de cualquier iniciativa de experimentación. La presentación del proyecto debe comprender una descripción de las innovaciones propuestas, las razones de su admisión, los criterios seguidos, los lugares y tiempos en que se desea hacer, llegado el caso, el experimento previo y la indicación de los grupos que han de hacerlo y, por último, las actas de la deliberación y de la votación de la Conferencia sobre este asunto.

Después de un examen del proyecto, hecho de común acuerdo entre la Conferencia episcopal y la Congregación, ésta última dará a la Conferencia episcopal la facultad de permitir, si se presenta el caso, la experimentación durante un tiempo limitado (141).

67. La Conferencia episcopal cuidará del buen desarrollo de la experimentación (142), solicitando normalmente la ayuda de la comisión nacional o regional de liturgia. La Conferencia cuidará también de no permitir que la experimentación se prolongue más allá de los límites permitidos en lugares y tiempos, informará a pastores y pueblo de su carácter provisional y limitado, y cuidará de no dar al experimento una publicidad que podría influir ya en la vida litúrgica del país. Al terminar el período de experimentación, la Conferencia episcopal juzgará si el proyecto corresponde a la utilidad buscada o si se ha de corregir en algunos puntos, y comunicará su deliberación a la Congregación, junto con la documentación relativa a la experimentación.

68. Una vez examinada esa documentación, la Congregación podrá dar por decreto su consentimiento, con posibles observaciones, para que las modificaciones pedidas sean admitidas en el territorio que depende de la Conferencia episcopal.

69. A los fieles, tanto laicos como clero, se les informará debidamente de los cambios y se les preparará para su aplicación en las celebraciones. La puesta en práctica de las decisiones deberá hacerse según lo exijan las circunstancias, estableciendo, si fuera oportuno, un período de transición (cf. n. 46).

 

CONCLUSIÓN

70. Con la presente Instrucción, la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos presenta a las Conferencias episcopales las normas prácticas que deben regir el tra­bajo de inculturación litúrgica previsto por el concilio Vaticano II para responder a las necesidades pastorales de los pueblos de diversas culturas y lo inserta en una pastoral de conjunto para inculturar el Evangelio en la diversidad de realidades humanas. Confía en que cada Iglesia particular, sobre todo las más jóvenes, pueda experimentar que la diversidad en algunos elementos de las celebraciones litúrgicas es fuente de enriquecimiento respetando siempre la unidad substancial del rito romano, la unidad de toda la Iglesia y la integridad de la fe que ha sido transmitida a los santos de una vez para siempre (cf. Judas 3).

La presente Instrucción ha sido preparada por la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos por mandato de Su Santidad, el Papa Juan Pablo II, que la ha aprobado y ha ordenado su publicación.

Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, 25 de enero de 1994.

Cardenal Antonio M. Javierre Ortas

 Prefecto

 Mons. Geraldo M. Agnelo

 Secretario

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(1) Cf. Sacrosanctum concilium, 38, también n. 40,3. (2) lb., 37. (3) Cf. Orientalium Ecclesiarum, 2; Sacrosanctum concilium, 3 y 4; Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1200-1206, en particular nn. 1204-1206. (4) Cf. Vicesimus quintus annus, 16 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 (1989), 912. (5) Ib. (6) Cf. Sacrosanctum concilium, 37-40. (7) Slavorum apostoli, 21 (2 de junio de 1985): AAS 77 (1985), 802-803; cf. Discurso a la asamblea plenaria del Consejo pontificio para la cultura (17 de enero de 1987), n. 5: AAS 79 (1987), 1204-1205. (8) Redemptoris missio, 52 (7 de diciembre de 1990): AAS83 (1991), 300. (9) Cf. ib. y Sínodo de los Obispos, Informe final Exeunte coetu secundo (7 de diciembre de 1985), D 4. (10) Redemptoris missio, 52 (7 de diciembre de 1990): AAS 83 (1991), 300. (11) Gaudium et spes, 58. (12) Ib. (13) Catechesi tradendae, 53 (16 de octubre de 1979): AAS 71 (1979), 1319-1321. (14) Cf. Codex canonum Ecclesiarum orientalium, c. 584 § 2: «Evangelizatio gentium ita fiat, ut servata integritate fidei et morum Evangelium se in cultura singulorum populorum ex­primere possit, in catechesi scilicet, in ritibus propriis liturgicis, in arte sacra, in iure particulari ac demum in tota vita ecclesiali». (15) Cf. Catechesi tradendae, 53 (16 de octubre de 1979): AAS 71 (1979), 1320: «...de la evangelización en general podemos decir que está llamada a llevar la fuerza del Evangelio al corazón de la cultura y de las culturas. (... ) Sólo así se podrá proponer a tales culturas el conocimiento del misterio oculto y ayudarles a hacer surgir de su propia tradición viva expresiones originales de vida, de celebración y de pen­samiento cristianos». (16) Cf. Redemptoris missio, 52 (7 de diciembre de 1990): AAS83 (1991), 300: «La inculturación es un camino lento que acompaña toda la vida misionera y requiere la aportación de los diversos colaboradores de la misión ad gentes, la de las comunidades cristianas a medida que se desarrollan». Discurso a la asamblea plenaria del Consejo pontificio para la cultura (17 de enero de 1987): AAS79 (1987), 1205: «Reafirmo con insistencia la necesidad de movilizar a toda la Iglesia en un esfuerzo creativo, por una evangelización renovadora de las personas y de las culturas. Porque solamente con este esfuerzo la Iglesia estará en condición de llevar la esperanza de Cristo al seno de las culturas y de las mentalidades actuales». (17) Cf. PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, Foi et culture à la lumière de la Bible, 1981; y COMISIÓN TEOLÓGI­CA INTERNACIONAL, Documento sobre la fe y la inculturación Commissio Theologica (3-8 de octubre de 1988). (18) Cf. Juan Pablo II, Discurso a los obispos del Zaire (12 de abril de 1983), n. 5: AAS75 (1983), 620: «¿Cómo una fe verdaderamente madura, profunda y convincente, no llegará a expresarse en un lenguaje, en una catequesis, en una reflexión teológica, en una oración, en una liturgia, en un arte, en instituciones que correspondan verdaderamente al alma africana de vuestros compatriotas? Aquí se encuentra la clave del problema importante y complejo que vosotros me habéis planteado a propósito de la li­turgia para evocar hoy solamente esto. Un progreso satisfactorio en este campo podrá ser fruto de una maduración progresiva en la fe, que integre el discernimiento espiritual, la iluminación teológica, el sentido de la Iglesia universal, en una larga concertación». (19) Juan Pablo II, Discurso a la asamblea plenaria del Consejo pontificio para la cultura (17 de enero de 1987), n. 5: AAS 79 (1987), 1204. (20) Cf. Ib.: AAS 79 (1987), 1205; también Vicesimus quintus annus, 17 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 11989), 913-914. (21) Cf. Sacrosanctum concilium, 19 y 35, 3. (22) Cf. Ad gentes, 10. (23) Gaudium et spes, 22. (24) S. CIRILO DE ALEJANDRIA, In Ioannem, 1, 14: PG 73,162 C. (25) Sacrosanctum concilium, 5. (26) Cf. Lumen gentium, 10. (27) Cf. Missale romanum, Feria VI in Passione Domini 5: oratio prima: «... per suum cruorem instituit paschale mysterium». (28) Cf. Mysterii paschalis (14 de febrero de 1969): AAS 61 (1969), 222-226. (29) Cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1096. (30) Cf. ib., nn. 1200-1203. (31) Cf. Unitatis redintegratio, 14-15. (32) Textos: cf. las fuentes de las oraciones, de los prefacios y de las plegarias eucarísticas del Misal romano. Cantos: por ejemplo las antífonas del 1 de enero, del Bautismo del Señor, del 8 de septiembre, los improperios del Viernes Santo, los himnos de la Liturgia de las Horas. Gestos: por ejemplo la aspersión, la incensación, la genuflexión, las manos juntas. Ritos: por ejemplo la procesión de ramos, la adoración de la cruz en el Viernes Santo, las rogativas. (33) Cf. en el pasado S. GREGORIO MAGNO, Epistula ad Mellitum: Reg. XI, 59: CCL 140A, 961-962; Juan VIII, bula Industriæ tuæ (26 de junio del año 880): PL 126, 904; Sgda. Congregación de Propaganda Fidei, Instrucción a los vicarios apostólicos de China y de Indochina (1654): Collectanea S. C. de Propaganda Fide, I, 1, Roma, 1907, n. 135; Instrucción Plane compertum (8 de diciembre de 1939): AAS 32 (1940), 2426. (34) Lumen gentium, 13 y 17. (35) Cf. Catechesi tradendæ, 52-53 (16 de octubre de 1979): AAS 71 (1979), 1319-1321, Redemptoris missio, 53-54 (7 de diciembre de 1990): AAS 83 (1991), 300-302; Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1204-1206. (36) Cf. también S. Ignacio de Antioquía, Epistula ad Magne­sios, 9: Funk 1, 199: «Los que se habían criado en el antiguo orden de cosas vinieron a la novedad de esperanza, no guardando ya el sábado, sino viviendo según el domingo». (37) Cf. Dei Verbum, 14-16; Ordo lectionum missæ, 5, editio typica altera, Praenotanda: «La Iglesia anuncia el único e idéntico misterio de Cristo cuando, en la celebración litúrgica, proclama el Antiguo y el Nuevo Testamento. En efecto, en el Antiguo Testamento está latente el Nuevo, y en el Nuevo Testamento se hace patente el Antiguo. Cristo es el centro y plenitud de toda la Escritura, y también de toda celebración litúrgica»; Catecismo de la Iglesia católica, nn. 120-123, 128-130, 1093-1095. (38) Cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1093-1096. (39) Vicesimus quintus annus, 7 (4 de diciem­bre de 1988):AAS 81 (1989), 903-904. (40) Cf. Sacrosanctum concilium, 5-7. (41) Cf. ib., n. 2; Vicesimus quintus annus, 9 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 (1989), 905-906. (42) Cf. Presbyterorum ordinis, 2. (43) Cf. Lumen gentium, 48; Sacrosanctum concilium, 2 y 8. (44) Cf. Sacrosanctum concilium, 7. (45) Cf. ib., 24. (46) Cf. Ordo lectionum missæ, 12 editio typica altera, Praenotanda: «No está permitido que, en la celebración de la misa, las lecturas bíblicas, junto con los cánticos tomados de la sagrada Escritura, sean suprimidas, mermadas ni, lo que sería más grave, substituidas por otras lecturas no bíblicas. En efecto, desde la palabra de Dios escrita, todavía "Dios habla a su pueblo" (Sacrosanctum concilium, 33) y, con el uso continuado de la sagrada Escritura, el pueblo de Dios, hecho dócil al Espíritu Santo por la luz de la fe, podrá dar, con su vida y costumbres, testimonio de Cristo ante el mundo». (47) Cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 2585-2589. (48) Cf. Sacrosanctum concilium, 7. (49) Cf. ib., 6, 47, 56, 102, 106; Missale romanum, institutio generalis, nn. 1, 7, 8. (50) Cf. Sacrosanctum concilium, 6. (51) Cf. Concilio de Trento, sesión 21, cap. 2: DSchönm. 1728; Sacrosanctum concilium, 48 ss, 62 ss. (52) Cf. Sacrosanctum concilium, 21. (53) Cf. Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Inter insigniores (15 de octubre de 1976): AAS 69 (1977), 107-108. (54) Cf. Lumen gentium, 28; 26. (55) Cf. S. Ireneo, Adversus haereses, III, 2, 1-3; 3, 1-2: Sources Chrétiennes, 211, 24-31; S. Agustín, Epistula ad Ianuarium, 54, l: PL 33, 200: «Las tradiciones no testimoniadas por la Escritura que guardamos y son observadas en todo el mundo, se deben considerar como recomendadas o establecidas por los mismos Apóstoles o por los concilios, cuya autoridad es muy útil para la Iglesia...»; Redemptoris missio, 53-54 (7 de diciembre de 1990): AAS 83 (1991), 300-302; Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la Iglesia entendida como comunión Communionis notio, 7-10 (28 de mayo de 1992): AAS 85 (1993), 842-844. (56) Cf. Sacrosanctum concilium, 83. (57) Cf. ib., 102, 106 y Apéndice. (58) Cf. constitución apostólica Pænitemini (17 de febrero de 1966): AAS 58 (1966), 177-198. (59) Cf. Sacrosanctum concilium, 22; 26; 28; 40, 3 y 128. Codex iuris canonici, c. 2 y en otros lugares. (60) Cf. Missale romanum, Institutio generalis Proœmium, n. 2. PABLO VI discurso al Consejo para la aplicación de la constitución litúrgica, del 13 de octubre de 1966: AAS 58 (1966), 1146, del 14 de octubre de 1968: AAS 60 (1968), 734. (61) Cf. Sacrosanctum concilium, 22; 36 § § 3-4; 40, 1 y 2, 44-46 Codex iuris canonici, cc. 447 ss y 838. (62) Cf. Redemptoris missio, 53 (7 de diciembre de 1990): AAS 83 (1991), 300-302. (63) Cf. Sacrosanctum concilium, 35 y 36 §§ 2-3; Codex iuris canonici, c. 825 §l. (64) Sacrosanctum concilium, 24. (65) Cf. ib.; Catechesi tradendæ, 55 (16 de octubre de 1979): AAS 71 11979), 1322-1323. (66) Por esto en la Sacrosanctum concilium se subraya en los números 38 y 40: «sobre todo en misiones». (67) Cf. Ad gentes, 16 y 17. (68) Cf. ib., 19. (69) Sacrosanctum concilium, 22 § 2; cf. ib., 39 y 40, 1 y 2. Codex iuris canonici cc. 447-448 ss. (70) Cf. Sacrosanctum concilium, 40. (71) Ib., 37. (72) Cf. ib., 14-19. (73) Ib., 21. (74) Cf. ib., 34. (75) Cf. ib., 37-40. (76) Cf. Vicesimus quintus annus, 16 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 (1989), 912. (77) Cf. Juan Pablo II, discurso a la asamblea plenaria de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos (26 de enero de 1991), n. 3: ASS 83 (1991), 940: «El sentido de tal indicación no es proponer a las Iglesias particulares el inicio de un nuevo trabajo después de la aplicación de la reforma litúrgica y que consistiría en la adaptación o la inculturación. Ni siquiera se debe entender la inculturación como creación de ritos alternativos (...). Se trata, por tanto, de colaborar para que el rito romano, manteniendo su propia identidad, pueda recibir las oportunas adaptaciones». (78) Cf. Sacrosanctum concilium, 22 § 1, Codex iuris canonici, c. 838 § § 1 y 2. Pastor bonus, 62, 64 § 3 (28 de junio de 1988): AAS 80 (1988), 876-877. Vicesimus quintus annus, 19 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 (1989), 914-915. (79) Cf. Sacrosanctum conci­lium, 22 § 2 y Codex iuris canonici, cc. 447 ss y 838, §§ 1 y 3; Vicesimus quintus annus, 20 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 (1989), 916. (80) Cf. Sacro­sanctum concilium, 22 §1 y Codex iuris canonici, cc. 838, § §1 y 4; Vicesimus quintus annus, 21 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 (1989), 916-917. (81) Cf. Sacrosanctum concilium, 22 § 3. (82) La situación es diversa cuando los libros litúrgicos, editados después de la constitución litúrgica del concilio ecuménico Vaticano II, prevén en los Prenotandos y las rúbricas cambios y posibilidades de elección dejados al juicio pastoral del que preside, cuando se dice por ejemplo: «es oportuno», «con estas o semejantes palabras», «se puede», «o... o», «es conveniente», «habitualmente», «se escoja la forma más adaptada». El presidente al escoger una de las posibilidades debe buscar sobre todo el bien de la asamblea, teniendo en cuenta su formación espiritual y la mentalidad de los participantes más que las preferencias personales o lo más fácil. Para las celebraciones de grupos particulares existen ciertas posibilidades de elección. Es necesaria la prudencia y el discernimiento para evitar la división de la Iglesia local en «pequeñas iglesias», o «capillitas» cerradas en sí mismas. (83) Cf. Codex iuris canonici, cc. 762-772, en particular 769. (84) Cf. Sacrosanctum concilium, 118 también n. 54; dando «la conveniente importancia a la lengua nacional» en los cantos, «es conveniente que los fieles sepan recitar o cantar a una, también en latín, algunas de las partes del Ordinario de la misa» que les corresponde, principalmente el Padre nuestro; cf. Missale romanum, Institutio generalis, 19. (85) Sacrosanctum concilium, 119. (86) Ib., 120. (87) Cf. Codex iuris canonici, c. 841. (88) Cf. Sacrosanctum concilium, 33; Codex iuris canonici, c. 899 § 2. (89) Cf. Sacrosanctum concilium, 30. (90) Cf. ib., 123-124; Codex iuris canonici, c. 1216. (91) Cf. Missale romanum, Institutio generalis, 259-270; Codex iuris canonici, cc. 1235-1239, en particular 1236. (92) Cf. Missale romanum, Institutio generalis, 272. (93) Cf. De benedictionibus, Ordo benedictionis baptisterii seu fontis baptismalis, nn. 832-837. (94) Cf. Missale romanum, Institutio generalis, 287-310. (95) Cf. Sacrosanctum concilium, 125, Lumen gentium, 67, Codex iuris canonici, c. 1188. (96) Concilio de Nicea II: DSchönm. 601; cf. S. Basilio, De Spiritu Sancto, XVIII, 45: PG 32, 149 C; Sources Chrétien­nes 17, 194. (97) Sacrosanctum concilium, 13. (98) Cf. Codex iuris canonici, c. 839 § 2. (99) Vicesimus quintus annus, 18 (4 de diciembre de 1988): AAS 81(1989), 914. (100) Cf. ib. (101) Sacrosanctum concilium, 23. (102) Estos textos pueden ser utilizados provechosamente en las homilías, porque es aquí en donde se muestra más fácilmente «la convergencia entre la sabiduría divina revelada y el noble pensamiento humano, que por distintos caminos busca la verdad»: carta apostólica Dominicae cenae, 10 (24 de febrero de 1980): AAS 72 (1980), 137. (103) Cf. nn. 65 77, 81, Ordo initiationis christianae adultorum, Praenotanda, 30-31, 79-81, 88-89; Ordo celebrandi matrimonium, 41-44, editio typica altera, Praenotanda; Ordo exsequiarum, Praenotanda, 21-22. (104) Sacro­sanctum concilium, 23. (105) Cf. Sacrosanctum concilium, 36 § § 2, 3 y 4; 54; 63. (106) Cf. Vicesimus quintus annus, 20 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 (1989), 916. (107) Constitución apostólica Missale romanum, (3 de abril de 1969): AAS 61 (1969), 221. (108) Missale romanum, Institutio generalis, 6; cf. también Ordo lectionum missae, 111-118, editio typica altera, Praenotanda. (109) Cf. Missale romanum, Institutio generalis, 22. (110) Cf. ib., 232. (111) Cf. ib., 26. (112) Cf. ib., 50. (113) Cf. ib., 56 i. (114) Cf. ib., 56 b. (115) Cf. ib., 242. (116) Cf. ib., 263 y 288. (117) Cf. ib., 290. (118) Cf. ib., 304, 305, 308. (119) Cf. De sacra communione et de cultu mysterii eucharistici extra missam, Praenotanda, 21. (120) Cf. Ordo initiationis christianae adultorum, Praenotanda gene­ralia, 30-33; Praenotanda, 12, 20, 47, 64-65; Ordo, n. 312; Appendix, 12; Ordo baptismi parvulorum, Praenotanda, 8, 23-25; Ordo confirmationis, Praenotanda, 11-12, 16-17; De sacra communione et de cultu mysterii eucharistici extra missam, Praenotanda, 12; Ordo pænitentiæ, Praenotanda, 35 b 38, Ordo unctionis infirmorum eorumque pastoralis curæ, Praenotanda 38-39; Ordo celebrandi matrimonium, editio typica altera, Praenotanda 39-44; De ordinatione episcopi, presbyterorum et diaconorum, editio typica altera, Praenotanda, 11; De benedictionibus, Praenotanda generalia 39. (121) Cf. Ordo initiationis chris­tianae adultorum, Praenotanda, 66; Ordo baptismi parvulorum, Praenotanda, 26; Ordo pænitentiæ, Praenotanda, 39; Ordo celebrandi matrimonium, editio typica altera, Praenotanda, 36. (122) Ordo initiationis christianae adultorum, Ordo baptismi parvulorum, Praenotanda generalia, 30, 2. (123) Ib., 31; cf. Sacrosanctum concilium, 65. (124) Cf. Codex iuris canonici, cc. 1108 y 1112. (125) Cf. Sacrosanctum concilium, 77; Ordo celebrandi matrimonium, editio typica altera, Praenotanda 42. (126) Cf. Sacrosanctum concilium, 77. (127) Cf. Ordo exsequiarum, Praenotanda, 4. (128) Cf ib., 9 y 21, 1-3. (129) Cf. ib., 2. (130) Cf. Sacrosanctum concilium, 81. (131) Cf. ib, 79; De benedictionibus, Praenotanda generalia, 39; Ordo professionis religiosæ, Praenotanda, 12-15. (132) Cf. Normæ universales de Anno liturgico et de calendario, nn. 49, 55; Sagrada Congregación para el Culto Divino, Instrucción Calendaria particularia (24 de junio de 1970): AAS 62 (1970), 651-663. (133) Cf. Codex iuris canonici, c. 1246 § 2. (134) Cf. Normæ universales de Anno liturgico et de calendario, 46. (135) Cf. Liturgia Horarum, Institutio generalis, 92, 162, 178, 184. (136) Cf. Co­dex iuris canonici, c. 455 § 2 y c. 838 § 3; Esto vale para una nueva edición; Vi­cesimus quintus annus, 20 (4 de diciembre de 1988): AAS 81 (1989), 916. (137) Cf Codex iuris canonici, c. 838 § 3. (138) Sacrosanctum concilium, 40 (139) Cf. Sagrada Congregación para los Obispos, Directorio para el ministerio pastoral de los obispos Ecclesiæ imago, 84 (22 de febrero de 1973). (140) Cf. Sacro­sanctum concilium, 40, 1. (141) Cf. ib., 40, 2. (142) Cf. ib.

 

4.2.5 Directorio general para la Catequesis (25-VIII-97) [55]

La inculturación del mensaje evangélico (cfr. Cuarta Parte, cap. 5)

109. La Palabra de Dios se hizo hombre, hombre concreto, situado en el tiempo y en el espacio, enraizado en una cultura determinada: «Cristo, por su encarnación, se unió a las concretas condiciones sociales y culturales de los hombres con quienes convivió» (AG 10; cfr. AG 22a) Esta es la originaria «inculturación» de la Palabra de Dios y el modelo referencial para toda la evangelización de la Iglesia, «llamada a llevar la fuerza del Evangelio al corazón de la cultura y de las culturas» (CT 53; cfr. EN 20).

La «inculturación» (El término «inculturación» ha sido asumido por diversos documentos del Magisterio: cfr. CT 53 y RM 52-54. El concepto de «cultura», tanto en su sentido más general, como en su sentido «sociológico y etnológico» ha sido aclarado en GS 53; cfr. CfL 44a) de la fe, por la que se «asumen en admirable intercambio todas las riquezas de las naciones dadas a Cristo en herencia» (AG 22a; cfr. LG 13 y 17; GS (53-62); DCG (1971) 37), es un proceso profundo y global y un camino lento (cfr. RM 52b que habla del «largo tiempo» que requiere la inculturación). No es una mera adaptación externa que, para hacer más atrayente el mensaje cristiano, se limitase a cubrirlo de manera decorativa con un barniz superficial. Se trata, por el contrario, de la penetración del Evangelio en los niveles más profundos de las personas y de los pueblos, afectándoles «de una manera vital, en profundidad y hasta las mismas raíces» (EN 20; cfr. EN 63; RM 52) de sus culturas.

En este trabajo de inculturación, sin embargo, las comunidades cristianas deberán hacer un discernimiento: se trata de «asumir», (LG 13 utiliza la expresión: «favorece y asume (fovet et assumit)») por una parte, aquellas riquezas culturales que sean compatibles con la fe; pero se trata también, por otra parte, de ayudar a «sanar» (LG 17 se expresa de este modo: «sanar, elevar y perfeccionar (sanare, elevare et consummare)») y «transformar» (EN 19 afirma: «alcanzar y transformar») aquellos criterios, líneas de pensamiento o estilos de vida que estén en contraste con el Reino de Dios. Este discernimiento se rige por dos principios básicos: «la compatibilidad con el Evangelio de las varias culturas a asumir y la comunión con la Iglesia universal» (RM 54a). Todo el pueblo de Dios debe implicarse en este proceso, que «necesita una gradualidad para que sea verdaderamente expresión de la experiencia cristiana de la comunidad» (RM 54b).

110. En esta inculturación de la fe, a la catequesis, se le presentan en concreto diversas tareas. Entre ellas cabe destacar:

– Considerar a la comunidad eclesial como principal factor de inculturación. Una expresión, y al mismo tiempo un instrumento eficaz de esta tarea, es el catequista que, junto a un sentido religioso profundo, debe poseer una viva sensibilidad social y estar bien enraizado en su ambiente cultural (cfr. GCM 12).

– Elaborar unos Catecismos locales que respondan «a las exigencias que dimanan de las diferentes culturas», (cfr. CIgC 24) presentando el Evangelio en relación a las aspiraciones, interrogantes y problemas que en esas culturas aparecen.

– Realizar una oportuna inculturación en el Catecumenado y en las instituciones catequéticas, incorporando con discernimiento el lenguaje, los símbolos y los valores de la cultura en que están enraizados los catecúmenos y catequizandos.

– Presentar el mensaje cristiano de modo que capacite para «dar razón de la esperanza» (1 P 3, 15) a los que han de anunciar el Evangelio en medio de unas culturas a menudo ajenas a lo religioso, y a veces postcristianas. Una apologética acertada, que ayude al diálogo «fe-cultura», se hace imprescindible.

La integridad del mensaje evangélico

111. En la tarea de la inculturación de la fe, la catequesis debe transmitir el mensaje evangélico en toda su integridad y pureza. Jesús anuncia el Evangelio íntegramente: «Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15). Y esta misma integridad la exige Cristo de sus discípulos, al enviarles a la misión: «Enseñadles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,19). Por eso, un criterio fundamental de la catequesis es el de salvaguardar la integridad del mensaje, evitando presentaciones parciales o deformadas del mismo: «A fin de que la "oblación de su fe" sea perfecta, el que se hace discípulo de Cristo tiene derecho a recibir la "palabra de la fe" no mutilada, falsificada o disminuida, sino completa e integral, en todo su rigor y su vigor» (CT 30).

112. Dos dimensiones íntimamente unidas subyacen a este criterio. Se trata, en efecto de:

– Presentar el mensaje evangélico íntegro, sin silenciar ningún aspecto fundamental o realizar una selección en el depósito de la fe (Ibidem). La catequesis, al contrario, «debe procurar diligentemente proponer con fidelidad el tesoro íntegro del mensaje cristiano» (DCG (1971) 38 a). Esto debe hacerse, sin embargo, gradualmente, siguiendo el ejemplo de la pedagogía divina, con la que Dios se ha ido revelando de manera progresiva y gradual. La integridad debe compaginarse con la adaptación.

La catequesis, en consecuencia, parte de una sencilla proposición de la estructura íntegra del mensaje cristiano, y la expone de manera adaptada a la capacidad de los destinatarios. Sin limitarse a esta exposición inicial, la catequesis, gradualmente, propondrá el mensaje de manera cada vez más amplia y explícita, según la capacidad del catequizando y el carácter propio de la catequesis (cfr. DCG (1971) 38b). Estos dos niveles de exposición íntegra del mensaje son denominados «integridad intensiva» e «integridad extensiva».

– Presentar el mensaje evangélico auténtico, en toda su pureza, sin reducir sus exigencias, por temor al rechazo; y sin imponer cargas pesadas que él no incluye, pues el yugo de Jesús es suave (cfr. Mt 11, 30).

Este criterio acerca de la autenticidad está íntimamente vinculado al de la inculturación, porque ésta tiene la función de «traducir» (EN 63, que utiliza las expresiones «transferre» y «translatio»; cfr. RM 53b) lo esencial del mensaje a un determinado lenguaje cultural. En esta necesaria tarea, se da siempre una tensión: «la evangelización pierde mucho de su fuerza si no toma en consideración al pueblo concreto al que se dirige», pero también «corre el riesgo de perder su alma y desvanecerse si se vacía o desvirtúa su contenido, bajo el pretexto de traducirlo» (EN 63c; cfr. CT 53c y 31).

113. En esta compleja relación entre inculturación e integridad del mensaje cristiano, el criterio que debe seguirse es el de una actitud evangélica de «apertura misionera para la salvación integral del mundo» (Sínodo 1985, II, D, 3; cfr. EN 65). Esta actitud debe saber conjugar la aceptación de los valores verdaderamente humanos y religiosos, por encima de cerrazones inmovilistas, con el compromiso misionero de anunciar toda la verdad del evangelio, por encima de fáciles acomodaciones que llevarían a desvirtuar el Evangelio y a secularizar la Iglesia. La autenticidad evangélica excluye ambas actitudes, contrarias al verdadero sentido de la misión.

 

4.2.6 Para una Pastoral de la Cultura (23-V-1999) [56]

La buena noticia del Evangelio para las Culturas

3. Para revelarse, entrar en diálogo con los hombres e invitarlos a la salvación, Dios se ha escogido, de entre el amplio abanico de las culturas milenarias nacidas del genio humano, un Pueblo, cuya cultura originaria Él la ha penetrado, purificado y fecundado. La historia de la Alianza es la del surgimiento de una cultura inspirada por Dios mismo a su pueblo. La Sagrada Escritura es el instrumento querido y usado por Dios para revelarse, lo cual la eleva a un plano supracultural. «En la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios» (Dei Verbum, n. 11). En la Sagrada Escritura, Palabra de Dios, que constituye la inculturación originaria de la fe en el Dios de Abraham, Dios de Jesucristo, «las palabras de Dios, expresadas en lenguas humanas, se han hecho semejantes al habla humana» (ibid., n. 13). El mensaje de la revelación, inscrito en la historia sagrada, se presenta siempre revestido de un ropaje cultural del cual es indisociable, pues es parte integrante de aquélla. La Biblia, Palabra de Dios expresada en el lenguaje de los hombres, constituye el arquetipo del encuentro fecundo entre la Palabra de Dios y la cultura.

A este respecto, la vocación de Abraham es ilustradora: “Sal de tu tierra y de tu patria, y de la casa de tu padre” (Gn 12, 1). «Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, peregrinó por la Tierra Prometida como en tierra extraña, habitando en tiendas [...] Pues esperaba la ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (Hb 11, 8-10). La historia del Pueblo de Dios comienza con una adhesión de fe que es también una ruptura cultural, para culminar en la Cruz de Cristo, ruptura por excelencia, elevación de la tierra, pero también centro de atracción que orienta la historia del mundo hacia Cristo y convoca en la unidad a los hijos de Dios: «Cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 31).

La ruptura cultural con la cual se inicia la vocación de Abraham, «Padre de los creyentes», traduce lo que acontece en lo profundo del corazón del hombre cuando Dios irrumpe en su existencia para revelarse y suscitar el compromiso de todo su ser. Abraham es arrancado de raíz de su humus cultural y espiritual para ser trasplantado por Dios, mediante la fe, a la tierra. Más aún, esta ruptura subraya la fundamental diferencia de naturaleza entre la fe y la cultura. Contrariamente a los ídolos, que son producto de una cultura, el Dios de Abraham es el totalmente otro. Mediante la revelación entra en la vida de Abraham. El tiempo cíclico de las religiones antiguas ha caducado: con Abraham y el pueblo judío comienza un nuevo tiempo que se convierte en la historia de los hombres en camino hacia Dios. No es un pueblo que se fabrica un dios; es Dios que da nacimiento a su Pueblo como Pueblo de Dios.

La cultura bíblica ocupa por ello un puesto único. Es la cultura del Pueblo de Dios, en cuyo corazón Él se ha encarnado. La promesa hecha a Abraham culmina en la glorificación de Cristo crucificado. El padre de los creyentes, en tensión hacia el cumplimiento de la promesa, anuncia el sacrificio del Hijo de Dios sobre el leño de la cruz. En Cristo, que ha venido a recapitular el conjunto de la creación, el amor de Dios convoca a todos los hombres a compartir la condición de hijos. El Dios totalmente otro se manifiesta en Jesucristo, totalmente nuestro: «el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres» (Dei Verbum, n. 13). Así, la fe tiene el poder de alcanzar el corazón de toda cultura para purificarla, fecundarla, enriquecerla y darle la posibilidad de desplegarse a la medida inconmensurable del amor de Cristo. La recepción del mensaje de Cristo suscita así una cultura, cuyos dos constitutivos fundamentales son, a título radicalmente nuevo, la persona y el amor. El amor redentor de Cristo descubre, más allá de los límites naturales de las personas, su valor profundo, que se dilata bajo el régimen de la gracia, don de Dios. Cristo es la fuente de esta civilización del amor, anhelada con nostalgia por los hombres tras la caída del pecado, y que Juan Pablo II, después de Pablo VI, no cesa de invitarnos a realizar junto con todos los hombres de buena voluntad. El vínculo fundamental del Evangelio, es decir, de Cristo y de la Iglesia, con el hombre en su humanidad es creador de cultura en su fundamento mismo. Viviendo el Evangelio, —como lo atestiguan dos mil años de historia— la Iglesia esclarece el sentido y el valor de la vida, amplía los horizontes de la razón y afianza los fundamentos de la moral humana. La fe cristiana auténticamente vivida revela en toda su profundidad la dignidad de la persona y la sublimidad de su vocación (cfr. RM 10). Desde sus orígenes, el cristianismo se distingue por la inteligencia de la fe y la audacia de la razón. Son testigos de ello los pioneros, como san Justino o san Clemente de Alejandría, Orígenes y los Padres Capadocios. Este encuentro fecundo del Evangelio con las filosofías hasta nuestros días, ha sido evocado por Juan Pablo II en su encíclica Fides et Ratio (cfr. n. 36-48). «El encuentro de la fe con las diversas culturas de hecho ha dado vida a una realidad nueva» (ibid. n. 70), crea así una cultura original en los contextos más diversos.

La evangelización y la inculturación

4. La evangelización propiamente dicha consiste en el anuncio explícito del misterio de salvación de Cristo y de su mensaje, pues «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad» (1 Tm 2, 4). «Es, pues, necesario que todos se conviertan a Él, una vez conocido por la predicación del Evangelio, y a Él y a la Iglesia, que es su Cuerpo, se incorporen por el bautismo» (AG 7). La novedad que brota incesantemente de la revelación de Dios «con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí» (Dei Verbum, n. 2), comunicada por el Espíritu de Cristo que actúa en la Iglesia, manifiesta la verdad acerca de Dios y la salvación del hombre. El anuncio de Jesucristo, «que es a la vez mediador y plenitud de toda la revelación» (ibid.), saca a la luz los semina Verbi escondidos y a veces como enterrados en el corazón de las culturas, y los abre a la medida misma de la capacidad de infinito que Él ha creado y que viene a colmar en la admirable condescendencia de su Sabiduría eterna (Dei Verbum, n. 13), transformando su proyecto de sentido en un objetivo de trascendencia, y las piedras de espera en puntos de amarre para la acogida del Evangelio. Mediante el testimonio explícito de su fe, los discípulos de Jesús impregnan de Evangelio la pluralidad de las culturas.

«Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad [...] Se trata también de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación.

Lo que importa es evangelizar no de una manera decorativa, como con un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces la cultura y las culturas del hombre, en el sentido rico y amplio que tienen sus términos en la Gaudium et spes, tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios.

El Evangelio, y por consiguiente la evangelización, no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Sin embargo, el reino que anuncia el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura y la construcción del reino no puede por menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas. Independientes con respecto a las culturas, Evangelio y evangelización, no son necesariamente incompatibles con ellas, sino capaces de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna.

La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo [...] De ahí que hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas. Estas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva» (EN 18-20). Para hacerlo es necesario anunciar el Evangelio en la lengua y la cultura de los hombres.

Esta Buena Nueva se dirige a la persona humana en su compleja totalidad, espiritual y moral, económica y política, cultural y social. La Iglesia no duda en hablar de evangelización de las culturas, es decir, de las mentalidades, de las costumbres, de los comportamientos. «La nueva evangelización pide un esfuerzo lúcido, serio y ordenado para evangelizar la cultura» (Ecclesia in America, n. 70).

Si las culturas, cuya totalidad está constituida por elementos heterogéneos, son cambiantes y caducas, el primado de Cristo y la universalidad de su mensaje son fuente inagotable de vida (cfr. Col 1, 8-12; Ef 1, 8) y de comunión. Portadores de esta novedad absoluta de Cristo al corazón de las culturas, los misioneros del Evangelio no cesan de rebasar los límites propios de cada cultura, sin dejarse encerrar en las perspectivas terrestres de un mundo mejor. «Pero como el Reino de Cristo no es de este mundo (cfr. Jn 18, 36), la Iglesia o Pueblo de Dios, introduciendo este Reino no arrebata a ningún pueblo ningún bien temporal, sino al contrario, todas las facultades, riquezas y costumbres que revelan la idiosincrasia de cada pueblo, en lo que tienen de bueno, las favorece y asume» (LG 13). El evangelizador, cuya propia fe está ligada a una cultura, ha de dar abierto testimonio del puesto único de Cristo, de la sacramentalidad de su Iglesia, del amor de sus discípulos a todo hombre y a «todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio» (Fil 4, 8), lo que implica el rechazo de todo lo que es fuente o fruto del pecado en el corazón de las culturas.

5. «Un problema ulterior nace de la exigencia hoy intensamente sentida de la evangelización de las culturas y de la inculturación del mensaje de la fe» (Pastores dabo vobis, n. 55). Una y otra caminan con igual paso, en un proceso de mutuo intercambio que exige el ejercicio permanente de un discernimiento riguroso a la luz del Evangelio, a fin de identificar valores y contravalores presentes en las culturas, construir sobre los primeros y luchar enérgicamente contra los segundos. «Por medio de la inculturación la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro. Por su parte, con la inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e instrumento más apto para la misión» (RM 52). «Necesaria y esencial» (Pastores dabo vobis, n. 55), la inculturación, alejada igualmente del arqueologismo y del mimetismo intramundano, «está llamada a llevar la fuerza del Evangelio al corazón de la cultura y de las culturas». «En este encuentro, las culturas no sólo no se ven privadas de nada, sino que por el contrario son animadas a abrirse a la novedad de la verdad evangélica recibiendo incentivos para ulteriores desarrollos» (Fides et Ratio, n. 71).

En sintonía con las exigencias objetivas de la fe y la misión de evangelizar, la Iglesia tiene en cuenta este dato esencial: el encuentro entre la fe y las culturas se opera entre dos realidades que no son del mismo orden. Por tanto la inculturación de la fe y la evangelización de las culturas, constituyen como un binomio que excluye toda forma de sincretismo (cfr. Indiferentismo y sincretismo. Desafíos y propuestas pastorales para la Nueva Evangelización de América Latina. Simposio, San José de Costa Rica, 19-23 de enero 1992. Celam, Bogotá, 1992). Tal es «el sentido auténtico de la inculturación. Ésta, ante las culturas más dispares y a veces contrapuestas, presentes en las distintas partes del mundo, quiere ser una obediencia al mandato de Cristo de predicar el Evangelio a todas las gentes hasta los últimos confines de la tierra. Esta obediencia no significa sincretismo, ni simple adaptación del anuncio evangélico, sino que el Evangelio penetra vitalmente en las culturas, se encarna en ellas, superando sus elementos culturales incompatibles con la fe y con la vida cristiana y elevando sus valores al misterio de la salvación que proviene de Cristo» (Pastores dabo vobis, n. 55). Los sucesivos sínodos de obispos no cesan de subrayar la particular importancia para la evangelización de esta inculturación a la luz de los grandes misterios de la salvación: la encarnación de Cristo, su Nacimiento, su Pasión y Pascua redentora, y Pentecostés, que por la fuerza del Espíritu, concede a cada uno escuchar en su propia lengua las maravillas de Dios (cfr. SD 230). Las naciones convocadas en torno al cenáculo el día de Pentecostés no han escuchado en sus respectivas lenguas un discurso sobre sus propias culturas humanas, sino que se sorprenden de oír, cada uno en su lengua, a los apóstoles anunciar las maravillas de Dios. Si bien es cierto que el mensaje evangélico no se puede aislar pura y simplemente de la cultura en la que está inserto desde el principio, ni tampoco, sin graves pérdidas, de las culturas en las que ya se ha expresado a lo largo de los siglos, sin embargo, la fuerza del Evangelio es en todas partes transformadora y regeneradora (cfr. CT 53). «El anuncio del Evangelio en las diversas culturas, aunque exige de cada destinatario la adhesión de la fe, no les impide conservar una identidad cultural propia, favoreciendo el progreso de lo que en ella hay de implícito hacia su plena explicación en la verdad» (Fides et Ratio, n. 71).

«Teniendo presente la relación estrecha y orgánica entre Jesucristo y la palabra que anuncia la Iglesia, la inculturación del mensaje revelado tendrá que seguir la "lógica" propia del misterio de la Redención [...] Esta kénosis necesaria para la exaltación, itinerario de Jesús y de cada uno de sus discípulos (cfr. Flp 2, 6-9), es iluminadora para el encuentro de las culturas con Cristo y su Evangelio. Cada cultura tiene necesidad de ser transformada por los valores del Evangelio a la luz del misterio pascual» (Ecclesia in Africa, n. 61). La ola dominante de secularismo que se extiende a través de las culturas, idealiza a menudo, con la fuerza de sugestión de los medios, modelos de vida que son la antítesis de la cultura de las Bienaventuranzas y de la imitación de Cristo pobre, casto, obediente y manso de corazón. De hecho, hay grandes obras culturales que se inspiran en el pecado y pueden incitar al él. «La Iglesia, al proponer la Buena Nueva, denuncia y corrige la presencia del pecado en las culturas; purifica y exorciza los desvalores. Establece por consiguiente, una crítica de las culturas... crítica de las idolatrías, es decir, de los valores erigidos en ídolos, de aquellos valores, que sin serlo, una cultura asume como absolutos» (cfr. DP 405).

Una pastoral de la cultura

6. Al servicio del anuncio de la Buena Nueva y por tanto del destino del hombre en el designio de Dios, la pastoral de la cultura deriva de la misión misma de la Iglesia en el mundo contemporáneo, con una percepción renovada de sus exigencias, expresada por el Concilio Vaticano II y los Sínodos de los Obispos. La toma de conciencia de la dimensión cultural de la existencia humana entraña una atención particular hacia este campo nuevo de la pastoral. Anclada en la antropología y la ética cristiana, esta pastoral anima un proyecto cultural cristiano que permite a Cristo, Redentor del hombre, centro del cosmos y de la historia (cfr. RM 1), renovar toda la vida de los hombres, “abriendo a su potencia salvadora los inmensos dominios de la cultura» (Juan Pablo II, Homilía de la misa de la solemne inauguración del pontificado, 22 octubre 1978; IGP2 I (1978) 35-41) En este campo, las vías son prácticamente infinitas, pues la pastoral de la cultura se aplica a las situaciones concretas a fin de abrirlas al mensaje universal del Evangelio.

Al servicio de la evangelización, que constituye la misión esencial de la Iglesia, su gracia y su vocación propia, y su identidad más profunda (cfr. EN 14), la pastoral, a la búsqueda de «las formas más adecuadas y eficaces de comunicar el mensaje evangélico a los hombres de nuestro tiempo» (ibid., n. 40), conjuga medios complementarios: «La evangelización, hemos dicho, es un paso complejo, con elementos variados: renovación de la humanidad, testimonio, anuncio explícito, adhesión del corazón, entrada en la comunidad, acogida de los signos, iniciativas de apostolado. Estos elementos pueden parecer contrastantes, incluso exclusivos. En realidad son complementarios y mutuamente enriquecedores. Hay que ver siempre cada uno de ellos integrado con los otros» (ibid., n. 24).

Una evangelización inculturada gracias a una pastoral concertada permite a la comunidad cristiana recibir, celebrar, vivir, traducir su fe en su propia cultura, en «la compatibilidad con el Evangelio y la comunión con la Iglesia universal» (RM 54). Traduce al mismo tiempo el carácter absolutamente nuevo de la revelación en Jesucristo y la exigencia de conversión que brota del encuentro con el único salvador: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21, 5).

He aquí la importancia de la tarea propia de los teólogos y los pastores para la fiel inteligencia de la fe y el discernimiento pastoral. La simpatía con la que tienen que abordar las culturas «sirviéndose de conceptos y lenguas de los diversos pueblos» (GS 44) para expresar el mensaje de Cristo, no puede alejarse de un discernimiento exigente frente a los grandes problemas que emergen de un análisis objetivo de los fenómenos culturales contemporáneos. El peso de estos no puede ser ignorado por los pastores, pues está en juego la conversión de las personas y, a través de ellas, de las culturas, la cristianización del ethos de los pueblos (cfr. EN 20).

 

4.2.7 Directorio sobre la Piedad popular y la Liturgia (17-XII- 2001)[57]

Enculturación y piedad popular

91. La piedad popular está caracterizada, naturalmente, por el sentimiento propio de una época de la historia y de una cultura. Una muestra de esto es la variedad de expresiones que la constituyen, florecidas y afirmadas en las diversas Iglesias particulares en el transcurso del tiempo, signo del enraizarse de la fe en el corazón de los diversos pueblos y de su entrada en el ámbito de lo cotidiano. Realmente "la religiosidad popular es la primera y fundamental forma de "enculturación" de la fe, que se debe dejar orientar continuamente y guiar por las indicaciones de la Liturgia, pero que a su vez fecunda la fe desde el corazón". El encuentro entre el dinamismo innovador del mensaje del Evangelio y los diversos componentes de una cultura es algo que está atestiguado en la piedad popular.

92. El proceso de adaptación o de enculturación de un ejercicio de piedad no debería presentar dificultades por lo que se refiere al lenguaje, a las expresiones musicales y artísticas y al uso de gestos y posturas del cuerpo. Los ejercicios de piedad, por una parte no conciernen a aspectos esenciales de la vida sacramental y por otra son, en muchos casos, de origen popular, nacidos del pueblo, formulados con su lenguaje y situados en el marco de la fe católica.

Sin embargo, el hecho de que los ejercicios de piedad y las prácticas de devoción sean expresión del sentir del pueblo, no autoriza a actuar en esta materia de modo subjetivo y con personalismo. Manteniendo la competencia propia del Ordinario del lugar o de los Superiores Mayores – si se trata de devociones vinculadas a Órdenes religiosas -, cuando se trata de ejercicios de piedad que afectan a toda una nación o a una amplia región, conviene que se pronuncie la Conferencia de Obispos.

Es preciso una gran atención y un profundo sentido de discernimiento para impedir que, a través de las diversas formas del lenguaje, se insinúen en los ejercicios de piedad nociones contrarias a la fe cristiana o se abra la puerta a expresiones contaminadas por el sincretismo.

En particular es necesario que el ejercicio de piedad, objeto de un proceso de adaptación o de enculturación, conserve su identidad profunda y su fisonomía esencial. Esto requiere que se mantenga reconocible su origen histórico y las líneas doctrinales y cultuales que lo caracterizan.

En lo referente al empleo de formas de piedad popular en el proceso de enculturación de la Liturgia, hay que remitirse a la Instrucción de este Dicasterio sobre el tema en cuestión.

 

4.2.8 Instrucción Caminar desde Cristo: un renovado compromiso de la Vida Consagrada (19-V-2002)[58]

19. (…)

También son muy actuales las temáticas de la inculturación. Miran la manera de encarnar la vida consagrada, la adaptación de las formas de espiritualidad y de apostolado, las formas de gobierno, la formación, la gestión de los recursos y de los bienes económicos, el desarrollo de la misión. Los deseos expresados por el Papa a toda la Iglesia valen también para la vida consagrada: «El cristianismo del tercer milenio debe responder cada vez mejor a esta exigencia de inculturación. Permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado» (Novo millennio ineunte, 40). De una verdadera inculturación se espera un notable enriquecimiento y un nuevo impulso espiritual y apostólico para la vida consagrada y para toda la Iglesia.

Podríamos revisar otras muchas expectativas de la vida consagrada al comienzo de este nuevo milenio y no acabaríamos nunca, porque el Espíritu empuja siempre hacia adelante, siempre más allá. La palabra del Maestro debe suscitar en todos sus discípulos y discípulas un gran entusiasmo para recordar con gratitud el pasado, vivir con pasión el presente y abrirnos con confianza al futuro (cfr. Novo millennio ineunte, 1).

Escuchando la invitación hecha por el Papa Juan Pablo II a toda la Iglesia, la vida consagrada decididamente debe caminar desde Cristo, contemplando su rostro, favoreciendo los caminos de la espiritualidad como vida, pedagogía y pastoral: «La Iglesia espera también vuestra colaboración, hermanos y hermanas consagrados, para avanzar a lo largo de este nuevo tramo de camino según las orientaciones que he trazado en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte: contemplar el rostro de Cristo, partir de Él, ser testigos de su amor» (Homilía (2 de febrero de 2001): L'Osservatore Romano, 4 de febrero de 2001, p.4.). Sólo entonces la vida consagrada encontrará nuevo vigor para ponerse al servicio de toda la Iglesia y de la entera humanidad.

37. La primera tarea que se debe tomar con entusiasmo es el anuncio de Cristo a las gentes. Éste depende sobre todo de los consagrados y de las consagradas que se comprometen a hacer llegar el mensaje del Evangelio a la multitud creciente de los que lo ignoran. Tal misión está todavía en los comienzos y debemos comprometernos con todas las fuerzas para llevarla a cabo (cfr. RM 1). La acción confiada y audaz de los misioneros y de las misioneras deberá responder siempre mejor a la exigencia de la inculturación, así como a que no se nieguen los valores específicos de cada pueblo, sino que sean purificados y llevados a su plenitud (cfr. Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Asia, Nueva Delhi, 6 de noviembre de 1999, 22). 

Permaneciendo en total fidelidad al anuncio evangélico, el cristianismo del tercer milenio llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado (cfr. Novo millennio ineunte, 40).


 


5. Benedicto XVI

5.1 Magisterio de Benedicto XVI

5.1.1 Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis (22-II-2007)[59]

 

54. A partir de las afirmaciones fundamentales del Concilio Vaticano II, se ha subrayado varias veces la importancia de la participación activa de los fieles en el Sacrificio eucarístico. Para favorecerla se pueden permitir algunas adaptaciones apropiadas a los diversos contextos y culturas (cfr. SC nn. 37-42). El hecho de que haya habido algunos abusos no disminuye la claridad de este principio, que se debe mantener de acuerdo con las necesidades reales de la Iglesia, que vive y celebra el mismo misterio de Cristo en situaciones culturales diferentes. En efecto, el Señor Jesús, precisamente en el misterio de la Encarnación, naciendo de mujer como hombre perfecto (cf. Ga 4,4), no sólo está en relación directa con las expectativas expresadas en el Antiguo Testamento, sino también con las de todos los pueblos. Con eso, Él ha manifestado que Dios quiere encontrarse con nosotros en nuestro contexto vital. Por tanto, para una participación más eficaz de los fieles en los santos Misterios, es útil proseguir el proceso de inculturación en el ámbito de la celebración eucarística, teniendo en cuenta las posibilidades de adaptación que ofrece la Ordenación General del Misal Romano (cfr. nn.386-399), interpretadas a la luz de los criterios fijados por la IV Instrucción de la Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los Sacramentos, Varietates legitimae, del 25 de enero de 1994 (AAS 87 (1995), 288-314.), y de las directrices dadas por el Papa Juan Pablo II en las Exhortaciones apostólicas postsinodales Ecclesia in Africa, Ecclesia in America, Ecclesia in, Ecclesia in Oceania, Ecclesia in Europa. Para lograr este objetivo, recomiendo a las Conferencias Episcopales que favorezcan el adecuado equilibrio entre los criterios y normas ya publicadas y las nuevas adaptaciones (cfr. XI Asamblea General del Sínodo de los Obispos (2005), Propositio 26) siempre de acuerdo con la Sede Apostólica.

 

78. De todo lo expuesto se desprende que el Misterio eucarístico nos hace entrar en diálogo con las diferentes culturas, aunque en cierto sentido también las desafía (Cf. Relatio post disceptationem, 30: L'Osservatore Romano (14 octubre 2005), p. 6.). Se ha de reconocer el carácter intercultural de este nuevo culto, de esta logiké latreía. La presencia de Jesucristo y la efusión del Espíritu Santo son acontecimientos que pueden confrontarse siempre con cada realidad cultural, para fermentarla evangélicamente. Por consiguiente, esto comporta el compromiso de promover con convicción la evangelización de las culturas, con la conciencia de que el mismo Cristo es la verdad de todo hombre y de toda la historia humana. La Eucaristía se convierte en criterio de valorización de todo lo que el cristiano encuentra en las diferentes expresiones culturales. En este importante proceso podemos escuchar las muy significativas palabras de san Pablo que, en su primera Carta a los Tesalonicenses, exhorta: « examinadlo todo, quedándoos con lo bueno » (5,21).

 

5.1.2 Discurso a los Obispos del Brasil, Sao Paulo (11-V-2007)[60]

 

4. Recomenzar desde Cristo en todos los ámbitos de la misión. Redescubrir en Jesús el amor y la salvación que el Padre nos da, por el Espíritu Santo. Ésta es la sustancia, la raíz, de la misión episcopal que hace del Obispo el primero responsable por la catequesis diocesana. En efecto, tiene la dirección superior de la catequesis, rodeándose de colaboradores competentes y merecedores de confianza. Es obvio, por tanto, que sus catequistas no son simples comunicadores de experiencias de fe, sino que deben ser auténticos transmisores, bajo la guía de su Pastor, de las verdades reveladas. La fe es una caminata conducida por el Espíritu Santo que se condensa en dos palabras: conversión y seguimiento. Ésas dos palabras-llave de la tradición cristiana indican con claridad, que la fe en Cristo implica una praxis de vida basada en el doble mandamiento del amor, a Dios y al prójimo, y expresan también la dimensión social de la vida cristiana.


La verdad supone un conocimiento claro del mensaje de Jesús, transmitida gracias a un comprensible lenguaje inculturado, pero necesariamente fiel a la propuesta del Evangelio. En los tiempos actuales es urgente un conocimiento adecuado de la fe, como está bien sintetizada en el Catecismo de la Iglesia Católica con su Compendio. Hace parte de la catequesis esencial también la educación a las virtudes personales y sociales del cristiano, como también la educación a la responsabilidad social. Exactamente porque fe, vida y celebración de la sagrada liturgia como fuente de fe y de vida, son inseparables, es necesaria una aplicación más correcta de los principios indicados por el Concilio Vaticano II en lo que respecta a la Liturgia de la Iglesia, incluyendo las disposiciones contenidas en el Directorio para los Obispos (nn.145-151), con el propósito de devolver a la Liturgia su carácter sagrado. Es con esta finalidad que mi Venerable predecesor en la Cátedra de Pedro, Juan Pablo II, quiso renovar “un vehemente apelo para que las normas litúrgicas sean observadas, con gran fidelidad, en la celebración eucarística” (...) “La liturgia jamás es propiedad privada de alguien, ni del celebrante, ni de la comunidad donde son celebrados los santos misterios” (Ecclesia de Eucharistia, n. 52). Redescubrir y valorar la obediencia a las normas litúrgicas por parte de los Obispos, como “moderadores de la vida litúrgica de la Iglesia”, significa dar testimonio de la misma Iglesia, una y universal, que preside en la caridad.

 

5.1.3 Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini (30-IX-2010)[61]

 

Palabra de Dios y culturas

 

El valor de la cultura para la vida del hombre

109. El anuncio joánico referente a la encarnación del Verbo, revela la unión indisoluble entre la Palabra divina y las palabras humanas, por las cuales se nos comunica. En el marco de esta consi­deración, el Sínodo de los Obispos se ha fijado en la relación entre Palabra de Dios y cultura. En efecto, Dios no se revela al hombre en abstracto, sino asumiendo lenguajes, imágenes y expresiones vinculadas a las diferentes culturas. Es una relación fecunda, atestiguada ampliamente en la historia de la Iglesia. Hoy, esta relación entra también en una nueva fase, debido a que la evangelización se extiende y arraiga en el seno de las diferentes culturas, así como a los más recientes avances de la cultura occidental. Esto exige, ante todo, que se reconozca la importancia de la cultura para la vida de todo hombre. En efecto, el fenómeno de la cultura, en sus múltiples aspectos, se presenta como un dato constitutivo de la experiencia hu­mana: «El hombre vive siempre según una cultura que le es propia, y que, a su vez crea entre los hombres un lazo que les es también propio, determinando el carácter inter-humano y social de la existencia humana» (Juan Pablo II, Discurso a la UNESCO (2 junio 1980), 6: AAS 72 (1980), 738).

 

La Palabra de Dios ha inspirado a lo largo de los siglos las diferentes culturas, generando valores morales fundamentales, expresiones artísticas excelentes y estilos de vida ejemplares (Cf. Propositio 41). Por tanto, en la perspectiva de un renovado encuentro entre Biblia y culturas, quisiera reiterar a todos los exponentes de la cultura que no han de temer abrirse a la Palabra de Dios; ésta nunca destruye la verdadera cultura, sino que representa un estímulo constante en la búsqueda de expresiones humanas cada vez más apropiadas y significativas. Toda auténtica cultura, si quiere ser realmente para el hombre, ha de estar abierta a la transcendencia, en último término, a Dios.

 

La Biblia como un gran códice para las culturas

110. Los Padres sinodales ha subrayado la importancia de favorecer entre los agentes cultura­les un conocimiento adecuado de la Biblia, incluso en los ambientes secularizados y entre los no creyentes (Cf. ibíd.); la Sagrada Escritura contiene valores antropológicos y filosóficos que han influido positivamente en toda la humanidad (Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998), 80:AAS91 (1999), 67-68). Se ha de recobrar plenamente el sentido de la Biblia como un gran códice para las culturas.

 

El conocimiento de la Biblia en la escuela y la universidad

111. Un ámbito particular del encuentro entre Palabra de Dios y culturas es el de la escuela y la universidad. Los Pastores han de prestar una atención especial a estos ámbitos, promoviendo un conocimiento profundo de la Biblia que permita captar sus fecundas implicaciones culturales también para nuestro tiempo. Los centros de estudio promovidos por entidades católicas dan una contribución singular —que ha de ser reconocida— a la promoción de la cultura y la instrucción. Además, no se debe descuidar la enseñanza de la religión, formando esmeradamente a los docentes. Ésta representa en muchos casos para los estudiantes una ocasión única de contacto con el mensaje de la fe. Conviene que en esta enseñanza se promue­va el conocimiento de la Sagrada Escritura, superando antiguos y nuevos prejuicios, y tratando de dar a conocer su verdad (Cf. Lineamenta 23).

 

La Sagrada Escritura en las diversas manifestaciones artísticas

112. La relación entre Palabra de Dios y cultura se ha expresado en obras de diversos ámbitos, en particular en el mundo del arte. Por eso, la gran tradición de Oriente y Occidente ha apreciado siempre las manifestaciones artísticas inspiradas en la Sagrada Escritura como, por ejemplo, las artes figurativas y la arquitectura, la literatura y la música. Pienso también en el antiguo lenguaje de los iconos, que desde la tradición oriental se está difundiendo por el mundo entero. Con los Padres sinodales, toda la Iglesia manifiesta su consideración, estima y admiración por los artistas «enamorados de la belleza», que se han dejado inspirar por los textos sagrados; ellos han contribuido a la decoración de nuestras iglesias, a la celebración de nuestra fe, al enriquecimiento de nuestra liturgia y, al mismo tiempo, muchos de ellos han ayudado a reflejar de modo perceptible en el tiempo y en el espacio las realidades invisibles y eternas (Cf. Propositio 40). Exhorto a los organismos competentes a que se promueva en la Iglesia una sólida formación de los artistas sobre la Sagrada Escritura a la luz de la Tradición viva de la Iglesia y el Magisterio.

 

Palabra de Dios y medios de comunicación social

113. A la relación entre Palabra de Dios y culturas se corresponde la importancia de emplear con atención e inteligencia los medios de comunicación social, antiguos y nuevos. Los Padres sinodales han recomendado un conocimiento apropiado de estos instrumentos, poniendo atención a su rápido desarrollo y alto grado de interacción, así como a invertir más energías en adquirir competencia en los diversos sectores, particularmente en los llamados new media como, por ejemplo, internet. Existe ya una presencia significativa por parte de la Iglesia en el mundo de la comunicación de masas, y también el Magisterio eclesial se ha expre­sado más de una vez sobre este tema a partir del Concilio Vaticano II (Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Inter mirifica, sobre los medios de comunicación social; Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, Instr. past. Communio et progressio, sobre los medios de comunicación social, preparada por mandato especial del Concilio Ecuménico Vaticano II (23 mayo 1971): AAS 63 (1971), 593-656; Juan Pablo II, Carta ap. El rápido desarrollo (24 enero 2005): AAS 97 (2005), 265-274; Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, Instr. past. Aetatis novae, sobre las comunicaciones sociales en el vigésimo aniversario de la Communio et progressio (22 febrero 1992): AAS 84 (1992), 447-468; Id., La Iglesia e internet (22 septiembre 2002)). La adquisición de nuevos métodos para transmitir el mensaje evangélico forma parte del constante impulso evangelizador de los creyentes, y la comunicación se extiende hoy como una red que abarca todo el globo, de modo que el requerimiento de Cristo adquiere un nuevo sentido: «Lo que yo os digo de noche, decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea» (Mt 10,27). La Palabra divina debe llegar no sólo a través del lenguaje escrito, sino también mediante las otras formas de comunicación (Cf. Mensaje final, IV, 11; Benedicto XVI, Mensaje para la XLIII Jornada mundial de las comunicaciones sociales 2009 (24 enero 2009): L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (30 enero 2009), 3). Por eso, junto a los Padres sinodales, deseo agradecer a los católicos que, con competencia, están comprometidos en una pre­sencia significativa en el mundo de los medios de comunicación, animándolos a la vez a un esfuerzo más amplio y cualificado (Cf. Propositio 44).

 

Entre las nuevas formas de comunicación de masas, hoy se reconoce un papel creciente a internet, que representa un nuevo foro para hacer resonar el Evangelio, pero conscientes de que el mundo virtual nunca podrá reemplazar al mundo real, y que la evangelización podrá aprovechar la realidad virtual que ofrecen los new media para establecer relaciones significativas sólo si llega al contacto personal, que sigue siendo insustituible. En el mundo de internet, que permite que millones y millones de imágenes aparezcan en un número incontable de pantallas de todo el mundo, deberá aparecer el rostro de Cristo y oírse su voz, porque «si no hay lugar para Cristo, tampoco hay lugar para el hombre» (Juan Pablo II, Mensaje para la XXXVI Jornada mundial de las comunicaciones sociales 2002 (24 enero 2002), 6: L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (25 enero 2002), p. 5).

 

Biblia e inculturación

114. El misterio de la Encarnación nos manifiesta, por una parte, que Dios se comunica siem­pre en una historia concreta, asumiendo las claves culturales inscritas en ella, pero, por otra, la misma Palabra puede y tiene que transmitirse en culturas diferentes, transfigurándolas desde dentro, mediante lo que el Papa Pablo VI llamó la evangelización de las culturas (Cf. Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 20:AAS68 (1976), 18-19). La Palabra de Dios, como también la fe cristiana, manifiesta así un carácter intensamente intercultural, capaz de encontrar y de que se encuentren culturas diferentes (Cf. Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 fe­brero 2007), 78: AAS 99 (2007), 165).

 

En este contexto, se entiende también el valor de la inculturación del Evangelio (Cf. Propositio 48). La Iglesia está firmemente convencida de la capacidad de la Palabra de Dios para llegar a todas las personas humanas en el contexto cultural en que viven: «Esta convicción emana de la Biblia misma, que desde el libro del Génesis toma una orientación universal (cf. Gn 1,27-28), la mantiene luego en la bendición prometida a todos los pueblos gracias a Abrahán y su descendencia (cf. Gn 12,3; 18,18) y la confirma definitivamente extendiendo a "todas las naciones" la evangelización» (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (15 abril 1993), IV, B). Por eso, la inculturación no ha de consistir en procesos de adaptación superficial, ni en la confusión sincretista, que diluye la originalidad del Evangelio para hacerlo más fácilmente aceptable (Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 22; Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (15 abril 1993), IV, B). El auténtico paradigma de la inculturación es la encarnación misma del Verbo: «La "culturización" o "inculturación" que promovéis con razón será verdade­ramente un reflejo de la encarnación del Verbo, cuando una cultura, transformada y regenerada por el Evangelio, genere de su propia tradición viva expresiones originales de vida, celebración y pensamiento cristianos» (Juan Pablo II, Discurso a los Obispos de Kenya (7 mayo 1980), 6: AAS 72 (1980), 497), haciendo fermentar desde dentro la cultura local, valorizando los semina Verbi y todo lo que hay en ella de positivo, abriéndola a los valores evangélicos (Cf. Instrumentum laboris, 56).

Traducciones y difusión de la Biblia

115. Si la inculturación de la Palabra de Dios es parte imprescindible de la misión de la Iglesia en el mundo, un momento decisivo de este proceso es la difusión de la Biblia a través del valioso trabajo de su traducción en las diferentes lenguas. A este propósito, se ha de tener siempre en cuenta que la traducción de las Escrituras comenzó «ya en los tiempos del Antiguo Testamento, cuando se tradujo oralmente el texto hebreo de la Biblia en arameo (Ne 8,8.12) y más tarde, por escrito, en griego. Una traducción, en efecto, es siempre más que una simple trascripción del texto original. El paso de una lengua a otra comporta necesariamente un cambio de contexto cultural: los conceptos no son idénticos y el alcance de los símbolos es diferente, ya que ellos ponen en rela­ción con otras tradiciones de pensamiento y otras maneras de vivir» (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (15 abril 1993), IV, B).

 

Durante los trabajos sinodales se ha debido constatar que varias Iglesias locales no disponen de una traducción integral de la Biblia en sus propias lenguas. Cuántos pueblos tienen hoy hambre y sed de la Palabra de Dios, pero, desafortunadamente, no tienen aún un «fácil acceso a la sagrada Escritura» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 22), como deseaba el Concilio Vaticano II. Por eso, el Sínodo considera impor­tante, ante todo, la formación de especialistas que se dediquen a traducir la Biblia a las diferentes len­guas (Cf. Propositio 42). Animo a invertir recursos en este campo. En particular, quisiera recomendar que se apoye el compromiso de la Federación Bíblica Católica, para que se incremente más aún el número de traducciones de la Sagrada Escritura y su difusión capilar (Cf. Propositio 43). Conviene que, dada la naturaleza de un trabajo como éste, se lleve a cabo en lo posible en colaboración con las diversas Sociedades Bíblicas.

 

La Palabra de Dios supera los límites de las culturas

116. La Asamblea sinodal, en el debate sobre la relación entre Palabra de Dios y culturas, ha sentido la exigencia de reafirmar aquello que los primeros cristianos pudieron experimentar desde el día de Pentecostés (cf. Hch 2,1-13). La Palabra divina es capaz de penetrar y de expresarse en culturas y lenguas diferentes, pero la misma Palabra transfigura los límites de cada cultura, creando comunión entre pueblos diferentes. La Palabra del Señor nos invita a una comunión más amplia. « Salimos de la limitación de nuestras experiencias y entramos en la realidad que es verdaderamente universal. Al entrar en la comunión con la Palabra de Dios, entramos en la comunión de la Iglesia que vive la Palabra de Dios... Es salir de los límites de cada cultura para entrar en la universalidad que nos relaciona a todos, que une a todos, que nos hace a todos hermanos» (Benedicto XVI, Homilía durante la Hora Tercia de la pri­mera Congregación general del Sínodo de los Obispos (6 octubre 2008): AAS (2008), 760). Por tanto, anunciar la Palabra de Dios exige siempre que nosotros mismos seamos los primeros en emprender un renovado éxodo, en dejar nuestros criterios y nuestra imaginación limitada para dejar espacio en nosotros a la presencia de Cristo.

 

 

5.1.4 Exhortación apostólica postsinodal Africæ munus (19-11-2011)[62]

 

D. Inculturación del Evangelio y evangelización de la cultura

 36. Para lograr esta comunión, sería bueno volver a examinar una necesidad mencionada durante la Primera Asamblea del Sínodo para África: un estudio exhaustivo de las tradiciones culturales africanas. Los miembros del Sínodo han constatado la existencia de una dicotomía entre ciertas prácticas tradicionales de las culturas africanas y las exigencias específicas del mensaje de Cristo. La preocupación por la relevancia y la credibilidad exige de la Iglesia un profundo discernimiento con vistas a identificar los aspectos culturales que obstaculizan la encarnación de los valores del Evangelio, así como los que los promueven (Cf. Propositio 33).

37. Sin embargo, no debemos olvidar que el Espíritu Santo es el verdadero protagonista de la inculturación, «es el que precede, en modo fecundo, al diálogo entre la Palabra de Dios, revelada en Jesucristo, y las inquietudes más profundas que brotan de la multiplicidad de los hombres y de las culturas. Así continúa en la historia, en la unidad de una misma y única fe, el acontecimiento de Pentecostés, que se enriquece a través de la diversidad de lenguas y culturas» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización (3 diciembre 2007), 6: AAS (2008), 494). El Espíritu Santo actúa para que el Evangelio sea capaz de impregnar todas las culturas, sin dejarse atenazar por ninguna de ellas (Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 19-20: AAS 68 (1976), 18-19). Los Obispos se preocuparán de velar para que esta exigencia de inculturación se cumpla según las normas establecidas por la Iglesia. Discernir los elementos culturales y tradiciones contrarios al Evangelio ayudará a separar el trigo de la cizaña (cf. Mt 13,26). De este modo, el cristianismo, aunque permaneciendo fiel a sí mismo, con absoluta fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición de la Iglesia, asumirá el rostro de las innumerables culturas y pueblos donde ha sido acogido y ha arraigado. Así, la Iglesia llegará a ser un icono del futuro que el Espíritu de Dios nos prepara (Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 40: AAS 93 (2001), 295), icono al que África ofrecerá su propia contribución. En esta obra de inculturación, tampoco hay que olvidar la tarea, igualmente esencial, de la evangelización del mundo de la cultura contemporánea africana.

38. Son conocidas las iniciativas de la Iglesia en la apreciación positiva y en la preservación de las culturas africanas. Es muy importante continuar con esta tarea, dado que la entremezcla de los pueblos, aun siendo un enriquecimiento, frecuentemente debilita las culturas y la sociedades. Lo que está en juego en estos encuentros entre culturas es la identidad de las comunidades africanas. Hay que esforzarse, pues, en transmitir los valores que el Creador ha infundido en los corazones de los africanos desde la noche de los tiempos. Estos han servido de matriz para modelar sociedades que viven en una cierta armonía, porque llevan en su interior formas tradicionales de regular una convivencia pacífica. Por tanto, hay que dar relieve a estos elementos positivos, iluminándolos desde dentro (cf. Jn 8,12), para que el cristiano sea realmente alcanzado por el mensaje de Cristo, y de este modo la luz de Dios brille en los ojos de los hombres. Entonces, al ver las buenas obras de los cristianos, los hombres y las mujeres darán gloria «al Padre que está en el cielo» (Mt 5,16).

(…)

93. Puesto que se apoya en las religiones tradicionales, se percibe hoy un cierto recrudecer de la hechicería. Renacen los temores y se crean lazos de sujeción paralizante. Las preocupaciones sobre la salud, el bienestar, los niños, el clima, la protección contra los malos espíritus, llevan en ocasiones a recurrir a prácticas tradicionales de las religiones africanas que están en desacuerdo con la enseñanza cristiana. El problema de la «doble pertenencia» al cristianismo y a estas religiones sigue siendo un desafío. Para la Iglesia en África, es necesario guiar a las personas a descubrir la plenitud de los valores del Evangelio, mediante la catequesis y una profunda inculturación. Conviene determinar cuál es el significado profundo de las prácticas de brujería, identificando las implicaciones teológicas, sociales y pastorales que conlleva este flagelo.

(…)

VII. Los catequistas

125. Los catequistas son agentes de pastoral valiosos en la misión de evangelizar. Su papel ha sido muy importante en la primera evangelización, el acompañamiento catecumenal, la animación y la ayuda a las comunidades. «Con toda naturalidad, llevaron a cabo una inculturación eficaz, que produjo excelentes frutos (cf. Mc 4,20). Fueron los catequistas quienes consiguieron que la “luz brille ante los hombres” (Mt 5,16), porque, viendo el bien que hacían, poblaciones enteras pudieron dar gloria a nuestro Padre que está en los cielos. Africanos que evangelizaron a africanos» (Discurso a los miembros del Consejo especial para África del Sínodo de los Obispos (Yaundé, 19 marzo 2009): AAS 101 (2009), 311-312). Este papel importante en el pasado, sigue siendo crucial para el presente y el futuro de la Iglesia. Les doy las gracias por su amor a la Iglesia.

(…)

136. La misión confiada por la Exhortación apostólica Ecclesia in Africa a las instituciones universitarias católicas conserva todo su valor. Mi beato Predecesor ha escrito: «Las Universidades e Institutos Superiores católicos en África tienen un papel importante en la proclamación de la Palabra salvífica de Dios. Son un signo del crecimiento de la Iglesia cuando incorporan en sus investigaciones las verdades y las experiencias de la fe y ayudan a interiorizarlas. Estos centros de estudio están así al servicio de la Iglesia, ofreciéndole personal bien preparado; estudiando importantes cuestiones teológicas y sociales; desarrollando la teología africana; promoviendo el trabajo de inculturación [...]; publicando libros y difundiendo el pensamiento católico; emprendiendo las investigaciones que les encargan los Obispos y contribuyendo a un estudio científico de las culturas […] Los centros culturales católicos ofrecen a la Iglesia singulares posibilidades de presencia y acción en el campo de los cambios culturales. En efecto, éstos son unos foros públicos que permiten, mediante el diálogo creativo, una amplia difusión de convicciones cristianas sobre el hombre, la mujer, la familia, el trabajo, la economía, la sociedad, la política, la vida internacional y el ambiente. Son así un lugar de escucha, de respeto y tolerancia» (Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 103: AAS 88 (1996), 62-63). Los Obispos han de velar para que estos centros universitarios conserven su naturaleza católica, asumiendo siempre orientaciones fieles a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia.

 

5.2 Dicasterios de la Curia Romana

5.2.1 Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunos aspectos de la evangelización (3-XII-2007)[63]

 

6. La evangelización es, además, una posibilidad de enriquecimiento no sólo para sus destinatarios sino también para quien la realiza y para toda la Iglesia. Por ejemplo, en el proceso de inculturación, «la misma Iglesia universal se enriquece con expresiones y valores en los diferentes sectores de la vida cristiana, […] conoce y expresa aún mejor el misterio de Cristo, a la vez que es alentada a una continua renovación» (Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Missio, n.52: AAS 83 (1991), 3000). La Iglesia, en efecto, que desde el día de Pentecostés ha manifestado la universalidad de su misión, asume en Cristo las riquezas innumerables de los hombres de todos los tiempos y lugares de la historia humana (cfr. Juan Pablo II, Carta Encíclica Slavorum Apostoli (2 de junio de 1985), n.18: AAS 77 (1985), 800). Además de su valor antropológico implícito, todo encuentro con una persona o con una cultura concreta puede desvelar potencialidades del Evangelio poco explicitadas precedentemente, que enriquecerán la vida concreta de los cristianos y de la Iglesia. Gracias, también, a este dinamismo, la «Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo» (Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, n. 8).

En efecto, el Espíritu que, después de haber obrado la encarnación de Jesucristo en el vientre virginal de María, vivifica la acción materna de la Iglesia en la evangelización de las culturas. Si bien el Evangelio es independiente de todas las culturas, es capaz de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna (Cf. Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, n. 19-20: AAS 69 (1976), 18-19). En este sentido, el Espíritu Santo es también el protagonista de la inculturación del Evangelio, es el que precede, en modo fecundo, al diálogo entre la Palabra de Dios, revelada en Jesucristo, y las inquietudes más profundas que brotan de la multiplicidad de los hombres y de las culturas. Así continúa en la historia, en la unidad de una misma y única fe, el acontecimiento de Pentecostés, que se enriquece a través de la diversidad de lenguas y culturas.


6. Francisco

6.1 Magisterio de Francisco

6.1.1 Encuentro con el Comité de Coordinación del CELAM (Rio de Janeiro, 28-VII-2013)[64]

 

 

2. Características peculiares de Aparecida

Existen cuatro características que son propias de la V Conferencia. Son como cuatro columnas del desarrollo de Aparecida y que le confieren su originalidad.

1) Inicio sin documento

Medellín, Puebla y Santo Domingo comenzaron sus trabajos con un camino recorrido de preparación que culminó en una especie de Instrumentum laboris, con el cual se desarrolló la discusión, reflexión y aprobación del documento final. En cambio, Aparecida promovió la participación de las Iglesias particulares como camino de preparación que culminó en un documento de síntesis. Este documento, si bien fue referencia durante la Quinta Conferencia General, no se asumió como documento de partida. El trabajo inicial consistió en poner en común las preocupaciones de los Pastores ante el cambio de época y la necesidad de renovar la vida discipular y misionera con la que Cristo fundó la Iglesia.

2) Ambiente de oración con el Pueblo de Dios

Es importante recordar el ambiente de oración generado por el diario compartir la Eucaristía y otros momentos litúrgicos, donde siempre fuimos acompañados por el Pueblo de Dios. Por otro lado, puesto que los trabajos tenían lugar en el subsuelo del Santuario, la “música funcional” que los acompañaba fueron los cánticos y oraciones de los fieles.

3) Documento que se prolonga en compromiso, con la Misión Continental

En este contexto de oración y vivencia de fe surgió el deseo de un nuevo Pentecostés para la Iglesia y el compromiso de la Misión Continental. Aparecida no termina con un Documento sino que se prolonga en la Misión Continental.

4) La presencia de Nuestra Señora, Madre de América

Es la primera Conferencia del Episcopado Latinoamericano y El Caribe que se realiza en un Santuario mariano.

3. Dimensiones de la Misión Continental

La Misión Continental se proyecta en dos dimensiones: programática y paradigmática. La misión programática, como su nombre lo indica, consiste en la realización de actos de índole misionera. La misión paradigmática, en cambio, implica poner en clave misionera la actividad habitual de las Iglesias particulares. Evidentemente aquí se da, como consecuencia, toda una dinámica de reforma de las estructuras eclesiales. El “cambio de estructuras” (de caducas a nuevas) no es fruto de un estudio de organización de la planta funcional eclesiástica, de lo cual resultaría una reorganización estática, sino que es consecuencia de la dinámica de la misión. Lo que hace caer las estructuras caducas, lo que lleva a cambiar los corazones de los cristianos, es precisamente la misionariedad. De aquí la importancia de la misión paradigmática.

La Misión Continental, sea programática, sea paradigmática, exige generar la conciencia de una Iglesia que se organiza para servir a todos los bautizados y hombres de buena voluntad. El discípulo de Cristo no es una persona aislada en una espiritualidad intimista, sino una persona en comunidad, para darse a los demás. Misión Continental, por tanto, implica pertenencia eclesial.

Un planteo como éste, que comienza por el discipulado misionero e implica comprender la identidad del cristiano como pertenencia eclesial, pide que nos explicitemos cuáles son los desafíos vigentes de la misionariedad discipular. Señalaré solamente dos: la renovación interna de la Iglesia y el diálogo con el mundo actual.

Renovación interna de la Iglesia

Aparecida ha propuesto como necesaria la Conversión Pastoral. Esta conversión implica creer en la Buena Nueva, creer en Jesucristo portador del Reino de Dios, en su irrupción en el mundo, en su presencia victoriosa sobre el mal; creer en la asistencia y conducción del Espíritu Santo; creer en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y prolongadora del dinamismo de la Encarnación.

En este sentido, es necesario que, como Pastores, nos planteemos interrogantes que hacen a la marcha de las Iglesias que presidimos. Estas preguntas sirven de guía para examinar el estado de las diócesis en la asunción del espíritu de Aparecida y son preguntas que conviene nos hagamos frecuentemente como examen de conciencia.

1. ¿Procuramos que nuestro trabajo y el de nuestros Presbíteros sea más pastoral que administrativo? ¿Quién es el principal beneficiario de la labor eclesial, la Iglesia como organización o el Pueblo de Dios en su totalidad?

2. ¿Superamos la tentación de atender de manera reactiva los complejos problemas que surgen? ¿Creamos un hábito pro-activo? ¿Promovemos espacios y ocasiones para manifestar la misericordia de Dios? ¿Somos conscientes de la responsabilidad de replantear las actitudes pastorales y el funcionamiento de las estructuras eclesiales, buscando el bien de los fieles y de la sociedad?

3. En la práctica, ¿hacemos partícipes de la Misión a los fieles laicos? ¿Ofrecemos la Palabra de Dios y los Sacramentos con la clara conciencia y convicción de que el Espíritu se manifiesta en ellos?

4. ¿Es un criterio habitual el discernimiento pastoral, sirviéndonos de los Consejos Diocesanos? Estos Consejos y los Parroquiales de Pastoral y de Asuntos Económicos ¿son espacios reales para la participación laical en la consulta, organización y planificación pastoral? El buen funcionamiento de los Consejos es determinante. Creo que estamos muy atrasados en esto.

5. Los Pastores, Obispos y Presbíteros, ¿tenemos conciencia y convicción de la misión de los fieles y les damos la libertad para que vayan discerniendo, conforme a su proceso de discípulos, la misión que el Señor les confía? ¿Los apoyamos y acompañamos, superando cualquier tentación de manipulación o sometimiento indebido? ¿Estamos siempre abiertos para dejarnos interpelar en la búsqueda del bien de la Iglesia y su Misión en el mundo?

6. Los agentes de pastoral y los fieles en general ¿se sienten parte de la Iglesia, se identifican con ella y la acercan a los bautizados distantes y alejados?

Como se puede apreciar aquí están en juego actitudes. La Conversión Pastoral atañe principalmente a las actitudes y a una reforma de vida. Un cambio de actitudes necesariamente es dinámico: “entra en proceso” y sólo se lo puede contener acompañándolo y discerniendo. Es importante tener siempre presente que la brújula, para no perderse en este camino, es la de la identidad católica concebida como pertenencia eclesial.

Diálogo con el mundo actual

Hace bien recordar las palabras del Concilio Vaticano II: Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo (cf. GS, 1). Aquí reside el fundamento del diálogo con el mundo actual.

La respuesta a las preguntas existenciales del hombre de hoy, especialmente de las nuevas generaciones, atendiendo a su lenguaje, entraña un cambio fecundo que hay que recorrer con la ayuda del Evangelio, del Magisterio, y de la Doctrina Social de la Iglesia. Los escenarios y areópagos son de lo más variado. Por ejemplo, en una misma ciudad, existen varios imaginarios colectivos que conforman “diversas ciudades”. Si nos mantenemos solamente en los parámetros de “la cultura de siempre”, en el fondo una cultura de base rural, el resultado terminará anulando la fuerza del Espíritu Santo. Dios está en todas partes: hay que saber descubrirlo para poder anunciarlo en el idioma de esa cultura; y cada realidad, cada idioma, tiene un ritmo diverso.

 

4. Algunas tentaciones contra el discipulado misionero

La opción por la misionariedad del discípulo será tentada. Es importante saber por dónde va el mal espíritu para ayudarnos en el discernimiento. No se trata de salir a cazar demonios, sino simplemente de lucidez y astucia evangélica. Menciono sólo algunas actitudes que configuran una Iglesia “tentada”. Se trata de conocer ciertas propuestas actuales que pueden mimetizarse en la dinámica del discipulado misionero y detener, hasta hacer fracasar, el proceso de Conversión Pastoral.

1. La ideologización del mensaje evangélico. Es una tentación que se dio en la Iglesia desde el principio: buscar una hermenéutica de interpretación evangélica fuera del mismo mensaje del Evangelio y fuera de la Iglesia. Un ejemplo: Aparecida, en un momento, sufrió esta tentación bajo la forma de asepsia. Se utilizó, y está bien, el método de “ver, juzgar, actuar” (cf. n. 19). La tentación estaría en optar por un “ver” totalmente aséptico, un “ver” neutro, lo cual es inviable. Siempre el ver está afectado por la mirada. No existe una hermenéutica aséptica. La pregunta era, entonces: ¿con qué mirada vamos a ver la realidad? Aparecida respondió: Con mirada de discípulo. Así se entienden los números 20 al 32. Hay otras maneras de ideologización del mensaje y, actualmente, aparecen en Latinoamérica y El Caribe propuestas de esta índole. Menciono sólo algunas:

a) El reduccionismo socializante. Es la ideologización más fácil de descubrir. En algunos momentos fue muy fuerte. Se trata de una pretensión interpretativa en base a una hermenéutica según las ciencias sociales. Abarca los campos más variados, desde el liberalismo de mercado hasta la categorización marxista.

b) La ideologización psicológica. Se trata de una hermenéutica elitista que, en definitiva, reduce el”encuentro con Jesucristo” y su ulterior desarrollo a una dinámica de autoconocimiento. Suele darse principalmente en cursos de espiritualidad, retiros espirituales, etc. Termina por resultar una postura inmanente autorreferencial. No sabe de trascendencia y, por tanto, de misionariedad.

c) La propuesta gnóstica. Bastante ligada a la tentación anterior. Suele darse en grupos de élites con una propuesta de espiritualidad superior, bastante desencarnada, que termina por desembarcar en posturas pastorales de “quaestiones disputatae”. Fue la primera desviación de la comunidad primitiva y reaparece, a lo largo de la historia de la Iglesia, en ediciones corregidas y renovadas. Vulgarmente se los denomina “católicos ilustrados” (por ser actualmente herederos de la Ilustración).

d) La propuesta pelagiana. Aparece fundamentalmente bajo la forma de restauracionismo. Ante los males de la Iglesia se busca una solución sólo en la disciplina, en la restauración de conductas y formas superadas que, incluso culturalmente, no tienen capacidad significativa. En América Latina suele darse en pequeños grupos, en algunas nuevas Congregaciones Religiosas, en tendencias exageradas a la “seguridad” doctrinal o disciplinaria. Fundamentalmente es estática, si bien puede prometerse una dinámica hacia adentro: involuciona. Busca “recuperar” el pasado perdido.

2. El funcionalismo. Su acción en la Iglesia es paralizante. Más que con la ruta se entusiasma con la “hoja de ruta”. La concepción funcionalista no tolera el misterio, va a la eficacia. Reduce la realidad de la Iglesia a la estructura de una ONG. Lo que vale es el resultado constatable y las estadísticas. De aquí se va a todas las modalidades empresariales de Iglesia. Constituye una suerte de “teología de la prosperidad” en lo organizativo de la pastoral.

3. El clericalismo es también una tentación muy actual en Latinoamérica. Curiosamente, en la mayoría de los casos, se trata de una complicidad pecadora: el cura clericaliza y el laico le pide por favor que lo clericalice, porque en el fondo le resulta más cómodo. El fenómeno del clericalismo explica, en gran parte, la falta de adultez y de cristiana libertad en parte del laicado latinoamericano. O no crece (la mayoría), o se acurruca en cobertizos de ideologizaciones como las ya vistas, o en pertenencias parciales y limitadas. Existe en nuestras tierras una forma de libertad laical a través de experiencias de pueblo: el católico como pueblo. Aquí se ve una mayor autonomía, sana en general, y que se expresa fundamentalmente en la piedad popular. El capítulo de Aparecida sobre piedad popular describe con profundidad esta dimensión. La propuesta de los grupos bíblicos, de las comunidades eclesiales de base y de los Consejos pastorales va en la línea de superación del clericalismo y de un crecimiento de la responsabilidad laical.

Podríamos seguir describiendo algunas otras tentaciones contra el discipulado misionero, pero creo que éstas son las más importantes y de más fuerza en este momento de América Latina y El Caribe.

5. Algunas pautas eclesiológicas

1. El discipulado-misionero que Aparecida propuso a las Iglesias de América Latina y El Caribe es el camino que Dios quiere para este “hoy”. Toda proyección utópica (hacia el futuro) o restauracionista (hacia el pasado) no es del buen espíritu. Dios es real y se manifiesta en el ”hoy”. Hacia el pasado su presencia se nos da como “memoria” de la gesta de salvación sea en su pueblo sea en cada uno de nosotros; hacia el futuro se nos da como “promesa” y esperanza. En el pasado Dios estuvo y dejó su huella: la memoria nos ayuda a encontrarlo; en el futuro sólo es promesa… y no está en los mil y un “futuribles”. El “hoy” es lo más parecido a la eternidad; más aún: el ”hoy” es chispa de eternidad. En el “hoy” se juega la vida eterna.

El discipulado misionero es vocación: llamado e invitación. Se da en un “hoy” pero “en tensión”. No existe el discipulado misionero estático. El discípulo misionero no puede poseerse a sí mismo, su inmanencia está en tensión hacia la trascendencia del discipulado y hacia la trascendencia de la misión. No admite la autorreferencialidad: o se refiere a Jesucristo o se refiere al pueblo a quien se debe anunciar. Sujeto que se trasciende. Sujeto proyectado hacia el encuentro: el encuentro con el Maestro (que nos unge discípulos) y el encuentro con los hombres que esperan el anuncio.

Por eso, me gusta decir que la posición del discípulo misionero no es una posición de centro sino de periferias: vive tensionado hacia las periferias… incluso las de la eternidad en el encuentro con Jesucristo. En el anuncio evangélico, hablar de “periferias existenciales” des-centra, y habitualmente tenemos miedo a salir del centro. El discípulo-misionero es un des-centrado: el centro es Jesucristo, que convoca y envía. El discípulo es enviado a las periferias existenciales.

2. La Iglesia es institución pero cuando se erige en “centro” se funcionaliza y poco a poco se transforma en una ONG. Entonces, la Iglesia pretende tener luz propia y deja de ser ese “misterium lunae” del que nos hablaban los Santos Padres. Se vuelve cada vez más autorreferencial y se debilita su necesidad de ser misionera. De “Institución” se transforma en “Obra”. Deja de ser Esposa para terminar siendo Administradora; de Servidora se transforma en “Controladora”. Aparecida quiere una Iglesia Esposa, Madre, Servidora, facilitadora de la fe y no tanto controladora de la fe.

3. En Aparecida se dan de manera relevante dos categorías pastorales que surgen de la misma originalidad del Evangelio y también pueden servirnos de pauta para evaluar el modo como vivimos eclesialmente el discipulado misionero: la cercanía y el encuentro. Ninguna de las dos es nueva, sino que conforman la manera cómo se reveló Dios en la historia. Es el “Dios cercano” a su pueblo, cercanía que llega al máximo al encarnarse. Es el Dios que sale al encuentro de su pueblo. Existen en América Latina y El Caribe pastorales “lejanas”, pastorales disciplinarias que privilegian los principios, las conductas, los procedimientos organizativos… por supuesto sin cercanía, sin ternura, sin caricia. Se ignora la “revolución de la ternura” que provocó la encarnación del Verbo. Hay pastorales planteadas con tal dosis de distancia que son incapaces de lograr el encuentro: encuentro con Jesucristo, encuentro con los hermanos. Este tipo de pastorales a lo más pueden prometer una dimensión de proselitismo pero nunca llegan a lograr ni inserción eclesial ni pertenencia eclesial. La cercanía crea comunión y pertenencia, da lugar al encuentro. La cercanía toma forma de diálogo y crea una cultura del encuentro. Una piedra de toque para calibrar la cercanía y la capacidad de encuentro de una pastoral es la homilía. ¿Qué tal son nuestras homilías? ¿Nos acercan al ejemplo de nuestro Señor, que “hablaba como quien tiene autoridad” o son meramente preceptivas, lejanas, abstractas?

4. Quien conduce la pastoral, la Misión Continental (sea programática como paradigmática), es el Obispo. El Obispo debe conducir, que no es lo mismo que mandonear. Además de señalar las grandes figuras del episcopado latinoamericano que todos conocemos quisiera añadir aquí algunas líneas sobre el perfil del Obispo que ya dije a los Nuncios en la reunión que tuvimos en Roma. Los Obispos han de ser Pastores, cercanos a la gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre; pacientes y misericordiosos. Hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como libertad ante el Señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad de vida. Hombres que no tengan “psicología de príncipes”. Hombres que no sean ambiciosos y que sean esposos de una Iglesia sin estar a la expectativa de otra. Hombres capaces de estar velando sobre el rebaño que les ha sido confiado y cuidando todo aquello que lo mantiene unido: vigilar sobre su pueblo con atención sobre los eventuales peligros que lo amenacen, pero sobre todo para cuidar la esperanza: que haya sol y luz en los corazones. Hombres capaces de sostener con amor y paciencia los pasos de Dios en su pueblo. Y el sitio del Obispo para estar con su pueblo es triple: o delante para indicar el camino, o en medio para mantenerlo unido y neutralizar los desbandes, o detrás para evitar que alguno se quede rezagado, pero también, y fundamentalmente, porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos.

No quisiera abundar en más detalles sobre la persona del Obispo, sino simplemente añadir, incluyéndome en esta afirmación, que estamos un poquito retrasados en lo que a Conversión Pastoral se refiere. Conviene que nos ayudemos un poco más a dar los pasos que el Señor quiere para nosotros en este “hoy” de América Latina y El Caribe. Y sería bueno comenzar por aquí.

Les agradezco la paciencia de escucharme. Perdonen el desorden de la charla y, por favor, les pido que tomemos en serio nuestra vocación de servidores del santo pueblo fiel de Dios, porque en esto se ejercita y se muestra la autoridad: en la capacidad de servicio. Muchas gracias.

 

6.1.2 Exhortación apostólica “La Alegría del Evangelio” (26-XI-2013) [65]

 

IV. La misión que se encarna en los límites humanos

40. La Iglesia, que es discípula misionera, necesita crecer en su interpretación de la Palabra revelada y en su comprensión de la verdad. La tarea de los exégetas y de los teólogos ayuda a «madurar el juicio de la Iglesia» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 12). De otro modo también lo hacen las demás ciencias. Refiriéndose a las ciencias sociales, por ejemplo, Juan Pablo II ha dicho que la Iglesia presta atención a sus aportes «para sacar indicaciones concretas que le ayuden a desempeñar su misión de Magisterio» (Motu proprio Socialium scientiarum (1 enero 1994): AAS 86 (1994), 209). Además, en el seno de la Iglesia hay innumerables cuestiones acerca de las cuales se investiga y se reflexiona con amplia libertad. Las distintas líneas de pensamiento filosófico, teológico y pastoral, si se dejan armonizar por el Espíritu en el respeto y el amor, también pueden hacer crecer a la Iglesia, ya que ayudan a explicitar mejor el riquísimo tesoro de la Palabra. A quienes sueñan con una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto puede parecerles una imperfecta dispersión. Pero la realidad es que esa variedad ayuda a que se manifiesten y desarrollen mejor los diversos aspectos de la inagotable riqueza del Evangelio (Santo Tomás de Aquino remarcaba que la multiplicidad y la variedad «proviene de la intención del primer agente», quien quiso que «lo que faltaba a cada cosa para representar la bondad divina, fuera suplido por las otras», porque su bondad «no podría representarse convenientemente por una sola criatura» (Summa Theologiae I, q. 47, art. 1). Por eso nosotros necesitamos captar la variedad de las cosas en sus múltiples relaciones (cf. Summa Theologiae I, q. 47, art. 2, ad 1; q. 47, art. 3). Por razones análogas, necesitamos escucharnos unos a otros y complementarnos en nuestra captación parcial de la realidad y del Evangelio).

41. Al mismo tiempo, los enormes y veloces cambios culturales requieren que prestemos una constante atención para intentar expresar las verdades de siempre en un lenguaje que permita advertir su permanente novedad. Pues en el depósito de la doctrina cristiana «una cosa es la substancia […] y otra la manera de formular su expresión» (Juan XXIII, Discurso en la solemne apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II (11 octubre 1962): AAS 54 (1962), 792: «Est enim aliud ipsum depositum fidei, seu veritates, quae veneranda doctrina nostra continentur, aliud modus, quo eaedem enuntiantur»). A veces, escuchando un lenguaje completamente ortodoxo, lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo. Con la santa intención de comunicarles la verdad sobre Dios y sobre el ser humano, en algunas ocasiones les damos un falso dios o un ideal humano que no es verdaderamente cristiano. De ese modo, somos fieles a una formulación, pero no entregamos la substancia. Ése es el riesgo más grave. Recordemos que «la expresión de la verdad puede ser multiforme, y la renovación de las formas de expresión se hace necesaria para transmitir al hombre de hoy el mensaje evangélico en su inmutable significado» (Juan Pablo II, Carta enc. Ut unum sint (25 mayo 1995), 19: AAS 87 (1995), 933).

42. Esto tiene una gran incidencia en el anuncio del Evangelio si de verdad tenemos el propósito de que su belleza pueda ser mejor percibida y acogida por todos. De cualquier modo, nunca podremos convertir las enseñanzas de la Iglesia en algo fácilmente comprendido y felizmente valorado por todos. La fe siempre conserva un aspecto de cruz, alguna oscuridad que no le quita la firmeza de su adhesión. Hay cosas que sólo se comprenden y valoran desde esa adhesión que es hermana del amor, más allá de la claridad con que puedan percibirse las razones y argumentos. Por ello, cabe recordar que todo adoctrinamiento ha de situarse en la actitud evangelizadora que despierte la adhesión del corazón con la cercanía, el amor y el testimonio.

43. En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas. Del mismo modo, hay normas o preceptos eclesiales que pueden haber sido muy eficaces en otras épocas pero que ya no tienen la misma fuerza educativa como cauces de vida. Santo Tomás de Aquino destacaba que los preceptos dados por Cristo y los Apóstoles al Pueblo de Dios «son poquísimos» (Summa Theologiae I-II, q. 107, art. 4). Citando a san Agustín, advertía que los preceptos añadidos por la Iglesia posteriormente deben exigirse con moderación «para no hacer pesada la vida a los fieles» y convertir nuestra religión en una esclavitud, cuando «la misericordia de Dios quiso que fuera libre» (Ibíd.). Esta advertencia, hecha varios siglos atrás, tiene una tremenda actualidad. Debería ser uno de los criterios a considerar a la hora de pensar una reforma de la Iglesia y de su predicación que permita realmente llegar a todos.

44. Por otra parte, tanto los Pastores como todos los fieles que acompañen a sus hermanos en la fe o en un camino de apertura a Dios, no pueden olvidar lo que con tanta claridad enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales» (N. 1735).

Por lo tanto, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día (Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 34: AAS 74 (1982), 123). A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible. Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades. A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de sus defectos y caídas.

45. Vemos así que la tarea evangelizadora se mueve entre los límites del lenguaje y de las circunstancias. Procura siempre comunicar mejor la verdad del Evangelio en un contexto determinado, sin renunciar a la verdad, al bien y a la luz que pueda aportar cuando la perfección no es posible. Un corazón misionero sabe de esos límites y se hace «débil con los débiles […] todo para todos» (1 Co 9,22). Nunca se encierra, nunca se repliega en sus seguridades, nunca opta por la rigidez autodefensiva. Sabe que él mismo tiene que crecer en la comprensión del Evangelio y en el discernimiento de los senderos del Espíritu, y entonces no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino.

(…)

Desafíos de la inculturación de la fe

68. El substrato cristiano de algunos pueblos —sobre todo occidentales— es una realidad viva. Allí encontramos, especialmente en los más necesitados, una reserva moral que guarda valores de auténtico humanismo cristiano. Una mirada de fe sobre la realidad no puede dejar de reconocer lo que siembra el Espíritu Santo. Sería desconfiar de su acción libre y generosa pensar que no hay auténticos valores cristianos donde una gran parte de la población ha recibido el Bautismo y expresa su fe y su solidaridad fraterna de múltiples maneras. Allí hay que reconocer mucho más que unas «semillas del Verbo», ya que se trata de una auténtica fe católica con modos propios de expresión y de pertenencia a la Iglesia. No conviene ignorar la tremenda importancia que tiene una cultura marcada por la fe, porque esa cultura evangelizada, más allá de sus límites, tiene muchos más recursos que una mera suma de creyentes frente a los embates del secularismo actual. Una cultura popular evangelizada contiene valores de fe y de solidaridad que pueden provocar el desarrollo de una sociedad más justa y creyente, y posee una sabiduría peculiar que hay que saber reconocer con una mirada agradecida.

69. Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio. En los países de tradición católica se tratará de acompañar, cuidar y fortalecer la riqueza que ya existe, y en los países de otras tradiciones religiosas o profundamente secularizados se tratará de procurar nuevos procesos de evangelización de la cultura, aunque supongan proyectos a muy largo plazo. No podemos, sin embargo, desconocer que siempre hay un llamado al crecimiento. Toda cultura y todo grupo social necesitan purificación y maduración. En el caso de las culturas populares de pueblos católicos, podemos reconocer algunas debilidades que todavía deben ser sanadas por el Evangelio: el machismo, el alcoholismo, la violencia doméstica, una escasa participación en la Eucaristía, creencias fatalistas o supersticiosas que hacen recurrir a la brujería, etc. Pero es precisamente la piedad popular el mejor punto de partida para sanarlas y liberarlas.

70. También es cierto que a veces el acento, más que en el impulso de la piedad cristiana, se coloca en formas exteriores de tradiciones de ciertos grupos, o en supuestas revelaciones privadas que se absolutizan. Hay cierto cristianismo de devociones, propio de una vivencia individual y sentimental de la fe, que en realidad no responde a una auténtica «piedad popular». Algunos promueven estas expresiones sin preocuparse por la promoción social y la formación de los fieles, y en ciertos casos lo hacen para obtener beneficios económicos o algún poder sobre los demás. Tampoco podemos ignorar que en las últimas décadas se ha producido una ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico. Es innegable que muchos se sienten desencantados y dejan de identificarse con la tradición católica, que son más los padres que no bautizan a sus hijos y no les enseñan a rezar, y que hay un cierto éxodo hacia otras comunidades de fe. Algunas causas de esta ruptura son: la falta de espacios de diálogo familiar, la influencia de los medios de comunicación, el subjetivismo relativista, el consumismo desenfrenado que alienta el mercado, la falta de acompañamiento pastoral a los más pobres, la ausencia de una acogida cordial en nuestras instituciones, y nuestra dificultad para recrear la adhesión mística de la fe en un escenario religioso plural.

Desafíos de las culturas urbanas

71. La nueva Jerusalén, la Ciudad santa (cf. Ap 21,2-4), es el destino hacia donde peregrina toda la humanidad. Es llamativo que la revelación nos diga que la plenitud de la humanidad y de la historia se realiza en una ciudad. Necesitamos reconocer la ciudad desde una mirada contemplativa, esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas. La presencia de Dios acompaña las búsquedas sinceras que personas y grupos realizan para encontrar apoyo y sentido a sus vidas. Él vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia. Esa presencia no debe ser fabricada sino descubierta, develada. Dios no se oculta a aquellos que lo buscan con un corazón sincero, aunque lo hagan a tientas, de manera imprecisa y difusa.

72. En la ciudad, lo religioso está mediado por diferentes estilos de vida, por costumbres asociadas a un sentido de lo temporal, de lo territorial y de las relaciones, que difiere del estilo de los habitantes rurales. En sus vidas cotidianas los ciudadanos muchas veces luchan por sobrevivir, y en esas luchas se esconde un sentido profundo de la existencia que suele entrañar también un hondo sentido religioso. Necesitamos contemplarlo para lograr un diálogo como el que el Señor desarrolló con la samaritana, junto al pozo, donde ella buscaba saciar su sed (cf. Jn 4,7-26).

73. Nuevas culturas continúan gestándose en estas enormes geografías humanas en las que el cristiano ya no suele ser promotor o generador de sentido, sino que recibe de ellas otros lenguajes, símbolos, mensajes y paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en contraste con el Evangelio de Jesús. Una cultura inédita late y se elabora en la ciudad. El Sínodo ha constatado que hoy las transformaciones de esas grandes áreas y la cultura que expresan son un lugar privilegiado de la nueva evangelización (Cf. Propositio 25). Esto requiere imaginar espacios de oración y de comunión con características novedosas, más atractivas y significativas para los habitantes urbanos. Los ambientes rurales, por la influencia de los medios de comunicación de masas, no están ajenos a estas transformaciones culturales que también operan cambios significativos en sus modos de vida.

74. Se impone una evangelización que ilumine los nuevos modos de relación con Dios, con los otros y con el espacio, y que suscite los valores fundamentales. Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de las ciudades. No hay que olvidar que la ciudad es un ámbito multicultural. En las grandes urbes puede observarse un entramado en el que grupos de personas comparten las mismas formas de soñar la vida y similares imaginarios y se constituyen en nuevos sectores humanos, en territorios culturales, en ciudades invisibles. Variadas formas culturales conviven de hecho, pero ejercen muchas veces prácticas de segregación y de violencia. La Iglesia está llamada a ser servidora de un difícil diálogo. Por otra parte, aunque hay ciudadanos que consiguen los medios adecuados para el desarrollo de la vida personal y familiar, son muchísimos los «no ciudadanos», los «ciudadanos a medias» o los «sobrantes urbanos». La ciudad produce una suerte de permanente ambivalencia, porque, al mismo tiempo que ofrece a sus ciudadanos infinitas posibilidades, también aparecen numerosas dificultades para el pleno desarrollo de la vida de muchos. Esta contradicción provoca sufrimientos lacerantes. En muchos lugares del mundo, las ciudades son escenarios de protestas masivas donde miles de habitantes reclaman libertad, participación, justicia y diversas reivindicaciones que, si no son adecuadamente interpretadas, no podrán acallarse por la fuerza.

75. No podemos ignorar que en las ciudades fácilmente se desarrollan el tráfico de drogas y de personas, el abuso y la explotación de menores, el abandono de ancianos y enfermos, varias formas de corrupción y de crimen. Al mismo tiempo, lo que podría ser un precioso espacio de encuentro y solidaridad, frecuentemente se convierte en el lugar de la huida y de la desconfianza mutua. Las casas y los barrios se construyen más para aislar y proteger que para conectar e integrar. La proclamación del Evangelio será una base para restaurar la dignidad de la vida humana en esos contextos, porque Jesús quiere derramar en las ciudades vida en abundancia (cf. Jn 10,10). El sentido unitario y completo de la vida humana que propone el Evangelio es el mejor remedio para los males urbanos, aunque debamos advertir que un programa y un estilo uniforme e inflexible de evangelización no son aptos para esta realidad. Pero vivir a fondo lo humano e introducirse en el corazón de los desafíos como fermento testimonial, en cualquier cultura, en cualquier ciudad, mejora al cristiano y fecunda la ciudad.

(…)

Un pueblo con muchos rostros

115. Este Pueblo de Dios se encarna en los pueblos de la tierra, cada uno de los cuales tiene su cultura propia. La noción de cultura es una valiosa herramienta para entender las diversas expresiones de la vida cristiana que se dan en el Pueblo de Dios. Se trata del estilo de vida que tiene una sociedad determinada, del modo propio que tienen sus miembros de relacionarse entre sí, con las demás criaturas y con Dios. Así entendida, la cultura abarca la totalidad de la vida de un pueblo (Cf. III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Puebla (23 marzo 1979), 386-387). Cada pueblo, en su devenir histórico, desarrolla su propia cultura con legítima autonomía (Conc. Ecum. Vat.II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 36). Esto se debe a que la persona humana «por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social» (Ibíd., 25), y está siempre referida a la sociedad, donde vive un modo concreto de relacionarse con la realidad. El ser humano está siempre culturalmente situado: «naturaleza y cultura se hallan unidas estrechísimamente» (Ibíd., 53). La gracia supone la cultura, y el don de Dios se encarna en la cultura de quien lo recibe.

116. En estos dos milenios de cristianismo, innumerable cantidad de pueblos han recibido la gracia de la fe, la han hecho florecer en su vida cotidiana y la han transmitido según sus modos culturales propios. Cuando una comunidad acoge el anuncio de la salvación, el Espíritu Santo fecunda su cultura con la fuerza transformadora del Evangelio. De modo que, como podemos ver en la historia de la Iglesia, el cristianismo no tiene un único modo cultural, sino que, «permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 40: AAS 93 (2001), 294-295).En los distintos pueblos, que experimentan el don de Dios según su propia cultura, la Iglesia expresa su genuina catolicidad y muestra «la belleza de este rostro pluriforme» (Ibíd., 40: AAS 93 (2001), 295). En las manifestaciones cristianas de un pueblo evangelizado, el Espíritu Santo embellece a la Iglesia, mostrándole nuevos aspectos de la Revelación y regalándole un nuevo rostro. En la inculturación, la Iglesia «introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad» (Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 52: AAS 83 (1991), 300.Cf. Exhort. ap. Catechesi Tradendae (16 octubre 1979), 53: AAS 71 (1979), 1321), porque «toda cultura propone valores y formas positivas que pueden enriquecer la manera de anunciar, concebir y vivir el Evangelio» (Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Oceania (22 noviembre 2001), 16: AAS 94 (2002), 384), Así, «la Iglesia, asumiendo los valores de las diversas culturas, se hace “sponsa ornata monilibus suis”, “la novia que se adorna con sus joyas” (cf. Is 61,10)» (Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 61: AAS 88 (1996), 39).

117. Bien entendida, la diversidad cultural no amenaza la unidad de la Iglesia. Es el Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, quien transforma nuestros corazones y nos hace capaces de entrar en la comunión perfecta de la Santísima Trinidad, donde todo encuentra su unidad. Él construye la comunión y la armonía del Pueblo de Dios. El mismo Espíritu Santo es la armonía, así como es el vínculo de amor entre el Padre y el Hijo (Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 39, art. 8 cons. 2: «Excluido el Espíritu Santo, que es el nexo de ambos, no se puede entender la unidad de conexión entre el Padre y el Hijo»; cf. también ibíd. I, q. 37, art. 1, ad 3). Él es quien suscita una múltiple y diversa riqueza de dones y al mismo tiempo construye una unidad que nunca es uniformidad sino multiforme armonía que atrae. La evangelización reconoce gozosamente estas múltiples riquezas que el Espíritu engendra en la Iglesia. No haría justicia a la lógica de la encarnación pensar en un cristianismo monocultural y monocorde. Si bien es verdad que algunas culturas han estado estrechamente ligadas a la predicación del Evangelio y al desarrollo de un pensamiento cristiano, el mensaje revelado no se identifica con ninguna de ellas y tiene un contenido transcultural. Por ello, en la evangelización de nuevas culturas o de culturas que no han acogido la predicación cristiana, no es indispensable imponer una determinada forma cultural, por más bella y antigua que sea, junto con la propuesta del Evangelio. El mensaje que anunciamos siempre tiene algún ropaje cultural, pero a veces en la Iglesia caemos en la vanidosa sacralización de la propia cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que auténtico fervor evangelizador.

118. Los Obispos de Oceanía pidieron que allí la Iglesia «desarrolle una comprensión y una presentación de la verdad de Cristo que arranque de las tradiciones y culturas de la región», e instaron «a todos los misioneros a operar en armonía con los cristianos indígenas para asegurar que la fe y la vida de la Iglesia se expresen en formas legítimas adecuadas a cada cultura» (Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Oceania (22 noviembre 2001), 17: AAS 94 (2002), 385). No podemos pretender que los pueblos de todos los continentes, al expresar la fe cristiana, imiten los modos que encontraron los pueblos europeos en un determinado momento de la historia, porque la fe no puede encerrarse dentro de los confines de la comprensión y de la expresión de una cultura (Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Asia (6 noviembre 1999), 20: AAS 92 (2000), 478-482). Es indiscutible que una sola cultura no agota el misterio de la redención de Cristo.

Todos somos discípulos misioneros

119. En todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la fuerza santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar. El Pueblo de Dios es santo por esta unción que lo hace infalible «in credendo». Esto significa que cuando cree no se equivoca, aunque no encuentre palabras para explicar su fe. El Espíritu lo guía en la verdad y lo conduce a la salvación (Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 12). Como parte de su misterio de amor hacia la humanidad, Dios dota a la totalidad de los fieles de un instinto de la fe —el sensus fidei que los ayuda a discernir lo que viene realmente de Dios. La presencia del Espíritu otorga a los cristianos una cierta connaturalidad con las realidades divinas y una sabiduría que los permite captarlas intuitivamente, aunque no tengan el instrumental adecuado para expresarlas con precisión.

120. En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. Esta convicción se convierte en un llamado dirigido a cada cristiano, para que nadie postergue su compromiso con la evangelización, pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos «discípulos» y «misioneros», sino que somos siempre «discípulos misioneros». Si no nos convencemos, miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús «por la palabra de la mujer» (Jn 4,39). También san Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo, «enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios» (Hch 9,20). ¿A qué esperamos nosotros?

121. Por supuesto que todos estamos llamados a crecer como evangelizadores. Procuramos al mismo tiempo una mejor formación, una profundización de nuestro amor y un testimonio más claro del Evangelio. En ese sentido, todos tenemos que dejar que los demás nos evangelicen constantemente; pero eso no significa que debamos postergar la misión evangelizadora, sino que encontremos el modo de comunicar a Jesús que corresponda a la situación en que nos hallemos. En cualquier caso, todos somos llamados a ofrecer a los demás el testimonio explícito del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su cercanía, su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida. Tu corazón sabe que no es lo mismo la vida sin Él; entonces eso que has descubierto, eso que te ayuda a vivir y que te da una esperanza, eso es lo que necesitas comunicar a los otros. Nuestra imperfección no debe ser una excusa; al contrario, la misión es un estímulo constante para no quedarse en la mediocridad y para seguir creciendo. El testimonio de fe que todo cristiano está llamado a ofrecer implica decir como san Pablo: «No es que lo tenga ya conseguido o que ya sea perfecto, sino que continúo mi carrera [...] y me lanzo a lo que está por delante» (Flp 3,12-13).

La fuerza evangelizadora de la piedad popular

122. Del mismo modo, podemos pensar que los distintos pueblos en los que ha sido inculturado el Evangelio son sujetos colectivos activos, agentes de la evangelización. Esto es así porque cada pueblo es el creador de su cultura y el protagonista de su historia. La cultura es algo dinámico, que un pueblo recrea permanentemente, y cada generación le transmite a la siguiente un sistema de actitudes ante las distintas situaciones existenciales, que ésta debe reformular frente a sus propios desafíos. El ser humano «es al mismo tiempo hijo y padre de la cultura a la que pertenece» (Juan Pablo II, Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998), 71: AAS 91 (1999), 60). Cuando en un pueblo se ha inculturado el Evangelio, en su proceso de transmisión cultural también transmite la fe de maneras siempre nuevas; de aquí la importancia de la evangelización entendida como inculturación. Cada porción del Pueblo de Dios, al traducir en su vida el don de Dios según su genio propio, da testimonio de la fe recibida y la enriquece con nuevas expresiones que son elocuentes. Puede decirse que «el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo» (III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Puebla (23 marzo 1979), 450; cf. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 264). Aquí toma importancia la piedad popular, verdadera expresión de la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios. Se trata de una realidad en permanente desarrollo, donde el Espíritu Santo es el agente principal (Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Asia (6 noviembre 1999), 21: AAS 92 (2000), 482-484).

123. En la piedad popular puede percibirse el modo en que la fe recibida se encarnó en una cultura y se sigue transmitiendo. En algún tiempo mirada con desconfianza, ha sido objeto de revalorización en las décadas posteriores al Concilio. Fue Pablo VI en su Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi quien dio un impulso decisivo en ese sentido. Allí explica que la piedad popular «refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer» (N. 48: AAS 68 (1976), 38) y que «hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe» (Ibíd.). Más cerca de nuestros días, Benedicto XVI, en América Latina, señaló que se trata de un «precioso tesoro de la Iglesia católica» y que en ella «aparece el alma de los pueblos latinoamericanos» (Discurso en la Sesión inaugural de la V Conferencia general del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (13 mayo 2007), 1: AAS 99 (2007), 446-447).

124. En el Documento de Aparecida se describen las riquezas que el Espíritu Santo despliega en la piedad popular con su iniciativa gratuita. En ese amado continente, donde gran cantidad de cristianos expresan su fe a través de la piedad popular, los Obispos la llaman también «espiritualidad popular» o «mística popular» (V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 262). Se trata de una verdadera «espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos» (Ibíd., 263). No está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental, y en el acto de fe se acentúa más el credere in Deum que el credere Deum (Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 2, art. 2). Es «una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros» (V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 264); conlleva la gracia de la misionariedad, del salir de sí y del peregrinar: «El caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador» (Ibíd.). ¡No coartemos ni pretendamos controlar esa fuerza misionera!

125. Para entender esta realidad hace falta acercarse a ella con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar. Sólo desde la connaturalidad afectiva que da el amor podemos apreciar la vida teologal presente en la piedad de los pueblos cristianos, especialmente en sus pobres. Pienso en la fe firme de esas madres al pie del lecho del hijo enfermo que se aferran a un rosario aunque no sepan hilvanar las proposiciones del Credo, o en tanta carga de esperanza derramada en una vela que se enciende en un humilde hogar para pedir ayuda a María, o en esas miradas de amor entrañable al Cristo crucificado. Quien ama al santo Pueblo fiel de Dios no puede ver estas acciones sólo como una búsqueda natural de la divinidad. Son la manifestación de una vida teologal animada por la acción del Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones (cf. Rm 5,5).

126. En la piedad popular, por ser fruto del Evangelio inculturado, subyace una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar: sería desconocer la obra del Espíritu Santo. Más bien estamos llamados a alentarla y fortalecerla para profundizar el proceso de inculturación que es una realidad nunca acabada. Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización.

Persona a persona

127. Hoy que la Iglesia quiere vivir una profunda renovación misionera, hay una forma de predicación que nos compete a todos como tarea cotidiana. Se trata de llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los más cercanos como a los desconocidos. Es la predicación informal que se puede realizar en medio de una conversación y también es la que realiza un misionero cuando visita un hogar. Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino.

128. En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón. Sólo después de esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de un modo narrativo, pero siempre recordando el anuncio fundamental: el amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad. Es el anuncio que se comparte con una actitud humilde y testimonial de quien siempre sabe aprender, con la conciencia de que ese mensaje es tan rico y tan profundo que siempre nos supera. A veces se expresa de manera más directa, otras veces a través de un testimonio personal, de un relato, de un gesto o de la forma que el mismo Espíritu Santo pueda suscitar en una circunstancia concreta. Si parece prudente y se dan las condiciones, es bueno que este encuentro fraterno y misionero termine con una breve oración que se conecte con las inquietudes que la persona ha manifestado. Así, percibirá mejor que ha sido escuchada e interpretada, que su situación queda en la presencia de Dios, y reconocerá que la Palabra de Dios realmente le habla a su propia existencia.

129. No hay que pensar que el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido absolutamente invariable. Se transmite de formas tan diversas que sería imposible describirlas o catalogarlas, donde el Pueblo de Dios, con sus innumerables gestos y signos, es sujeto colectivo. Por consiguiente, si el Evangelio se ha encarnado en una cultura, ya no se comunica sólo a través del anuncio persona a persona. Esto debe hacernos pensar que, en aquellos países donde el cristianismo es minoría, además de alentar a cada bautizado a anunciar el Evangelio, las Iglesias particulares deben fomentar activamente formas, al menos incipientes, de inculturación. Lo que debe procurarse, en definitiva, es que la predicación del Evangelio, expresada con categorías propias de la cultura donde es anunciado, provoque una nueva síntesis con esa cultura. Aunque estos procesos son siempre lentos, a veces el miedo nos paraliza demasiado. Si dejamos que las dudas y temores sofoquen toda audacia, es posible que, en lugar de ser creativos, simplemente nos quedemos cómodos y no provoquemos avance alguno y, en ese caso, no seremos partícipes de procesos históricos con nuestra cooperación, sino simplemente espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia.

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Cultura, pensamiento y educación

132. El anuncio a la cultura implica también un anuncio a las culturas profesionales, científicas y académicas. Se trata del encuentro entre la fe, la razón y las ciencias, que procura desarrollar un nuevo discurso de la credibilidad, una original apologética (Cf. Propositio 17) que ayude a crear las disposiciones para que el Evangelio sea escuchado por todos. Cuando algunas categorías de la razón y de las ciencias son acogidas en el anuncio del mensaje, esas mismas categorías se convierten en instrumentos de evangelización; es el agua convertida en vino. Es aquello que, asumido, no sólo es redimido sino que se vuelve instrumento del Espíritu para iluminar y renovar el mundo.

133. Ya que no basta la preocupación del evangelizador por llegar a cada persona, y el Evangelio también se anuncia a las culturas en su conjunto, la teología —no sólo la teología pastoral— en diálogo con otras ciencias y experiencias humanas, tiene gran importancia para pensar cómo hacer llegar la propuesta del Evangelio a la diversidad de contextos culturales y de destinatarios (Cf. Propositio 30). La Iglesia, empeñada en la evangelización, aprecia y alienta el carisma de los teólogos y su esfuerzo por la investigación teológica, que promueve el diálogo con el mundo de las culturas y de las ciencias. Convoco a los teólogos a cumplir este servicio como parte de la misión salvífica de la Iglesia. Pero es necesario que, para tal propósito, lleven en el corazón la finalidad evangelizadora de la Iglesia y también de la teología, y no se contenten con una teología de escritorio.

134. Las Universidades son un ámbito privilegiado para pensar y desarrollar este empeño evangelizador de un modo interdisciplinario e integrador. Las escuelas católicas, que intentan siempre conjugar la tarea educativa con el anuncio explícito del Evangelio, constituyen un aporte muy valioso a la evangelización de la cultura, aun en los países y ciudades donde una situación adversa nos estimule a usar nuestra creatividad para encontrar los caminos adecuados (Cf. Propositio 27).

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Palabras que hacen arder los corazones

142. Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. Se realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio de las palabras. Es un bien que no consiste en cosas, sino en las personas mismas que mutuamente se dan en el diálogo. La predicación puramente moralista o adoctrinadora, y también la que se convierte en una clase de exégesis, reducen esta comunicación entre corazones que se da en la homilía y que tiene que tener un carácter cuasi sacramental: «La fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo» (Rm 10,17). En la homilía, la verdad va de la mano de la belleza y del bien. No se trata de verdades abstractas o de fríos silogismos, porque se comunica también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien. La memoria del pueblo fiel, como la de María, debe quedar rebosante de las maravillas de Dios. Su corazón, esperanzado en la práctica alegre y posible del amor que se le comunicó, siente que toda palabra en la Escritura es primero don antes que exigencia.

143. El desafío de una prédica inculturada está en evangelizar la síntesis, no ideas o valores sueltos. Donde está tu síntesis, allí está tu corazón. La diferencia entre iluminar el lugar de síntesis e iluminar ideas sueltas es la misma que hay entre el aburrimiento y el ardor del corazón. El predicador tiene la hermosísima y difícil misión de aunar los corazones que se aman, el del Señor y los de su pueblo. El diálogo entre Dios y su pueblo afianza más la alianza entre ambos y estrecha el vínculo de la caridad. Durante el tiempo que dura la homilía, los corazones de los creyentes hacen silencio y lo dejan hablar a Él. El Señor y su pueblo se hablan de mil maneras directamente, sin intermediarios. Pero en la homilía quieren que alguien haga de instrumento y exprese los sentimientos, de manera tal que después cada uno elija por dónde sigue su conversación. La palabra es esencialmente mediadora y requiere no sólo de los dos que dialogan sino de un predicador que la represente como tal, convencido de que «no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús» (2 Co 4,5).

144. Hablar de corazón implica tenerlo no sólo ardiente, sino iluminado por la integridad de la Revelación y por el camino que esa Palabra ha recorrido en el corazón de la Iglesia y de nuestro pueblo fiel a lo largo de su historia. La identidad cristiana, que es ese abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos pródigos —y predilectos en María—, el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera en la gloria. Hacer que nuestro pueblo se sienta como en medio de estos dos abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica el Evangelio.

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La realidad es más importante que la idea

231. Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea. Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría.

232. La idea —las elaboraciones conceptuales— está en función de la captación, la comprensión y la conducción de la realidad. La idea desconectada de la realidad origina idealismos y nominalismos ineficaces, que a lo sumo clasifican o definen, pero no convocan. Lo que convoca es la realidad iluminada por el razonamiento. Hay que pasar del nominalismo formal a la objetividad armoniosa. De otro modo, se manipula la verdad, así como se suplanta la gimnasia por la cosmética (Cf. Platón, Gorgias, 465). Hay políticos —e incluso dirigentes religiosos— que se preguntan por qué el pueblo no los comprende y no los sigue, si sus propuestas son tan lógicas y claras. Posiblemente sea porque se instalaron en el reino de la pura idea y redujeron la política o la fe a la retórica. Otros olvidaron la sencillez e importaron desde fuera una racionalidad ajena a la gente.

233. La realidad es superior a la idea. Este criterio hace a la encarnación de la Palabra y a su puesta en práctica: «En esto conoceréis el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios» (1 Jn 4,2). El criterio de realidad, de una Palabra ya encarnada y siempre buscando encarnarse, es esencial a la evangelización. Nos lleva, por un lado, a valorar la historia de la Iglesia como historia de salvación, a recordar a nuestros santos que inculturaron el Evangelio en la vida de nuestros pueblos, a recoger la rica tradición bimilenaria de la Iglesia, sin pretender elaborar un pensamiento desconectado de ese tesoro, como si quisiéramos inventar el Evangelio. Por otro lado, este criterio nos impulsa a poner en práctica la Palabra, a realizar obras de justicia y caridad en las que esa Palabra sea fecunda. No poner en práctica, no llevar a la realidad la Palabra, es edificar sobre arena, permanecer en la pura idea y degenerar en intimismos y gnosticismos que no dan fruto, que esterilizan su dinamismo.

 


7. Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano y del Caribe

7.1 Medellín (II Conferencia, 26-VIII al 6-IX-1968)[66]

 

«Existe, en primer lugar, el vasto sector de los hombres «marginados» de la cultura, los analfabetos, y especialmente los analfabetos indígenas, privados a veces hasta del beneficio elemental de la comunicación por medio de una lengua común. Su ignorancia es una servidumbre inhumana. Su liberación, una responsabilidad de todos los hombres latinoamericanos. Deben ser liberados de sus prejuicios y supersticiones, de sus complejos e inhibiciones, de sus fanatismos, de su sentido fatalista, de su incomprensión temerosa del mundo en que viven, de su desconfianza y de su pasividad.

La tarea de educación de estos hermanos nuestros no consiste propiamente en incorporarlos a las estructuras culturales que existen en torno de ellos, y que pueden ser también opresores, sino en algo mucho más profundo. Consiste en capacitarlos para que ellos mismos, como autores de su propio progreso, desarrollen de una manera creativa y original un mundo cultural, acorde con su propia riqueza y que sea fruto de sus propios esfuerzos. Especialmente en el caso de los indígenas se han de respetar los valores propios de su cultura, sin excluir el diálogo creador con otras culturas.

(DM Educación 3)

La Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano recuerda a las universidades católicas: que deben ser ante todo Universidades, es decir, órganos superiores, consagrados a la investigación y a la enseñanza, donde la búsqueda de la verdad sea un trabajo común entre profesores y alumnos y así se cree la cultura en sus diversas manifestaciones.

(DM Educación 21a)

 

En la gran masa de bautizados de América Latina, las condiciones de fe, creencias y prácticas cristianas son muy diversas, no sólo de un país a otro, sino entre regiones de un mismo país, y entre los diversos niveles sociales. Se encuentran grupos étnicos semipaganizados; masas campesinas que conservan una profunda religiosidad y masas de marginados con sentimientos religiosos, pero de muy baja práctica cristiana.

Hay un proceso de transformación cultural y religiosa. La evangelización del continente experimenta serias dificultades, que se ven agravadas por la explosión demográfica, las migraciones internas, los cambios socio-culturales, la escasez de personal apostólico y la deficiente adaptación de las estructuras eclesiales.

Hasta ahora se ha contado principalmente con una pastoral de conservación, basada en una sacramentalización con poco énfasis en una previa evangelización. Pastoral apta sin duda en una época en que las estructuras sociales coincidían con las estructuras religiosas, en que los medios de comunicación de valores (familia, escuela, y otros) estaban impregnados de valores cristianos y donde la fe se transmitía casi por la misma inercia de la tradición.

Hoy, sin embargo, las mismas transformaciones del continente exigen una revisión de esa pastoral, a fin de que se adapte a la diversidad y pluralidad culturales del pueblo latinoamericano.

(DM Pastoral Popular 1)

 

Al enjuiciar la religiosidad popular no podemos partir de una interpretación cultural occidentalizada, propia de las clases media y alta urbanas, sino del significado que esa religiosidad tiene en el contexto de la sub-cultura de los grupos rurales y urbanos marginados.

Sus expresiones pueden estar deformadas y mezcladas en cierta medida con un patrimonio religioso ancestral, donde la tradición ejerce un poder casi tiránico; tienen el peligro de ser fácilmente influidas por prácticas mágicas y supersticiones que revelan un carácter más bien utilitario y un cierto temor a lo divino, que necesitan de la intercesión de seres más próximos al hombre y de expresiones más plásticas y concretas. Esas manifestaciones religiosas pueden ser, sin embargo, balbuceos de una auténtica religiosidad, expresada con los elementos culturales de que se dispone.

En el fenómeno religioso existen motivaciones distintas que, por ser humanas, son mixtas, y pueden responder a deseos de seguridad, contingencia, importancia, y simultáneamente a necesidad de adoración, gratitud hacia el Ser Supremo. Motivaciones que se plasman y expresan en símbolos diversos. La fe llega al hombre envuelta siempre en un lenguaje cultural y por eso en la religiosidad natural pueden encontrarse gérmenes de un llamado de Dios.

En su camino hacia Dios, el hombre contemporáneo se encuentra en diversas situaciones. Esto reclama de la Iglesia, por una parte, una adaptación de su mensaje y por lo tanto diversos modos de expresión en la presentación del mismo. Por otra, exige a cada hombre, en la medida de lo posible, una aceptación más personal y comunitaria del mensaje de la revelación.

(DM Pastoral Popular 4)

 

a) Teniendo en cuenta el importante papel que los artistas y hombres de letras están llamados a desempeñar en nuestro continente -especialmente en relación a su autonomía cultural- como intérpretes naturales de sus angustias y esperanzas y generadores de valores autóctonos que configuran la imagen nacional, esta Conferencia Episcopal considera particularmente importante la presencia de la Iglesia en estos ambientes.

(DM Pastoral de Élites 17a)

 

Es necesario subrayar también en una pastoral latinoamericana las exigencias del pluralismo. Las situaciones en que se desenvuelve la catequesis son muy diversas: desde las de tipo patriarcal, en que las formas tradicionales son todavía aceptadas, hasta las más avanzadas formas de la civilización urbana contemporánea. Conviene, por ende, destacar la riqueza que debe existir en la diversidad de puntos de vista y de formas que se dan en la catequesis. Tanto más cuanto que ésta debe adaptarse a la diversidad de lenguas y de mentalidades y a la variedad de situaciones y culturas humanas.

Es imposible, en vista de esto, querer imponer moldes fijos y universales. Con un sincero intercambio de colaboración, debemos guardar la unidad de la fe en la diversidad de formas.

(DM Catequesis 8)

 

La catequesis se halla frente a un fenómeno que está influyendo profundamente en los valores, en las actitudes y la vida misma del hombre: los medios de comunicación social.

Este fenómeno constituye un hecho histórico irreversible que en América Latina avanza rápidamente y conduce en breve plazo a una cultura universal: «la cultura de la imagen». Éste es un signo de los tiempos que la Iglesia no puede ignorar.

De la situación creada por este fenómeno debe partir la catequesis para una presentación encarnada del mensaje cristiano. Es, pues, urgente una seria investigación sobre el efecto de los medios de comunicación social y una búsqueda de la forma más adecuada de dar una respuesta, utilizándolos en la tarea evangelizadora, como también una seria evaluación de las realizaciones actuales.

(DM Catequesis 12)

 

El lenguaje que habla la Iglesia reviste una importancia particular. Se trata tanto de las formas de la enseñanza simple- catecismo, homilía- en las comunidades locales, como de las formas más universales de la palabra del Magisterio. Se impone un trabajo permanente para que se haga perceptible cómo el Mensaje de Salvación, contenido en la Escritura, la liturgia, el Magisterio y el testimonio, es hoy palabra de vida. No basta, pues, repetir o explicar el Mensaje. Sino que hay que expresar incesantemente, de nuevas maneras, el «Evangelio» en relación con las formas de existencia del hombre, teniendo en cuenta los ambientes humanos, éticos y culturales y guardando siempre la fidelidad a la Palabra revelada.

(DM Catequesis 15)

 

Para que la liturgia pueda realizar en plenitud estos aportes, necesita:

a) Una catequesis previa sobre el misterio cristiano y su expresión litúrgica;

b) Adaptarse y encarnarse en el genio de las diversas culturas;

c) Acoger, por tanto, positivamente la pluralidad en la unidad, evitando erigir la uniformidad como principio «a priori»;

d) Mantenerse en una situación dinámica que acompañe cuanto hay de sano en el proceso de la evolución de la humanidad;

e) Llevar a una experiencia vital de la unión entre la fe, la liturgia y la vida cotidiana, en virtud de la cual llegue el cristiano al testimonio de Cristo.

No obstante, la liturgia, que interpela al hombre, no puede reducirse a la mera expresión de una realidad humana, frecuentemente unilateral o marcada por el pecado, sino que la juzga, conduciéndola a su pleno sentido cristiano.

(DM Liturgia 7)

 

 

7.2 Puebla (III Conferencia, 28-I al 13-II-1979)[67]

2. Evangelización de la cultura

2.1. Culturas y culturas

Nuevo y valioso aporte pastoral de la Exhortación Evangelii nuntiandi es el llamado de Pablo VI a enfrentar la tarea de la evangelización de la cultura y de las culturas (EN 20). (DP 385)

Con la palabra «cultura» se indica el modo particular como, en un pueblo, los hombres cultivan su relación con la naturaleza, entre sí mismos y con Dios (GS 53b) de modo que puedan llegar a «un nivel verdadera y plenamente humano» (GS 53a). Es «el estilo de vida común» (GS 53c) que caracteriza a los diversos pueblos; por ello se habla de «pluralidad de culturas» (GS 53c). (DP 386)

La cultura así entendida, abarca la totalidad de la vida de un pueblo: el conjunto de valores que lo animan y de desvalores que lo debilitan y que al ser participados en común por sus miembros, los reúne en base a una misma «conciencia colectiva» (EN 18). La cultura comprende, asimismo, las formas a través de las cuales aquellos valores o desvalores se expresan y configuran, es decir, las costumbres, la lengua, las instituciones y estructuras de convivencia social, cuando no son impedidas o reprimidas por la intervención de otras culturas dominantes. (DP 387)

En el cuadro de esta totalidad, la evangelización busca alcanzar la raíz de la cultura, la zona de sus valores fundamentales, suscitando una conversión que pueda ser base y garantía de la transformación de las estructuras y del ambiente social. (DP 388)

Lo esencial de la cultura está constituido por la actitud con que un pueblo afirma o niega una vinculación religiosa con Dios, por los valores o desvalores religiosos. Éstos tienen que ver con el sentido último de la existencia y radican en aquella zona más profunda, donde el hombre encuentra respuestas a las preguntas básicas y definitivas que lo acosan, sea que se las proporcionen con una orientación positivamente religiosa o, por el contrario, atea. De aquí que la religión o la irreligión sean inspiradoras de todos los restantes órdenes de la cultura- familiar, económico, político, artístico, etc.- en cuanto los libera hacia lo trascendente o los encierra en su propio sentido inmanente. (DP 389)

La evangelización, que tiene en cuenta a todo el hombre, busca alcanzarlo en su totalidad, a partir de su dimensión religiosa. (DP 390)

La cultura es una actividad creadora del hombre, con la que responde a la vocación de Dios, que le pide perfeccionar toda la creación (Gn) y en ella sus propias capacidades y cualidades espirituales y corporales. (DP 391)

La cultura se va formando y se transforma en base a la continua experiencia histórica y vital de los pueblos; se transmite a través del proceso de tradición generacional. El hombre, pues, nace y se desarrolla en el seno de una determinada sociedad, condicionado y enriquecido por una cultura particular; la recibe, la modifica creativamente y la sigue transmitiendo. La cultura es una realidad histórica y social. (DP 392)

Siempre sometidas a nuevos desarrollos, al recíproco encuentro e interpretación, las culturas pasan, en su proceso histórico, por períodos en que se ven desafiadas por nuevos valores o desvalores, por la necesidad de realización de nuevas síntesis vitales. La Iglesia se siente llamada a estar presente con el Evangelio, particularmente en los períodos en que decaen y mueren viejas formas según las cuales el hombre ha organizado sus valores y su convivencia, para dar lugar a nuevas síntesis. Es mejor evangelizar las nuevas formas culturales en su mismo nacimiento y no cuando ya están crecidas y estabilizadas. Éste es el actual desafío global que enfrenta la Iglesia, ya que «se puede hablar con razón de una nueva época de la historia humana» (GS 54). Por esto, la Iglesia latinoamericana busca dar un nuevo impulso a la evangelización de nuestro Continente. (DP 393)

2.2. Opción pastoral de la Iglesia latinoamericana: la evangelización de la propia cultura, en el presente y hacia el futuro

Finalidad de la evangelización

Cristo envió a su Iglesia a anunciar el Evangelio a todos los hombres, a todos los pueblos. Puesto que cada hombre nace en el seno de una cultura, la Iglesia busca alcanzar, con su acción evangelizadora, no solamente al individuo, sino a la cultura del pueblo. Trata de «alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio, los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación. Podríamos expresar todo esto diciendo: lo que importa es evangelizar, no de una manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital en profundidad y hasta sus mismas raíces la cultura y las culturas del hombre» (EN 19 -20). (DP 394)

Opción pastoral

La acción evangelizadora de nuestra Iglesia latinoamericana ha de tener como meta general la constante renovación y transformación evangélica de nuestra cultura. Es decir, la penetración por el Evangelio de los valores y criterios que la inspiran, la conversión de los hombres que viven según esos valores y el cambio que, para ser más plenamente humanas, requieren las estructuras en que aquéllos viven y se expresan. (DP 395)

Para ello, es de primera importancia atender a la religión de nuestros pueblos, no sólo asumiéndola como objeto de evangelización, sino también, por estar ya evangelizada, como fuerza activamente evangelizadora. (DP 396)

2.3. Iglesia, fe y cultura

Amor a los pueblos y conocimiento de su cultura

Para desarrollar su acción evangelizadora con realismo, la Iglesia ha de conocer la cultura de América Latina. Pero parte, ante todo, de una profunda actitud de amor a los pueblos. De esta suerte, no sólo por vía científica, sino también por la connatural capacidad de comprensión afectiva que da el amor, podrá conocer y discernir las modalidades propias de nuestra cultura, sus crisis y desafíos históricos y solidarizarse, en consecuencia, con ella en el seno de su historia. (DP 397)

Un criterio importante que ha de guiar a la Iglesia en su esfuerzo de conocimiento es el siguiente: hay que atender hacia dónde se dirige el movimiento general de la cultura más que a sus enclaves detenidos en el pasado; a las expresiones actualmente vigentes más que a las meramente folklóricas. (DP 398)

La tarea de la evangelización de la cultura en nuestro continente debe ser enfocada sobre el telón de fondo de una arraigada tradición cultural, desafiada por el proceso de cambio cultural que América Latina y el mundo entero vienen viviendo en los tiempos modernos y que actualmente llega a su punto de crisis. (DP 399)

Encuentro de la fe con las culturas

La Iglesia, Pueblo de Dios, cuando anuncia el Evangelio y los pueblos acogen la fe, se encarna en ellos y asume sus culturas. Instaura así, no una identificación, sino una estrecha vinculación con ella. Por una parte, en efecto, la fe transmitida por la Iglesia es vivida a partir de una cultura presupuesta, esto es, por creyentes «vinculados profundamente a una cultura y la construcción del Reino no puede por menos de tomar los elementos de las culturas humanas». Por otra parte permanece válido, en el orden pastoral, el principio de encarnación formulado por San Ireneo: «Lo que no es asumido no es redimido».

El principio general de encarnación se concreta en diversos criterios particulares: (DP 400)

Las culturas no son terreno vacío, carente de auténticos valores. La evangelización de la Iglesia no es un proceso de destrucción, sino de consolidación y fortalecimiento de dichos valores; una contribución al crecimiento de los «gérmenes del Verbo» presentes en las culturas. (DP 401)

Con mayor interés asume la Iglesia los valores específicamente cristianos que encuentra en los pueblos ya evangelizados y que son vividos por éstos según su propia modalidad cultural. (DP 402)

La Iglesia parte en su evangelización de aquellas semillas esparcidas por Cristo y de estos valores, frutos de su propia evangelización. (DP 403)

Todo esto implica que la Iglesia- obviamente la Iglesia particular- se esmere en adaptarse, realizando el esfuerzo de un trasvasamiento del mensaje evangélico al lenguaje antropológico y a los símbolos de la cultura en la que se inserta. (DP 404)

La Iglesia, al proponer la Buena Nueva, denuncia y corrige la presencia del pecado en las culturas; purifica y exorciza los desvalores. Establece, por consiguiente, una crítica de las culturas. Ya que el reverso del anuncio del Reino de Dios es la crítica de las idolatrías, esto es, de los valores erigidos en ídolos o de aquellos valores que, sin serlo, una cultura asume como absolutos. La Iglesia tiene la misión de dar testimonio del «verdadero Dios y del único Señor». (DP 405)

Por lo cual, no puede verse como un atropello la evangelización que invita a abandonar falsas concepciones de Dios, conductas antinaturales y aberrantes manipulaciones del hombre por el hombre. (DP 406)

La tarea específica de la evangelización consiste en «anunciar a Cristo» e invitar a las culturas no a quedar bajo un marco eclesiástico, sino a acoger por la fe el señorío espiritual de Cristo, fuera de cuya verdad y gracia no podrán encontrar su plenitud. De este modo, por la evangelización, la Iglesia busca que las culturas sean renovadas, elevadas y perfeccionadas por la presencia activa del Resucitado, centro de la historia, y de su Espíritu (EN 18, 20, 23; GS 58d, 61a). (DP 407)

2.4. Evangelización de la cultura en América Latina

Hemos indicado los criterios fundamentales que orientan la acción evangelizadora de las culturas. (DP 408)

Nuestra Iglesia, por su parte, realiza dicha acción en esta particular área humana de América Latina. Su proceso histórico cultural ha sido ya descrito.

Retomamos ahora brevemente los principales datos establecidos en la primera parte de este Documento, para poder discernir los desafíos y problemas que el momento presente plantea a la evangelización. (DP 408)

Tipos de cultura y etapas del proceso cultural

América Latina tiene su origen en el encuentro de la raza hispanolusitana con las culturas precolombinas y las africanas. El mestizaje racial y cultural ha marcado fundamentalmente este proceso y su dinámica indica que lo seguirá marcando en el futuro. (DP 409)

Este hecho no puede hacernos desconocer la persistencia de diversas culturas indígenas o afroamericanas en estado puro y la existencia de grupos con diversos grados de integración nacional. (DP 410)

Posteriormente, durante los últimos siglos, afluyen nuevas corrientes inmigratorias, sobre todo en el Cono Sur, las cuales aportan modalidades propias, integrándose básicamente al sedimento cultural preyacente. (DP 411)

En la primera época del siglo XVI al XVIII, se echan las bases de la cultura latinoamericana y de su real sustrato católico. Su evangelización fue suficientemente profunda para que la fe pasara a ser constitutiva de su ser y de su identidad, otorgándole la unidad espiritual que subsiste pese a la ulterior división en diversas naciones, y a verse afectada por desgarramientos en el nivel económico, político y social. (DP 412)

Esta cultura, impregnada de fe y con frecuencia sin una conveniente catequesis, se manifiesta en las actitudes propias de la religión de nuestro pueblo, penetradas de un hondo sentido de la trascendencia y, a la vez, de la cercanía de Dios. Se traduce en una sabiduría popular con rasgos contemplativos, que orienta el modo peculiar como nuestros hombres viven su relación con la naturaleza y con los demás hombres; en un sentido del trabajo y de la fiesta, de la solidaridad, de la amistad y el parentesco. También en el sentimiento de su propia dignidad, que no ven disminuida por su vida pobre y sencilla. (DP 413)

Es una cultura que, conservada en un modo más vivo y articulador de toda la existencia en los sectores pobres, está sellada particularmente por el corazón y su intuición. Se expresa no tanto en las categorías y organización mental características de las ciencias, cuanto en la plasmación artística, en la piedad hecha vida y en los espacios de convivencia solidaria. (DP 414)

Esta cultura, la mestiza primero y luego, paulatinamente, la de los diversos enclaves indígenas y afroamericanos, comienza desde el siglo XVIII a sufrir el impacto del advenimiento de la civilización urbano -industrial, dominada por lo físico -matemático y por la mentalidad de eficiencia. (DP 415)

Esta civilización está acompañada por fuertes tendencias a la personalización y a la socialización. Produce una acentuada aceleración de la historia que exige a todos los pueblos gran esfuerzo de asimilación y creatividad, si no quieren que sus culturas queden postergadas o aun eliminadas. (DP 416)

La cultura urbano -industrial, con su consecuencia de intensa proletarización de sectores sociales y hasta de diversos pueblos, es controlada por las grandes potencias poseedoras de la ciencia y de la técnica. Dicho proceso histórico tiende a agudizar cada vez más el problema de la dependencia y de la pobreza. (DP 417)

El advenimiento de la civilización urbano -industrial acarrea también problemas en el plano ideológico y llega a amenazar las mismas raíces de nuestra cultura, ya que dicha civilización nos llega, de hecho, en su real proceso histórico, impregnada de racionalismo e inspirada en dos ideologías dominantes: el liberalismo y el colectivismo marxista. En ambas anida la tendencia no sólo a una legítima y deseable secularización, sino también al «secularismo». (DP 418)

En el cuadro de este proceso histórico surgen en nuestro continente fenómenos y problemas particulares e importantes: la intensificación de las migraciones y de los desplazamientos de población del agro hacia la ciudad; la presencia de fenómenos religiosos como el de la invasión de sectas, que no por aparecer marginales, el evangelizador puede desconocer; el enorme influjo de los Medios de Comunicación Social como vehículos de nuevas pautas y modelos culturales; el anhelo de la mujer por su promoción, de acuerdo con su dignidad y peculiaridad en el conjunto de la sociedad; la emergencia de un mundo obrero que será decisivo en la nueva configuración de nuestra cultura. (DP 419)

La acción evangelizadora: desafíos y problemas

Los hechos recién indicados marcan los desafíos que ha de enfrentar la Iglesia. En ellos se manifiestan los signos de los tiempos, los indicadores del futuro hacia donde va el movimiento de la cultura. La Iglesia debe discernirlos, para poder consolidar los valores y derrocar los ídolos que alientan este proceso histórico. (DP 420)

La adveniente cultura universal

La cultura urbano-industrial, inspirada por la mentalidad científico-técnica, impulsada por las grandes potencias y marcada por las ideologías mencionadas, pretende ser universal. Los pueblos, las culturas particulares, los diversos grupos humanos, son invitados, más aún, constreñidos a integrarse en ella. (DP 421)

En América Latina esta tendencia reactualiza el problema de la integración de las etnias indígenas en el cuadro político y cultural de las naciones, precisamente por verse éstas compelidas a avanzar hacia un mayor desarrollo, a ganar nuevas tierras y brazos para una producción más eficaz; para poder integrarse con mayor dinamismo en el curso acelerado de la civilización universal. (DP 422)

Los niveles que presenta esta nueva universalidad son distintos: el de los elementos científicos y técnicos como instrumentos de desarrollo; el de ciertos valores que se ven acentuados, como los del trabajo y de una mayor posesión de bienes de consumo; el de un «estilo de vida» total que lleva consigo una determinada jerarquía de valores y preferencias. (DP 423)

En esta encrucijada histórica, algunos grupos étnicos y sociales se repliegan, defendiendo su propia cultura, en un aislacionismo infructuoso; otros, en cambio, se dejan absorber fácilmente por los estilos de vida que instaura el nuevo tipo de cultura universal. (DP 424)

La Iglesia, en su tarea evangelizadora, procede con fino y laborioso discernimiento. Por sus propios principios evangélicos, mira con satisfacción los impulsos de la humanidad hacia la integración y la comunión universal. En virtud de su misión específica, se siente enviada, no para destruir, sino para ayudar a las culturas a consolidarse en su propio ser e identidad, convocando a los hombres de todas las razas y pueblos a reunirse, por la fe, bajo Cristo, en el mismo y único Pueblo de Dios. (DP 425)

La Iglesia promueve y fomenta incluso lo que va más allá de esta unión católica en la misma fe y que se concreta en formas de comunión entre las culturas y de integración justa en los niveles económico, social y político. (DP 426)

Pero ella pone en cuestión, como es obvio, aquella «universalidad», sinónimo de nivelación y uniformidad, que no respeta las diferentes culturas, debilitándolas, absorbiéndolas o eliminándolas. Con mayor razón la Iglesia no acepta aquella instrumentalización de la universalidad que equivale a la unificación de la humanidad por vía de una injusta e hiriente supremacía y dominación de unos pueblos o sectores sociales sobre otros pueblos y sectores. (DP 427)

La Iglesia de América Latina se propone reanudar con renovado vigor la evangelización de la cultura de nuestros pueblos y de los diversos grupos étnicos para que germine o sea reavivada la fe evangélica y para que ésta, como base de comunión, se proyecte hacia formas de integración justa en los cuadros respectivos de una nacionalidad, de una gran patria latinoamericana y de una integración universal que permita a nuestros pueblos el desarrollo de su propia cultura, capaz de asimilar de modo propio los hallazgos científicos y técnicos. (DP 428)

La ciudad

En el tránsito de la cultura agraria a la urbano -industrial, la ciudad se convierte en motor de la nueva civilización universal. Este hecho requiere un nuevo discernimiento por parte de la Iglesia. Globalmente, debe inspirarse en la visión de la Biblia, la cual a la vez que comprueba positivamente la tendencia de los hombres a la creación de ciudades donde convivir de un modo más asociado y humano, es crítica de la dimensión inhumana y del pecado que se origina en ellas. (DP 429)

Por lo mismo, en las actuales circunstancias, la Iglesia no alienta el ideal de la creación de megápolis que se tornan irremediablemente inhumanas, como tampoco de una industrialización excesivamente acelerada que las actuales generaciones tengan que pagar a costo de su misma felicidad, con sacrificios desproporcionados. (DP 430)

Por otra parte, reconoce que la vida urbana y el cambio industrial ponen al descubierto problemas hasta ahora no conocidos. En su seno se trastornan los modos de vida y las estructuras habituales de la existencia: la familia, la vecindad, la organización del trabajo. Se trastornan, por lo mismo, las condiciones de vida del hombre religioso, de los fieles y de la comunidad cristiana.

Las anteriores características constituyen rasgos del llamado «proceso de secularización», ligado evidentemente a la emergencia de la ciencia y de la técnica y a la urbanización creciente. (DP 431)

No hay por qué pensar que las formas esenciales de la conciencia religiosa estén exclusivamente ligadas con la cultura agraria. Es falso que el paso a la civilización urbano -industrial acarrea necesariamente la abolición de la religión. Sin embargo, constituye un evidente desafío, al condicionar con nuevas formas y estructuras de vida, la conciencia religiosa y la vida cristiana. (DP 432)

La Iglesia se encuentra así ante el desafío de renovar su evangelización, de modo que pueda ayudar a los fieles a vivir su vida cristiana en el cuadro de los nuevos condicionamientos que la sociedad urbano -industrial crea para la vida de santidad; para la oración y la contemplación; para las relaciones entre los hombres, que se tornan anónimas y arraigadas en lo meramente funcional; para una nueva vivencia del trabajo, de la producción y del consumo. (DP 433)

El secularismo

La Iglesia asume el proceso de la secularización en el sentido de una legítima autonomía de lo secular como justo y deseable según lo entienden la Gaudium et Spes y la Evangelii Nuntiandi. Sin embargo, el paso a la civilización urbano -industrial, considerado no en abstracto, sino en su real proceso histórico occidental, viene inspirado por la ideología que llamamos «secularismo». (DP 434)

En su esencia, el secularismo separa y opone al hombre con respecto a Dios; concibe la construcción de la historia como responsabilidad exclusiva del hombre, considerado en su mera inmanencia. Se trata de «una concepción del mundo según la cual éste último se explica por sí mismo, sin que sea necesario recurrir a Dios: Dios resultaría, pues, superfluo y hasta un obstáculo. Dicho secularismo, para reconocer el poder del hombre, acaba por sobrepasar a Dios e incluso por renegar de él. Nuevas formas de ateísmo- un ateísmo antropocéntrico, no ya abstracto y metafísico, sino práctico y militante- parece desprenderse de él. En unión con este secularismo ateo se nos propone todos los días, bajo las formas más distintas, una civilización de consumo, el hedonismo erigido en valor supremo, una voluntad de poder y de dominio, de discriminaciones de todo género: constituyen otras tantas inclinaciones inhumanas de este «humanismo» (EN 55). (DP 435)

La Iglesia, pues, en su tarea de evangelizar y suscitar la fe en Dios, Padre providente y en Jesucristo, activamente presente en la historia humana, experimenta un enfrentamiento radical con este movimiento secularista. Ve en él una amenaza a la fe y a la misma cultura de nuestros pueblos latinoamericanos. Por eso, uno de los fundamentales cometidos del nuevo impulso evangelizador ha de ser actualizar y reorganizar el anuncio del contenido de la evangelización partiendo de la misma fe de nuestros pueblos, de modo que éstos puedan asumir los valores de la nueva civilización urbano -industrial, en una síntesis vital cuyo fundamento siga siendo la fe en Dios y no el ateísmo, consecuencia lógica de la tendencia secularista. (DP 436)

Conversión y estructuras

Se ha señalado la incoherencia entre la cultura de nuestros pueblos, cuyos valores están impregnados de fe cristiana, y la condición de pobreza en que a menudo permanecen retenidos injustamente. (DP 437)

Sin duda, las situaciones de injusticia y de pobreza aguda son un índice acusador de que la fe no ha tenido la fuerza necesaria para penetrar los criterios y las decisiones de los sectores responsables del liderazgo ideológico y de la organización de la convivencia social y económica de nuestros pueblos. En pueblos de arraigada fe cristiana se han impuesto estructuras generadoras de injusticia. Éstas que están en conexión con el proceso de expansión del capitalismo liberal y que en algunas partes se transforman en otras inspiradas por el colectivismo marxista, nacen de las ideologías de culturas dominantes y son incoherentes con la fe propia de nuestra cultura popular. (DP 437)

La Iglesia llama, pues, a una renovada conversión en el plano de los valores culturales, para que desde allí se impregnen las estructuras de convivencia con espíritu evangélico. Al llamar a una revitalización de los valores evangélicos, urge a una rápida y profunda transformación de las estructuras, ya que éstas están llamadas, por su misma naturaleza, a contener el mal que nace del corazón del hombre, y que se manifiesta también en forma social y a servir como condiciones pedagógicas para una conversión interior, en el plano de los valores. (DP 438)

Otros problemas

En el marco de esta situación general y de sus desafíos globales, se inscriben algunos problemas particulares de importancia que la Iglesia ha de atender en su nuevo impulso evangelizador. Éstos son: la organización de una adecuada catequesis partiendo de un debido conocimiento de las condiciones culturales de nuestros pueblos y de una compenetración con su estilo de vida, con suficientes agentes pastorales autóctonos y diversificados, que satisfagan el derecho de nuestros pueblos y de nuestros pobres a no quedar sumidos en la ignorancia o en niveles de formación rudimentarios de su fe. (DP 439)

Un planteamiento crítico y constructivo del sistema educativo en América Latina. (DP 440)

La necesidad de trazar criterios y caminos, basados en la experiencia y la imaginación, para una pastoral de la ciudad, donde se gestan los nuevos modos de cultura, a la vez que el aumento del esfuerzo evangelizador y promotor de los grupos indígenas y afroamericanos. (DP 441)

La instauración de una nueva presencia evangelizadora de la Iglesia en el mundo obrero, en las élites intelectuales y entre las artísticas. (DP 442)

El aporte humanista y evangelizador de la Iglesia para la promoción de la mujer, conforme a su propia identidad específica. (DP 443)

3. Evangelización y religiosidad popular

3.1. Noción y afirmaciones fundamentales

Por religión del pueblo, religiosidad popular o piedad popular, entendemos el conjunto de hondas creencias selladas por Dios, de las actitudes básicas que de esas convicciones derivan y las expresiones que las manifiestan. Se trata de la forma o de la existencia cultural que la religión adopta en un pueblo determinado. La religión del pueblo latinoamericano, en su forma cultural más característica, es expresión de la fe católica. Es un catolicismo popular. (DP 444)

Con deficiencias y a pesar del pecado siempre presente, la fe de la Iglesia ha sellado el alma de América Latina, marcando su identidad histórica esencial y constituyéndose en la matriz cultural del continente, de la cual nacieron los nuevos pueblos. (DP 445)

El Evangelio encarnado en nuestros pueblos los congrega en una originalidad histórica cultural que llamamos América Latina. Esa identidad se simboliza muy luminosamente en el rostro mestizo de María de Guadalupe que se yergue al inicio de la Evangelización. (DP 446)

Esta religión del pueblo es vivida preferentemente por los «pobres y sencillos» (EN 48), pero abarca todos los sectores sociales y es, a veces, uno de los pocos vínculos que reúne a los hombres en nuestras naciones políticamente tan divididas. Eso sí, debe sostenerse que esa unidad contiene diversidades múltiples según los grupos sociales, étnicos e, incluso, las generaciones. (DP 447)

La religiosidad del pueblo, en su núcleo, es un acervo de valores que responde con sabiduría cristiana a los grandes interrogantes de la existencia. La sapiencia popular católica tiene una capacidad de síntesis vital; así conlleva creadoramente lo divino y lo humano; Cristo y María, espíritu y cuerpo; comunión e institución; persona y comunidad; fe y patria, inteligencia y afecto. Esa sabiduría es un humanismo cristiano que afirma radicalmente la dignidad de toda persona como hijo de Dios, establece una fraternidad fundamental, enseña a encontrar la naturaleza y a comprender el trabajo y proporciona las razones para la alegría y el humor, aun en medio de una vida muy dura. Esa sabiduría es también para el pueblo un principio de discernimiento, un instinto evangélico por el que capta espontáneamente cuándo se sirve en la Iglesia al Evangelio y cuándo se lo vacía y asfixia con otros intereses (Juan Pablo II, Discurso inaugural III 6: AAS 71 p. 213). (DP 448)

Porque esta realidad cultural abarca muy amplios sectores sociales, la religión del pueblo tiene la capacidad de congregar multitudes. Por eso, en el ámbito de la piedad popular la Iglesia cumple con su imperativo de universalidad. En efecto, «sabiendo que el mensaje no está reservado a un pequeño grupo de iniciados, de privilegiados, o elegidos, sino que está destinado a todos» (EN 57), la Iglesia logra esa amplitud de convocación de las muchedumbres en los santuarios y en las fiestas religiosas. Allí el mensaje evangélico tiene oportunidad, no siempre aprovechada pastoralmente, de llegar «al corazón de las masas» (ibid.). (DP 449)

La religiosidad popular no solamente es objeto de evangelización, sino que, en cuanto contiene encarnada la Palabra de Dios, es una forma activa con la cual el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo. (DP 450)

Esta piedad popular católica, en América Latina, no ha llegado a impregnar adecuadamente o aún no ha logrado la evangelización en algunos grupos culturales autóctonos o de origen africano, que por su parte poseen riquísimos valores y guardan «semillas del Verbo» en espera de la Palabra viva. (DP 451)

La religiosidad popular si bien sella la cultura de América Latina, no se ha expresado suficientemente en la organización de nuestras sociedades y estados. Por ello deja un espacio para lo que S. S. Juan Pablo II ha vuelto a denominar «estructuras de pecado» (Juan Pablo II, Homilía Zapopan 3: AAS 71 p. 230). Así la brecha entre ricos y pobres, la situación de amenaza que viven los más débiles, las injusticias, las postergaciones y sometimientos indignos que sufren, contradicen radicalmente los valores de dignidad personal y hermandad solidaria. Valores estos que el pueblo latinoamericano lleva en su corazón como imperativos recibidos del Evangelio. De ahí que la religiosidad del pueblo latinoamericano se convierta muchas veces en un clamor por una verdadera liberación. Ésta es una exigencia aún no satisfecha. Por su parte, el pueblo, movido por esta religiosidad, crea o utiliza dentro de sí, en su convivencia más estrecha, algunos espacios para ejercer la fraternidad, por ejemplo: el barrio, la aldea, el sindicato, el deporte. Y entre tanto, no desespera, aguarda confiadamente y con astucia los momentos oportunos para avanzar en su liberación tan ansiada. (DP 452)

Por falta de atención de los agentes de pastoral y por otros complejos factores, la religión del pueblo muestra en ciertos casos signos de desgaste y deformación: aparecen sustitutos aberrantes y sincretismos regresivos. Además, se ciernen en algunas partes sobre ella serias y extrañas amenazas que se presentan exacerbando la fantasía con tonos apocalípticos. (DP 453)

3.2. Descripción de la religiosidad popular

Como elementos positivos de la piedad popular se pueden señalar: la presencia trinitaria que se percibe en devociones y en iconografías, el sentido de la providencia de Dios Padre; Cristo, celebrado en su misterio de Encarnación (Navidad, el Niño), en su Crucifixión, en la Eucaristía y en la devoción al Sagrado Corazón; amor a María: Ella y «sus misterios pertenecen a la identidad propia de estos pueblos y caracterizan su piedad popular» (Juan Pablo II, Homilía Zapopan 2: AAS 71 p. 228), venerada como Madre Inmaculada de Dios y de los hombres, como Reina de nuestros distintos países y del continente entero; los santos, como protectores; los difuntos; la conciencia de dignidad personal y la fraternidad solidaria; la conciencia de pecado y de necesidad de expiación; la capacidad de expresar la fe en un lenguaje total que supera los racionalismos (canto, imágenes, gesto, color, danza); la Fe situada en el tiempo (fiestas) y en lugares (santuarios y templos); la sensibilidad hacia la peregrinación como símbolo de la existencia humana y cristiana, el respeto filial a los pastores como representantes de Dios; la capacidad de celebrar la fe en forma expresiva y comunitaria; la integración honda de los sacramentos y sacramentales en la vida personal y social; el afecto cálido por la persona del Santo Padre; la capacidad de sufrimiento y heroísmo para sobrellevar las pruebas y confesar la fe; el valor de la oración; la aceptación de los demás. (DP 454)

La religión popular latinoamericana sufre, desde hace tiempo, por el divorcio entre élites y pueblo. Eso significa que le falta educación, catequesis y dinamismo, debido a la carencia de una adecuada pastoral. (DP 455)

Los aspectos negativos son de diverso origen. De tipo ancestral: superstición, magia, fatalismo, idolatría del poder, fetichismo y ritualismo. Por deformación de la catequesis: arcaísmo estático, falta de información e ignorancia, reinterpretación sincretista, reduccionismo de la fe a un mero contrato en la relación con Dios. Amenazas: secularismo difundido por los medios de comunicación social; consumismo; sectas; religiones orientales y agnósticas; manipulaciones ideológicas, económicas, sociales y políticas; mesianismos políticos secularizados; desarraigo y proletarización urbana a consecuencia del cambio cultural. Podemos afirmar que muchos de estos fenómenos son verdaderos obstáculos para la Evangelización. (DP 456)

3.3. Evangelización de la religiosidad popular: proceso, actitudes y criterios

Como toda la Iglesia, la religión del pueblo debe ser evangelizada siempre de nuevo. En América Latina, después de casi 500 años de la predicación del Evangelio y del bautismo generalizado de sus habitantes, esta evangelización ha de apelar a la «memoria cristiana de nuestros pueblos». Será una labor de pedagogía pastoral, en la que el catolicismo popular sea asumido, purificado, completado y dinamizado por el Evangelio. Esto implica en la práctica, reanudar un diálogo pedagógico, a partir de los últimos eslabones que los evangelizadores de antaño dejaron en el corazón de nuestro pueblo. Para ello se requiere conocer los símbolos, el lenguaje silencioso, no verbal, del pueblo, con el fin de lograr, en un diálogo vital, comunicar la Buena Nueva mediante un proceso de reinformación catequética. (DP 457)

Los agentes de la evangelización, con la luz del Espíritu Santo y llenos de «caridad pastoral», sabrán desarrollar la «pedagogía de la evangelización» (EN 48). Esto exige, antes que todo, amor y cercanía al pueblo, ser prudentes y firmes, constantes y audaces para educar esa preciosa fe, algunas veces tan debilitada. (DP 458)

Las formas concretas y los procesos pastorales deberán evaluarse según esos criterios característicos del Evangelio vivido en la Iglesia, todo debe hacer a los bautizados más hijos en el Hijo, más hermanos en la Iglesia, más responsablemente misioneros para extender el reino. En esa dirección ha de madurar la religión del pueblo. (DP 459)

3.4. Tareas y desafíos

Estamos en una situación de urgencia. El cambio de una sociedad agraria a una urbano -industrial somete la religión del pueblo a una crisis decisiva. Los grandes desafíos que nos plantea la piedad popular para el final del milenio en América Latina configuran las siguientes tareas pastorales: (DP 460)

a) La necesidad de evangelizar y catequizar adecuadamente a las grandes mayorías que han sido bautizadas y que viven un catolicismo popular debilitado. (DP 461)

b) Dinamizar los movimientos apostólicos, las parroquias, las Comunidades Eclesiales de Base y los militantes de la Iglesia en general, para que sean en forma más generosa «fermento de la masa». Habrá que revisar las espiritualidades, las actitudes y las tácticas de las élites de la Iglesia con respecto a la religiosidad popular. Como bien lo indicó Medellín, «esta religiosidad pone a la Iglesia ante el dilema de continuar siendo Iglesia universal o de convertirse en secta, al no incorporar vitalmente a sí a aquellos hombres que se expresan con ese tipo de religiosidad» (DM Pastoral popular 3). Debemos desarrollar en nuestros militantes una mística de servicio evangelizador de la religión de su pueblo. Esta tarea es ahora más actual que entonces: las élites deben asumir el espíritu de su pueblo, purificarlo, aquilatarlo y encarnarlo en forma preclara. Deben participar en las convocaciones y en las manifestaciones populares para dar su aporte. (DP 462)

c) Adelantar una creciente y planificada transformación de nuestros santuarios para que puedan ser «lugares privilegiados» (Juan Pablo II, Homilía Zapopan 5: AAS 71 231) de evangelización. Esto requiere purificarlos de todo tipo de manipulación y de actividades comerciales. Una especial tarea cabe a los santuarios nacionales, símbolos de la interacción de la fe con la historia de nuestros pueblos. (DP 463)

d) Atender pastoralmente la piedad popular campesina e indígena para que, según su identidad y su desarrollo, crezcan y se renueven con los contenidos del Concilio Vaticano II. Así se prepararán mejor para el cambio cultural generalizado. (DP 464)

e) Favorecer la mutua fecundación entre Liturgia y piedad popular que pueda encauzar con lucidez y prudencia los anhelos de oración y vitalidad carismática que hoy se comprueba en nuestros países. Por otra parte, la religión del pueblo, con su gran riqueza simbólica y expresiva, puede proporcionar a la liturgia un dinamismo creador. Éste, debidamente discernido, puede servir para encarnar más y mejor la oración universal de la Iglesia en nuestra cultura. (DP 465)

f) Buscar las reformulaciones y reacentuaciones necesarias de la religiosidad popular en el horizonte de una civilización urbano -industrial. Proceso que ya se percibe en las grandes urbes del continente, donde la piedad popular está expresándose espontáneamente en modos nuevos y enriqueciéndose con nuevos valores madurados en su propio seno. En esa perspectiva, deberá procurarse por que la fe desarrolle una personalización creciente y una solidaridad liberadora. Fe que alimente una espiritualidad capaz de asegurar la dimensión contemplativa, de gratitud frente a Dios y de encuentro poético, sapiencial, con la creación. Fe que sea fuente de alegría popular y motivo de fiesta aun en situaciones de sufrimiento. Por esta vía pueden plasmarse formas culturales que rescaten a la industrialización urbana del tedio opresor y del economicismo frío y asfixiante. (DP 466)

g) Favorecer las expresiones religiosas populares con participación masiva por la fuerza evangelizadora que poseen. (DP 467)

h) Asumir las inquietudes religiosas que, como angustias históricas, se están despertando en el final del milenio. Asumirlas en el señorío de Cristo y en la Providencia del Padre, para que los hijos de Dios obtengan la paz necesaria mientras luchan en el tiempo. (DP 468)

Si la Iglesia no reinterpreta la religión del pueblo latinoamericano, se producirá un vacío que lo ocuparán las sectas, los mesianismos políticos secularizados, el consumismo que produce hastío y la indiferencia o el pansexualismo pagano. Nuevamente la Iglesia se enfrenta con el problema: lo que no asume en Cristo, no es redimido y se constituye en un ídolo nuevo con malicia vieja. (DP 469)

 

7.3 Santo Domingo (IV Conferencia, del 12-X al 28-X-1992)[68]

Capítulo III
LA CULTURA CRISTIANA

Introducción

La venida del Espíritu Santo en Pentecostés (cfr. Hch 2, 1 -11) pone de manifiesto la universalidad del mandato evangelizador: pretende llegar a toda cultura. Manifiesta también la diversidad cultural de los fieles, cuando oían hablar a los apóstoles cada uno en su propia lengua.

Nace la cultura con el mandato inicial de Dios a los seres humanos: crecer y multiplicarse, llenar la tierra y someterla (cfr. Gn 1, 28 -30). En esa forma la cultura es cultivo y expresión de todo lo humano en relación amorosa con la naturaleza y en la dimensión comunitaria de los pueblos.

Cuando Jesucristo, en la encarnación, asume y expresa todo lo humano, excepto el pecado, entonces el Verbo de Dios entra en la cultura. Así, Jesucristo es la medida de todo lo humano y por tanto también de la cultura. Él, que se encarnó en la cultura de su pueblo, trae para cada cultura histórica el don de la purificación y de la plenitud. Todos los valores y expresiones culturales que puedan dirigirse a Cristo promueven lo auténtico humano. Lo que no pasa por Cristo no podrá quedar redimido. (SD 228)

Por nuestra adhesión radical a Cristo en el bautismo nos hemos comprometido a procurar que la fe, plenamente anunciada, pensada y vivida, llegue a hacerse cultura. Así, podemos hablar de una cultura cristiana cuando el sentir común de la vida de un pueblo ha sido penetrado interiormente, hasta «situar el mensaje evangélico en la base de su pensar, en sus principios fundamentales de vida, en sus criterios de juicio, en sus normas de acción» (Juan Pablo II, Discurso inaugural, 24) y de allí «se proyecta en el ethos del pueblo... en sus instituciones y en todas sus estructuras» (ibid., 20).

Esta evangelización de la cultura, que la invade hasta su núcleo dinámico, se manifiesta en el proceso de inculturación, al que Juan Pablo II ha llamado «centro, medio y objetivo de la Nueva Evangelización» (Juan Pablo II, Discurso al Consejo Internacional de Catequesis, 26. 9. 92): Los auténticos valores culturales, discernidos y asumidos por la fe, son necesarios para encarnar en esa misma cultura el mensaje evangélico y la reflexión y praxis de la Iglesia.

La Virgen María acompaña a los apóstoles cuando el Espíritu de Jesús resucitado penetra y transforma los pueblos de las diversas culturas. María, que es modelo de la Iglesia, también es modelo de la evangelización de la cultura. Es la mujer judía que representa al pueblo de la Antigua Alianza con toda su realidad cultural. Pero se abre a la novedad del Evangelio y está presente en nuestras tierras como Madre común tanto de los aborígenes como de los que han llegado, propiciando desde el principio la nueva síntesis cultural que es América Latina y el Caribe. (SD 229)

Inculturación del Evangelio

Puesto que estamos ante «una crisis cultural de proporciones insospechadas» (Juan Pablo II, Discurso inaugural, 21) en la cual van desapareciendo valores evangélicos y aun humanos fundamentales, se presenta a la Iglesia un desafío gigantesco para una nueva Evangelización, al cual se propone responder con el esfuerzo de la inculturación del Evangelio. Es necesario inculturar el Evangelio a la luz de los tres grandes misterios de la salvación: la Navidad, que muestra el camino de la Encarnación y mueve al evangelizador a compartir su vida con el evangelizado; la Pascua, que conduce a través del sufrimiento a la purificación de los pecados, para que sean redimidos; y Pentecostés, que por la fuerza del Espíritu posibilita a todos entender en su propia lengua las maravillas de Dios.

La inculturación del Evangelio es un proceso que supone reconocimiento de los valores evangélicos que se han mantenido más o menos puros en la actual cultura; y el reconocimiento de nuevos valores que coinciden con el mensaje de Cristo. Mediante la inculturación se busca que la sociedad descubra el carácter cristiano de estos valores, los aprecie y los mantenga como tales. Además, intenta la incorporación de valores evangélicos que están ausentes de la cultura, o porque se han oscurecido o porque han llegado a desaparecer. «Por medio de la inculturación, la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro» (RM 52). La fe, al encarnarse en esas culturas, debe corregir sus errores y evitar sincretismos. La tarea de inculturación de la fe es propia de las Iglesias particulares bajo la dirección de sus pastores, con la participación de todo el Pueblo de Dios. «Los criterios fundamentales en este proceso son la sintonía con las exigencias objetivas de la fe y la apertura a la comunión con la Iglesia universal» (RM 54). (SD 230)

 

3.1. Valores culturales: Cristo, medida de nuestra conducta moral

- Creados a imagen de Dios, tenemos la medida de nuestra conducta moral en Cristo, Verbo encarnado, plenitud del hombre. Ya el quehacer ético natural, esencialmente ligado a la dignidad humana y sus derechos, constituye la base para un diálogo con los no creyentes.

Por el bautismo nacemos a una nueva vida y recibimos la capacidad de acercarnos al modelo que es Cristo. Caminar hacia él es la moral cristiana; es la forma de vida propia del creyente, que con la ayuda de la gracia sacramental sigue a Jesucristo, vive la alegría de la salvación y abunda en frutos de caridad para la vida del mundo (cfr. Jn 15; OT 16).

- Consciente de la necesidad de seguir este camino, el cristiano se empeña en la formación de la propia conciencia. De esta formación, tanto individual como colectiva, de la madurez de mentalidad, de su sentido de responsabilidad y de la pureza de las costumbres depende el desarrollo y la riqueza de los pueblos (cfr. Juan Pablo II, Discurso inaugural, 19). La moral cristiana sólo se entiende dentro de la Iglesia y se plenifica en la Eucaristía. Todo lo que en ella podemos ofrecer es vida; lo que no puede ofrecerse es el pecado. (SD 231)

Desafíos pastorales

- Gracias a Dios, en América Latina y el Caribe hay mucha gente que sigue con fidelidad a Jesucristo, aun en circunstancias adversas. Sin embargo, se observa en nuestra realidad social el creciente desajuste ético -moral, en especial la deformación de la conciencia, la ética permisiva y una sensible baja del sentido de pecado. Decrece el influjo de la fe, se pierde el valor religioso, se desconoce a Dios como sumo bien y último juez. Disminuye la práctica del sacramento de la reconciliación. Es deficiente la presentación del magisterio moral de la Iglesia. (SD 232)

- La corrupción se ha generalizado. Hay un mal manejo de los recursos económicos públicos; progresan la demagogia, el populismo, la «mentira política» en las promesas electorales; se burla la justicia, se generaliza la impunidad y la comunidad se siente impotente e indefensa frente al delito. Con ello se fomenta la insensibilidad social y el escepticismo ante la falta de aplicación de la justicia, se emiten leyes contrarias a los valores humanos y cristianos fundamentales. No hay una equitativa distribución de los bienes de la tierra, se abusa de la naturaleza y se daña el ecosistema. (SD 233)

- Se fomentan la mentalidad y las acciones contra la vida mediante campañas antinatalistas, de manipulación genética, del abominable crimen del aborto y de la eutanasia. Se cambia el sentido de la vida como conquista del fuerte sobre el débil, que propicia acciones de odio y destrucción, e impide la realización y crecimiento del hombre. (SD 234)

- Se asiste así a un deterioro creciente de la dignidad de la persona humana. Crecen la cultura de la muerte, la violencia y el terrorismo, la drogadicción y el narcotráfico. Se desnaturaliza la dimensión integral de la sexualidad humana, se hace de hombres y mujeres, aun de niños, una industria de pornografía y prostitución; en el ámbito de la permisividad y promiscuidad sexual crece el terrible mal del sida y aumentan las enfermedades venéreas. (SD 235)

- Se introduce como norma de moralidad la llamada «ética civil o ciudadana», sobre la base de un consenso mínimo de todos con la cultura reinante, sin necesidad de respetar la moral natural y las normas cristianas. Se observa una «moral de situación» según la cual algo de por sí malo dejaría de serlo de acuerdo a las personas, circunstancias e intereses que estén en juego. Frecuentemente los medios de comunicación social se hacen eco de todos estos criterios y los difunden. (SD 236)

Líneas pastorales

- Trabajar en la formación cristiana de las conciencias y rescatar los valores perdidos de la moral cristiana. Volver a tomar conciencia del pecado (del pecado original y de los pecados personales) y de la gracia de Dios como fuerza para poder seguir nuestra conciencia cristiana. Despertar en todos la experiencia del amor que el Espíritu Santo derrama en los corazones, como fuerza de toda Moral cristiana. (SD 237)

- Vigilar para que los medios de comunicación social ni manipulen ni sean manipulados al transmitir, bajo pretexto de pluralismo, lo que destruye al pueblo latinoamericano. Fortalecer la unidad de la familia y su influjo en la formación de la conciencia moral. (SD 238)

- Presentar la vida moral como un seguimiento de Cristo, acentuando la vivencia de las Bienaventuranzas y la frecuente práctica de los Sacramentos. Difundir las virtudes morales y sociales, que nos conviertan en hombres nuevos, creadores de una nueva humanidad. Este anuncio tiene que ser vital y kerigmático, especialmente donde más se ha introducido el secularismo, presentando en la catequesis la conducta cristiana como el auténtico seguimiento de Cristo. Cuidar que, en el campo moral, la justa aplicación de criterios de gradualidad no mengüe las exigencias perentorias de la conversión. (SD 239)

- Favorecer la formación permanente de los Obispos y presbíteros, de los diáconos, de los religiosos, religiosas y laicos, especialmente de los agentes de pastoral, conforme a la enseñanza del Magisterio. La liturgia debe expresar más claramente los compromisos morales que conlleva. La Religiosidad popular, especialmente en los Santuarios, debe dirigirse a la conversión. Hay que fomentar y facilitar el acceso al sacramento de la reconciliación. (SD 240)

- En cuanto al problema de la droga, impulsar acciones de prevención en la sociedad y de atención y curación a los drogadictos; denunciar con valentía los daños que producen en nuestros pueblos la adicción y el tráfico de la droga, y el gravísimo pecado que significa su producción, su comercialización y su consumo. Hacer notar, en especial, la responsabilidad de los poderosos mercados consumidores. Promover la solidaridad y la cooperación nacional e internacional en el combate a este flagelo. (SD 241)

- Orientar y acompañar pastoralmente a los constructores de la sociedad en la formación de una conciencia moral en sus tareas y en la actuación política.

- Estar siempre abiertos al diálogo con quienes guían sus vidas por caminos diferentes de la ética cristiana. Comprometernos efectivamente en la consecución de la justicia y la paz de nuestros pueblos. (SD 242)

 

3.2. Unidad y pluralidad de las culturas indígenas, afroamericanas y mestizas

Iluminación teológica

- La acción de Dios, a través de su Espíritu, se da permanentemente en el interior de todas las culturas. En la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo Jesucristo, que asumió las condiciones sociales y culturales de los pueblos y se hizo «verdaderamente uno de nosotros, semejante en todo, menos en el pecado» (Hb 4, 15; cfr. GS 22).

- La analogía entre la encarnación y la presencia cristiana en el contexto socio -cultural e histórico de los pueblos nos lleva al planteamiento teológico de la inculturación. Esta inculturación es un proceso conducido desde el Evangelio hasta el interior de cada pueblo y comunidad con la mediación del lenguaje y de los símbolos comprensibles y apropiados a juicio de la Iglesia.

- Una meta de la Evangelización inculturada será siempre la salvación y liberación integral de un determinado pueblo o grupo humano, que fortalezca su identidad y confíe en su futuro específico, contraponiéndose a los poderes de la muerte, adoptando la perspectiva de Jesucristo encarnado, que salvó al hombre desde la debilidad, la pobreza y la cruz redentora. La Iglesia defiende los auténticos valores culturales de todos los pueblos, especialmente de los oprimidos, indefensos y marginados, ante la fuerza arrolladora de las estructuras de pecado manifiestas en la sociedad moderna. (SD 243)

Desafíos pastorales

- América Latina y el Caribe configuran un continente multiétnico y pluricultural. En él conviven en general pueblos aborígenes, afroamericanos, mestizos y descendientes de europeos y asiáticos, cada cual con su propia cultura que los sitúa en su respectiva identidad social, de acuerdo con la cosmovisión de cada pueblo, pero buscan su unidad desde la identidad católica. (SD 244)

- Los pueblos indígenas de hoy cultivan valores humanos de gran significación y en palabras de Juan Pablo II tienen la «persuasión de que el mal se identifica con la muerte y el bien con la vida» (Juan Pablo II, Mensaje a los indígenas, 12. 10. 92, 2). Estos valores y convicciones son fruto de «las semillas del Verbo» que estaban ya presentes y obraban en sus antepasados para que fueran descubriendo la presencia del Creador en todas sus criaturas: el sol, la luna, la madre tierra, etc. (cfr. ib.).

La Iglesia, al encontrarse con estos pueblos nativos, trató desde el principio de acompañarlos en la lucha por su propia sobrevivencia, enseñándoles el camino de Cristo Salvador, desde la injusta situación de pueblos vencidos, invadidos y tratados como esclavos. En la primera evangelización, junto a enormes sufrimientos, hubo grandes aciertos e intuiciones pastorales valiosas, cuyos frutos perduran hasta nuestros días. (SD 245)

- Las culturas afroamericanas, presentes en América Latina y el Caribe, están marcadas por una constante resistencia a la esclavitud. Estos pueblos, que suman millones de personas, tienen también en sus culturas valores humanos que expresan la presencia del Dios creador.

- Durante los cuatro siglos, es cierto que varios millones de africanos negros fueron transportados como esclavos, violentamente arrancados de sus tierras, separados de sus familias y vendidos como mercancías. La esclavitud de los negros y las matanzas de los indios fueron el mayor pecado de la expansión colonial de occidente. Por desgracia, en lo que se refiere a la esclavitud, el racismo y la discriminación, hubo bautizados que no fueron ajenos a esta situación. (SD 246)

- Como lo ha señalado vigorosamente el Documento de Puebla, en los pueblos que son fruto del mestizaje racial se ha desarrollado una particular cultura «mestiza», donde está muy vigente la religiosidad popular, como forma inculturada del catolicismo. Coexisten, sin embargo, el incumplimiento de deberes cristianos al lado de admirables ejemplos de vida cristiana y un desconocimiento de la doctrina junto a vivencias católicas enraizadas en los principios del Evangelio.

- En las expresiones culturales y religiosas de campesinos y suburbanos se reconoce gran parte del patrimonio cristiano del continente y una fe arraigada de los valores del Reino de Dios. (SD 247)

Líneas pastorales: Evangelización inculturada

Después de haber pedido perdón con el Papa a nuestros hermanos indígenas y afroamericanos «ante la infinita santidad de Dios por todo lo que... ha estado marcado por el pecado, la injusticia y la violencia» (Juan Pablo II, Audiencia general, 21. 10. 92, 3), queremos desarrollar una evangelización inculturada:

1. Para con nuestros hermanos indígenas:

- Ofrecer el evangelio de Jesús con el testimonio de una actitud humilde, comprensiva y profética, valorando su palabra a través de un diálogo respetuoso, franco y fraterno y esforzarnos por conocer sus propias lenguas.

- Crecer en el conocimiento crítico de sus culturas para apreciarlas a la luz del Evangelio.

- Promover una inculturación de la liturgia, acogiendo con aprecio sus símbolos, ritos y expresiones religiosas compatibles con el claro sentido de la fe, manteniendo el valor de los símbolos universales y en armonía con la disciplina general de la Iglesia.

- Acompañar su reflexión teológica, respetando sus formulaciones culturales que les ayudan a dar razón de su fe y esperanza.

- Crecer en el conocimiento de su cosmovisión, que hace de la globalidad Dios, hombre y mundo, una unidad que impregna todas las relaciones humanas, espirituales y trascendentes.

- Promover en los pueblos indígenas sus valores culturales autóctonos mediante una inculturación de la Iglesia para lograr una mayor realización del Reino. (SD 248)

2. Para con nuestros hermanos afroamericanos:

Conscientes del problema de marginación y racismo que pesa sobre la población negra, la Iglesia, en su misión evangelizadora, quiere participar de sus sufrimientos y acompañarlos en sus legítimas aspiraciones en busca de una vida más justa y digna para todos (cfr. ib.).

- Por lo mismo, la Iglesia en América Latina y el Caribe quiere apoyar a los pueblos afroamericanos en la defensa de su identidad y en el reconocimiento de sus propios valores; como también ayudarlos a mantener vivos sus usos y costumbres compatibles con la doctrina cristiana (cfr. Juan Pablo II, Mensaje a los afroamericanos, 12. 10. 92, 3).

- Del mismo modo nos comprometemos a dedicar especial atención a la causa de las comunidades afroamericanas en el campo pastoral, favoreciendo la manifestación de las expresiones religiosas propias de sus culturas (cfr. ib.). (SD 249)

3. Para con nuestros hermanos mestizos:

Desarrollar la conciencia del mestizaje, no sólo racial sino cultural, que caracteriza a grandes mayorías en muchos de nuestros pueblos, pues está vinculado con la inculturación del Evangelio. (SD 250)

Promoción humana de las Etnias

Para una auténtica promoción humana, la Iglesia quiere apoyar los esfuerzos que hacen estos pueblos para ser reconocidos como tales por las leyes nacionales e internacionales, con pleno derecho a la tierra, a sus propias organizaciones y vivencias culturales, a fin de garantizar el derecho que tienen de vivir de acuerdo con su identidad, con su propia lengua y sus costumbres ancestrales, y de relacionarse con plena igualdad con todos los pueblos de la tierra.

Por tanto asumimos los siguientes compromisos:

- Superar la mentalidad y la praxis del desarrollo inducido desde fuera, en favor del auto desarrollo a fin de que estos pueblos sean artífices de su propio destino.

- Contribuir eficazmente a frenar y erradicar las políticas tendientes a hacer desaparecer las culturas autóctonas como medios de forzada integración; o por el contrario, políticas que quieran mantener a los indígenas aislados y marginados de la realidad nacional.

- Impulsar la plena vigencia de los derechos humanos de los indígenas y afroamericanos, incluyendo la legítima defensa de sus tierras.

- Como gesto concreto de solidaridad en favor de los campesinos, indígenas y afroamericanos, apoyar la Fundación «Populorum Progressio» instituida por el Santo Padre.

- Revisar a fondo nuestros sistemas educacionales para eliminar definitivamente todo aspecto discriminatorio en cuanto a métodos educativos, volumen e inversión de recursos.

- Hacer lo posible para que se garantice a los indígenas y afroamericanos una educación adecuada a sus respectivas culturas, comenzando incluso con la alfabetización bilingüe. (SD 251)

 

3.3. Nueva cultura

3.3.1. Cultura moderna

Situación

- Aunque realidad pluricultural, América Latina y el Caribe está profundamente marcada por la cultura occidental, cuya memoria, conciencia y proyecto se presentan siempre en nuestro predominante estilo de vida común. De aquí el impacto que han producido en nuestro modo de ser la cultura moderna y las posibilidades que nos ofrece ahora su período postmoderno.

- La cultura moderna se caracteriza por la centralidad del hombre; los valores de la personalización, de la dimensión social y de la convivencia; la absolutización de la razón, cuyas conquistas científicas y tecnológicas e informáticas han satisfecho muchas de las necesidades del hombre, a la vez que han buscado una autonomía frente a la naturaleza, a la que domina; frente a la historia, cuya construcción él asume; y aun frente a Dios, del cual se desinteresa o relega a la conciencia personal, privilegiando al orden temporal exclusivamente.

- La postmodernidad es el resultado del fracaso de la pretensión reduccionista de la razón moderna, que lleva al hombre a cuestionar tanto algunos logros de la modernidad como la confianza en el progreso indefinido, aunque reconozca, como lo hace también la Iglesia (cfr. GS 57), sus valores.

- Tanto la modernidad, con sus valores y contravalores, como la post -modernidad en tanto que espacio abierto a la trascendencia, presentan serios desafíos a la evangelización de la cultura. (SD 252)

Desafíos pastorales

- Ruptura entre fe y cultura, consecuencia de cerrarse el hombre moderno a la trascendencia, de la excesiva especialización que impide la visión de conjunto.

- Escasa conciencia de la necesidad de una verdadera inculturación como camino hacia la evangelización de la cultura.

- Incoherencia entre los valores del pueblo, inspirados en principios cristianos, y las estructuras sociales generadoras de injusticias, que impiden el ejercicio de los derechos humanos.

- El vacío ético y el individualismo reinante, que reducen la fundamentación de los valores a meros consensos sociales subjetivos.

- El poder masivo de los medios de comunicación, con frecuencia al servicio de contravalores.

- La escasa presencia de la Iglesia en el campo de las expresiones dominantes del arte, del pensamiento filosófico y antropológico -social, con el universo de la educación.

- La Nueva Cultura urbana, con sus valores, expresiones y estructuras características, con su espacio abierto y al mismo tiempo diversificado, con su movilidad, en el que predominan las relaciones funcionales. (SD 253)

Líneas pastorales

- Presentar a Jesucristo como paradigma de toda actitud personal y social, y como respuesta a los problemas que afligen a las culturas modernas: el mal, la muerte, la falta de amor.

- Intensificar el diálogo entre fe y ciencia, fe y expresiones, fe e instituciones, que son grandes ámbitos de la cultura moderna.

- Cuidar los signos y el lenguaje cultural que señala la presencia cristiana y permite introducir la originalidad del mensaje evangélico en el corazón de las culturas, especialmente en el campo de la Liturgia.

- Promover y formar el laicado para ejercer en el mundo su triple función: la profética, en el campo de la palabra, del pensamiento, su expresión y valores; la sacerdotal, en el mundo de la celebración y del sacramento, enriquecida por las expresiones, del arte, y la comunicación; la real, en el universo de las estructuras, sociales, políticas, económicas.

- Promover el conocimiento y discernimiento de la cultura moderna en orden a una adecuada inculturación. (SD 254)

3.3.2. La ciudad

Desafíos pastorales

- América Latina y el Caribe se encuentra hoy en un proceso acelerado de urbanización. La ciudad post -industrial no representa sólo una variante del tradicional hábitat humano, sino que constituye de hecho el paso de la cultura rural a la cultura urbana, sede y motor de la nueva civilización universal (cfr. DP 429). En ella se altera la forma con la cual en un grupo social, en un pueblo, en una nación, los hombres cultivan su relación consigo mismos, con los otros, con la naturaleza y con Dios.

- En la ciudad, las relaciones con la naturaleza se limitan casi siempre, y por el mismo ser de la ciudad, al proceso de producción de bienes de consumo. Las relaciones entre las personas se tornan ampliamente funcionales y las relaciones con Dios pasan por una acentuada crisis, porque falta la mediación de la naturaleza tan importante en la religiosidad rural y porque la misma modernidad tiende a cerrar al hombre dentro de la inmanencia del mundo. Las relaciones del hombre urbano consigo mismo también cambian, porque la cultura moderna hace que principalmente valorice su libertad, su autonomía, la racionalidad científico -tecnológica y, de modo general, su subjetividad, su dignidad humana y sus derechos. Efectivamente, en la ciudad se encuentran los grandes centros generadores de la ciencia y tecnología moderna.

- Sin embargo, nuestras metrópolis latinoamericanas tienen también como característica actual periferias de pobreza y miseria, que casi siempre constituyen la mayoría de la población, fruto de modelos económicos explotadores y excluyentes. El mismo campo se urbaniza por la multiplicación de las comunicaciones y transportes.

- A su vez, el hombre urbano actual presenta un tipo diverso del hombre rural: confía en la ciencia y en la tecnología; está influido por los grandes medios de comunicación social; es dinámico y proyectado hacia lo nuevo; consumista, audiovisual, anónimo en la masa y desarraigado. (SD 255)

Líneas pastorales

- Realizar una pastoral urbanamente inculturada en relación a la catequesis, a la liturgia y a la organización de la Iglesia. La Iglesia deberá inculturar el Evangelio en la ciudad y en el hombre urbano. Discernir sus valores y antivalores; captar su lenguaje y sus símbolos. El proceso de inculturación abarca el anuncio, la asimilación y la re -expresión de la fe. (SD 256)

- Reprogramar la parroquia urbana. La Iglesia en la ciudad debe reorganizar sus estructuras pastorales. La parroquia urbana debe ser más abierta, flexible y misionera, permitiendo una acción pastoral transparroquial y supraparroquial. Además, la estructura de la ciudad exige una pastoral especialmente pensada para esa realidad. Lugares privilegiados de la misión deberían ser las grandes ciudades, donde surgen nuevas formas de cultura y comunicación. (SD 257)

- Promover la formación de laicos para la pastoral urbana, con formación bíblica y espiritual; crear ministerios conferidos a los laicos para la evangelización de las grandes ciudades. (SD 258)

- Multiplicar las pequeñas comunidades, los grupos y movimientos eclesiales, y las comunidades eclesiales de base. Iniciar la llamada «pastoral de los edificios», mediante la acción de laicos comprometidos que vivan en ellos. (SD 259)

- Programar una pastoral ambiental y funcional, diferenciada según los espacios de la ciudad. Una pastoral de acogida, dado el fenómeno de migraciones. Una pastoral para los grupos marginados. Asegurar la asistencia religiosa a los habitantes de las grandes ciudades durante los meses de verano y vacaciones; procurar una atención pastoral para quienes pasan habitualmente los fines de semana fuera de la ciudad, donde no tienen posibilidad de cumplir con el precepto dominical. (SD 260)

- Incentivar la evangelización de los grupos de influencia y de los responsables de la ciudad, en el sentido de hacer de ésta, principalmente en las barriadas, un hábitat digno del hombre. (SD 261)

- Promover en ámbito continental (CELAM), nacional y regional, encuentros y cursos sobre evangelización de las grandes metrópolis. (SD 262)

 

3.4. La acción educativa de la Iglesia

Iluminación teológica

- Reafirmamos lo que hemos dicho en Medellín y Puebla (cfr. DM Educación, Puebla) y a partir de allí señalamos algunos aspectos, que son importantes para la educación católica en nuestros días.

- La Educación es la asimilación de la cultura. La Educación cristiana es la asimilación de la cultura cristiana. Es la inculturación del Evangelio en la propia cultura. Sus niveles son muy diversos: pueden ser escolares o no escolares, elementales o superiores, formales o no formales. En todo caso la educación es un proceso dinámico que dura toda la vida de la persona y de los pueblos. Recoge la memoria del pasado, enseña a vivir hoy y se proyecta hacia el futuro. Por esto, la educación cristiana es indispensable en la Nueva Evangelización. (SD 263)

- La educación cristiana desarrolla y afianza en cada cristiano su vida de fe y hace que verdaderamente en él su vida sea Cristo (cfr. Flp 1, 21). Por ella, se escuchan en el hombre las «palabras de vida eterna» (Jn 6, 68), se realiza en cada quien la «nueva creatura» (2 Cor 5, 17) y se lleva a cabo el proyecto del Padre de recapitular en Cristo todas las cosas (cfr. Ef 1, 10). Así la educación cristiana se funda en una verdadera Antropología cristiana, que significa la apertura del hombre hacia Dios como Creador y Padre, hacia los demás como a sus hermanos, y al mundo como a lo que le ha sido entregado para potenciar sus virtualidades y no para ejercer sobre él un dominio despótico que destruya la naturaleza. (SD 264)

- Ningún maestro educa sin saber para qué educa y hacia dónde educa. Hay un proyecto de hombre encerrado en todo proyecto educativo; y este proyecto vale o no según construya o destruya al educando. Éste es el valor educativo. Cuando hablamos de una educación cristiana, hablamos de que el maestro educa hacia un proyecto de hombre en el que viva Jesucristo. Hay muchos aspectos en los que se educa y de los que consta el proyecto educativo del hombre; hay muchos valores; pero estos valores nunca están solos, siempre forman una constelación ordenada explícita o implícitamente. Si la ordenación tiene como fundamento y término a Cristo, entonces esta educación está recapitulando todo en Cristo y es una verdadera educación cristiana; si no, puede hablar de Cristo, pero no es cristiana.

- El maestro cristiano debe ser considerado como sujeto eclesial que evangeliza, que catequiza y educa cristianamente. Tiene una identidad definida en la comunidad eclesial. Su papel debe ser reconocido en la Iglesia. (SD 265)

- En la situación actual encontramos una pluralidad de valores que nos interpelan y que son ambivalentes. De aquí surge la necesidad de confrontar los nuevos valores educativos con Cristo revelador del misterio del hombre. En la nueva educación se trata de hacer crecer y madurar la persona según las exigencias de los nuevos valores; a esto hay que agregar la armonización con la tipología propia del contexto latinoamericano.

- Generalmente desde los criterios secularistas nos piden que eduquemos al hombre técnico, al hombre apto para dominar su mundo y vivir en un intercambio de bienes producidos bajo ciertas normas políticas; las mínimas. Esta realidad nos interpela fuertemente para poder ser conscientes de todos los valores que están en ella y poderlos recapitular en Cristo; nos interpela para continuar la línea de la Encarnación del Verbo en nuestra educación cristiana, y llegar al proyecto de vida para todo hombre, que es Cristo muerto y resucitado. (SD 266)

Desafíos pastorales

- Desde otros aspectos, la realidad educativa latinoamericana nos interpela por la exclusión de mucha gente de la educación escolar, aun la básica, por el gran analfabetismo que existe en varios de nuestros países; nos interpela por la crisis de la familia, la primera educadora, por el divorcio existente entre el Evangelio y la cultura; por las diferencias sociales y económicas que hacen que para muchos sea onerosa la educación católica, especialmente en niveles superiores. Nos interpela también la educación informal que se recibe a través de tantos comunicadores no propiamente cristianos, vgr. en televisión. (SD 267)

- Un gran reto es la Universidad católica y la Universidad de inspiración cristiana, ya que su papel es especialmente el de realizar un proyecto cristiano de hombre y, por tanto, tiene que estar en diálogo vivo, continuo y progresivo con el Humanismo y con la cultura técnica, de manera que sepa enseñar la auténtica Sabiduría cristiana en la que el modelo del «hombre trabajador», aunado con el del «hombre sabio», culmine en Jesucristo. Sólo así podrá apuntar soluciones para los complejos problemas no resueltos de la cultura emergente y las nuevas estructuraciones sociales, como la dignidad de la persona humana, los derechos inviolables de la vida, la libertad religiosa, la familia como primer espacio para el compromiso social, la solidaridad en sus distintos niveles, el compromiso propio de una sociedad democrática, la compleja problemática económico -social, el fenómeno de las sectas, la velocidad del cambio cultural. (SD 268)

- En el campo escolar otro desafío es el que presenta en varios países el espinoso problema de las relaciones entre la educación estatal y la educación cristiana. Aunque en otras naciones se ha producido una mayor fluidez de éstas, hay países en los que todavía no se comprende que la educación católica es un derecho inalienable de los padres de familia católicos y de sus hijos y no se reciben los recursos necesarios para ella, o simplemente se prohíbe. (SD 269)

- Otros desafíos significativos son la ignorancia religiosa de la juventud, la educación extraescolar y la educación informal. También es un reto la educación adecuada a las diferentes culturas, en especial a las culturas indígenas y afroamericanas; no sólo en el sentido de que no se acomoda a su manera de ser, sino en el de no marginarlas y excluirlas del progreso, de la igualdad de oportunidades y de la capacidad de construir la unidad nacional. (SD 270)

Líneas pastorales

- Nuestros compromisos en el campo educativo se resumen sin lugar a dudas en la línea pastoral de la inculturación: la educación es la mediación metodológica para la evangelización de la cultura. Por tanto, nos pronunciamos por una educación cristiana desde y para la vida en el ámbito individual, familiar y comunitario y en el ámbito del ecosistema; que fomente la dignidad de la persona humana y la verdadera solidaridad; educación a la que se integre un proceso de formación cívico -social inspirado en el Evangelio y en la Doctrina social de la Iglesia. Nos comprometemos con una educación evangelizadora. (SD 271)

- Apoyamos a los padres de familia para que decidan de acuerdo con sus convicciones el tipo de educación para sus hijos y denunciamos todas las intromisiones del poder civil que coarte este derecho natural. Debe garantizarse el derecho de la formación religiosa para cada persona, y por tanto el de la enseñanza religiosa en las escuelas a todos los niveles. (SD 272)

- Alentamos a los educadores cristianos que trabajan en Instituciones de Iglesia, a las Congregaciones que siguen en la labor educativa y a los profesores católicos que laboran en instituciones no católicas. Debemos promover la formación permanente de los educadores católicos en lo concerniente al crecimiento de su fe y a la capacidad de comunicarla como verdadera Sabiduría, especialmente en la educación católica. (SD 273)

- Urge una verdadera formación cristiana sobre la vida, el amor y la sexualidad, que corrija las desviaciones de ciertas informaciones que se reciben en las escuelas. Urge una educación hacia la libertad, pues es uno de los valores fundamentales de la persona. Es también necesario que la educación cristiana se preocupe de educar para el trabajo, especialmente en las circunstancias de la cultura actual. (SD 274)

 

3.5. Comunicación social y cultura

Iluminación teológica

- Los carismas de las órdenes y Congregaciones religiosas, puestos al servicio de la educación católica en las diversas Iglesias particulares de nuestro Continente, nos ayudan muchísimo para cumplir con el mandato recibido del Señor de ir a enseñar a todas las gentes (Mt 28, 18 -20), especialmente en la Evangelización de la cultura. Llamamos a los religiosos y religiosas que han abandonado este campo tan importante de la educación católica para que se reincorporen a su tarea; recordando que la opción preferencial por los pobres incluye opción preferencial por los medios para que la gente salga de su miseria, y uno de los medios privilegiados para ello es la educación católica. La opción preferencial por los pobres se manifiesta también en que los religiosos educadores continúen su labor educativa en tantos lugares rurales tan apartados como necesitados. (SD 275)

- Debemos también esforzarnos para que la educación católica escolar en todos sus niveles esté al alcance de toda la gente y no quede reservada para unos cuantos, aun teniendo en cuenta los problemas económicos que ello comporta. Debe promoverse la responsabilidad de la comunidad parroquial en la escuela y su gestión. Pedimos que se garanticen los recursos públicos destinados a la educación católica.

En particular creemos que la Universidad católica a partir de la Constitución apostólica «Ex corde Ecclesiae» está llamada a una importante misión de diálogo entre el Evangelio y las Culturas y de promoción humana en América Latina y el Caribe. (SD 276)

- Conscientes de la extensión planetaria de la cultura actual formaremos desde la educación católica y a todo nivel una conciencia crítica frente a los medios de comunicación social. Urge dotar de criterios de verdad para capacitar a la familia, para el uso de la TV, la prensa y la radio. (SD 277)

- Transformar la escuela católica en una comunidad centro de irradiación evangelizadora, mediante alumnos, padres y maestros. Nos empeñamos en fortalecer la comunidad educativa y en ella un proceso de formación cívico -social, inspirado en el Evangelio y en el Magisterio social de la Iglesia, que responda a las verdaderas necesidades del pueblo. Se reforzará así la organización de estudiantes, docentes, padres de alumnos y exalumnos, como método de educación cívico -social y política que posibilite la formación democrática de las personas. Solicitamos asimismo a los Gobiernos que sigan encaminando sus esfuerzos para promover cada vez más la democratización de la educación. (SD 278)

- La Evangelización, anuncio del Reino, es comunicación, para que vivamos en comunión (cfr. DP 1063): «Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1Jn 1, 3). Cada persona y cada grupo humano desarrolla su identidad en el encuentro con otros (alteridad). Esta comunicación es camino necesario para llegar a la comunión (comunidad). La razón es que el hombre ha sido hecho a la imagen de Dios Uno y Trino, y en el corazón de la Revelación encontramos su misterio trinitario como la comunicación eternamente interpersonal, cuya Palabra se hace diálogo, entra en la historia por obra del Espíritu e inaugura así un mundo de nuevos encuentros, intercambios, comunicación y comunión. Esta comunicación es importante no sólo con el mundo sino en el interior de la Iglesia.

- En el gesto de comunicación del Padre, a través del Verbo hecho carne, «la palabra se hace liberadora y redentora para toda la humanidad en la predicación y en la acción de Jesús. Este acto de amor por el que Dios se revela, asociado a la respuesta de fe de la humanidad, engendra un diálogo profundo» (Pontificio Consejo para las comunicaciones sociales, Instrucción pastoral «Aetatis novae», 6). Cristo así es el modelo del comunicador, en él, Dios, el totalmente Otro, sale al encuentro nuestro y espera nuestra respuesta libre. Este encuentro de comunión con él es siempre crecimiento. Es el camino de la santidad.

- Así se da una relación muy íntima entre evangelización, promoción humana y cultura, fundada en la comunicación, lo que impone a la Iglesia tareas y desafíos concretos en el campo de la comunicación social. Lo dijo el Papa en el discurso inaugural de esta Conferencia: «Intensificar la presencia de la Iglesia en el mundo de la Comunicación ha de ser ciertamente una de vuestras prioridades» (Juan Pablo II, Discurso inaugural, 23).

- Sabemos que nos encontramos en la nueva cultura de la imagen, y que el Mensaje evangélico debe inculturarse en esta cultura y llegar así a hacerla expresiva de Cristo, la máxima comunicación. Comprendemos la importancia de los innumerables medios electrónicos que ahora están a nuestro alcance para anunciar el Evangelio. Le damos gracias a Dios por este nuevo don que nos ha dado en la cultura actual. (SD 279)

Desafíos pastorales

- El desarrollo tecnológico en materia de comunicaciones, especialmente en la televisión, ofrece a la evangelización amplias perspectivas de comunicación a los más diversos niveles y facilita a la sociedad en general una interrelación también planetaria. Éste es un hecho positivo, pero también en el contexto actual presenta retos muy serios por la orientación secularista de muchas programaciones.

Nos damos cuenta del desarrollo de la industria de la comunicación en América Latina y el Caribe, que muestra el crecimiento de grupos económicos y políticos que concentran cada vez más en pocas manos y con enorme poder la propiedad de los diversos medios y llegan a manipular la comunicación, imponiendo una cultura que estimula el hedonismo y consumismo y atropella nuestras culturas con sus valores e identidades.

- Vemos cómo la publicidad introduce a menudo falsas expectativas y crea necesidades ficticias; vemos también cómo especialmente en la programación televisiva abundan la violencia y la pornografía, que penetran agresivamente en el seno de las familias. También constatamos que las sectas hacen uso cada vez más intensivo y extendido de los medios de comunicación.

- Por otra parte, la presencia de la Iglesia en el sistema de medios es todavía insuficiente y se carece de suficientes agentes con la preparación debida para enfrentar el desafío; además de que falta por parte de los diversos episcopados una adecuada planificación de la pastoral de las comunicaciones.

La telemática y la informática son nuevos desafíos para la integración de la Iglesia en ese mundo. (SD 280)

Líneas pastorales

- Apoyar e impulsar los esfuerzos de cuantos con el uso de los medios defienden la identidad cultural, asumiendo el desafío del encuentro con realidades nuevas y distintas y procurando se dé lugar a un diálogo auténtico. Articular la comunicación masiva con la comunitaria y grupal. Hacer el esfuerzo para tener medios propios y en lo posible una productora de video al servicio de América Latina y el Caribe. (SD 281)

- Ayudar a discernir y orientar las políticas y estrategias de la comunicación, que deben encaminarse a crear condiciones para el encuentro entre las personas, para la vigencia de una auténtica y responsable libertad de expresión, para fomentar los valores culturales propios y para buscar la integración latinoamericana. (SD 282)

- Dar a los profesionales católicos de la comunicación el apoyo suficiente para cumplir su misión. Procurar una creciente relación de comunión eclesial con las organizaciones internacionales (OCIC-AL, UNDA-AL, UCLAP) «cuyos miembros pueden ser colaboradores valiosos y competentes de las Conferencias Episcopales y de los diferentes obispos» (Pontificio Consejo para las comunicaciones sociales, Instrucción pastoral «Aetatis novae», 17). Las Comisiones Episcopales de Comunicación de cada país y el propio DECOS -CELAM y el SERTAL han de aumentar y mejorar su presencia en este campo. (SD 283)

- Se debe poner todo empeño en la formación técnica, doctrinal y moral de todos los agentes de pastoral que trabajan en y con los medios de comunicación social. Al mismo tiempo es necesario un Plan de educación orientado tanto a la percepción crítica, especialmente en los hogares, como a la capacidad de utilizar activa y creativamente los medios y su lenguaje, utilizando los símbolos culturales de nuestro pueblo. (SD 284)

- Es necesario alentar a las Universidades Católicas para que ofrezcan formación del mejor nivel humano, académico y profesional en comunicación social. En los seminarios y casas de formación religiosa se enseñarán los lenguajes y técnicas correspondientes de comunicación, que garanticen una preparación sistemática suficiente.

Es hoy imprescindible usar la informática para optimizar nuestros recursos evangelizadores. Se debe avanzar en la instalación de la red informática de la Iglesia en las diferentes Conferencias Episcopales. (SD 285)

- Que las editoriales católicas actúen en forma coordinada dentro de la pastoral orgánica. (SD 286)

 

7.4 Aparecida (V Conferencia, del 13-V al 31-V-2007)[69]

Capítulo 10: NUESTROS PUEBLOS Y LA CULTURA

10.1 La Cultura y su evangelización

476. La cultura, en su comprensión más extensa, representa el modo particular con el cual los hombres y los pueblos cultivan su relación con la naturaleza y con sus hermanos, con ellos mismos y con Dios, a fin de lograr una existencia plenamente humana (cfr. GS 53). En cuanto tal, es patrimonio común de los pueblos, también de América Latina y de El Caribe.

477. La V Conferencia en Aparecida mira positivamente y con verdadera empatía las distintas formas de cultura presentes en nuestro continente. La fe sólo es adecuadamente profesada, entendida y vivida, cuando penetra profundamente en el substrato cultural de un pueblo (cfr. JUAN PABLO II, Discurso a los participantes al Congreso Mundial del Movimiento General de Acción Cultural, 16 de enero de 1982). De este modo, aparece toda la importancia de la cultura para la evangelización. Pues la salvación portada por Jesucristo debe ser luz y fuerza para todos los anhelos, las situaciones gozosas o sufridas, las cuestiones presentes en las culturas respectivas de los pueblos. El encuentro de la fe con las culturas las purifica, permite que desarrollen sus virtualidades, las enriquece. Pues todas ellas buscan en última instancia la verdad, que es Cristo (Jn 14, 6).

478. Con el Santo Padre, damos gracias por el hecho de que la Iglesia, “ayudando a los fieles cristianos a vivir su fe con alegría y coherencia” ha sido, a lo largo de su historia en este continente, creadora y animadora de cultura: “La fe en Dios ha animado la vida y la cultura de estos pueblos durante más de cinco siglos”. Esta realidad se ha expresado en el arte, la música, la literatura y, sobre todo, en las tradiciones religiosas y en la idiosincrasia de sus gentes, unidas por una misma historia y por un mismo credo, y formando una gran sintonía en la diversidad de culturas y de lenguas (DI 1).

479. Con la inculturación de la fe, la Iglesia se enriquece con nuevas expresiones y valores, manifestando y celebrando cada vez mejor el misterio de Cristo, logrando unir más la fe con la vida y contribuyendo así a una catolicidad más plena, no solo geográfica, sino también cultural. Sin embargo, este patrimonio cultural latinoamericano y caribeño se ve confrontado con la cultura actual, que presenta luces y sombras. Debemos considerarla con empatía para entenderla, pero también con una postura crítica para descubrir lo que en ella es fruto de la limitación humana y del pecado. Ella presenta muchos y sucesivos cambios, provocados por nuevos conocimientos y descubrimientos de la ciencia y de la técnica. De este modo, se desvanece una única imagen del mundo que ofrecía orientación para la vida cotidiana. Recae, por tanto, sobre el individuo toda la responsabilidad de construir su personalidad y plasmar su identidad social. Así tenemos por un lado, la emergencia de la subjetividad, el respeto a la dignidad y a la libertad de cada uno, sin duda una importante conquista de la humanidad. Por otro lado, este mismo pluralismo de orden cultural y religioso, propagado fuertemente por una cultura globalizada, acaba por erigir el individualismo como característica dominante de la actual sociedad, responsable del relativismo ético y la crisis de la familia.

480. Muchos católicos se encuentran desorientados frente a este cambio cultural. Compete a la Iglesia denunciar claramente “estos modelos antropológicos incompatibles con la naturaleza y dignidad del hombre” (Benedicto XVI, Discurso al Cuerpo Diplomático, 8 de enero de 2007). Es necesario presentar la persona humana como el centro de toda la vida social y cultural, resultando en ella: la dignidad de ser imagen y semejanza de Dios y la vocación a ser hijos en el Hijo, llamados a compartir su vida por toda la eternidad.

La fe cristiana nos muestra a Jesucristo como la verdad última del ser humano (GS 22), el modelo en el que el ser hombre se despliega en todo su esplendor ontológico y existencial. Anunciarlo integralmente en nuestros días exige coraje y espíritu profético. Contrarrestar la cultura de muerte con la cultura cristiana de la solidaridad es un imperativo que nos toca a todos y que fue un objetivo constante de la enseñanza social de la Iglesia. Sin embargo, el anuncio del Evangelio no puede prescindir de la cultura actual. Ésta debe ser conocida, evaluada y en cierto sentido asumida por la Iglesia, con un lenguaje comprendido por nuestros contemporáneos. Solamente así la fe cristiana podrá aparecer como realidad pertinente y significativa de salvación. Pero, esta misma fe deberá engendrar modelos culturales alternativos para la sociedad actual. Los cristianos, con los talentos que han recibido, talentos apropiados deberán ser creativos en sus campos de actuación: el mundo de la cultura, de la política, de la opinión pública, del arte y de la ciencia.

10.2 La Educación como bien público

481. Anteriormente, nos referimos a la educación católica, pero, como pastores, no podemos ignorar la misión del Estado en el campo educativo, velando de un modo particular por la educación de los niños y jóvenes. Estos centros educativos no deberían ignorar que la apertura a la trascendencia es una dimensión de la vida humana, por lo cual la formación integral de las personas reclama la inclusión de contenidos religiosos.

482. La Iglesia cree que los niños y los adolescentes tienen derecho a que se les estimule a apreciar con recta conciencia los valores morales y a prestarles su adhesión personal y también a que se les estimule a conocer y amar más a Dios. Ruega, pues, encarecidamente a todos los que gobiernan los pueblos, o están al frente de la educación, procurar que la juventud nunca se vea privada de este sagrado derecho (GE 1).

483. Ante las dificultades que encontramos al respecto en varios países, queremos empeñarnos en la formación religiosa de los fieles que asisten a las escuelas públicas de gestión estatal, procurando acompañarlos también a través de otras instancias formativas en nuestras parroquias y diócesis. Al mismo tiempo, agradecemos la dedicación de los profesores de religión en las escuelas públicas y los animamos en esta tarea. Los estimulamos para que impulsen una capacitación doctrinal y pedagógica. Agradecemos también a quienes, por la oración y la vida comunitaria, se esfuerzan por ser testimonio de fe y de coherencia en estas escuelas.

10.3 Pastoral de la Comunicación Social

484. La revolución tecnológica y los procesos de globalización conforman el mundo actual como una gran cultura mediática. Esto implica una capacidad para reconocer los nuevos lenguajes, que pueden ayudar a una mayor humanización global. Estos nuevos lenguajes configuran un elemento articulador de los cambios en la sociedad.

485. “En nuestro siglo tan influenciado por los medios de comunicación social, el primer anuncio, la catequesis o el ulterior ahondamiento de la fe, no pueden prescindir de esos medios”. Puestos al servicio del Evangelio, ellos ofrecen la posibilidad de extender casi sin límites el campo de audición de la Palabra de Dios, haciendo llegar la Buena Nueva a millones de personas. La Iglesia se sentiría culpable ante Dios si no empleara esos poderosos medios, que la inteligencia humana perfecciona cada vez más. Con ellos la Iglesia ‘proclama desde las azoteas’ (cfr. Mt 10, 27; Lc 12, 3) el mensaje del que es depositaria. En ellos encuentra una versión moderna y eficaz del ‘púlpito’. Gracias a ellos puede hablar a las multitudes (EN 45).

486. A fin de formar discípulos y misioneros en este campo, nosotros, los obispos reunidos en la V Conferencia, nos comprometemos a acompañar a los comunicadores, procurando:

a) Conocer y valorar esta nueva cultura de la comunicación.

b) Promover la formación profesional en la cultura de la comunicación de todos los agentes y creyentes.

c) Formar comunicadores profesionales competentes y comprometidos con los valores humanos y cristianos en la transformación evangélica de la sociedad, con particular atención a los propietarios, directores, programadores, periodistas y locutores.

d) Apoyar y optimizar, por parte de la Iglesia, la creación de medios de comunicación social propios, tanto en los sectores televisivo y radial, como en los sitios de Internet y en los medios impresos.

e) Estar presente en los medios de comunicación social: prensa, radio y TV, cine digital, sitios de Internet, foros y tantos otros sistemas para introducir en ellos el misterio de Cristo.

f) Educar la formación crítica en el uso de los medios de comunicación desde la primera edad.

g) Animar las iniciativas existentes o por crear en este campo, con espíritu de comunión.

h) Suscitar leyes para promover una nueva cultura que proteja a los niños, jóvenes y a las personas más vulnerables, para que la comunicación no conculque los valores y, en cambio, cree criterios válidos de discernimiento (cfr. Pontificio Consejo para la Familia, Carta de los derechos de la familia, Art. 5f, 22 de octubre de 1983).

i) Desarrollar una política de comunicación capaz de ayudar, tanto las pastorales de comunicación como los medios de comunicación de inspiración católica, a encontrar su lugar en la misión evangelizadora de la Iglesia.

487. La Internet, vista dentro del panorama de la comunicación social, debe ser entendida, en la línea ya proclamada en el Concilio Vaticano II, como una de las “maravillosas invenciones de la técnica” (Inter Mirifica, n. 1). Para la Iglesia, el nuevo mundo del espacio cibernético es una exhortación a la gran aventura de la utilización de su potencial para proclamar el mensaje evangélico. Este desafío está en el centro de lo que significa, al inicio del milenio, seguir el mandato del Señor, de “avanzar”: Duc in altum! (Lc 5,4) (Juan Pablo II, Mensaje para la 36º Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, Internet: un nuevo fuero para la proclamación del Evangelio, n. 2, 12 de mayo de 2002).

488. La Iglesia se acerca a este nuevo medio con realismo y confianza. Como los otros instrumentos de comunicación, él es un medio y no un fin en sí mismo. La Internet puede ofrecer magníficas oportunidades de evangelización, si es usada con competencia y una clara conciencia de sus fortalezas y debilidades (Ibíd. 3).

489. Los medios de comunicación, en general, no sustituyen las relaciones personales ni la vida comunitaria local. Sin embargo, los sitios pueden reforzar y estimular el intercambio de experiencias y de informaciones que intensifiquen la práctica religiosa a través de acompañamientos y orientaciones. También en la familia deben los padres alertar a sus hijos para un uso consciente de los contenidos disponibles en la Internet, para complementar su formación educacional y moral.

490. Dado que la exclusión digital es evidente, las parroquias, comunidades, centros culturales e instituciones educacionales católicas podrían ser estimuladoras de la creación de puntos de red y salas digitales para promover la inclusión, desarrollando nuevas iniciativas y aprovechando, con una mirada positiva, aquellas que ya existen. En América Latina y El Caribe existen revistas, periódicos, sitios, portales y servicios on line que llevan contenidos informativos y formativos, además de orientaciones religiosas y sociales diversas, tales como “sacerdote”, “orientador espiritual”, “orientador vocacional”, “profesor”, “médico”, entre otros. Hay innumerables escuelas e instituciones católicas que ofrecen cursos a distancia de teología y cultura bíblica.

10.4 Nuevos areópagos y centros de decisión

491. Queremos felicitar e incentivar a tantos discípulos y misioneros de Jesucristo que, con su presencia ética coherente, siguen sembrando los valores evangélicos en los ambientes donde tradicionalmente se hace cultura y en los nuevos areópagos: el mundo de las comunicaciones, la construcción de la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos, sobre todo de las minorías, la promoción de la mujer y de los niños, la ecología y la protección de la naturaleza. Y “el vastísimo areópago de la cultura, de la experimentación científica, de las relaciones internacionales” (RM 37). Evangelizar la cultura, lejos de abandonar la opción preferencial por los pobres y el compromiso con la realidad, nace del amor apasionado a Cristo, que acompaña al Pueblo de Dios en la misión de inculturar el Evangelio en la historia, ardiente e infatigable en su caridad samaritana.

492. Una tarea de gran importancia es la formación de pensadores y personas que estén en los niveles de decisión. Para eso, debemos emplear esfuerzo y creatividad en la evangelización de empresarios, políticos y formadores de opinión, el mundo del trabajo, dirigentes sindicales, cooperativos y comunitarios.

493. En la cultura actual, surgen nuevos campos misioneros y pastorales que se abren. Uno de ellos es, sin duda, la pastoral del turismo (Cf. Orientaciones para la Pastoral del Turismo, L’Osservatore Romano, Ed. Italiana, Suppl. n. 157, 12 de julio de 2001) y del entretenimiento, que tiene un campo inmenso de realización en los clubes, en los deportes, salas de cine, centros comerciales y otras opciones que a diario llaman la atención y piden ser evangelizadas.

494. Ante la falsa visión, tan difundida en nuestros días, de una incompatibilidad entre fe y ciencia, la Iglesia proclama que la fe no es irracional. “Fe y razón son dos alas por las cuales el espíritu humano se eleva en la contemplación de la verdad” (FR Preámbulo). Por esto valoramos a tantos hombres y mujeres de fe y ciencia, que aprendieron a ver en la belleza de la naturaleza las señales del Misterio, del amor y de la bondad de Dios, y son señales luminosas que ayudan a comprender que el libro de la naturaleza y la Sagrada Escritura hablan del mismo Verbo que se hizo carne.

495. Queremos valorar siempre más los espacios de diálogo entre fe y ciencia, incluso en los medios de comunicación. Una forma de hacerlo es a través de la difusión de la reflexión y la obra de los grandes pensadores católicos, especialmente del siglo XX, como referencias para la justa comprensión de la ciencia.

496. Dios no es sólo la suma Verdad. Él es también la suma Bondad y la suprema Belleza. Por eso, la sociedad tiene necesidad de artistas, de la misma manera como necesita de científicos, técnicos, trabajadores, especialistas, testigos de la fe, profesores, padres y madres, que garanticen el crecimiento de la persona y el progreso de la comunidad, a través de aquella forma sublime de arte que es el ‘arte de educar’ (Juan Pablo II, Carta a los artistas, n. 4, 4 de abril de 1999).

497. Es necesario comunicar los valores evangélicos de manera positiva y propositiva. Son muchos los que se dicen descontentos, no tanto con el contenido de la doctrina de la Iglesia, sino con la forma como ésta es presentada. Para eso, en la elaboración de nuestros planes pastorales queremos:

a) Favorecer la formación de un laicado capaz de actuar como verdadero sujeto eclesial y competente interlocutor entre la Iglesia y la sociedad, y la sociedad y la Iglesia.

b) Optimizar el uso de los medios de comunicación católicos, haciéndolos más actuantes y eficaces, sea para la comunicación de la fe, sea para el diálogo entre la Iglesia y la sociedad.

c) Actuar con los artistas, deportistas, profesionales de la moda, periodistas, comunicadores y presentadores, así como con los productores de información en los medios de comunicación, con los intelectuales, profesores, líderes comunitarios y religiosos.

d) Rescatar el papel del sacerdote como formador de opinión.

498. Aprovechando las experiencias de los Centros de Fe y Cultura o Centros Culturales Católicos, trataremos de crear o dinamizar los grupos de diálogo entre la Iglesia y los formadores de opinión de los diversos campos. Convocamos a nuestras Universidades Católicas para que sean cada vez más lugar de producción e irradiación del diálogo entre fe y razón y del pensamiento católico.

499. Les cabe también a las Iglesias de América Latina y de El Caribe crear oportunidades para la utilización del arte en la catequesis de niños, adolescentes y adultos, así como en las diferentes pastorales de la Iglesia. Es necesario también que las acciones de la Iglesia en ese campo sean acompañadas por un mejoramiento técnico y profesional exigido por la propia expresión artística. Por otro lado, es también necesaria la formación de una conciencia crítica que permita juzgar con criterios objetivos la calidad artística de lo que realizamos.

500. Es fundamental que las celebraciones litúrgicas incorporen en sus manifestaciones elementos artísticos que puedan transformar y preparar a la asamblea para el encuentro con Cristo. La valorización de los espacios de cultura existente, donde se incluyen los propios templos, es una tarea esencial para la evangelización por la cultura. En esa línea, también se debe incentivar la creación de centros culturales católicos, necesarios especialmente en las áreas más carentes, donde el acceso a la cultura es más urgente y reclama mejorar el sentido de lo humano.

10.5 Discípulos y misioneros en la vida pública

501. Los discípulos y misioneros de Cristo deben iluminar con la luz del Evangelio todos los ámbitos de la vida social. La opción preferencial por los pobres, de raíz evangélica, exige una atención pastoral atenta a los constructores de la sociedad (cfr. EV 5). Si muchas de las estructuras actuales generan pobreza, en parte se ha debido a la falta de fidelidad a sus compromisos evangélicos de muchos cristianos con especiales responsabilidades políticas, económicas y culturales.

502. La realidad actual de nuestro continente pone de manifiesto que hay una notable ausencia en el ámbito político, comunicativo y universitario, de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas (DI 4).

503. Entre las señales de preocupación, se destaca, como una de las más relevantes, la concepción del ser humano, hombre y mujer, que se ha ido plasmando. Agresiones a la vida, en todas sus instancias, en especial contra los más inocentes y desvalidos, pobreza aguda y exclusión social, corrupción y relativismo ético, entre otros aspectos, tienen como referencia un ser humano, en la práctica, cerrado a Dios y al otro.

504. Sea un viejo laicismo exacerbado, sea un relativismo ético que se propone como fundamento de la democracia, animan a fuertes poderes que pretenden rechazar toda presencia y contribución de la Iglesia en la vida pública de las naciones, y la presionan para que se repliegue en los templos y sus servicios “religiosos”. Consciente de la distinción entre comunidad política y comunidad religiosa, base de sana laicidad, la Iglesia no cejará de preocuparse por el bien común de los pueblos y, en especial, por la defensa de principios éticos no negociables porque están arraigados en la naturaleza humana.

505. Son los laicos de nuestro continente, conscientes de su llamada a la santidad en virtud de su vocación bautismal, los que tienen que actuar a manera de fermento en la masa para construir una ciudad temporal que esté de acuerdo con el proyecto de Dios. La coherencia entre fe y vida en el ámbito político, económico y social exige la formación de la conciencia, que se traduce en un conocimiento de la Doctrina social de la Iglesia. Para una adecuada formación en la misma, será de mucha utilidad el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. La V Conferencia se compromete a llevar a cabo una catequesis social incisiva, porque “la vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales, sino también en las virtudes sociales y políticas” (DI 3).

506. El discípulo y misionero de Cristo que se desempeña en los ámbitos de la política, de la economía y en los centros de decisiones sufre el influjo de una cultura frecuentemente dominada por el materialismo, los intereses egoístas y una concepción del hombre contraria a la visión cristiana. Por eso, es imprescindible que el discípulo se cimiente en su seguimiento del Señor, que le dé la fuerza necesaria no sólo para no sucumbir ante las insidias del materialismo y del egoísmo, sino para construir en torno a él un consenso moral sobre los valores fundamentales que hacen posible la construcción de una sociedad justa.

507. Pensemos cuán necesaria es la integridad moral en los políticos. Muchos de los países latinoamericanos y caribeños, pero también en otros continentes, viven en la miseria por problemas endémicos de corrupción. Cuánta disciplina de integridad moral necesitamos, entendiendo por ella, en el sentido cristiano, el autodominio para hacer el bien, para ser servidor de la verdad y del desarrollo de nuestras tareas sin dejarnos corromper por favores, intereses y ventajas. Se necesita mucha fuerza y mucha perseverancia para conservar la honestidad que debe surgir de una nueva educación que rompa el círculo vicioso de la corrupción imperante. Realmente necesitamos mucho esfuerzo para avanzar en la creación de una verdadera riqueza moral que nos permita prever nuestro propio futuro.

508. Los obispos reunidos en la V Conferencia queremos acompañar a los constructores de la sociedad, ya que es la vocación fundamental de la Iglesia en este sector, formar las conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, y educar en las virtudes individuales y políticas (cfr. DI 4). Queremos llamar al sentido de responsabilidad de los laicos para que estén presentes en la vida pública, y más en concreto “en la formación de los consensos necesarios y en la oposición contra las injusticias” (DI 4).

10.6 La pastoral urbana

509. El cristiano de hoy no se encuentra más en la primera línea de la producción cultural, sino que recibe su influencia y sus impactos. Las grandes ciudades son laboratorios de esa cultura contemporánea compleja y plural.

510. La ciudad se ha convertido en el lugar propio de nuevas culturas que se están gestando e imponiendo con un nuevo lenguaje y una nueva simbología. Esta mentalidad urbana se extiende también al mismo mundo rural. En definitiva, la ciudad trata de armonizar la necesidad del desarrollo con el desarrollo de las necesidades, fracasando frecuentemente en este propósito.

511. En el mundo urbano, acontecen complejas transformaciones socioeconómicas, culturales, políticas y religiosas que hacen impacto en todas las dimensiones de la vida. Está compuesto de ciudades satélites y de barrios periféricos.

512. En la ciudad, conviven diferentes categorías sociales tales como las élites económicas, sociales y políticas; la clase media con sus diferentes niveles y la gran multitud de los pobres. En ella coexisten binomios que la desafían cotidianamente: tradición-modernidad, globalidad-particularidad, inclusión-exclusión, personalización-despersonalización, lenguaje secular-lenguaje-religioso, homogeneidad-pluralidad, cultura urbana-pluriculturalismo.

513. La Iglesia en sus inicios se formó en las grandes ciudades de su tiempo y se sirvió de ellas para extenderse. Por eso, podemos realizar con alegría y valentía la evangelización de la ciudad actual. Ante la nueva realidad de la ciudad se realizan en la Iglesia nuevas experiencias, tales como la renovación de las parroquias, sectorización, nuevos ministerios, nuevas asociaciones, grupos, comunidades y movimientos. Pero se notan actitudes de miedo a la pastoral urbana; tendencias a encerrarse en los métodos antiguos y de tomar una actitud de defensa ante la nueva cultura, de sentimientos de impotencia ante las grandes dificultades de las ciudades.

514. La fe nos enseña que Dios vive en la ciudad, en medio de sus alegrías, anhelos y esperanzas, como también en sus dolores y sufrimientos. Las sombras que marcan lo cotidiano de las ciudades, como por ejemplo, violencia, pobreza, individualismo y exclusión, no pueden impedirnos que busquemos y contemplemos al Dios de la vida también en los ambientes urbanos. Las ciudades son lugares de libertad y oportunidad. En ellas las personas tienen la posibilidad de conocer a más personas, interactuar y convivir con ellas. En las ciudades es posible experimentar vínculos de fraternidad, solidaridad y universalidad. En ellas el ser humano es llamado constantemente a caminar siempre más al encuentro del otro, convivir con el diferente, aceptarlo y ser aceptado por él.

515. El proyecto de Dios es “la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén”, que baja del cielo, junto a Dios, “engalanada como una novia que se adorna para su esposo”, que es la tienda de campaña que Dios ha instalado entre los hombres. Acampará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos y no habrá ya muerte ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo antiguo ha desaparecido (Ap 21, 2-4). Este proyecto en su plenitud es futuro, pero ya está realizándose en Jesucristo, “el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin” (21, 6), que nos dice “Yo hago nuevas todas las cosas” (21, 5).

516. La Iglesia está al servicio de la realización de esta Ciudad Santa, a través de la proclamación y vivencia de la Palabra, de la celebración de la Liturgia, de la comunión fraterna y del servicio, especialmente, a los más pobres y a los que más sufren, y así va transformando en Cristo, como fermento del Reino, la ciudad actual.

517. Reconociendo y agradeciendo el trabajo renovador que ya se realiza en muchos centros urbanos, la V Conferencia propone y recomienda una nueva pastoral urbana que:

a) Responda a los grandes desafíos de la creciente urbanización.

b) Sea capaz de atender a las variadas y complejas categorías sociales, económicas, políticas y culturales: pobres, clase media y élites.

c) Desarrolle una espiritualidad de la gratitud, de la misericordia, de la solidaridad fraterna, actitudes propias de quien ama desinteresadamente y sin pedir recompensa.

d) Se abra a nuevas experiencias, estilos, lenguajes que puedan encarnar el Evangelio en la ciudad.

e) Transforme a las parroquias cada vez más en comunidades de comunidades.

f) Apueste más intensamente a la experiencia de comunidades ambientales, integradas en nivel supraparroquial y diocesano.

g) Integre los elementos propios de la vida cristiana: la Palabra, la Liturgia, la comunión fraterna y el servicio, especialmente, a los que sufren pobreza económica y nuevas formas de pobreza.

h) Difunda la Palabra de Dios, la anuncie con alegría y valentía y realice la formación de los laicos de tal modo que puedan responder las grandes preguntas y aspiraciones de hoy e insertarse en los diferentes ambientes, estructuras y centros de decisión de la vida urbana.

i) Fomente la pastoral de la acogida a los que llegan a la ciudad y a los que ya viven en ella, pasando de un pasivo esperar a un activo buscar y llegar a los que están lejos con nuevas estrategias tales como visitas a las casas, el uso de los nuevos medios de comunicación social, y la constante cercanía a lo que constituye para cada persona su cotidianidad.

j) Brinde atención especial al mundo del sufrimiento urbano, es decir, que cuide de los caídos a lo largo del camino y a los que se encuentran en los hospitales, encarcelados, excluidos, adictos a las drogas, habitantes de las nuevas periferias, en las nuevas urbanizaciones, y a las familias que, desintegradas, conviven de hecho.

k) Procure la presencia de la Iglesia, por medio de nuevas parroquias y capillas, comunidades cristianas y centros de pastoral, en las nuevas concentraciones humanas que crecen aceleradamente en las periferias urbanas de las grandes ciudades por efectos de migraciones internas y situaciones de exclusión.

518. Para que los habitantes de los centros urbanos y sus periferias, creyentes o no creyentes, puedan encontrar en Cristo la plenitud de vida, sentimos la urgencia de que los agentes de pastoral en cuanto discípulos y misioneros se esfuercen en desarrollar:

a) Un estilo pastoral adecuado a la realidad urbana con atención especial al lenguaje, a las estructuras y prácticas pastorales así como a los horarios.

b) Un plan de pastoral orgánico y articulado que integre en un proyecto común a las parroquias, comunidades de vida consagrada, pequeñas comunidades, movimientos e instituciones que inciden en la ciudad y que su objetivo sea llegar al conjunto de la ciudad. En los casos de grandes ciudades en las que existen varias Diócesis se hace necesario un plan interdiocesano.

c) Una sectorización de las parroquias en unidades más pequeñas que permitan la cercanía y un servicio más eficaz.

d) Un proceso de iniciación cristiana y de formación permanente que retroalimente la fe de los discípulos del Señor integrando el conocimiento, el sentimiento y el comportamiento.

e) Servicios de atención, acogida personal, dirección espiritual y del sacramento de la reconciliación, respondiendo a la soledad, a las grandes heridas sicológicas que sufren muchos en las ciudades, teniendo en cuenta las relaciones interpersonales.

f) Una atención especializada a los laicos en sus diferentes categorías: profesionales, empresariales y trabajadores.

g) Procesos graduales de formación cristiana con la realización de grandes eventos de multitudes, que movilicen la ciudad, que hagan sentir que la ciudad es un conjunto, es un todo, que sepan responder a la afectividad de sus ciudadanos y en un lenguaje simbólico sepan transmitir el Evangelio a todas las personas que viven en la ciudad.

h) Estrategias para llegar a los lugares cerrados de las ciudades como urbanizaciones, condominios, torres residenciales o aquellos ubicados en los así llamados tugurios y favelas.

i) La presencia profética que sepa levantar la voz en relación a cuestiones de valores y principios del Reino de Dios, aunque contradiga todas las opiniones, provoque ataques y se quede sola en su anuncio. Es decir, que sea farol de luz, ciudad colocada en lo alto para iluminar.

j) Una mayor presencia en los centros de decisión de la ciudad tanto en las estructuras administrativas como en las organizaciones comunitarias, profesionales y de todo tipo de asociación para velar por el bien común y promover los valores del Reino.

k) La formación y acompañamiento de laicos y laicas que, influyendo en los centros de opinión, se organicen entre sí y puedan ser asesores para toda la acción eclesial.

l) Una pastoral que tenga en cuenta la belleza en el anuncio de la Palabra y en las diversas iniciativas ayudando a descubrir la plena belleza que es Dios.

m) Servicios especiales que respondan a las diferentes actividades propias de la ciudad: trabajo, ocio, deportes, turismo, arte, etc.

n) Una descentralización de los servicios eclesiales de modo que sean muchos más los agentes de pastoral que se integren a esta misión, teniendo en cuenta las categorías profesionales.

o) Una formación pastoral de los futuros presbíteros y agentes de pastoral capaz de responder a los nuevos retos de la cultura urbana.

519. Todo lo anteriormente dicho no quita importancia, sin embargo, a una renovada pastoral rural que fortalezca a los habitantes del campo y su desarrollo económico y social, contrarrestando las migraciones. A ellos se les debe anunciar la Buena Nueva para que enriquezcan sus propias culturas y las relaciones comunitarias y sociales.

10.7 Al servicio de la unidad y de la fraternidad de nuestros pueblos

520. En la nueva situación cultural afirmamos que el proyecto del Reino está presente y es posible, y por ello aspiramos a una América Latina y Caribeña unida, reconciliada e integrada. Esta casa común está habitada por un complejo mestizaje y una pluralidad étnica y cultural, en el que el Evangelio se ha transformado (…) en el elemento clave de una síntesis dinámica que, con matices diversos según las naciones, expresa de todas formas la identidad de los pueblos latinoamericanos (BENEDICTO XVI, Audiencia General, Viaje Apostólico a Brasil, 23 de mayo de 2007).

521. Los desafíos que enfrentamos hoy en América Latina y el mundo tienen una característica peculiar. Ellos no sólo afectan a todos nuestros pueblos de manera similar sino que, para ser enfrentados, requieren una comprensión global y una acción conjunta. Creemos que “un factor que puede contribuir notablemente a superar los apremiantes problemas que hoy afectan a este continente es la integración latinoamericana” (SD 15).

522. Por una parte, se va configurando una realidad global que hace posible nuevos modos de conocer, aprender y comunicarse, que nos coloca en contacto diario con la diversidad de nuestro mundo y crea posibilidades para una unión y solidaridad más estrechas a niveles regionales y a nivel mundial. Por otra parte, se generan nuevas formas de empobrecimiento, exclusión e injusticia. El Continente de la esperanza debe lograr su integración sobre los cimientos de la vida, el amor y la paz.

523. Reconocemos una profunda vocación a la unidad en el “corazón” de cada hombre, por tener todos el mismo origen y Padre, y por llevar en sí la imagen y semejanza del mismo Dios en su comunión trinitaria (cfr. Gn 1, 26). La Iglesia se reconoce en las enseñanzas del Concilio Vaticano II como “sacramento de unidad del género humano”, consciente de la victoria pascual de Cristo pero viviendo en el mundo que está aún bajo el poder del pecado, con su secuela de contradicciones, dominaciones y muerte. Desde esta lectura creyente de la historia se percibe la ambigüedad del actual proceso de globalización.

524. La Iglesia de Dios en América Latina y El Caribe es sacramento de comunión de sus pueblos. Es morada de sus pueblos; es casa de los pobres de Dios. Convoca y congrega todos en su misterio de comunión, sin discriminaciones ni exclusiones por motivos de sexo, raza, condición social y pertenencia nacional. Cuanto más la Iglesia refleja, vive y comunica ese don de inaudita unidad, que encuentra en la comunión trinitaria su fuente, modelo y destino, resulta más significativo e incisivo su operar como sujeto de reconciliación y comunión en la vida de nuestros pueblos. María Santísima es la presencia materna indispensable y decisiva en la gestación de un pueblo de hijos y hermanos, de discípulos y misioneros de su Hijo.

525. La dignidad de reconocernos como una familia de latinoamericanos y caribeños implica una experiencia singular de proximidad, fraternidad y solidaridad. No somos un mero continente, apenas un hecho geográfico con un mosaico ininteligible de contenidos. Tampoco somos una suma de pueblos y de etnias que se yuxtaponen. Una y plural, América Latina es la casa común, la gran patria de hermanos de unos pueblos –como afirmó S. S. Juan Pablo II en Santo Domingo (JUAN PABLO II, Discurso inaugural en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, 12 de octubre de 1992) – a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en el camino de la historia. Es, pues, una unidad que está muy lejos de reducirse a uniformidad, sino que se enriquece con muchas diversidades locales, nacionales y culturales.

526. Ya la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano se proponía “reanudar con renovado vigor la evangelización de la cultura de nuestros pueblos y de los diversos grupos étnicos” para que “la fe evangélica, como base de comunión, se proyecte en formas de integración justa en los cuadros respectivos de una nacionalidad, de una gran patria latinoamericana (...)” (DP 428). La IV Conferencia en Santo Domingo volvía a proponer “el permanente rejuvenecimiento del ideal de nuestros próceres sobre la Patria Grande”. La V Conferencia en Aparecida expresa su firme voluntad de proseguir ese compromiso.

527. No hay por cierto otra región que cuente con tantos factores de unidad como América Latina –de los que la vigencia de la tradición católica es cimiento fundamental de su construcción–, pero se trata de una unidad desgarrada porque atravesada por profundas dominaciones y contradicciones, todavía incapaz de incorporar en sí “todas las sangres” y de superar la brecha de estridentes desigualdades y marginaciones. Es nuestra patria grande pero lo será realmente “grande” cuando lo sea para todos, con mayor justicia. En efecto, es una contradicción dolorosa que el Continente del mayor número de católicos sea también el de mayor inequidad social.

528. Apreciamos en los últimos 20 años avances significativos y promisorios en los procesos y sistemas de integración de nuestros países. Se han intensificado las relaciones comerciales y las políticas. Es nueva y más estrecha la comunicación y solidaridad entre el Brasil y los países hispanoamericanos y los caribeños. Sin embargo, hay muy graves bloqueos que empantanan esos procesos. Es frágil y ambigua una mera integración comercial. Lo es también cuando se reduce a cuestión de cúpulas políticas y económicas y no arraiga en la vida y participación de los pueblos. Los retrasos en la integración tienden a profundizar la pobreza y las desigualdades, mientras las redes del narcotráfico se integran más allá de toda frontera. No obstante que el lenguaje político abunde sobre la integración, la dialéctica de la contraposición parece prevalecer sobre el dinamismo de la solidaridad y amistad. La unidad no se construye por contraposición a enemigos comunes sino por realización de una identidad común.

10.8 La integración de los Indígenas y Afroamericanos

529. Como discípulos de Jesucristo, encarnado en la vida de todos los pueblos descubrimos y reconocemos desde la fe las “semillas del Verbo” (cfr. SD 245) presentes en las tradiciones y culturas de los pueblos indígenas de América Latina. De ellos valoramos su profundo aprecio comunitario por la vida, presente en toda la creación, en la existencia cotidiana y en la milenaria experiencia religiosa, que dinamiza sus culturas, la que llega a su plenitud en la revelación del verdadero rostro de Dios por Jesucristo.

530. Como discípulos y misioneros al servicio de la vida, acompañamos a los pueblos indígenas y originarios en el fortalecimiento de sus identidades y organizaciones propias, la defensa del territorio, una educación intercultural bilingüe y la defensa de sus derechos. Nos comprometemos también a crear conciencia en la sociedad acerca de la realidad indígena y sus valores, a través de los medios de comunicación social y otros espacios de opinión. A partir de los principios del Evangelio apoyamos la denuncia de actitudes contrarias a la vida plena en nuestros pueblos originarios, y nos comprometemos a proseguir la obra de evangelización de los indígenas, así como a procurar los aprendizajes educativos y laborales con las transformaciones culturales que ello implica.

531. La Iglesia estará atenta ante los intentos de desarraigar la fe católica de las comunidades indígenas, con lo cual se las dejaría en situación de indefensión y confusión ante los embates de las ideologías y de algunos grupos alienantes, lo que atentaría contra el bien de las mismas comunidades.

532. El seguimiento de Jesús en el Continente pasa también por el reconocimiento de los afroamericanos como un reto que nos interpela para vivir el verdadero amor a Dios y al prójimo. Ser discípulos y misioneros significa asumir la actitud de compasión y cuidado del Padre, que se manifiestan en la acción liberadora de Jesús. La Iglesia defiende los auténticos valores culturales de todos los pueblos, especialmente de los oprimidos, indefensos y marginados, ante la fuerza arrolladora de las estructuras de pecado manifiestas en la sociedad moderna (SD 243). Conocer los valores culturales, la historia y tradiciones de los afroamericanos, entrar en diálogo fraterno y respetuoso con ellos, es un paso importante en la misión evangelizadora de la Iglesia. Nos acompañe en ello el testimonio de san Pedro Claver.

533. Por esto, la Iglesia denuncia la práctica de la discriminación y del racismo en sus diferentes expresiones, pues ofende en lo más profundo la dignidad humana creada a “imagen y semejanza de Dios”. Nos preocupa que pocos afroamericanos accedan a la educación superior, con lo cual se vuelve más difícil su acceso a los ámbitos de decisión en la sociedad. En su misión de abogada de la justicia y de los pobres se hace solidaria de los afroamericanos en las reivindicaciones por la defensa de sus territorios, en la afirmación de sus derechos, ciudadanía, proyectos propios de desarrollo y conciencia de negritud. La Iglesia apoya el diálogo entre cultura negra y fe cristiana y sus luchas por la justicia social, e incentiva la participación activa de los afroamericanos en las acciones pastorales de nuestras Iglesias y del CELAM. La Iglesia con su predicación, vida sacramental y pastoral habrá de ayudar a que las heridas culturales injustamente sufridas en la historia de los afroamericanos, no absorban, ni paralicen desde dentro, el dinamismo de su personalidad humana, de su identidad étnica, de su memoria cultural, de su desarrollo social en los nuevos escenarios que se presentan.

10.9 Caminos de reconciliación y solidaridad

534. La Iglesia tiene que animar a cada pueblo para construir en su patria una casa de hermanos donde todos tengan una morada para vivir y convivir con dignidad. Esa vocación requiere la alegría de querer ser y hacer una nación, un proyecto histórico sugerente de vida en común. La Iglesia ha de educar y conducir cada vez más a la reconciliación con Dios y los hermanos. Hay que sumar y no dividir. Importa cicatrizar heridas, evitar maniqueísmos, peligrosas exasperaciones y polarizaciones. Los dinamismos de integración digna, justa y equitativa en el seno de cada uno de los países favorece la integración regional y, a la vez, es incentivada por ella.

535. Es necesario educar y favorecer en nuestros pueblos todos los gestos, obras y caminos de reconciliación y amistad social, de cooperación e integración. La comunión alcanzada en la sangre reconciliadora de Cristo nos da la fuerza para ser constructores de puentes, anunciadores de verdad, bálsamo para las heridas. La reconciliación está en el corazón de la vida cristiana. Es iniciativa propia de Dios en busca de nuestra amistad, que comporta consigo la necesaria reconciliación con el hermano. Se trata de una reconciliación que necesitamos en los diversos ámbitos y en todos y entre todos nuestros países. Esta reconciliación fraterna presupone la reconciliación con Dios, fuente única de gracia y de perdón, que alcanza su expresión y realización en el sacramento de la penitencia que Dios nos regala a través de la Iglesia.

536. En el corazón y la vida de nuestros pueblos late un fuerte sentido de esperanza, no obstante las condiciones de vida que parecen ofuscar toda esperanza. Ella se experimenta y alimenta en el presente, gracias a los dones y signos de vida nueva que se comparte; compromete en la construcción de un futuro de mayor dignidad y justicia y ansía “los cielos nuevos y la tierra nueva” que Dios nos ha prometido en su morada eterna.

537. América Latina y El Caribe deben ser no sólo el Continente de la esperanza sino que además deben abrir caminos hacia la civilización del amor. Así se expresó el Papa Benedicto XVI en el santuario mariano de Aparecida (DI 4) para que nuestra casa común sea un continente de la esperanza, del amor, de la vida y de la paz hay que ir, como buenos samaritanos, al encuentro de las necesidades de los pobres y los que sufren y crear “las estructuras justas que son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad…”. Estas estructuras, sigue el Papa, “no nacen ni funcionan sin un consenso moral de la sociedad sobre los valores fundamentales y sobre la necesidad de vivir estos valores con las necesarias renuncias, incluso contra el interés personal”, y “donde Dios está ausente (…) estos valores no se muestran con toda su fuerza ni se produce un consenso sobre ellos” (Ibíd 89). Tales estructuras justas nacen y funcionan cuando la sociedad percibe que el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza de Dios, poseen una dignidad inviolable, al servicio de la cual se han de concebir y actuar los valores fundamentales que rigen la convivencia humana. Este consenso moral y cambio de estructuras son importantes para disminuir la hiriente inequidad que hoy existe en nuestro continente, entre otras cosas a través de políticas públicas y gastos sociales bien orientados, así como del control de lucros desproporcionados de grandes empresas. La Iglesia alienta y propicia el ejercicio de una “imaginación de la caridad” que permita soluciones eficaces.

538. Todas las auténticas transformaciones se fraguan y forjan en el corazón de las personas e irradian en todas las dimensiones de su existencia y convivencia. No hay nuevas estructuras si no hay hombres nuevos y mujeres nuevas que movilicen y hagan converger en los pueblos ideales y poderosas energías morales y religiosas. Formando discípulos y misioneros, la Iglesia da respuesta a esta exigencia.

539. La Iglesia alienta y favorece la reconstrucción de la persona y de sus vínculos de pertenencia y convivencia, desde un dinamismo de amistad, gratuidad y comunión. De este modo se contrarrestan los procesos de desintegración y atomización sociales. Para ello hay que aplicar el principio de subsidiariedad en todos los niveles y estructuras de la organización social. En efecto, el Estado y el mercado no satisfacen ni pueden satisfacer todas las necesidades humanas. Cabe, pues, apreciar y alentar los voluntariados sociales, las diversas formas de libre autoorganización y participación populares y las obras caritativas, educativas, hospitalarias, de cooperación en el trabajo y otras promovidas por la Iglesia, que responden adecuadamente a estas necesidades.

 540. Los discípulos y misioneros de Cristo promueven una cultura del compartir en todos los niveles en contraposición de la cultura dominante de acumulación egoísta, asumiendo con seriedad la virtud de la pobreza como estilo de vida sobrio para ir al encuentro y ayudar a las necesidades de los hermanos que viven en la indigencia.

541. Compete también a la Iglesia colaborar en la consolidación de las frágiles democracias, en el positivo proceso de democratización en América Latina y El Caribe, aunque existan actualmente graves retos y amenazas de desvíos autoritarios. Urge educar para la paz, dar seriedad y credibilidad a la continuidad de nuestras instituciones civiles, defender y promover los derechos humanos, custodiar en especial la libertad religiosa y cooperar para suscitar los mayores consensos nacionales.

542. La paz es un bien preciado pero precario que debemos cuidar, educar y promover todos en nuestro continente. Como sabemos, la paz no se reduce a la ausencia de guerras ni a la exclusión de armas nucleares en nuestro espacio común, logros ya significativos, sino a la generación de una “cultura de paz” que sea fruto de un desarrollo sustentable, equitativo y respetuoso de la creación (“el desarrollo es el nuevo nombre de la paz” decía Paulo VI), y que nos permita enfrentar conjuntamente los ataques del narcotráfico y consumo de drogas, del terrorismo y de las muchas formas de violencia que hoy imperan en nuestra sociedad. La Iglesia, sacramento de reconciliación y de paz, desea que los discípulos y misioneros de Cristo sean también, ahí donde se encuentren, “constructores de paz” entre los pueblos y naciones de nuestro Continente. La Iglesia está llamada a ser una escuela permanente de verdad y justicia, de perdón y reconciliación para construir una paz auténtica.

543. Una auténtica evangelización de nuestros pueblos implica asumir plenamente la radicalidad del amor cristiano, que se concreta en el seguimiento de Cristo en la Cruz; en el padecer por Cristo a causa de la justicia; en el perdón y amor a los enemigos. Este amor supera al amor humano y participa en el amor divino, único eje cultural capaz de construir una cultura de la vida. En el Dios Trinidad la diversidad de Personas no genera violencia y conflicto, sino que es la misma fuente de amor y de la vida. Una evangelización que pone la Redención en el centro, nacida de un amor crucificado, es capaz de purificar las estructuras de la sociedad violenta y generar nuevas. La radicalidad de la violencia sólo se resuelve con la radicalidad del amor redentor. Evangelizar sobre el amor de plena donación, como solución al conflicto, debe ser el eje cultural “radical” de una nueva sociedad. Sólo así el Continente de la esperanza puede llegar a tornarse verdaderamente el Continente del amor.

544. Reafirmamos la importancia del CELAM y reconocemos que ha sido una instancia profética para la unidad de los pueblos latinoamericanos y caribeños, y ha demostrado la viabilidad de su cooperación y solidaridad desde la comunión eclesial. Por eso nos comprometemos a seguir fortaleciendo su servicio en la colaboración colegial de los Obispos y en el camino de realización de la identidad eclesial latinoamericana y caribeña. Invitamos a los Episcopados de países implicados en los distintos sistemas de integración subregionales, incluidos los de la Cuenca Amazónica, a estrechar vínculos de reflexión y cooperación. También alentamos que continúe el fortalecimiento de vínculos para la relación entre el Episcopado latinoamericano y los Episcopados de Estados Unidos y Canadá a la luz de la Exhortación Apostólica Ecclesia in America, así como también con los Episcopados europeos.

545. Conscientes de que la misión evangelizadora no puede ir separada de la solidaridad con los pobres y su promoción integral, y sabiendo que hay comunidades eclesiales que carecen de los medios necesarios, es imperativo ayudarlas, a imitación de las primeras comunidades cristianas, para que de verdad se sientan amadas. Urge, pues, la creación de un fondo de solidaridad entre las Iglesias de América Latina y El Caribe que esté al servicio de las iniciativas pastorales propias.

546. Al enfrentar tan graves desafíos nos alientan las palabras del Santo Padre: No hay duda de que las condiciones para establecer una paz verdadera son la restauración de la justicia, la reconciliación y el perdón. De esta toma de conciencia, nace la voluntad de transformar también las estructuras injustas para establecer respeto de la dignidad del hombre creado a imagen y semejanza de Dios… Como he tenido ocasión de afirmar, la Iglesia no tiene como tarea propia emprender una batalla política, sin embargo, tampoco puede ni debe quedarse al margen de la lucha por la justicia (SCa 89).



[1] AAS 11 (1919) 440-455. La versión castellana utilizada se ha tomado de: Guerrero, Fernando (dir.), El Magisterio Pontificio Contemporáneo. Colección de Encíclicas y Documentos desde León XII a Juan Pablo II, tomo II (Evangelización. Familia. Educación. Orden Sociopolítico), BAC, Madrid 1992.

[2] AAS 18 (1926) 65-83. La versión castellana se ha tomado de Guerrero, Fernando (dir.), El Magisterio Pontificio Contemporáneo. Colección de Encíclicas y Documentos desde León XII a Juan Pablo II, o. c., págs. 28-33.

[3] AAS 47 (1951) 497-528. La versión castellana se ha tomado de Guerrero, Fernando (dir.), El Magisterio Pontificio Contemporáneo. Colección de Encíclicas y Documentos desde León XII a Juan Pablo II, o. c., págs. 51-53.

[4] AAS 51 (1959) 833-864. La versión castellana se ha tomado de Guerrero, Fernando (dir.), El Magisterio Pontificio Contemporáneo. Colección de Encíclicas y Documentos desde León XII a Juan Pablo II, o. c., págs. 73-76.

[5] AAS 56 (1964) 110.

[6] AAS 57 (1965) 17-18, 20-21.

[7] AAS 58 (1966) 740-741.

[8] AAS 58 (1966) 1064-1065, 1075 y 1079.

[9] AAS 58 (1966) 948-950, 957-960, 966-967 y 973-974.

[10] AAS 56 (1964) 626-628, 637-642, 646-647.

[11] AAS 59 (1967) 1073-1097. Traducción tomada de Ecclesia LIII (1967) 1687-1694.

[12] AAS 68 (1976) 17-19 y 53-54.

[13] Mensaje al Pueblo de Dios ‘Cum iam ad exitum’, 5, 28-X-1977: EV 6/385.

[14] AAS 71 (1979) 278-279.

[15] AAS 71 (1979) 1319-1321.

[16] AAS 72 (1980) 432-440.

[17] AAS 72 (1980) 735-752, o en IGP2 III/1 (1980) 1636-1655.

[18] AAS 73 (1981) 185-196, o en IGP2 IV/1 (1981) 54-71.

[19] AAS 74 (1982) 90-91.

[20] IGP2 V/1 (1982) 129-134.

[21] IGP2 V/2 (1982) 1690-1698.

[22] AAS 76 (1984) 984-988.

[23] AAS 77 (1985) 740-743.

[24] AAS 77 (1985) 802 y 807.

[25] AAS 79 (1987) 95-100, o en IGP2 IX/2 (1986) 166-172.

[26] IGP2 XI/2 (1988) 1448-1458.

[27] AAS 81 (1989) 856-860.

[28] AAS 83 (1991) 43.

[29] AAS 83 (1991) 299-300 y 301-302.

[30] AAS 85 (1993) 57-62.

[31] AAS 84 (1992) 754-757.

[32] AAS 85 (1993) 822-826.

[33] AAS 85 (1993) 832-837.

[34] AAS 87 (1995) 79-83.

[35] Carta al Card. José T. Sánchez con ocasión de la IX sesión plenaria del Consejo Internacional de Catequesis, 21-IX-1994: IGP2 XVII/2 (1994) 360-363.

[36] AAS 88 (1996) 37-39 y 50-51.

[37] AAS 88 (1996) 455-457.

[38] AAS 89 (1997) 565-567.

[39] AAS 91 (1999) 58-61.

[40] AAS 91 (1999) 805-806.

[41] AAS 92 (2000) 482-487.

[42] AAS 93 (2001) 234-243.

[43] AAS 93 (2001) 294-295.

[44] AAS 94 (2002) 382-386.

[45] 7-V-2002.

[46] AAS 95 (2003) 467.

[47] AAS 95 (2003) 685-686.

[48] AAS 94 (2004) 865-866.

[49] A continuación se transcribe completamente el título número 4 del Documento Temas Selectos de Eclesiología (1984). La versión utilizada corresponde a: Comisión Teológica Internacional, Documentos 1969-1996, Veinticinco años de servicio a la teología de la Iglesia, BAC, Madrid 1998, Págs. 342-347.

[50] Texto oficial latino en Commissio Theologica Internationalis, Fides et Inculturatio: Gregorianum 70 (1989) 625-646. La versión utilizada corresponde a: Comisión Teológica Internacional, Documentos 1969-1996, Veinticinco años de servicio a la teología de la Iglesia, BAC, Madrid 1998, Págs. 393-416. Puede también ser encontrado en castellano («Medellín» 16 (1990) 109-132) o portugués (Cultura e Fé, Porto Alegre, 45 (abril-junho 1989): 15-37).

[51] Documento preparado por la Comisión Internacional durante su sesión plenaria de diciembre de 1987, aprobado ampliamente en forma específica durante la sesión plenaria de 1988 y publicado con el consentimiento de su eminencia el cardenal Joseph Ratzinger, presidente de la Comisión. En la Nota anexa a este documento se encuentran los nombres de los miembros que han contribuido más particularmente a la elaboración de este texto.

[52] Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1993, págs. 110-112. El texto también puede ser consultado en «Biblica» 74 (1993) 451-528 o en EV 13/2846-3150.

[53] Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Guía para los catequistas (3-XII-93), Libreria Editrice Vaticana 1993.

[54] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción De Liturgia romana et inculturatione (25-I-1994): AAS 87 (1995) 288-314. (Traducción de L'O. R.)

[55] Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Directorio General para la Catequesis (25-VIII-1997), Libreria Editrice Vaticana 1997, nn. 109-113.

[56] Pontificio Consejo para la Cultura, Para una pastoral de la cultura (23-V-99), Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1999, nn. 3-6.

[57] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la Liturgia, 17-XII-2001, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2002, n. 91.

[58] Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Instrucción Caminar desde Cristo: un renovado compromiso de la Vida Consagrada, 19-V-2002, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2002, n. 19.

[59] Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis (22.02.2007); n. 54 y 78. AAS 99 (2007) 146-147, 165.

[60] Benedicto XVI, Encuentro con los Obispos del Brasil, n. 4. AAS 99 (2007) 425-433.

[66] II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, La Iglesia y la transformación de América Latina, a la luz del Concilio, Documento de Medellín, CELAM, Bogotá 1968. De ahora en adelante para facilitar la lectura se citará este documento como DM, seguido del título del respectivo documento y añadiendo inmediatamente el numeral del cual se trata, por ejemplo DM Justicia 2.

[67] III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, La Evangelización en el presente y en el futuro de América Latina, Documento de Puebla, CELAM, 1979. De ahora en adelante para facilitar la lectura se citará este documento como DP, añadiendo inmediatamente el numeral del cual se trata.

[68] IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Nueva Evangelización. Promoción Humana. Cultura Cristiana, Conclusiones, CELAM, Bogotá 1992. De ahora en adelante para facilitar la lectura se citará este documento como SD, añadiendo inmediatamente el numeral del cual se trata. Cuando el numeral del que se trata tiene varios párrafos separados por punto y aparte, se numeran por letras en minúsculas, por ejemplo: SD 228c, se refiere al tercer párrafo del respectivo número.

[69] V Conferencia general del Episcopado latinoamericano y del Caribe, Aparecida, 13-31 de mayo de 2007, Capítulo 10.